Colombia Científica

 

Parece un faro en la mitad de la Cordillera Oriental. Construido ahí en 1803 para que las estrellas que surcaban el cielo no naufragaran contra los Andes. Así es el Observatorio Astronómico Nacional (OAN), el primer observatorio construido en América. Visto de afuera también parece un fantasma. El espectro de aquella Colombia que ya no es, pero que un día fue: la Colombia científica.

Sebastián, el guía del observatorio, con sus pantalones holgados y su sonrisa permanente, termina de registrar una bolsa llena de mapas que encontramos durante nuestra visita. Uno de los guardias en traje palapa la bolsa negra de arriba abajo, deja la bolsa en el piso y trata de mirar el contenido de los mapas a través el agujero que sirve de mirilla al enrollar un papel.

Es cerca del mediodía, el día es claro y el viento mueve las palmeras. El Observatorio Astronómico Nacional aún sigue ahí. Un fantasma. Blanco y decrepito, simplista ante la opulencia que lo rodea, un hueso blanco y viejo enterrado en medio de la ciudad. Sigue ahí para recordarles a todos que dejamos pasar nuestra oportunidad de ser una potencia científica. Un retazo de esa época en que Mutis, Caldas y Humboldt pasearon por una Bogotá que aún practicaba esa antigua tradición Muisca, mirar a las estrellas.

Cuando Sebastián sale me pide que cargue los mapas con una sonrisa. Al llegar a la esquina le doy las gracias al guía. Me volteo para verlo por última vez, sigue ahí: muerto, solo, tras las rejas. No es un observatorio astronómico, es una tumba.

La Tumba

Para conocer las Sede Histórica del OAN se necesita cita previa y puntualidad. En la entrada, una oficial de policía me solicita la cédula, verifica que esté en la lista y me deja entrar. Luego un hombre con traje me requisa. Dejo todas las cosas que llevo en mi maleta y se la entregó a otro hombre con vestido. Un oficial de policía la recibe a través de un orificio en la pared. Yo ingreso a una capsula de puertas de vidrio automáticas. Salgo y entrego mi cédula mientras pasan mi maletín por una máquina de rayos X. Revisan mis datos en la pantalla y me dejan entrar. El proceso termina con el registro y una foto en la recepción de la Casa de Nariño.

Me siento en una pequeña sala. Las paredes son blancas y el piso parece recién brillado. Fotos del presidente, los ministros y sus familias decoran los muros. Un grupo de uniformados me acompañan, me llaman por mi nombre y me saludan con amabilidad, yo miro sus gafetes para responder. “Son lo mejor de lo mejor: ejército, policía y la marina”, me dice uno de los jóvenes con uniforme de gala que entra y sale de la recepción. El guía aparece hora y media después de lo acordado.

El Observatorio cuenta con cuatro plantas incluida la cúpula. Las plantas se comunican gracias a una escalera cuadrada pegada al resto del edificio y qué le da cierto aire a iglesia. En el primer piso se encuentra una amplia mesa para reuniones, algunas máquinas de escribir fuera de forma y parte considerable de la que llaman “la biblioteca astronómica más grande del país”, conformada por grandes volúmenes antiguos en todos los idiomas posibles. Candelabros con un fingido aspecto colonial cuelgan como ramas de árboles de las paredes. En el piso se encuentra la puerta del túnel de escape –ahora inutilizado- que daba a La Casa de la Expedición Botánica. El techo se eleva varios metros sobre el piso y tiene forma de huevo. La curvatura de las paredes genera un singular efecto acústico: al ubicase al centro del recinto es inevitable generar algo de interferencia por el eco, pero, al parase en los extremos de la circunferencia, aun los tonos bajos viajan con una claridad y tono perfectos.

Esos curvados muros fueron testigos del nacimiento de nuestro País. El 19 de julio de 1810, un grupo de jóvenes criollos –entre ellos José Francisco Caldas y Camilo Torres– se reunieron en el observatorio para ultimar detalles de una conspirar contra la monarquía.

