Peñalosa presidente.

100 días de un gobierno que hace lo mismo y es más barato. Recorrido por los proyectos del Presidente Peñalosa y su nueva visión de país.

Desde un universo paralelo, hacemos un balance de los primeros 100 días de presidencia de Enrique Peñalosa, luego de su sorpresiva victoria en las elecciones presidenciales de 2014. Un hombre visionario, quien a pesar del reciente escándalo por su falso doctorado en “Geopolítica y Gobernabilidad” de la Universidad de París II, significó el cambio al paradigma del reeleccionismo y espera innovar en el gobierno nacional con un nuevo enfoque.

Luego de la visita a Colombia de Louis Schweitzer, presidente de Volvo, se anunció que Erik Anund Dagerman, de la división para Latinoamérica de la empresa, reemplazará a Humberto De La Calle como líder negociador del Gobierno en La Habana. “Tenemos muchas razones para pensar que este cambio es idóneo para nuestra estrategia de negociación” señaló el mandatario. Con la inclusión de Erik Dagerman, se espera incluir al gremio de transportadores en la negociación y  en el posconflicto.

Por su parte, el presidente señaló que ésta puede ser una oportunidad única, pues una vez las FARC  dejen de significar un riesgo para la inversión extranjera, Peñalosa pondrá en marcha su plan de ordenamiento territorial, aún con la negativa de la mayoría de la rama legislativa quienes alegan que no ha sido suficientemente discutido y se extralimita en sus funciones.

Entre los proyectos del nuevo POT encontramos que algunos como la pavimentación del Rio Magdalena y su posible transformación en una ciclovía serán por fin una realidad y se sumará al nuevísimo sistema de vías que tiene proyectado el mandatario y que hacen parte del plan de infraestructura. Otra de las sorpresas que nos trae el nuevo POT es la adjudicación de terrenos para vivienda en los linderos de algunas empresas hidroeléctricas del país, y éstas, a su vez, serán trasladadas a los países vecinos de Ecuador y Brasil, que serán también destinatarios de los desechos y basuras del país, según el nuevo Esquema de Basuras Nacional que ha decretado el Presidente.

Dicho Plan de Ordenamiento también busca la posibilidad de urbanizar en  los Estados fronterizos de Venezuela y en el Istmo de Panamá; estas declaraciones han causado polémica en los países vecinos, quienes han declarado que Colombia ha olvidado que son Estados Soberanos. Ante estas críticas, el presidente ha señalado que los mandatarios de los países vecinos deben tener una mente abierta ante una nueva visión del territorio nacional colombiano.

“Nuestro Plan de Ordenamiento busca incentivar el crecimiento del país, con el programa “Transmilenio para la paz” se espera que las tractomulas, buses intermunicipales, trenes de carga pesada y vehículos de transporte aéreo puedan ser reemplazados gradualmente con el sistema de Transmilenio, que tras ser un éxito en la ciudad de Bogotá se podrá replicar en todo el país, con vehículos que son más baratos y hacen lo mismo, y con los que esperamos, al final de nuestro mandato, cubrir el 100% del territorio nacional” señaló el primer mandatario en un discurso dado en Riohacha, tras una jornada de recuperación donde se buscó embellecer el desierto de la Guajira como solución a la hambruna que se vive en la zona.

El POT  también busca intervenir sitios estratégicos como el cañón del Chicamocha y Caño Cristales, cuyo relleno se hará en alianza estratégica con la empresa Cemex. Según el presidente dicho proyecto valorizará los predios aledaños y permitirá la creación de parques donde los niños podrán jugar con los venados y osos de anteojos.

En el congreso se ha marcado una profunda división entre quienes apoyan y critican al mandatario. En el legislativo existe una división interna entre todos los partidos en los cuales militó el presidente en su pasado, formando una bancada opositora que alberga personajes de tan distintas posturas como Claudia López y Álvaro Uribe, quien mostró su oposición al gobierno luego de la inclusión de Juan Manuel Santos como Ministro del Interior.

