Editorial: La UN frente a los estigmas

La Universidad Nacional de Colombia se ha ido alejando de los estigmas, los cuales se contraponen a la paz y al término de todas las formas de violencia política al mantenimiento de un Estado y una sociedad bautizada bajo el nombre del miedo.

La Universidad Nacional de Colombia ha jugado un papel importante en el desarrollo científico y cultural de Colombia a lo largo de sus casi ciento cincuenta años de historia, se ha posicionado como la mejor universidad del país y ha contribuido de forma sustancial a la búsqueda de la solución política al conflicto armado interno y a las transformaciones democráticas en Colombia. A pesar de esto, los medios de comunicación colombianos, acompañados de instituciones públicas y distintos círculos de poder se han empeñado en crear un estigma sobre la Universidad Nacional, y las demás universidades públicas, relacionándola con el terrorismo y otros de los males nacionales.
Son varias las consecuencias de este fenómeno. En primer lugar, el hecho que los medios de comunicación relacionen la universidad con actos terroristas desdibuja el papel que ha jugado la universidad como un agente de paz en distintos escenarios, como fue en el desarrollo de los diálogos entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP que concluyó más de cincuenta y dos años de confrontación armada con este grupo guerrillero por medio del Acuerdo de Paz. Así mismo, la consolidación de las promesas aplazadas de la Constitución de 1991 de paz, democracia y modernidad, ampliando paulatinamente el abanico de libertades y derechos de los colombianos.
En segundo lugar, este tipo de asociaciones discursivas, en los cuales se suele sostener que los miembros de la comunidad universitaria son radicales anclados en el pasado, desconoce la libertad de pensamiento que existe en el seno de la universidad, resultado de la libertad de cátedra y la diversidad de opiniones políticas, sociales, culturales, religiosas y demás que conviven a diario en cada uno de los campus de la universidad que recorren la geografía nacional. Dejando con efecto inocuo los aportes que hace la universidad en cada una de las áreas del conocimiento, encaminadas al desarrollo del país y la solución de los problemas que lo aquejan, olvidando que la universidad, como el país, es diversa, y que tales generalizaciones no tienen cabida.
En tercer lugar, relacionar los miembros de la comunidad universitaria, prima facie, con grupos al margen de la ley, viola los derechos de cada uno de los miembros de la comunidad universitaria, como ocurrió con los últimos involucrados en procesos judiciales, supeditando los derechos propios del Estado Social de Derecho, en un oscuro y opaco Estado de Opinión. Así, garantías básicas como la presunción de inocencia se convierten en la presunción de culpabilidad; la vida privada se hace de pleno conocimiento a la opinión pública, afectando sus relaciones personales; los funcionarios judiciales se hacen una idea de la responsabilidad penal de los investigados, violentando la imparcialidad judicial.
En cuarto lugar, la labor que han adelantado los medios de comunicación durante los últimos años, con respecto a la Universidad Nacional, pero también en relación con distintos hechos relacionados con la administración de justicia penal han desdibujado el papel de los medios en la construcción de la opinión pública. No solo se han encargado de informar con respecto a lo que pasa, como han sido los casos de otros miembros de la comunidad, como Miguel Ángel Beltrán, o Mateo Gutiérrez, sino que además han dotado la información que transmiten con un contenido parcializado y pobremente valorado. Creando así la forma en la que las personas deben considerar los hechos, y dictando la moral y el comportamiento adecuado frente a cada evento, en los cuales se ha presentado la Universidad Nacional de una forma distorsionada.
Por último, y como respuesta a este fenómeno, la comunidad universitaria y la sociedad colombiana en su conjunto deben exigirle a los medios de comunicación de más amplia difusión responsabilidad en su labor, vital en una democracia y en un Estado Social de Derecho. La Universidad Nacional de Colombia se ha ido alejando de los estigmas, los cuales se contraponen a la paz y al término de todas las formas de violencia política al mantenimiento de un Estado y una sociedad bautizada bajo el nombre del miedo.

¡Abajo el sociólogo tirapiedra!

Hay que exigirle a la sociedad, y en particular a los medios masivos de comunicación, que examinen los imaginarios estigmatizantes que reproducen –consciente o inconscientemente– en sus narrativas.