En las escaleras adjuntas se encuentra emparedada una placa conmemorativa que mandó a poner Tomás Cipriano de Mosquera. La segunda planta es mucho más alta. El techo tiene una pequeña abertura por donde entra un haz de luz que sirve como manecilla al reloj solar dibujado en el piso de madera. Lastimosamente el reloj solar no funciona, el español Domingo Petrés –conocido diseñador de iglesias- lo construyo utilizado las coordenadas europeas.

El segundo piso está adornado con cuadros de ex directores del Observatorio. Pedazos de la historia de Colombia: Humboldt el inventor de ciencias, Mutis el sabio de las plantas, Caldas y los misterios de la muerte, José María Benítez creador de esa arraigada institución de en los entes públicos, sueldos mediocres. Encontramos además los libros faltantes de la biblioteca y un busto Caldas. Viejos instrumentos astronómicos duermen plácidas siestas en sus casas de vidrio.  Parecen sacados de la portada de una novela de Julio Verne.

Mientras escucho la charla imagino al General Mosquera arranca el piso para fabricar balas en medio de una batalla. Luego veo a Caldas pasearse por la que fue su casa. El fantasma de la Colombia científica. Al salir, el guía me muestra un viejo reloj de péndulo, “con ese se daba la hora oficial en Colombia”, me dice.

Ascendemos nuevamente por las escaleras. Desde arriba es imposible no recordar la famosa escena de la película Vértigo de Alfred Hitchcock en donde el protagonista sube al campanario. Salimos a la tercera planta: una terraza partida en dos por una columna que sirve de banca.

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Desde aquí veo la planta baja a través del agujero del reloj. El guía comenta sobre la vista. El Observatorio se encuentra encerrado: La casa de Nariño, el Congreso, el Ministerio de Cultura, el Claustro San Agustín, el Convento Santa Clara y el Batallón Guardia Presidencial, forman un cerco alrededor de la torre de las estrellas. Es cómo un panóptico invertido -aquella cárcel perfecta compuesta por un círculo y una torre central que los vigila a todos- donde el preso es el guardia. Encerrado en su torre los astrónomos esperan el día de su extinción. Sí fuéramos una potencia científica, tal vez hoy desde la cúpula los hombres de ciencia nos vigilarían a todos. No estoy seguro que es peor.

Antes de entrar a la cúpula, Sebastián me pregunta por el punto donde estoy sentado. “Ahí donde está sentado es el centro del país”, me dice. Sí, la Sede Histórica del OAN es el centro del país, el punto geográfico 0° 0’ 0”. En realidad no es extraño, en el Observatorio Astronómico Nacional se incubaron muchas –prácticamente todas- de las actuales instituciones científicas del país, entre ellas El Instituto Geográfico Agustín Codazzi, cuyo nombre proviene de uno de los directores del OAN.

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La cúpula. El corazón de un observatorio astronómico, un huevo metálico de donde germinará un telescopio. “No podemos entrar”, me dice el guía. Sigue sonriendo. El corazón de este titan de la ciencia ya no da más. La cúpula la sellaron a principios de 2016 porque el piso era muy inestable. Entonces ya murió, pensé. Subo hasta donde es posible en medio de una completa oscuridad, en el Observatorio cortaron la luz hace más de un mes. El guía corre una tabla y me dice que mire. Ahí está el telescopio. Desde abajo parece la pierna de robot gigante.

Al salir de la torre blanca, firmo el libro de visitantes, mientras Sebastián empaca en una bolsa de basura un montón de rollos de papel. Al salir me paro frente a la entrada de la Casa de Nariño a esperar. Es aquí cuando el observatorio se me antoja fantasmal.

El manicomio.

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Imagine entrar a un sitio donde se dedican a mirar para arriba. Sí, leyó bien, se dedican a mirar para arriba, a simular estrellas, a deformar espejos. Lo hacen con una obstinación demente, durante toda la noche, sin dormir. Como solo uno de los Buendía lo podría hacer. Como lo hicieron los genuinos americanos antes que nosotros. Podría pensar entonces que está en Macondo, pero no es así, se encuentra en la Sede Académica del Observatorio Astronómico Nacional.

