15 eventos que no se puede perder de la FilBo 2017

Nuestras quince recomendaciones de los imperdibles de la FILBo 2017.

La Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), se ha consolidado en la última década como una de las más importantes del continente. Este año contará con Francia como país invitado de honor y traerá cientos de conferencias, presentaciones de libros, talleres y debates de diferentes temas. Acá están las recomendaciones de los 15 eventos que usted no se puede perder de la FILBo 2017.

1) Caminando en la construcción de una cultura para la paz

Con la participación de Jesús Santrich, Alejandra Borrero y Jorge Enrique Botero.

Fecha: Viernes 28 de abril.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 4:00 p.m.

2) Celebración de la filosofía

El filósofo alemán, Wolf Kittler, dictará una conferencia que girará en torno a las siguientes preguntas: ¿es la democracia la mejor forma de gobierno? ¿Es posible un estado mundial? ¿Es necesaria la guerra?

Fecha: Viernes 28 de abril.

Lugar: Carpa Arcadia. Hora: 5:00 p.m.

3) Pierre Lemaitre, el gran novelista francés.

Conversación con el gran novelista francés del humor, la rabia y la compasión. Galardonado con el Premio Goncourt, el mayor reconocimiento literario de su país, por la novela Nos vemos allá arriba. Modera: Juan David Correa.

Fecha: Sábado 29 de Abril.

Lugar: Pabellón de Francia. Hora: 3:00 p.m.

4) Richard Ford y la tarea poética del escritor.

Al recibir el Premio Princesa Asturias de las Letras 2016, el escritor estadounidense, Richard Ford, dijo: “Lo que me infunde esperanza son los actos cuyo objetivo es expandir la tolerancia, la aceptación del otro y la empatía, más allá de lo convencional, de lo meramente práctico: los actos poéticos que son a un tiempo actos políticos”. El autor visita Colombia por primera vez. Modera: Valerie Miles.

Fecha: Sábado 29 de abril.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 4:30 p.m.

5) Boaventura de Sousa Santos: Democracia y transformación social.

El gran sociólogo portugués conversa sobre su más reciente libro con Alfredo Molano, Leopoldo Múnera y César Rodríguez.

Fecha: Domingo 30 de Abril y Lunes 1 de Mayo

Lugar: Sala FILBo B – Ecopetrol. Hora: 5:00 p.m.

6) Frida Kahlo y Benjamín Lacombe: Dos artistas en diálogo.

Las creaciones de Lacombe, preciosistas, de profuso color, melancólicas y repletas de detalles, le han permitido convertirse en uno de los mayores exponentes de una nueva generación de ilustradores. Después de la conferencia habrá una firma de libros.

Fecha: Domingo 30 de Abril.

Lugar: Pabellón de Francia. Hora: 3:00 p.m.

7) Conversación entre Brigitte Baptiste y Éric Massé.

Dialogo sobre la biodiversidad en el cómic y la emancipación femenina.

Fecha: Lunes 1 de mayo.

Lugar: Pabellón de Francia. Hora: 4:00 p.m

8) Olivier Bourdeaut y la celebración de la excentricidad

La primera novela de Olivier Bourdeaut, Esperando a Mister Bojangles, ha sido una de las grandes sorpresas editoriales de los últimos años en Francia. Con más de 265 mil ejemplares vendidos, ha obtenido varios de los más importantes reconocimientos literarios, como el Gran Prix RTL-Lire. La novela narra una infancia marcada por la excentricidad de unos padres que hacen de la cotidianidad una fiesta perpetua. Modera: Giuseppe Caputo.

Fecha: Lunes 1 de Mayo

Lugar: Pabellón de Francia. Hora: 5:00 p.m.

9) Fito Páez: La música es un viaje

¡Imperdible! El celebradísimo músico argentino conversa de sus exploraciones artísticas, que incluye la publicación de la novela La puta diabla y de su Diario de viaje.

Fecha: Martes 2 de Mayo.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 6:30 p.m.

10) Premio Nobel de Literatura Vs. Naipaul
La Academia sueca otorgó a Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul el Premio Nobel de Literatura en el 2001 por “haber unido una percepción narrativa y un escrutinio incorruptible en obras que nos obligan a ver la presencia de las historias suprimidas”. Primera vez que el escritor visita Colombia. Modera: Farrukh Dhondy.

Fecha: Miércoles 3 de Mayo.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 6:30 p.m.

11) Historia y elogio de la contracultura con Diana Uribe.

El jipismo, la lucha por los derechos civiles, las batallas por los derechos de la mujer y de la población LGBTI, el movimiento ecologista. Diana Uribe nos recuerda que las utopías surgen en los días más oscuros.

Fecha: Sábado 6 de mayo.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 12:00 p.m.

12) Fernando Vallejo y William Ospina: Las bolas de Cavendish o el triunfo de la impostura

En el nuevo libro de Vallejo se violan todas las leyes del Universo: desde la equivalencia de la masa y la energía (Ley de Einstein), hasta la Tercera Ley de Newton. Vallejo, el fundador de la nueva ciencia de la imposturología, nos exhorta a aumentar el caos que postula la Segunda Ley de la Termodinámica, la del desorden creciente que rige al mundo. Todavía no es el apocalipsis. Pero ya casi.

Fecha: Sábado 6 de Mayo.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 2:00 p.m.