Ante la oposición parlamentaria, el presidente Peñalosa encontrará serias dificultades para las reformas constitucionales; estas reformas, entre las que se encuentran las pertinentes al nuevo ordenamiento territorial del país, también plantean la disolución de las CAR y su integración a la Empresa de Renovación Urbana de Colombia, hoy dirigida por Germán Vargas Lleras. Otros programas para impulsar el plan del presidente, implican la oficialización de conductor de Transmilenio como título universitario y la unificación del ejército, la marina, la aviación y la policía en una sola fuerza llamada “Colombia fuerte”.

En cuanto al lema “Libertad y Orden” será reemplazado por “Gobierno técnico mejor y más barato”.

Finalmente se plantea, desde el ejecutivo, una renovación de los símbolos patrios por “algo más moderno y acorde a la nueva visión de país”, entre las que se hallan reemplazar al cóndor por el venado como símbolo nacional, el cambio del gorro frigio será por un bolardo, el lugar de las cornucopias la tomarán costales de cemento y la imagen del Istmo de Panamá cambiará por la Troncal de la Caracas. En cuanto al lema “Libertad y Orden” será reemplazado por “Gobierno técnico mejor y más barato”.

Por: Andrés Felipe Bejarano y Leonardo Muñoz Guerrero

@Leomunnoz

Fotografía tomada de Condifencialcolombia

Desenterrar y hablar: de cara a los rastros de la vida

“La guerra no le es ajena a nadie, por el contrario, ésta es capaz de llegar hasta los límites de la humanidad, hasta la alienación […] Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.”

Desenterrar y hablar una etnografía estética de la guerra en Colombia

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita”. Albert Camus

Un sentimiento confuso y expectante me invade cuando me cruzo con el mural que está en la sala principal de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional, sede Bogotá. Un blanco que resalta sobre las baldosas oscuras y los recuadros colgados que parecen moverse conmigo, como un espejismo, como abogando por la fascinación de Borges. Cuando me detengo, las imágenes me devuelven un “escojido… gracias por los favores recibidos”. Pareciera ser que la ortografía se conserva a propósito, pero me intriga conocer el porqué. Al observar detenidamente los hologramas puedo observar imágenes de tumbas, algunas vacías, otras con flores, pero el agradecimiento se repite en casi todas. A un costado del mural se lee “Réquiem NN”, ésta palabra evoca en mí el sonido del órgano en las iglesias católicas a la hora de velar a los difuntos, lo extraño es que algunas tumbas tienen un nombre escrito, entonces, ¿por qué NN? Al salir, la noche advierte su llegada con el fuerte soplido del viento. Faltan tres días para su inauguración. Tres días para descrifrar a la muerte. Tres días…

Ése mismo viento transgresor de cuerpos es el que me recuerda que finalmente ha llegado el día, entonces me encamino hacia la Hemeroteca Nacional Universitaria Carlos Lleras Restrepo, donde comienzan a llegar carros de todos los modelos, principalmente camionetas negras o grises con vidrios blindados y algunas motos oscuras. El busto del expresidente saluda a los visitantes desde las escaleras que dan a la entrada. Eso sí, casi todos los presentes portan una elegancia característica de las inauguraciones: los hombres en traje y las mujeres, en su mayoría, en vestido. Yo me inclino a mirar los agujereados jeans por donde sobresalen mis rodillas y comienzo a pensar que no fue el mejor día para usarlos.

Desde la entrada se observan más murales blancos en los que reposan letras y recuadros de pinturas. En uno de estos muros se lee: La guerra que no hemos visto. En su descripción explica que los cuadros son la recopilación de algunos de los trabajos realizados en un taller con excombatientes en su proceso de reinserción social, razón por la cual los dibujos, desde una perspectiva estética, se componen de trazos sencillos. Lo que trasciende de éstas imágenes es su capacidad de comunicar algo que se lleva en el dolor de la memoria.