Me acompañan a mi primera visita nocturna a la Sede Académica ubicada al interior del campus de la Universidad Nacional. Hemos dejado atrás a la torre junto a la casa del presidente. Entramos a un edificio en ladrillo, de una planta y con dos chichones de tamaños distintos sobre el techo. La entrada la domina un telescopio gigante que reposa junto a una campana. Parece un cañón de guerra de la primera guerra mundial, de esos que cargan por atrás y escupen el casquillo vacío. En el salón de entrada hay un grupo de jóvenes esperando por el inicio de otro “Jueves Bajo las Estrellas”, un programa de difusión del conocimiento y observación de cuerpos estelares, liderado por la Facultad de Ciencias de la UN, y dirigido a todo el público.

La mala noticia es que la noche está nublada. Sebastián me dice que no me preocupe, tras la charla es probable que saquen los telescopios, para tratar de pescar alguna estrella escondida tras las nubes que parecen las aguas espumosas del río Bogotá. La puerta de acceso a las cúpulas está cerrada. En días pasados me permitieron entrar a la cúpula de mayor tamaño para echarle un vistazo al sol: una forma amarilla y circular, con manchas negras y pequeñas hebras descosidas en los bordes. Las manchas tienen el tamaño de la tierra, las hebras son explosiones con un poder atómico. A simple vista solo es el sol.

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La charla de esa noche es sobre telescopios modernos; óptica adaptativa. Por tratarse de una charla para todo el público el expositor tiene vedadas las ecuaciones. La óptica adaptativa es la solución al problema de la falta de resolución al mirar las estrellas. La atmósfera terrestre y nuestra limitada vista nos impiden ver con claridad los cuerpos celestes. Al verlas con un telescopio común, las estrellas se mueven y titilan como luciérnagas. Para solucionar el problema, los astrónomos fabrican sus propias estrellar usando rayos de sodio de 30 centímetros, que deben ser coordinar con las autoridades aéreas. Al recibir el láser de vuelta, se usan supercomputadores para determinan qué curvatura debe tener el espejo que capta el láser en la tierra para que la definición de la imagen sea perfecta. Esos espejos maleables como el agua están compuestos por otros pequeños espejos. La idea es simple, imagínese esos espejos de feria que deforman la imagen para vernos gordos o flacos. La charla termina y el cielo sigue cubierto de nubes.

Salgo al pasillo donde comparto galletas y aromática con los visitantes. El guía me confirma que hoy no habrá observación de cuerpos celestes. Me da la espalda toma la bandeja y me ofrece una galleta sonriendo. “Sera para la próxima” me dice finalmente a modo de despedida. Salgo de la Sede Académica, mientras imagino una serie de telescopios puestos unos junto a otros apuntando a las estrellas. Parece la escena de un fusilamiento. Me gusta pensar que eso fue lo último que vio Caldas, un montón de joven usando la mirilla para acertarle a una estrella. Pero la verdad es que vio una hilera de fusiles y tras las armas vio soldados. ¡España no necesita sabios!, Colombia tampoco. Pienso mientras veo los cerros de Guadalupe y Monserrate que no logran tocar las nubes.

Unos días después regreso. El cielo está despejado. Escucho una nueva charla sobre motores, cohetes y viajes espaciales. A las 7.30 el conservatorio termina. En el pastal frente hay dos telescopios gordos e inclinados hacia arriba. Nada que ver con un fusilamiento, parecen más cámaras de televisión montadas en sus trípodes. Grupos de jóvenes y familias corren para tener un buen puesto en la fila. El guía me saluda. Primero observo el cumulo de estrellas Tolomeo. Acerco uno de mis ojos al ocular. Adentro hay depositado un pequeño charco con muchas perlas regadas. Me alejo y miro el cielo, aún con gafas apenas veo un punto blanco a lo lejos.