13) Geoff Dyer: El gran arte de la no ficción (o cómo demoler los géneros literarios)

Geoff Dyer es uno de los ensayistas vivos más importantes del mundo. Conocido principalmente por descreer de las barreras entre los géneros literarios y creer simplemente en los “buenos libros”, el autor británico ha llevado la literatura a nuevos lugares. Modera: Marianne Ponsford.

Fecha: Sábado 6 de mayo.

Lugar: Sala FILBO H – Ecopetrol. Hora: 5:00 p.m

14) Piero en la FILBo: una vida cantada

El autor de “Mi viejo” conversa, en entrevista cantada, sobre su trayectoria artística. Modera: Maureén Maya.

Fecha: Sábado 6 de Mayo.

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 4:00 p.m

15) Andrés Cepeda en la FILBo: Mil canciones que cantarte

Una conversación cantada con el artista colombiano.

Fecha: Domingo 7 de Mayo

Lugar: Auditorio José Asunción Silva. Hora: 6:30 p.m

*La información y descripción de los eventos fue tomada del portal oficial de la Feria del Libro de Bogotá

Imagen tomada del portal Publimetro

Por: Fabián Guzman Pardo. Twitter: @feguzmanp

Odebrecht: El descarado “tapen-tapen” de Santos y Uribe

En las últimas décadas quienes han mal gobernado Colombia no solo se han turnado el poder y repartido por igual los puestos en cada gobierno, sino que lograron convertir las entidades de control en comisiones de aplausos y desvíos de investigaciones, con el fin de perpetuar “el tapen-tapen” que ha caracterizado a la justicia nacional.

El caso Odebrecht sintetiza las principales características de la economía y política nacional: un modelo corrupto que utiliza los impuestos de los colombianos para privilegiar las rentas de enormes firmas, magnates nacionales y foráneos junto con un modelo político que nos ponen a elegir entre candidatos, que pintan como diferentes, pero representan los mismos intereses de estos grandes poderes económicos.

Odebrecht giró 11 billones de dólares en sobornos a Colombia, algunos fueron para que esta firma se quedara con el contrato Ruta del Sol 2, que podría ser el proyecto de infraestructura vial más importante de la década. Gracias a Santos junto con Vargas Lleras a través de la ANI (Agencia Nacional de Infraestructura) y la Superintendencia de Industria, se permitió dar por terminado este contrato, en vez de declarar caducidad del mismo, lo que significa que a pesar del claro desvío de recursos públicos, estas empresas pueden seguir contratando como si nada. De este proyecto no solo se benefició Odebrecht (441 mil millones de pesos) sino también Episol, filial de Corficolombiana de Sarmiento Angulo (235 mil millones).

Otro proyecto en investigación es el adjudicado a Navelena (empresa de Odebrecht), que recibió un préstamo irregular del Banco Agrario por $120 mil millones de pesos para la recuperación del río Magdalena.

Al parecer los sobornos no se quedaron en las entidades que adjudicaron los contratos, sino que escalaron hasta los mismos candidatos presidenciales. Se vienen destapando nuevas pruebas donde se demostraría cómo Odebrecht financió las campañas uribistas de los candidatos Santos en 2010 y Oscar Iván Zuluaga en 2014, así como la campaña de Santos del mismo año.

Lo más grave es que las entidades de control hacen el esfuerzo de cubrir las evidentes irregularidades en los casos señalados, como se comprueba con la vinculación del Fiscal Néstor Humberto Martínez quién tiene enormes conflictos de intereses en investigar estos casos. Por un lado, intervino indirectamente en la realización de la adjudicación de la Ruta del Sol, al aprobar el CONPES 3817 de 2014 como Ministro de la Presidencia de Santos que permitió la adición para ese proyecto.

Por el otro, su firma MNA (Martínez Abogados) aparece en dos asesorías a la Ruta del Sol en los años 2012 y 2015, y realizó concepto de asesoría del año 2015 para Navelena, dirigido al Banco Agrario con sello de recibido de Odebrecht. Tan irrefutables y contundentes son las denuncias del senador Robledo, que Martínez, en un claro ejemplo de desespero y politiquería señala al senador de estar en campaña presidencial al realizar estas denuncias. No es más que una cortina de humo por parte del Fiscal, como dice Antonio Caballero y trata por bobos a todos los colombianos al negar su impedimento con un testimonio que dice que en el crédito a Navelena “por error se incluyó logo de Martínez Neira Abogados”.

En las últimas décadas quienes han mal gobernado Colombia no solo se han turnado el poder y repartido por igual los puestos en cada gobierno, sino que lograron convertir las entidades de control en comisiones de aplausos y desvíos de investigaciones, con el fin de perpetuar “el tapen-tapen” que ha caracterizado a la justicia nacional. Los colombianos nos cansamos de que los mismos con las mismas se salgan con la suya, y que por medio de mecanismos legales e ilegales hundan en la miseria, la pobreza y la corrupción a Colombia para beneficiar los intereses de unos pocos.

Por: Diego Cortés.

Imagen tomada de: https://goo.gl/ehxEHs

Gay Talese es gaitanista

Al enterase de la muerte de Gaitán, Efraín corrió entre una multitud a resguardarse en su casa. Más que recordar la tarde del 9 de abril, Efraín recuerda los muertos en las calles y en los diarios del día después.

