Eduardo Umaña Mendoza, un humanista empedernido

“La paz no puede surgir del desorden, de la guerra sin cuartel, del crimen organizado, de las estructuras caducas, de la economía sin rumbos, de la injusticia social, del abandono de la eticidad.”
José Eduardo Umaña Mendoza

“La paz no puede surgir del desorden, de la guerra sin cuartel, del crimen organizado, de las estructuras caducas, de la economía sin rumbos, de la injusticia social, del abandono de la eticidad.”

José Eduardo Umaña Mendoza  

El pasado lunes 18 de abril se cumplieron 18 años del asesinato de José Eduardo Umaña Mendoza. Abogado, defensor de derechos humanos y humanista, dedicó su vida a la búsqueda de la libertad, la dignidad y la justicia para las víctimas de crímenes de estado, principalmente. Entre sus casos más recordados está la defensa de los familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia (caso instaurado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos y que en el año 2014 condenó al Estado colombiano por lo ocurrido), el asesinato de los candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal y Carlos Pizarro Leongómez o la reapertura de la investigación del magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán.

Férreo defensor de la paz y de la terminación del conflicto armado colombiano, veía en la oposición a la paz una posición absurda que ningún honor hace a mente alguna. No obstante, su visión de la paz iba más allá de las promesas y del discurso que se venían adoptando en Colombia durante la década de los 90. Umaña consideraba que la paz solo sería realizable por medio de una democracia participativa y una justicia social, elementos que desarrollarían la discusión sobre la paz como un análisis y un cambio real, so pena de convertir aquellos otros procesos de paz en una gran mentira.

Así mismo, consideraba necesario adelantar un proceso de humanización de la guerra, en donde la paz de mentiras; aquella que no tenía en cuenta las disputas sociales por una vida digna y se fundamentaba en el fin de la confrontación armada, se derrumbara con su propio peso desvelando la pantomima de la supervivencia de los colombianos y permitiendo que se pudiera hablar con dignidad, que todos pudieran participar en el proceso de humanización de la vida.

José Eduardo fue un hombre que escapó a una contradicción inherente a los defensores de derechos humanos en Colombia, la que enfrenta por una parte a la soledad que ronda la lucha por la justicia y por otra, al amor por lo que se hace. La soledad originada por la persecución política, la falta de garantías para los defensores y por un proceso penal profundamente lesivo con el principio del debido proceso (como el de los jueces sin rostro), el amor proveniente de la defensa de la dignidad, la vida, la libertad y el trabajo. Como diría su hijo, Camilo Eduardo, tenía muchas madres como esas mujeres que buscaban, con esperanza, volver a ver a sus hijos desaparecidos; tenía muchos hermanos, cada sindicalista que luchaba por sus derechos y también tenía muchos amigos, personas como él, personas que creían en un país diferente.

Reconociendo la clara injusticia del sistema judicial colombiano, los muros de hierro que se levantaban entre el preso y la justicia, veía así mismo en el derecho una herramienta para la defensa de los luchadores sociales, los que arriesgaban su vida y su libertad por los derechos de las personas.

“Ellos son los mejores defensores, la gente, el pueblo es quien debe organizarse, quien debe defenderse, nosotros somos técnicos pero ellos son realmente los jugadores, a ellos uno se les debe. El aparato de justicia está hecho para los de arriba, sus normas son para defender a los privilegiados. Los luchadores populares, los desaparecidos, los asesinados y sus familiares recorren el camino hasta llegar a encontrarse nuevamente con la impunidad, el rostro de hierro estará siempre custodiado, pero si no hacemos lo necesario, si no asumimos la defensa, no podemos defender y demostrar que ese aparato de la ‘injusticia’ es un aparato de guerra, de destrucción de los pobres, por eso es necesario defender o si no mejor renunciar.”

José Eduardo Umaña Mendoza

Hoy día, ad portas de la terminación del conflicto armado colombiano, sus ideas, análisis y críticas son, más que nunca, fundamentales para poder dibujar la ruta de un país distinto. La construcción de un nuevo derecho que no se comporte como una máquina del terror, que se utilice como herramienta política, que entienda las necesidades y las consecuencias que conllevan el sistema jurídico, de una sociedad civil que participe activamente en la política, que por medio de esta configure una paz de verdad ajustada a las necesidades de las personas y no de las élites del poder. Que posea, este nuevo derecho, un enfoque de la enseñanza y la practica fundamentados en los derechos humanos, que conciba a la dignidad, la vida, la libertad y la verdad como los mínimos sobre los cuales un nuevo país se alce sobre las cenizas de su pasado.