Luego la fila del otro telescopio, el más grande. A un niño pequeño lo alzan para que logre ver algo. El guía se me acerca. Me explica que hay los cúmulos son agrupaciones de estrellas dentro de nuestra galaxia, pero fuera de la vía láctea. “Fuera del sombrerito”, me dice dibujando el sombrero con las manos. Hay dos tipos de cúmulos, los cerrados que son circulares y los abiertos que no tienen ninguna forma. “Simplemente cuando pasas la mirada están ahí, un montón de estrellas”.

Dentro de la ocular, pequeñas luces de distintos tonos decoran el fondo negro. Parece una mujer pecosa. Observo el cumulo de La mariposa, si bien no parece un insecto en lo absoluto. Me alejo del grupo de personas que reclaman por un planeta. El guía les explica que a finales de octubre Marte está muy lejos y Neptuno ya no es visible a esa hora. Las personas protestan. Dos jóvenes discuten sobre las variantes de la teoría de la relatividad que se presentaron durante la charla. Cruzo la calle, el observatorio parece dormido; solo lo habita la luz amarilla de los bombillos, al otro lado de la calle aún vive la Colombia científica.

Desenterrar y hablar: de cara a los rastros de la vida

“La guerra no le es ajena a nadie, por el contrario, ésta es capaz de llegar hasta los límites de la humanidad, hasta la alienación […] Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.”

Desenterrar y hablar una etnografía estética de la guerra en Colombia

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita”. Albert Camus

Un sentimiento confuso y expectante me invade cuando me cruzo con el mural que está en la sala principal de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional, sede Bogotá. Un blanco que resalta sobre las baldosas oscuras y los recuadros colgados que parecen moverse conmigo, como un espejismo, como abogando por la fascinación de Borges. Cuando me detengo, las imágenes me devuelven un “escojido… gracias por los favores recibidos”. Pareciera ser que la ortografía se conserva a propósito, pero me intriga conocer el porqué. Al observar detenidamente los hologramas puedo observar imágenes de tumbas, algunas vacías, otras con flores, pero el agradecimiento se repite en casi todas. A un costado del mural se lee “Réquiem NN”, ésta palabra evoca en mí el sonido del órgano en las iglesias católicas a la hora de velar a los difuntos, lo extraño es que algunas tumbas tienen un nombre escrito, entonces, ¿por qué NN? Al salir, la noche advierte su llegada con el fuerte soplido del viento. Faltan tres días para su inauguración. Tres días para descrifrar a la muerte. Tres días…

Ése mismo viento transgresor de cuerpos es el que me recuerda que finalmente ha llegado el día, entonces me encamino hacia la Hemeroteca Nacional Universitaria Carlos Lleras Restrepo, donde comienzan a llegar carros de todos los modelos, principalmente camionetas negras o grises con vidrios blindados y algunas motos oscuras. El busto del expresidente saluda a los visitantes desde las escaleras que dan a la entrada. Eso sí, casi todos los presentes portan una elegancia característica de las inauguraciones: los hombres en traje y las mujeres, en su mayoría, en vestido. Yo me inclino a mirar los agujereados jeans por donde sobresalen mis rodillas y comienzo a pensar que no fue el mejor día para usarlos.

Desde la entrada se observan más murales blancos en los que reposan letras y recuadros de pinturas. En uno de estos muros se lee: La guerra que no hemos visto. En su descripción explica que los cuadros son la recopilación de algunos de los trabajos realizados en un taller con excombatientes en su proceso de reinserción social, razón por la cual los dibujos, desde una perspectiva estética, se componen de trazos sencillos. Lo que trasciende de éstas imágenes es su capacidad de comunicar algo que se lleva en el dolor de la memoria.