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Foto tomada a uno de los retratos de Gaitán expuestos en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán

El cielo amenazaba con  lluvia, como en aquella tarde de incendios. Un viejo con sombrero y traje aprieta los labios y lee despacio la ”Oración por los Humildes” de Jorge Eliécer Gaitán. Se llama Efraín Camargo y es un gaitanista lúcido y vívido. Viéndolo de perfil, con toda su elegancia y antigüedad, es imposible no recordar a Gay Talese; padre del nuevo periodismo. Detrás de Efraín, atravesando un sembrado de rosas, está la tumba de “El Líder”: Un círculo de piedra labrada con un rosal marchito en el medio. Sobre la piedra está escrito un nombre y dos fechas: Jorge Eliécer  Gaitán, 1903-∞.

— Don Efraín, ¿usted cree que algo de Gaitán permanece?

—No. Nada —dice haciendo una pausa y negando con la cabeza— ¿Pero qué? Nada.

— ¿Si hoy pudiera decirle algo a Gaitán qué le diría?

Efraín Camargo, se balancea en una de sus piernas y mira sobre mi hombro para ver la tumba de Gaitán.

—Yo le diría que él sí fue un pueblo —su voz se entrecorta. Saca de su bolsillo trasero un montón de servilletas y seca las lágrimas. Luego continúa —. Si uno llora es por rabia, por todo lo que pasó después.

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A la izquierda Efraín Camargo, a la derecha Gay Talese

Efraín Camargo esconde las canas bajo un sombrero negro. Su cara es seca, sus orejas enormes y su nariz prominente. Mide 1.70 –lo sé por su cédula- y su cuerpo duro sostiene un traje oscuro y una corbata con un nudo enorme. En su mano izquierda esconde el papel con el que se seca las lágrimas. La mano derecha, con dos o tres dedos y un muñón, nunca sale de su pantalón.

— ¿Nació en el treinta? —le pregunto sorprendido.

Efraín me mira, sus ojos son azules pero se ven marchitos por las manchas negras de la ceguera, se mete la mano entre el corazón y el abrigo y saca su billetera. Me muestra su Cédula. Efectivamente nació en 1930. Luego me estira un papel rojo, es su carnet del Partido Liberal.

—Yo he sido gaitanista desde el 42 hasta hoy. Yo estudie en los colegios públicos de Gaitán. Y nos daban todo, los papás solo tenían que dejarlo a uno en el colegio, y ya. Todo gracias a Gaitán.

— Entonces, ¿ estuvo en La Marcha del Silencio?

Efraín se me acerca, poniendo su oreja junto a mí para escuchar, luego se  pone recto abre los ojos y continúa:

— ¡Claro!¡ claro que sí! En la marcha del silencio y en todos los viernes culturales en el Teatro Municipal. Yo no perdí oportunidad para verlo.

— ¿Qué pasó el nueve de abril?

Hace sesenta y seis años, el joven Efraín Camargo de 18 años, trabajaba como comerciante en una plaza de mercado al sur de la ciudad. Al enterase de la muerte de Gaitán, Efraín corrió entre una multitud a resguardarse en su casa. Más que recordar la tarde del 9 de abril, Efraín recuerda los muertos en las calles y en los diarios del día después. En ese punto del relato, Efraín se interrumpe para sacar servilletas y limpiarse las lágrimas disimuladamente. Luego me mira y me pide perdón.

Mientras Efraín responde a mis preguntas la tumba es rodeada por un pequeño grupo donde predominan los viejos y un gato que se pasea por el lugar, saludando a los visitantes. El reflejo del gato aparece y desaparece en los charcos que se hacen por las goteras que dominan todo el edificio anexo a la casa en que vivió Gaitán.

Junto a la Tumba de Gaitán es fácil saber por qué no sobrevivió su legado. Enterrado en medio de un edificio de ladrillo rojo, que ocupa la mayor parte del predio de la Casa Museo Gaitán, el sepulcro de Jorge Eliécer está protegido y aislado por una coraza de ladrillo con musgo, cintas de amarillas que dicen peligro y vallas que esconden los montones de basura que allí se guardan. La tumba del Negro Gaitán es una edificación donde no puedes llegar a lo alto y no se puede fotografiar la parte superior por vergüenza del panorama de desastre.

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En realidad toda la Casa Museo Gaitán deja mucho que desear. La casa propiamente dicha, el punto central y mejor conservado, es un recorrido por la vida cotidiana e íntima de Gaitán –incluido el baño-, en donde las paredes y los guías nos salpican levemente con su faceta pública sin revelar las justas proporciones de su legado.[1] Junto a la casa, un vagón del ferrocarril convertido en sala de cine y los rieles incrustados en el piso, son la excusa para hablar de los incendios del Día del Odio. El resto del predio, del lado de la carrera 16, es un parqueadero.

Sin embargo, es la tumba el centro de atracción. ¡Cómo no!, si todo el mito de Gaitán gira entorno del 9 de abril y la turba en llamas. Sobre ese día, que parece ser el único que cuenta en la vida de Jorge Eliecer. Alrededor de su muerte, gira todo lo que sabemos de El líder, como si su vida y obra simplemente no valiera nada, y su mayor logro –su mayor fracaso- fuera morir baleado en pleno centro de Bogotá. Gaitán es el hombre que murió en la víspera.