Cada una de las pinturas está acompañada por una corta descripción de lo retratado en el lienzo. Una de las más impactantes dice así: “Los cuatro muchachos no habían pedido permiso, ni nada, para poder entrar, pues allá tocaba era pedir permiso. Los cogieron y los tuvieron tres días amarrados. El deseo de ellos era graduarse, seguir adelante, acabar los estudios pa’ ayudarle a la familia. La guerrilla se enojó y de una vez los iban matando, y los mataron a todos cuatro. Yo, como soy tan de blandito corazón, yo lloré, pero como allá no puede dejar que miren que uno está llorando, que es una sanción durísima…”. Hacen un llamado general. La inauguración está a punto de comenzar.

          ─ “Buenas noches a todos. Mi nombre es Ingrid Liliana Torres, curadora de la presente exposición “Desenterrar y hablar: una etnografía estética de la guerra en Colombia”. Ésta surge de la iniciativa de Yolanda Sierra, docente del grupo de Arte y Cultura de la Universidad Externado, y gira en torno a la temática de la reparación simbólica y el papel del arte en el posconflicto; para ello toma tres proyectos de Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisález: La guerra que no hemos visto, Réquiem NN y Silencios. Le concedo la palabra a Yolanda.

          ─ La guerra causa daños colosales en la sociedad y éste proyecto nos recuerda quiénes son los verdaderamente afectados. Gracias al arte, como mecanismo estético capaz de transformar la realidad, podemos trabajar por la superación de los arquetipos latentes que se intensifican en el conflicto armado. Juan Carlos Henao, rector del Externado, no pudo venir el día de hoy pero escribió una carta para éste evento, en la cual resalta los problemas actuales de la erradicación de las artes bajo la excusa de su inutilidad frente al mercado, ignorando que el vigor y el fin de la guerra precisan de los sentidos, a partir de la estética, para superar un conflicto. Recalca que en éste proyecto se evidencia la solidaridad con las víctimas, siendo también un llamado de auxilio a las escuelas rurales. Pero, ahora que hablen los personajes principales, ¿Fernando?

          ─ Gracias Yolanda. Creo que “Desenterrar y hablar” es una experiencia que nos permite enfrentarnos con nosotros mismos, es una vivencia conmovedora y es lo que me ha impulsado a llevarle el ritmo a Juan Manuel, porque en realidad ha sido una labor extenuante y de bastante dedicación, ¿cierto?

          ─ Verdaderamente. Por ejemplo, el proyecto que ven a mis espaldas se llama “Silencios”. Comenzó cuando el 11 de marzo de 2010 fuimos invitados al viejo Mampuján –en los Montes de María–, la comunidad rememoraba los 10 años de su destierro por el grupo paramilitar Héroes de los Montes de María. En el recorrido observé una escuela abandonada, entramos y en éste tablero estaban escritas las vocales, excepto la “o”, desde ahí nos decidimos a buscar los vestigios de la vida, porque entre las víctimas de la guerra, la educación continúa siendo una de las principales afectadas. Por esta razón también es que en 2007 iniciamos talleres con los excombatientes, les permitíamos pintar lo que quisieran y, cuando merecimos su confianza, les dije: “enséñenos qué es la guerra. Yo vivo en Bogotá, en una burbuja. Pinten lo que deseen”. Y así fue, nos hablaron con pinceladas.

La sala se sumerge entre aplausos y los asistentes comienzan a disgregarse. Yo me atrevo a hablarle a Fernando, quien me comenta acerca de lo que fue encaminarse a perseguir los rastros de la vida: “cuando viajamos a Montes de María había terrenos a los que no se podía llegar en carro, por lo que había que caminar largas horas guiados por uno que otro campesino. Una vez me sorprendió cuando uno de ellos señaló unos escombros y dijo: ‘allá nací yo, y ésa era la escuela del pueblo’”.