Cada una de las pinturas está acompañada por una corta descripción de lo retratado en el lienzo. Una de las más impactantes dice así: “Los cuatro muchachos no habían pedido permiso, ni nada, para poder entrar, pues allá tocaba era pedir permiso. Los cogieron y los tuvieron tres días amarrados. El deseo de ellos era graduarse, seguir adelante, acabar los estudios pa’ ayudarle a la familia. La guerrilla se enojó y de una vez los iban matando, y los mataron a todos cuatro. Yo, como soy tan de blandito corazón, yo lloré, pero como allá no puede dejar que miren que uno está llorando, que es una sanción durísima…”. Hacen un llamado general. La inauguración está a punto de comenzar.

          ─ “Buenas noches a todos. Mi nombre es Ingrid Liliana Torres, curadora de la presente exposición “Desenterrar y hablar: una etnografía estética de la guerra en Colombia”. Ésta surge de la iniciativa de Yolanda Sierra, docente del grupo de Arte y Cultura de la Universidad Externado, y gira en torno a la temática de la reparación simbólica y el papel del arte en el posconflicto; para ello toma tres proyectos de Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisález: La guerra que no hemos visto, Réquiem NN y Silencios. Le concedo la palabra a Yolanda.

          ─ La guerra causa daños colosales en la sociedad y éste proyecto nos recuerda quiénes son los verdaderamente afectados. Gracias al arte, como mecanismo estético capaz de transformar la realidad, podemos trabajar por la superación de los arquetipos latentes que se intensifican en el conflicto armado. Juan Carlos Henao, rector del Externado, no pudo venir el día de hoy pero escribió una carta para éste evento, en la cual resalta los problemas actuales de la erradicación de las artes bajo la excusa de su inutilidad frente al mercado, ignorando que el vigor y el fin de la guerra precisan de los sentidos, a partir de la estética, para superar un conflicto. Recalca que en éste proyecto se evidencia la solidaridad con las víctimas, siendo también un llamado de auxilio a las escuelas rurales. Pero, ahora que hablen los personajes principales, ¿Fernando?

          ─ Gracias Yolanda. Creo que “Desenterrar y hablar” es una experiencia que nos permite enfrentarnos con nosotros mismos, es una vivencia conmovedora y es lo que me ha impulsado a llevarle el ritmo a Juan Manuel, porque en realidad ha sido una labor extenuante y de bastante dedicación, ¿cierto?

          ─ Verdaderamente. Por ejemplo, el proyecto que ven a mis espaldas se llama “Silencios”. Comenzó cuando el 11 de marzo de 2010 fuimos invitados al viejo Mampuján –en los Montes de María–, la comunidad rememoraba los 10 años de su destierro por el grupo paramilitar Héroes de los Montes de María. En el recorrido observé una escuela abandonada, entramos y en éste tablero estaban escritas las vocales, excepto la “o”, desde ahí nos decidimos a buscar los vestigios de la vida, porque entre las víctimas de la guerra, la educación continúa siendo una de las principales afectadas. Por esta razón también es que en 2007 iniciamos talleres con los excombatientes, les permitíamos pintar lo que quisieran y, cuando merecimos su confianza, les dije: “enséñenos qué es la guerra. Yo vivo en Bogotá, en una burbuja. Pinten lo que deseen”. Y así fue, nos hablaron con pinceladas.

La sala se sumerge entre aplausos y los asistentes comienzan a disgregarse. Yo me atrevo a hablarle a Fernando, quien me comenta acerca de lo que fue encaminarse a perseguir los rastros de la vida: “cuando viajamos a Montes de María había terrenos a los que no se podía llegar en carro, por lo que había que caminar largas horas guiados por uno que otro campesino. Una vez me sorprendió cuando uno de ellos señaló unos escombros y dijo: ‘allá nací yo, y ésa era la escuela del pueblo’”.