Pero la desaparición del Gaitán Nacional, evidente cuando extremas derecha e izquierda lo reclaman en sus filas, no es fortuita. En Colombia nos hemos esforzado por olvidar a Gaitán. Comenzando con su entierro en la sala de su casa,  un sitio estrecho y privado a donde no podría acudir el Pueblo al que Gaitán dirigía, luego los ataques de los conservadores a los gaitanistas, y ahora este olvido solemne y anual al que lo sometemos en un edificio que amenaza con caer y borrar todo rastro de Gaitán por siempre.

—Yo tenía mi carnet de gaitanista antes que el de liberal. ¿Ya se lo mostré? —Efraín hace un ademán para sacar del bolsillo interior de su saco la billetera.

— Sí señor, ya me la mostró.  ¿Qué le pasó al carnet de gaitanista?

—Me lo hicieron comer. Me arrodillaron en la carrera doce sur con calle sexta y me dijeron  —Efraín se acerca a mí y con su mano izquierda me apunta con un arma invisible—, se lo come o se muere.

Termina la demostración, Efraín vuelve a esconder su mano izquierda en el bolsillo de su traje.  Un grupo de jóvenes –y otros no tan jóvenes- nos han rodeado y escuchan las historias del viejo que llora cuando recuerda su vida marcada por un hombre que era un pueblo.

Cuando termina la entrevista, algunos se arriesgan a pedirle a Efraín una foto. El viejo posa solemne escondiendo sus  manos atras. Se despide tomándome con sus manos los brazos, “Después de llorar, !qué dicha!” me dice antes de darle una última mirada a la tumba y caminar hacia la casa. Termina otro nueve de abril y la lluvia comienza a pintar figuras en las aceras grises. Nada apagará el fuego que camina bajo sombrero.

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Recomendado: en la sala de Museo Casa Gaitán se  exhibe un corto animado  sobre los orígenes de la Violencia en Colombia, dejo el link para los que lo quieran ver: https://vimeo.com/154010137.

[1] Una muestra de la importancia de la muerte en la construcción de la memoria de Gaitán está en que anteriormente  en la Casa Museo se exhibían el traje con que murió Gaitán y el arma con que le dispararon.  Gloría Gaitán, hija de Jorge Eliecer, habla al respecto en un artículo “Memoria y memoricidio” que escribió para la Revista del Archivo de Bogotá: de Memoria. Pueden encontrar el texto en el siguiente link: https://issuu.com/archivodebogota/docs/revista_de_memoria_no.6

Texto y fotografia por: Juan Pablo Parra @parra95

Imagen de Gay Talese tomada de: http://drugstoremag.es/2015/05/mirando-el-ring-gay-talese/.

35 años sin Feliza Bursztyn, la “terrorista” que transformó el arte.

Disfrutó al subvertir lo establecido, al desconfiar de la belleza convencional, al convertir lo desordenado, lo feo y lo desechable en el más hermoso reflejo de nosotros mismos y de nuestra sociedad.

Entre cientos de trozos de metal, motores, cucharas oxidadas, envases y residuos de soldadura vivió Feliza en el barrio El Recuerdo, en la ciudad de Bogotá. Una mujer que con su detonante risa, su encanto, pero sobre todo con su genialidad irrumpía en el mundo del arte; su escultura no era estática, ella  tenía la capacidad de darle vida propia y así como la vida misma, en apariencia no tenía un orden, estaba hecha de retazos y  desperdicios de cobre y de chatarra, pero que como un todo rendían un homenaje a la mujer, a la libertad, a la capacidad de creer en la vida en donde las sombras de la muerte más profundas se hacen.

Cada escultura de Feliza tiene un código, un mensaje por descifrar, tan reales fueron estas, que muchos en su época criticaron y rechazaron su obra, la sociedad con un rostro muy al estilo de Frankestein se asustó al ver su reflejo en las esculturas de aquella irreverente artista quien no conocía el límite; la imaginación fue la única frontera que creó entre el espectador y la escultura. Disfrutó al subvertir lo establecido, al desconfiar de la belleza convencional, al convertir lo desordenado, lo feo y lo desechable en el más hermoso reflejo de nosotros mismos y de nuestra sociedad.

El mundo lo cambian quienes tienen la locura como ámbito de vida. Sin embargo no fue fácil ser mujer y ser artista en la época de Feliza, su personalidad y su actitud fueron incómodas para una sociedad acostumbrada a normas fijas e incuestionables en los roles sociales establecidos mentalmente. Era una defensora clarísima del papel de la mujer en la sociedad.

En la Ciudad Universitaria de Bogotá encontramos una de sus más imponentes obras: La escultura en homenaje a Alfonso López Pumarejo, maqueta que por muchos años estuvo guardada en la casa Pablo Leyva, pues en los 60s la escultura generó una polarización, un escándalo que hizo “exiliar” esta obra por varias décadas. La escultura que realizó Feliza Bursztyn en los años sesenta del siglo pasado y que vio la luz solo hasta finales de la primera década del siglo XXI, es un gran monumento de acero, tubos de diferentes alturas y diámetros, que como un árbol emerge de la tierra, dejando así entrever su color oxidado, en donde el viento y el sol le han hecho la pintura y que de la misma manera como nace de la tierra parece apuntar hacia el cielo, en un bella simetría formada por la armonía de la diferencia de los tubos.