Coletilla: La demanda ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos fue interpuesta por Enrique Rodríguez, y en calidad de co-peticionarios el Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo” (Eduardo Umaña Mendoza participó en su fundación, y colaboró con él) y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL).

Por: Carlos Ariel Bautista @cabautistag

Imagen propia.

Aprender a vivir sin matarnos

Lo más difícil del Proceso de Paz no será su firma, como algunos llegarían a pensar, sino su implementación y los cambios sociales que de él se deriven. Para que Colombia pueda dejar atrás este largo invierno y encontrar tras el muro las flores de primavera será fundamental que remplacemos la discusión por el debate, la intolerancia por el respeto a la diferencia. Es necesario que aprendamos a vivir sin matarnos.

Lo más difícil del Proceso de Paz no será su firma, como algunos llegarían a pensar, sino su implementación y los cambios sociales que de él se deriven. Para que Colombia pueda dejar atrás este largo invierno y encontrar tras el muro las flores de primavera será fundamental que remplacemos la discusión por el debate, la intolerancia por el respeto a la diferencia. Es necesario que aprendamos a vivir sin matarnos.

En este cambio la Universidad Nacional de Colombia no puede jugar un papel pasivo o secundario, todo lo contrario, debe ser un foco de debate interno que propicie para si estás transformaciones y que las impuse por todo el territorio nacional: debe regresar a ser una universidad que ve de cara al país y da respuestas a sus problemas; debe convertirse en un centro de debate nacional por excelencia, donde todas las visiones participen y sean respetadas; debe ser una universidad para el saber y La Paz.

Para afrontar tan titánica tarea se debe partir de un presupuesto razonable: no hay democracia sin debate, y debate sin participación y respeto. Por tal motivo, la universidad debe ser un ejemplo para el país de debate y deliberación, que se consigue propiciando la participación real y efectiva  de su comunidad en las decisiones que los afectan, aumentando la participación de los estudiantes, profesores y trabajadores en las decisiones, convirtiendo los órganos colegiados un espacio de construcción colectiva y no en un saludo a la bandera. Así mismo, se deben garantizar formas de participación amplia fundamentadas en la diversidad, de tal suerte que todo el que quiera participar, independientemente de su postura política o académica lo pueda hacer, y que a su vez, sus opiniones sean tomadas en cuenta por los órganos colegiados.

Junto a lo anterior, la Universidad Nacional debe convertirse en la institución que, por medio de la investigación y construcción del conocimiento, encabece y ayude a dar respuesta a los problemas e interrogantes de esta nación: ¿qué causas sociales originaron el conflicto? ¿cómo se deben reparar las comunidades y las víctimas? ¿qué cambios necesita la legislación y el sistema político? Para conseguir esto, es fundamental que la universidad regrese a las comunidades y a las ciudades, que tenga otra vez un contacto directo con la realidad, que estudie de primera mano el país, y desde ahí, contribuya a la convivencia y la reconciliación. Sin embargo, para esto es necesario que la Universidad Nacional cuente con una financiación plena del Estado que le permita contar con investigadores e insumos de primera categoría, que la docencia no se vea afectada sino beneficiada por la investigación y que sus labores académicas tengan un alcance importante.

Para terminar, la universidad se debe abrir al país, se debe convertir en el principal centro de debate nacional, debe de dejar de ser su propio referente y que lo vuelva a ser este primero. Debe ser un sitio donde las Altas Cortes puedan encontrar respuestas a los problemas jurídicos más importantes; donde el Congreso encuentre ayuda para solucionar los problemas del país, desde el diagnóstico a la implementación; donde el Gobierno Nacional pueda debatir y escuchar al país en toda su complejidad, donde encuentre una mano crítica y analítica que no reproduzca monólogos, sino un debate de ideas.

Colombia necesita y se merece una Universidad Nacional de Colombia renovada. Una universidad que no viva con la fuerza de la costumbre ni con la de la incertidumbre; una universidad que frente a tiempos de cambio sea un punto de partida para el cambio y la esperanza; una universidad renovada para una nueva Colombia, al alcance de nuestros sueños y expectativas, que sea verdaderamente universidad, nacional, y de Colombia.