Levanto la mirada y me impacta la imagen de un hombre solitario con carteles eróticos de mujeres que cubren el tablero, le comento a Fernando y me dice: “sí, estos salones se convirtieron en hogares, o más bien en refugios con cortinas y hamacas, otros en potreros, incluso hay algunos en los que no reina más que el mutismo en el que se sumieron tras la guerra. Mejor dicho, su destino fue el olvido de la educación”. Entonces pienso que quizá la guerra ha triunfado en muchos territorios porque donde debería estar fundándose el futuro, no queda más que el miedo y las ruinas. “Sólo una sigue funcionando en Palo Alto, Sucre, esto delata el descenso poblacional que trajo la guerra al campo”, finaliza Fernando. Me despido de él recordándole nuestra cita para dentro de unas semanas.

Me acerco a un televisor en el que se observa a un burro dando vueltas por un corral (antigua escuela), se mueve impacientemente de un lado a otro, como aguardando un milagro, y sin saber qué hacer consigo mismo. Está allí, de pie, simplemente mirando una pared. Después pareciera advertir mí presencia al mirar a la cámara, es como si me preguntara qué ha pasado allí. De repente la pantalla se oscurece, una frase me saluda y siento escuchar la voz de un campesino: “parece que el burro traía a un niño a la escuela, y ahora el burro vuelve por ese niño que ya no está”. El vacío es inmediato. Me doy la vuelta y siento en mis ojos el dolor que se derrite.

Ya han pasado los días y el calendario me recuerda que al mediodía es la cita. En medio del bullicio citadino vienen a mí los versos del poeta cuando suplicaba, “[…] Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria. ¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!” Pienso que tal vez éste sea el temor de las víctimas: el miedo al vacío, a la soledad de la memoria. Y puede que el arte sea un medio capaz de sufragar un pequeño foco del dolor, si acaso éste se pudiese medir.

Al llegar, hablamos acerca de “Réquiem NN”, proyecto que nace en 2006 y termina en 2010. Acerca de éste me comenta que las personas que viven en Puerto Berrio, Antioquia, fundaron una tradición peculiar: acoger los cadáveres que el río Magdalena trae. Estos cuerpos, o restos de ellos, son recogidos por los habitantes que les conceden un lugar en la cripta, rezan por ellos, les llevan flores, los bautizan e, incluso, hay quienes les conceden su apellido, a pesar de nunca haberlos conocido. “Aquí nosotros rescatamos a los NN, creemos en sus almas, y nos hacen milagros; además, los adoptamos como si fueran nuestros”, me cuenta Fernando lo que le decía la comunidad. Esto representa una verdadera resistencia contra la guerra, no permiten que estos cuerpos se pierdan en la mar, no les niegan un más allá, desde su concepción religiosa, y cuando menos dignifican a los muertos en una ceremonia de duelo. Les dan una historia, un pasado. Este acto de valentía busca hacerle justicia a los muertos, esgrimiendo que cualquiera de ellos podría ser uno de sus desaparecidos. Los hologramas representan un contraste entre el antes y el después de las tumbas.

“Cuando expusimos el proyecto allá, todo el pueblo se reunió en la plaza principal, exceptuando al cura y al alcalde”, recuerda Fernando. También se lamenta por no haber vuelto al pueblo y teme que ésta tradición la hayan acabado los problemas eclesiásticos y políticos, pero sentencia diciendo que “eventualmente tendrá que acabarse porque esperamos que en ésta época que se prepara para el posconflicto, el río ya no sea un lugar para los muertos”.

Entonces nos sentamos con Ingrid y Fernando para seguir hablando acerca de los proyectos. Les comento que me causa curiosidad cómo un excombatiente es capaz de retratar ese pasado tan doloroso. “Todo es un proceso –contesta Ingrid–. Cuando comenzó en 2007, bajo el Programa de Reintegración, se dictaron cuatro talleres de pintura en dos años, en cada uno recibíamos diferentes desmovilizados: exmilitantes de las FARC, exparamilitares bajo la ley de Justicia y Paz, como también miembros del ejército heridos en combate. Enfrentarse a ésta mezcla de experiencias es impactante, era necesario que primero construyéramos confianza”.