Por culpa de la soldadura de sus esculturas Feliza empezó a sufrir de los pulmones, por lo cual a veces le costaba respirar. Esa mujer anarquista del arte y de la cultura, amante confesa de su vida en Bogotá y en Colombia, que empezaba a padecer de esa enfermedad, terminaría en el exilio. Antanas Mockus dijo hace un tiempo, que un artista es un terrorista que respeta la vida, en el caso de Feliza no solamente respetaba la vida, sino que amaba la vida, una vida llena de risas, pues para ella, aunque las cosas eran serias, había que reírse de ellas, ser un poco loco. Por esto en el gobierno de Turbay Ayala con su estatuto de seguridad, empezó una persecución a intelectuales, artistas y cualquier voz crítica que tuviera el país.

De repente un día a las cinco de la mañana, ingresan diez y ocho militares vestidos de civil a registrar su casa, pues era acusada de que en su taller de chatarra fabricaba armamentos bélicos, fue amordazada, e interrogada. Feliza, se exilia en México en donde vive por algunos meses con Gabriel García Márquez y su esposa, después viaja a París en donde estará hasta el día de su muerte. Cuentan Pablo Leyva y García Márquez, que Feliza no era la misma, su grata sonrisa y su alegría de la vida se habían esfumado al partir de Colombia. Feliza no murió de pulmonía o de cáncer, murió de tristeza afirmó contundente García Márquez. Y lo único que encontraron en su casa los militares fue un montón de chatarra con el que Feliza aspiraba a cambiar el mundo. Sin duda un acto de terrorismo para la época.

Por: Fabián Guzmán Pardo. Twitter: @feguzmanp

Imagen tomada de: goo.gl/UjVg5j

El Paro Cívico del Chocó sí ganó

En estos momentos, donde arrecian los golpes contra la producción y el empleo nacional, y el gobierno Santos se empeña en recortar los derechos sociales, debemos organizarnos y movilizarnos en todo el país para exigir una nación realmente productiva, soberana y digna.

El pasado mes se desarrolló en el departamento del Chocó un Paro Cívico de gran envergadura. La movilización social y la resistencia civil de la población chocoana desbordaron las calles y en ocho días lograron sentar al gobierno Santos y hacerlo aceptar los puntos exigidos por la comunidad.

La bandera de la movilización fue la denuncia del abandono Estatal, cristalizado en un absurdo nivel de pobreza que corresponde al 63% de su población, y el 37% en pobreza extrema. Chocó tiene la cuarta mayor tasa de desempleo del país y es la región colombiana con el mayor índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (79% de la población afectada).

La lista continúa, pero el cúmulo de condiciones de una población sumida en el atraso económico y la miseria social desembocó en la indignación y paralización de colegios, tiendas y transporte en la región por parte de los pobladores, orientados por el Comité Cívico por la Dignidad y la Salvación del Chocó.

Los puntos exigidos fueron 10 de un pliego integral que incluyó los temas de vías, salud, educación, cultura, saneamiento básico, conexión eléctrica, entre otros. Si bien la negociación no incluyó todas las necesidades de la región, lo ganado es un enorme avance. En el tema de vías ganaron la inversión de 720.000 millones de pesos para financiar las carreteras Medellín-Quibdó y Quibdó-Pereira, y los recursos para los estudios del tramo que da vía al mar. En salud, el gobierno deberá construir un hospital de tercer nivel y sanear la deuda con el Hospital San Francisco de Asís.

Por último se creó una mesa permanente entre los miembros del Comité Cívico y el gobierno para hacer revisión permanente al cumplimiento de los acuerdos, imprescindible en un país donde se debe hacer un paro para que el gobierno asuma compromisos y otro para que los cumpla.

Chocó le acaba de dar un ejemplo de valor a toda Colombia. En estos momentos, donde arrecian los golpes contra la producción y el empleo nacional, y el gobierno Santos se empeña en recortar los derechos sociales, debemos organizarnos y movilizarnos en todo el país para exigir una nación realmente productiva, soberana y digna.

Por: Diego Cortés

Imagen tomada de: http://goo.gl/nthuxI

Colombia Científica

 

Parece un faro en la mitad de la Cordillera Oriental. Construido ahí en 1803 para que las estrellas que surcaban el cielo no naufragaran contra los Andes. Así es el Observatorio Astronómico Nacional (OAN), el primer observatorio construido en América. Visto de afuera también parece un fantasma. El espectro de aquella Colombia que ya no es, pero que un día fue: la Colombia científica.

Sebastián, el guía del observatorio, con sus pantalones holgados y su sonrisa permanente, termina de registrar una bolsa llena de mapas que encontramos durante nuestra visita. Uno de los guardias en traje palapa la bolsa negra de arriba abajo, deja la bolsa en el piso y trata de mirar el contenido de los mapas a través el agujero que sirve de mirilla al enrollar un papel.

Es cerca del mediodía, el día es claro y el viento mueve las palmeras. El Observatorio Astronómico Nacional aún sigue ahí. Un fantasma. Blanco y decrepito, simplista ante la opulencia que lo rodea, un hueso blanco y viejo enterrado en medio de la ciudad. Sigue ahí para recordarles a todos que dejamos pasar nuestra oportunidad de ser una potencia científica. Un retazo de esa época en que Mutis, Caldas y Humboldt pasearon por una Bogotá que aún practicaba esa antigua tradición Muisca, mirar a las estrellas.