Con la detención el pasado 23 de febrero de Mateo Gutiérrez, un estudiante de sociología de la Universidad Nacional de Colombia, se avivó al interior del Departamento un debate acerca de la estigmatización del sociólogo, es decir, la asociación generalizante del sociólogo –en especial si proviene de la Nacional– con el “subversivo”, el “tirapiedra” o meramente el “mamerto”. Basta recordar al respecto los numerosos chistes cotidianos según los cuales graduarse de sociólogo es homologable a sacar un “diploma de guerrillero”.

Alarmados, con razón, por lo pernicioso que podría resultar dicho estigma en un contexto social tan polarizado como el nuestro, hace unos días un grupo de estudiantes realizó un desagravio simbólico instalando en la entrada del Departamento de Sociología un espantapájaros con el lema: “espantando estigmas”.

Más allá de la composición estética del espantapájaros, algo muy llamativo del muñeco era lo que había detrás. En las paredes del fondo se leían tres graffitis: “yo defiendo la capucha”, “MB (Movimiento Bolivariano)”, “Farc-EP”, y unos pasos más allá había un mural de considerables dimensiones con la imagen de Camilo Torres (padre fundador del departamento) cargando un fusil al hombro.

Estas paradojas en el terreno iconográfico tendrían que motivar una seria auto-reflexión. Es necesario rechazar las generalizaciones nocivas de las que somos presas los sociólogos, pero al mismo tiempo deberíamos preguntarnos en qué medida nuestro propio Departamento ha alentado la generalización de esta imagen pública que hoy nos parece estigma.

Por décadas, la imagen del sociólogo ideal promovida por el Departamento fue, y hasta cierto punto sigue siendo, la de aquel que señala, cuestiona y desafía las injusticias cometidas por las instituciones estatales. Si lo hacía violentamente (como el último Camilo) o pacíficamente (como el último Orlando Fals Borda, el otro “padre fundador” del Departamento) no era la cuestión fundamental. Pregonando una polémica implacable con el Estado, el Departamento se representó a sí mismo genéricamente como la cuna del “pensamiento crítico”.

En parte por esta auto-representación, me parece que en Sociología (aunque esto es aplicable, con matices, a la Universidad Nacional en general) hemos experimentado una especie de “convivencia pacífica” con las organizaciones violentas de izquierda. No hay glorificación, ni tampoco complicidad abierta, pero sí hubo (y hay) una condescendencia silenciosa, una cierta ambigüedad hacia ellas desde un sector importante de estudiantes. A pesar de algunas notables excepciones, sus graffitis se preservan y los actos públicos de los grupos clandestinos universitarios fueron siempre más o menos tolerados.

Según los datos recogidos en 2013 por el proyecto “Tenemos que Hablar” en 2013 a través de una encuesta a una muestra representativa de estudiantes de la Universidad Nacional en su sede Bogotá, el 21% de la población estudiantil aprobaba los tropeles realizados por grupos encapuchados en el campus. Es decir: 1 de cada 5 estudiantes. Cifra desigualmente distribuida por facultades, siendo Ciencias Humanas una de las más altas. Allí, 1 de cada 3 estudiantes dijo aprobar los tropeles.

Pierre Bourdieu decía que en el Estado contemporáneo conviven contradictoriamente un brazo izquierdo (de programas y servicios sociales) y un brazo derecho (de políticas militaristas y privatizadoras). Del Departamento de Sociología podría decirse que tiene, por una parte, un brazo izquierdo levantado en puño firme, apuntando a las numerosas injusticias del Estado, y por otra parte un brazo derecho que reposa en el bolsillo, más o menos indiferente (paradójicamente acrítico) ante  los abusos antidemocráticos de algunos grupos violentos de izquierda, a los que en ocasiones miembros del Departamento se han vinculado.

Hay que exigirle a la sociedad, y en particular a los medios masivos de comunicación, que examinen los imaginarios estigmatizantes que reproducen –consciente o inconscientemente– en sus narrativas. Pero también creo necesario superar nuestra posición pública ambigua ante las guerrillas antes de escandalizarnos cada vez que nos toman por “guerrilleros”. Si queremos desterrar el estigma debemos primero ser más claros en el rechazo de las prácticas violentas que han tenido lugar en nuestro Departamento, del mismo modo en que lo hizo la actual Dirección en un reciente comunicado sobre el caso de Mateo.

Para lograr un espantapájaros de mayor envergadura simbólica, acaso sea necesaria una previa intervención iconográfica y colectiva del Departamento, una que sustituya toda referencia a la validación política de la violencia, más allá de la afinidad ideológica que se pueda o no tener con los grupos que la reivindican.

Por: Nicolás Rudas

Imagen propia.