La guerra no le es ajena a nadie, por el contrario, ésta es capaz de llegar hasta los límites de la humanidad, hasta la alienación. Una de las experiencias que recuerdan es que, al principio, ninguno de los excombatientes se sentaba de espaldas a la ventana, porque en la guerra esto era ser un blanco fácil. “Pero fue bello presenciar que, a medida que pasaban las sesiones, ellos eran capaces de transgredir esta barrera y sentarse contra la ventana. Esto me conmovió porque precisamente representa una verdadera reparación en su vida”, dice Fernando.

Ingrid y Fernando son egresados de pregrado y maestría en Artes plásticas de la U. Nacional, ellos me comentaron su opinión con respecto a la actual problemática de la infraestructura y el cierre de admisiones a la carrera de Artes plásticas. “Antes, la universidad era el espacio donde la indiferencia del país no conseguía permear, pero ahora pareciera ser que por fin lo logró y eso, eso es lo verdaderamente preocupante”, afirma Ingrid.

En el campo es necesario hacerse una pregunta, sin ánimos de justificar ningún acto, ¿qué otra oportunidad hay donde la educación ha sido erradicada? Juan Manuel Echevarría, aunque no estaba presente, respondería diciendo que el problema es que los excombatientes “primero tuvieron en la mano un arma, antes que una crayola”. Pero en la ciudad no hay excusa. No estamos lejos de entrar en contacto con esos silencios educativos.

Al despedirme de ellos, pienso en las víctimas que, como el Quijote, se enfrentan a una locura en medio de la soledad más desgarradora. Luego de observar todas éstas exposiciones me detengo ante la entrada de la calle 26, donde alguna vez estuvo escrita una frase: “podrán cortar las flores pero nunca detendrán la primavera”. Entonces, ante esta experiencia, resulta necesario ser el cuervo incisivo y decir: nunca más. Nunca más a algo como la guerra (aunque, tristemente, la vida nos demuestre que la necesita).

Me siento a esperar el bus, el ruido de los carros interrumpe mis pensamientos, pero ni el rugir citadino es capaz de hacerme vacilar al pensar que, en realidad, “lo bonito es estar vivo”, como estaba escrito borrosamente en uno de los tableros. Vivir, no existir, es el acto más revolucionario en nuestra sociedad, pero pareciera que la memoria es tan sólo otro eufemismo en lo tocante a la guerra. La gran apuesta de ésta exposición es sentir a la par de la reflexión, es desenterrar el monumento a la amnesia que se ha erigido con respecto al conflicto vivido por tantas décadas, es exponer la realidad a quienes vivimos en una Bogotá que, en varias ocasiones, no pareciera estar en Colombia.

Las ruedas del tiempo siguen girando, el otoño casi eterno continúa consumiendo las paredes de las escuelas y, pese a todo, las tizas, los lápices, las letras borrosas, y los tableros desgastados, no ceden a la muerte, siguen ahí, en pie… esperándonos.

Por: @migueltavera

Editorial: ¿Al calor del tropel?

El último tropel que se presentó en la Universidad Nacional, fue ya hace un par de años, desde entonces el alma mater ha asumido en conjunto un papel absolutamente proactivo con la paz del país. Ya muchos, con nostalgia o con júbilo, se sorprendían al ver cómo las características pedreas habían desaparecido casi que por completo. Sin lugar a dudas, la carencia de expresiones violentas al interior de la universidad más grande del país estaban cambiando las  relaciones entre estudiantes, directivos y sociedad.

Hace más de una década, un periodista cuestionó al entonces rector de la Universidad Nacional de Colombia, Víctor Manuel Moncayo, acerca de los frecuentes disturbios y violencia en los campus de la universidad, él respondió rápidamente que la universidad para bien o para mal era un reflejo de lo que era la sociedad, y que la violencia dentro de esta no era más que el efecto de lo que vivía el país en ese momento. Muchos estuvieron a favor de esta tesis y otros la criticaron con vehemencia aduciendo que si la universidad era el simple reflejo de una sociedad, entonces de poco serviría. Contrario a esto, afirmaron que la universidad no es el reflejo sino la guía de nuestra sociedad.