Cuando Sebastián sale me pide que cargue los mapas con una sonrisa. Al llegar a la esquina le doy las gracias al guía. Me volteo para verlo por última vez, sigue ahí: muerto, solo, tras las rejas. No es un observatorio astronómico, es una tumba.

La Tumba

Para conocer las Sede Histórica del OAN se necesita cita previa y puntualidad. En la entrada, una oficial de policía me solicita la cédula, verifica que esté en la lista y me deja entrar. Luego un hombre con traje me requisa. Dejo todas las cosas que llevo en mi maleta y se la entregó a otro hombre con vestido. Un oficial de policía la recibe a través de un orificio en la pared. Yo ingreso a una capsula de puertas de vidrio automáticas. Salgo y entrego mi cédula mientras pasan mi maletín por una máquina de rayos X. Revisan mis datos en la pantalla y me dejan entrar. El proceso termina con el registro y una foto en la recepción de la Casa de Nariño.

Me siento en una pequeña sala. Las paredes son blancas y el piso parece recién brillado. Fotos del presidente, los ministros y sus familias decoran los muros. Un grupo de uniformados me acompañan, me llaman por mi nombre y me saludan con amabilidad, yo miro sus gafetes para responder. “Son lo mejor de lo mejor: ejército, policía y la marina”, me dice uno de los jóvenes con uniforme de gala que entra y sale de la recepción. El guía aparece hora y media después de lo acordado.

El Observatorio cuenta con cuatro plantas incluida la cúpula. Las plantas se comunican gracias a una escalera cuadrada pegada al resto del edificio y qué le da cierto aire a iglesia. En el primer piso se encuentra una amplia mesa para reuniones, algunas máquinas de escribir fuera de forma y parte considerable de la que llaman “la biblioteca astronómica más grande del país”, conformada por grandes volúmenes antiguos en todos los idiomas posibles. Candelabros con un fingido aspecto colonial cuelgan como ramas de árboles de las paredes. En el piso se encuentra la puerta del túnel de escape –ahora inutilizado- que daba a La Casa de la Expedición Botánica. El techo se eleva varios metros sobre el piso y tiene forma de huevo. La curvatura de las paredes genera un singular efecto acústico: al ubicase al centro del recinto es inevitable generar algo de interferencia por el eco, pero, al parase en los extremos de la circunferencia, aun los tonos bajos viajan con una claridad y tono perfectos.

Esos curvados muros fueron testigos del nacimiento de nuestro País. El 19 de julio de 1810, un grupo de jóvenes criollos –entre ellos José Francisco Caldas y Camilo Torres– se reunieron en el observatorio para ultimar detalles de una conspirar contra la monarquía.

En las escaleras adjuntas se encuentra emparedada una placa conmemorativa que mandó a poner Tomás Cipriano de Mosquera. La segunda planta es mucho más alta. El techo tiene una pequeña abertura por donde entra un haz de luz que sirve como manecilla al reloj solar dibujado en el piso de madera. Lastimosamente el reloj solar no funciona, el español Domingo Petrés –conocido diseñador de iglesias- lo construyo utilizado las coordenadas europeas.

El segundo piso está adornado con cuadros de ex directores del Observatorio. Pedazos de la historia de Colombia: Humboldt el inventor de ciencias, Mutis el sabio de las plantas, Caldas y los misterios de la muerte, José María Benítez creador de esa arraigada institución de en los entes públicos, sueldos mediocres. Encontramos además los libros faltantes de la biblioteca y un busto Caldas. Viejos instrumentos astronómicos duermen plácidas siestas en sus casas de vidrio.  Parecen sacados de la portada de una novela de Julio Verne.

Mientras escucho la charla imagino al General Mosquera arranca el piso para fabricar balas en medio de una batalla. Luego veo a Caldas pasearse por la que fue su casa. El fantasma de la Colombia científica. Al salir, el guía me muestra un viejo reloj de péndulo, “con ese se daba la hora oficial en Colombia”, me dice.

Ascendemos nuevamente por las escaleras. Desde arriba es imposible no recordar la famosa escena de la película Vértigo de Alfred Hitchcock en donde el protagonista sube al campanario. Salimos a la tercera planta: una terraza partida en dos por una columna que sirve de banca.

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Desde aquí veo la planta baja a través del agujero del reloj. El guía comenta sobre la vista. El Observatorio se encuentra encerrado: La casa de Nariño, el Congreso, el Ministerio de Cultura, el Claustro San Agustín, el Convento Santa Clara y el Batallón Guardia Presidencial, forman un cerco alrededor de la torre de las estrellas. Es cómo un panóptico invertido -aquella cárcel perfecta compuesta por un círculo y una torre central que los vigila a todos- donde el preso es el guardia. Encerrado en su torre los astrónomos esperan el día de su extinción. Sí fuéramos una potencia científica, tal vez hoy desde la cúpula los hombres de ciencia nos vigilarían a todos. No estoy seguro que es peor.