Levanto la mirada y me impacta la imagen de un hombre solitario con carteles eróticos de mujeres que cubren el tablero, le comento a Fernando y me dice: “sí, estos salones se convirtieron en hogares, o más bien en refugios con cortinas y hamacas, otros en potreros, incluso hay algunos en los que no reina más que el mutismo en el que se sumieron tras la guerra. Mejor dicho, su destino fue el olvido de la educación”. Entonces pienso que quizá la guerra ha triunfado en muchos territorios porque donde debería estar fundándose el futuro, no queda más que el miedo y las ruinas. “Sólo una sigue funcionando en Palo Alto, Sucre, esto delata el descenso poblacional que trajo la guerra al campo”, finaliza Fernando. Me despido de él recordándole nuestra cita para dentro de unas semanas.

Me acerco a un televisor en el que se observa a un burro dando vueltas por un corral (antigua escuela), se mueve impacientemente de un lado a otro, como aguardando un milagro, y sin saber qué hacer consigo mismo. Está allí, de pie, simplemente mirando una pared. Después pareciera advertir mí presencia al mirar a la cámara, es como si me preguntara qué ha pasado allí. De repente la pantalla se oscurece, una frase me saluda y siento escuchar la voz de un campesino: “parece que el burro traía a un niño a la escuela, y ahora el burro vuelve por ese niño que ya no está”. El vacío es inmediato. Me doy la vuelta y siento en mis ojos el dolor que se derrite.

Ya han pasado los días y el calendario me recuerda que al mediodía es la cita. En medio del bullicio citadino vienen a mí los versos del poeta cuando suplicaba, “[…] Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!” Pienso que tal vez éste sea el temor de las víctimas: el miedo al vacío, a la soledad de la memoria. Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

Al llegar, hablamos acerca de “Réquiem NN”, proyecto que nace en 2006 y termina en 2010. Acerca de éste me comenta que las personas que viven en Puerto Berrio, Antioquia, fundaron una tradición peculiar: acoger los cadáveres que el río Magdalena trae. Estos cuerpos, o restos de ellos, son recogidos por los habitantes que les conceden un lugar en la cripta, rezan por ellos, les llevan flores, los bautizan e, incluso, hay quienes les conceden su apellido, a pesar de nunca haberlos conocido. “Aquí nosotros rescatamos a los NN, creemos en sus almas, y nos hacen milagros; además, los adoptamos como si fueran nuestros”, me cuenta Fernando lo que le decía la comunidad. Esto representa una verdadera resistencia contra la guerra, no permiten que estos cuerpos se pierdan en la mar, no les niegan un más allá, desde su concepción religiosa, y cuando menos dignifican a los muertos en una ceremonia de duelo. Les dan una historia, un pasado. Este acto de valentía busca hacerle justicia a los muertos, esgrimiendo que cualquiera de ellos podría ser uno de sus desaparecidos. Los hologramas representan un contraste entre el antes y el después de las tumbas.

“Cuando expusimos el proyecto allá, todo el pueblo se reunió en la plaza principal, exceptuando al cura y al alcalde”, recuerda Fernando. También se lamenta por no haber vuelto al pueblo y teme que ésta tradición la hayan acabado los problemas eclesiásticos y políticos, pero sentencia diciendo que “eventualmente tendrá que acabarse porque esperamos que en ésta época que se prepara para el posconflicto, el río ya no sea un lugar para los muertos”.

Entonces nos sentamos con Ingrid y Fernando para seguir hablando acerca de los proyectos. Les comento que me causa curiosidad cómo un excombatiente es capaz de retratar ese pasado tan doloroso. “Todo es un proceso –contesta Ingrid–. Cuando comenzó en 2007, bajo el Programa de Reintegración, se dictaron cuatro talleres de pintura en dos años, en cada uno recibíamos diferentes desmovilizados: exmilitantes de las FARC, exparamilitares bajo la ley de Justicia y Paz, como también miembros del ejército heridos en combate. Enfrentarse a ésta mezcla de experiencias es impactante, era necesario que primero construyéramos confianza”.