¿Qué pasó el jueves? ¿Por qué?

El país hoy vive una nueva etapa, el pos acuerdo, la reparación no solo de las víctimas sino de todo un país desarticulado y dividido por la cerradura del sistema político y por la pérfida decisión de tomar las armas. Sin lugar a dudas, los tropeles y la cultura de la ilegalidad no fueron más que conceptos que empezaron a  reemplazar los repetidos lenguajes de la violencia. La universidad no es ajena a esto, lo aseguramos estudiantes que vemos el esfuerzo y compromiso de paz.

El apoyo de organizaciones estudiantiles a causas sociales, políticas o de otra índole, se debe seguir dando pero teniendo como marco de referencia la NO violencia. El poder de los argumentos y de la movilización organizada debe prevalecer sobre las piedras y los insultos.

En efecto, la construcción de una nueva visión de país se gesta en la solidez de una sociedad que sea capaz de repensar sus valores y sus acciones. No obstante, esa renovación –necesaria en último término– requiere además solidez de ideas y de argumentos que nazcan en el seno de una reflexión introspectiva de la sociedad misma, reflexión que se espera se fecunde en las aulas universitarias, en especial en las de la Universidad Nacional de Colombia

CINE FORO: La pianista ¿Un caso de perversión femenina?

“La pianista”,dirigida por Michael Haneke, se presentará el próximo Viernes 31 de marzo a la 1:30 p.m. en el auditorio Virginia Gutiérrez del edificio de Posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional.

“La pianista”,dirigida por Michael Haneke, se presentará el próximo Viernes 31 de marzo a la 1:30 p.m. en el auditorio Virginia Gutiérrez del edificio de Posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional.

La pianista’ —dirigida por Michael Haneke, quien también dirigió ‘Amour’ (2012)—, y protagonizada por Isabelle Huppert, recientemente nominada al Oscar a Mejor Actriz por su papel en la película ‘Elle’ (2016), se presentará el próximo Viernes 31 de marzo a la 1:30 p.m. en el auditorio Virginia Gutiérrez del edificio de Posgrados de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional.

El cine foro, organizado por el Grupo de Estudios en Psicoanálisis, tendrá como invitado a Álvaro Reyes Gómez, profesor de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional, quien ha trabajado el tema de la perversión. El foro espera que la discusión se centre sobre la Perversión como estructura clínica.

El objetivo del cine foro, según sus integrantes es ‘aterrizar la teoría’ y ‘discutir sobre la perversión en torno al caso que se presenta a través de la película’. Además, se busca acercar el estudio del psicoanálisis a la comunidad en general.

El Grupo de Estudios en Psicoanálisis nació en el 2013, con el apoyo de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional, como una iniciativa estudiantil que busca consolidar el estudio teórico del psicoanálisis entre los estudiantes de la Universidad Nacional. Mónica Cañón, coordinadora del grupo, afirma que «el espacio del grupo no es solamente para estudiantes de psicología –por el contrario- está abierto a estudiantes de otras disciplinas y universidades interesados en el psicoanálisis».

Sobre la película:

La pianista se centra en Erika Kohut, profesora de piano del Conservatorio Estatal de Viena, quien vive con su madre, una mujer controladora con problemas de alcohol y que demuestra su soledad a través de su relación con la televisión. La relación entre Erika y su madre está dictada por el amor-odio. El vínculo entre las dos mujeres, quienes duermen juntas, es perturbador.

La frágil calma entre la protagonista y su madre se ve interrumpida por uno de los estudiantes de Erika, Walter. La aparición del joven marca el ritmo de la película y devela el carácter de la profesora de piano. Sus constantes visitas a teatros pornográficos y sex-shop y su fetiche voyerista son solo parte de su vida detrás del intachable conservadurismo que Erika muestra en público.

Esta película fue aclamada por la crítica, descrita como violenta y punzante, retrata los deseos ocultos de los individuos que, en apariencia, llevan una vida completamente normal.

Por: @leomunnoz