Antes de entrar a la cúpula, Sebastián me pregunta por el punto donde estoy sentado. “Ahí donde está sentado es el centro del país”, me dice. Sí, la Sede Histórica del OAN es el centro del país, el punto geográfico 0° 0’ 0”. En realidad no es extraño, en el Observatorio Astronómico Nacional se incubaron muchas –prácticamente todas- de las actuales instituciones científicas del país, entre ellas El Instituto Geográfico Agustín Codazzi, cuyo nombre proviene de uno de los directores del OAN.

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La cúpula. El corazón de un observatorio astronómico, un huevo metálico de donde germinará un telescopio. “No podemos entrar”, me dice el guía. Sigue sonriendo. El corazón de este titan de la ciencia ya no da más. La cúpula la sellaron a principios de 2016 porque el piso era muy inestable. Entonces ya murió, pensé. Subo hasta donde es posible en medio de una completa oscuridad, en el Observatorio cortaron la luz hace más de un mes. El guía corre una tabla y me dice que mire. Ahí está el telescopio. Desde abajo parece la pierna de robot gigante.

Al salir de la torre blanca, firmo el libro de visitantes, mientras Sebastián empaca en una bolsa de basura un montón de rollos de papel. Al salir me paro frente a la entrada de la Casa de Nariño a esperar. Es aquí cuando el observatorio se me antoja fantasmal.

El manicomio.

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Imagine entrar a un sitio donde se dedican a mirar para arriba. Sí, leyó bien, se dedican a mirar para arriba, a simular estrellas, a deformar espejos. Lo hacen con una obstinación demente, durante toda la noche, sin dormir. Como solo uno de los Buendía lo podría hacer. Como lo hicieron los genuinos americanos antes que nosotros. Podría pensar entonces que está en Macondo, pero no es así, se encuentra en la Sede Académica del Observatorio Astronómico Nacional.

Me acompañan a mi primera visita nocturna a la Sede Académica ubicada al interior del campus de la Universidad Nacional. Hemos dejado atrás a la torre junto a la casa del presidente. Entramos a un edificio en ladrillo, de una planta y con dos chichones de tamaños distintos sobre el techo. La entrada la domina un telescopio gigante que reposa junto a una campana. Parece un cañón de guerra de la primera guerra mundial, de esos que cargan por atrás y escupen el casquillo vacío. En el salón de entrada hay un grupo de jóvenes esperando por el inicio de otro “Jueves Bajo las Estrellas”, un programa de difusión del conocimiento y observación de cuerpos estelares, liderado por la Facultad de Ciencias de la UN, y dirigido a todo el público.

La mala noticia es que la noche está nublada. Sebastián me dice que no me preocupe, tras la charla es probable que saquen los telescopios, para tratar de pescar alguna estrella escondida tras las nubes que parecen las aguas espumosas del río Bogotá. La puerta de acceso a las cúpulas está cerrada. En días pasados me permitieron entrar a la cúpula de mayor tamaño para echarle un vistazo al sol: una forma amarilla y circular, con manchas negras y pequeñas hebras descosidas en los bordes. Las manchas tienen el tamaño de la tierra, las hebras son explosiones con un poder atómico. A simple vista solo es el sol.

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La charla de esa noche es sobre telescopios modernos; óptica adaptativa. Por tratarse de una charla para todo el público el expositor tiene vedadas las ecuaciones. La óptica adaptativa es la solución al problema de la falta de resolución al mirar las estrellas. La atmósfera terrestre y nuestra limitada vista nos impiden ver con claridad los cuerpos celestes. Al verlas con un telescopio común, las estrellas se mueven y titilan como luciérnagas. Para solucionar el problema, los astrónomos fabrican sus propias estrellar usando rayos de sodio de 30 centímetros, que deben ser coordinar con las autoridades aéreas. Al recibir el láser de vuelta, se usan supercomputadores para determinan qué curvatura debe tener el espejo que capta el láser en la tierra para que la definición de la imagen sea perfecta. Esos espejos maleables como el agua están compuestos por otros pequeños espejos. La idea es simple, imagínese esos espejos de feria que deforman la imagen para vernos gordos o flacos. La charla termina y el cielo sigue cubierto de nubes.

Salgo al pasillo donde comparto galletas y aromática con los visitantes. El guía me confirma que hoy no habrá observación de cuerpos celestes. Me da la espalda toma la bandeja y me ofrece una galleta sonriendo. “Sera para la próxima” me dice finalmente a modo de despedida. Salgo de la Sede Académica, mientras imagino una serie de telescopios puestos unos junto a otros apuntando a las estrellas. Parece la escena de un fusilamiento. Me gusta pensar que eso fue lo último que vio Caldas, un montón de joven usando la mirilla para acertarle a una estrella. Pero la verdad es que vio una hilera de fusiles y tras las armas vio soldados. ¡España no necesita sabios!, Colombia tampoco. Pienso mientras veo los cerros de Guadalupe y Monserrate que no logran tocar las nubes.

Unos días después regreso. El cielo está despejado. Escucho una nueva charla sobre motores, cohetes y viajes espaciales. A las 7.30 el conservatorio termina. En el pastal frente hay dos telescopios gordos e inclinados hacia arriba. Nada que ver con un fusilamiento, parecen más cámaras de televisión montadas en sus trípodes. Grupos de jóvenes y familias corren para tener un buen puesto en la fila. El guía me saluda. Primero observo el cumulo de estrellas Tolomeo. Acerco uno de mis ojos al ocular. Adentro hay depositado un pequeño charco con muchas perlas regadas. Me alejo y miro el cielo, aún con gafas apenas veo un punto blanco a lo lejos.