La guerra no le es ajena a nadie, por el contrario, ésta es capaz de llegar hasta los límites de la humanidad, hasta la alienación. Una de las experiencias que recuerdan es que, al principio, ninguno de los excombatientes se sentaba de espaldas a la ventana, porque en la guerra esto era ser un blanco fácil. “Pero fue bello presenciar que, a medida que pasaban las sesiones, ellos eran capaces de transgredir esta barrera y sentarse contra la ventana. Esto me conmovió porque precisamente representa una verdadera reparación en su vida”, dice Fernando.

Ingrid y Fernando son egresados de pregrado y maestría en Artes plásticas de la U. Nacional, ellos me comentaron su opinión con respecto a la actual problemática de la infraestructura y el cierre de admisiones a la carrera de Artes plásticas. “Antes, la universidad era el espacio donde la indiferencia del país no conseguía permear, pero ahora pareciera ser que por fin lo logró y eso, eso es lo verdaderamente preocupante”, afirma Ingrid.

En el campo es necesario hacerse una pregunta, sin ánimos de justificar ningún acto, ¿qué otra oportunidad hay donde la educación ha sido erradicada? Juan Manuel Echevarría, aunque no estaba presente, respondería diciendo que el problema es que los excombatientes “primero tuvieron en la mano un arma, antes que una crayola”. Pero en la ciudad no hay excusa. No estamos lejos de entrar en contacto con esos silencios educativos.

Al despedirme de ellos, pienso en las víctimas que, como el Quijote, se enfrentan a una locura en medio de la soledad más desgarradora. Luego de observar todas éstas exposiciones me detengo ante la entrada de la calle 26, donde alguna vez estuvo escrita una frase: “podrán cortar las flores pero nunca detendrán la primavera”. Entonces, ante esta experiencia, resulta necesario ser el cuervo incisivo y decir: nunca más. Nunca más a algo como la guerra (aunque, tristemente, la vida nos demuestre que la necesita).

Me siento a esperar el bus, el ruido de los carros interrumpe mis pensamientos, pero ni el rugir citadino es capaz de hacerme vacilar al pensar que, en realidad, “lo bonito es estar vivo”, como estaba escrito borrosamente en uno de los tableros. Vivir, no existir, es el acto más revolucionario en nuestra sociedad, pero pareciera que la memoria es tan sólo otro eufemismo en lo tocante a la guerra. La gran apuesta de ésta exposición es sentir a la par de la reflexión, es desenterrar el monumento a la amnesia que se ha erigido con respecto al conflicto vivido por tantas décadas, es exponer la realidad a quienes vivimos en una Bogotá que, en varias ocasiones, no pareciera estar en Colombia.

Las ruedas del tiempo siguen girando, el otoño casi eterno continúa consumiendo las paredes de las escuelas y, pese a todo, las tizas, los lápices, las letras borrosas, y los tableros desgastados, no ceden a la muerte, siguen ahí, en pie… esperándonos.

Por: @migueltavera

Eduardo Umaña Mendoza, un humanista empedernido

“La paz no puede surgir del desorden, de la guerra sin cuartel, del crimen organizado, de las estructuras caducas, de la economía sin rumbos, de la injusticia social, del abandono de la eticidad.”
José Eduardo Umaña Mendoza

“La paz no puede surgir del desorden, de la guerra sin cuartel, del crimen organizado, de las estructuras caducas, de la economía sin rumbos, de la injusticia social, del abandono de la eticidad.”

José Eduardo Umaña Mendoza  

El pasado lunes 18 de abril se cumplieron 18 años del asesinato de José Eduardo Umaña Mendoza. Abogado, defensor de derechos humanos y humanista, dedicó su vida a la búsqueda de la libertad, la dignidad y la justicia para las víctimas de crímenes de estado, principalmente. Entre sus casos más recordados está la defensa de los familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia (caso instaurado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y que en el año 2014 condenó al Estado colombiano por lo ocurrido), el asesinato de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal y Carlos Pizarro Leongómez o la reapertura de la investigación del magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán.

Férreo defensor de la paz y de la terminación del conflicto armado colombiano, veía en la oposición a la paz una posición absurda que ningún honor hace a mente alguna. No obstante, su visión de la paz iba más allá de las promesas y del discurso que se venían adoptando en Colombia durante la década de los 90. Umaña consideraba que la paz solo sería realizable por medio de una democracia participativa y una justicia social, elementos que desarrollarían la discusión sobre la paz como un análisis y un cambio real, so pena de convertir aquellos otros procesos de paz en una gran mentira.

Así mismo, consideraba necesario adelantar un proceso de humanización de la guerra, en donde la paz de mentiras; aquella que no tenía en cuenta las disputas sociales por una vida digna y se fundamentaba en el fin de la confrontación armada, se derrumbara con su propio peso desvelando la pantomima de la supervivencia de los colombianos y permitiendo que se pudiera hablar con dignidad, que todos pudieran participar en el proceso de humanización de la vida.

José Eduardo fue un hombre que escapó a una contradicción inherente a los defensores de derechos humanos en Colombia, la que enfrenta por una parte a la soledad que ronda la lucha por la justicia y por otra, al amor por lo que se hace. La soledad originada por la persecución política, la falta de garantías para los defensores y por un proceso penal profundamente lesivo con el principio del debido proceso (como el de los jueces sin rostro), el amor proveniente de la defensa de la dignidad, la vida, la libertad y el trabajo. Como diría su hijo, Camilo Eduardo, tenía muchas madres como esas mujeres que buscaban, con esperanza, volver a ver a sus hijos desaparecidos; tenía muchos hermanos, cada sindicalista que luchaba por sus derechos y también tenía muchos amigos, personas como él, personas que creían en un país diferente.

Reconociendo la clara injusticia del sistema judicial colombiano, los muros de hierro que se levantaban entre el preso y la justicia, veía así mismo en el derecho una herramienta para la defensa de los luchadores sociales, los que arriesgaban su vida y su libertad por los derechos de las personas.

“Ellos son los mejores defensores, la gente, el pueblo es quien debe organizarse, quien debe defenderse, nosotros somos técnicos pero ellos son realmente los jugadores, a ellos uno se les debe. El aparato de justicia está hecho para los de arriba, sus normas son para defender a los privilegiados. Los luchadores populares, los desaparecidos, los asesinados y sus familiares recorren el camino hasta llegar a encontrarse nuevamente con la impunidad, el rostro de hierro estará siempre custodiado, pero si no hacemos lo necesario, si no asumimos la defensa, no podemos defender y demostrar que ese aparato de la ‘injusticia’ es un aparato de guerra, de destrucción de los pobres, por eso es necesario defender o si no mejor renunciar.”

José Eduardo Umaña Mendoza

Hoy día, ad portas de la terminación del conflicto armado colombiano, sus ideas, análisis y críticas son, más que nunca, fundamentales para poder dibujar la ruta de un país distinto. La construcción de un nuevo derecho que no se comporte como una máquina del terror, que se utilice como herramienta política, que entienda las necesidades y las consecuencias que conllevan el sistema jurídico, de una sociedad civil que participe activamente en la política, que por medio de esta configure una paz de verdad ajustada a las necesidades de las personas y no de las élites del poder. Que posea, este nuevo derecho, un enfoque de la enseñanza y la practica fundamentados en los derechos humanos, que conciba a la dignidad, la vida, la libertad y la verdad como los mínimos sobre los cuales un nuevo país se alce sobre las cenizas de su pasado.

Coletilla: La demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos fue interpuesta por Enrique Rodríguez, y en calidad de co-peticionarios el Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo” (Eduardo Umaña Mendoza participó en su fundación, y colaboró con él) y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL).

Por: Carlos Ariel Bautista @cabautistag

Imagen propia.