Luego la fila del otro telescopio, el más grande. A un niño pequeño lo alzan para que logre ver algo. El guía se me acerca. Me explica que hay los cúmulos son agrupaciones de estrellas dentro de nuestra galaxia, pero fuera de la vía láctea. “Fuera del sombrerito”, me dice dibujando el sombrero con las manos. Hay dos tipos de cúmulos, los cerrados que son circulares y los abiertos que no tienen ninguna forma. “Simplemente cuando pasas la mirada están ahí, un montón de estrellas”.

Dentro de la ocular, pequeñas luces de distintos tonos decoran el fondo negro. Parece una mujer pecosa. Observo el cumulo de La mariposa, si bien no parece un insecto en lo absoluto. Me alejo del grupo de personas que reclaman por un planeta. El guía les explica que a finales de octubre Marte está muy lejos y Neptuno ya no es visible a esa hora. Las personas protestan. Dos jóvenes discuten sobre las variantes de la teoría de la relatividad que se presentaron durante la charla. Cruzo la calle, el observatorio parece dormido; solo lo habita la luz amarilla de los bombillos, al otro lado de la calle aún vive la Colombia científica.

La banalidad del mal en Colombia

(…) La Casa Arana, una próspera empresa cauchera, operó en el Amazonas colombo-peruano. Esta empresa mutiló y sometió a la esclavitud a miles de indígenas por décadas. Pero sólo fue hasta 1924 con la publicación de La vorágine que el país le dio relevancia al tema.

El siglo XX fue un periodo para pensarnos como Nación: desde el inicio de la centuria hasta finales de la década del treinta, la Casa Arana, una próspera empresa cauchera, operó en el Amazonas colombo-peruano. Esta empresa mutiló y sometió a la esclavitud a miles de indígenas por décadas. Pero sólo fue hasta 1924 con la publicación de La vorágine que el país le dio relevancia al tema.

A mediados del siglo pasado, entre 1946 y 1957, en Colombia se vivió la Violencia, una pseudoguerra amañada y borracha entre los partidos tradicionales que pusieron de moda el corte de franela a lo largo y ancho del país, pero nadie, más que unos cuantos literatos, se dignaron a estudiar y denunciar la barbarie. Fue hasta 1962 que Guzmán, Umaña y Flas le mostraron al país las dimensiones y características de su realidad.

Termina la Violencia, una nueva forma de violencia sacudió al país. Mediante bombas y sicarios, los narcotraficantes financiaron su bonanza de muertos e hicieron de este país el estereotipo del paraíso droga.

Cerrando el siglo, los paramilitares se extendieron por el territorio nacional, mediante masacres y asesinatos selectivos, se hicieron con poder suficiente para entrar al Congreso durante el principio del nuevo siglo. Solo una década y media después, comenzamos a entender que pasó durante los años de la Casa Castaño.

Una mirada excesivamente rápida de nuestra historia lleva preguntarnos: ¿Por qué los gobiernos de turno y los colombianos de a pie parecen no haber hecho nada para evitar las catástrofes? La respuesta es simple: en Colombia banalizamos el mal. Pero, ¿qué es la banalidad del mal?

En 1963, Hannah Arendt publica Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, un largo ensayo en el que la filósofa trata de encontrar, a partir de su narración del juicio del Estado de Israel contra Adolf Eichmann (un ex miembro del partido Nazi), una respuesta a la explicación para los actos de total vileza e inhumanidad con los cuales se perpetró la Solución Final.

Pero la banalidad del mal va más allá del Holocausto, Arendt no se limita a explicar por qué los miembros del partido nazi llevaron a cabo el genocidio sino que de forma paralela intenta analizar por qué el pueblo alemán toleró ese terrible episodio de su historia.

Debemos preguntarnos entonces, ¿hemos banalizado el mal en Colombia? La respuesta es sí. Y no solo la banalizaron quieres perpetraron los asesinatos, las masacres, las violaciones y demás crímenes, sino que todos los demás lo banalizamos al volverlo común. Nos acostumbramos a las historias de la muerte y a los desplazados, trivializamos el mal y derretimos la humanidad de millones de víctimas.

Lo peor es que seguimos haciéndolo. Llevamos más de 50 años en guerra, una guerra que en 2013 ya  iba en 5,5 millones de víctimas. Personas que en muchos casos no conocemos, no imaginamos y no nos importan. La maldad y la corrupción se hicieron tan cotidianas que nos limitamos a comentarlas con algo de incredulidad, pero no sentimos nada,  y así seguimos aceptando esta oscura etapa de nuestra historia. Usando eufemismos para hacernos la vida menos vergonzante.

Arendt decía que es parte del hombre sus pulsiones hacia la maldad. No se trata de hombres y mujeres con enfermedades atávicas, sino de seres humanos en contextos donde es fecunda la semilla del odio. Lamentablemente, Colombia es una tierra buena y fructífera con climas tropicales y andinos; listos para sembrarlos con balas.

Por: Juan Pablo Parra @parra95

Imagen tomada de: goo.gl/YtBEFU