Los medios de información, entre dictaduras y anarquías.

Las redes sociales son un espejo de narciso el cual configuramos para que nos ofrezca la información que queremos recibir, la que nos genere la mayor sensación de bienestar. Pero precisamente ese el problema, nos acostumbramos tanto a los ‘likes’ y las odas de admiración que cuando hay algo que nos saca de esa zona de confort la rechazamos de plano, sin lugar a discusiones.

El periodista y ex director de Noticias Caracol, Luís Carlos Vélez, publicó en El Espectador la columna ‘La dictadura de las redes’  en donde hace una excelente caracterización del egoísmo de las redes sociales, aprovechando la coyuntura de ‘Cursos y chompos ásperos’, y por medio del cual enaltece, erróneamente, los medios de comunicación tradicionales.

Vélez atina al decir que las redes sociales son egoístas y nos hacen proclives a creer en mentiras, hacen crecer nuestros odios y nos convierten, de alguna manera, en víctimas de aquello que debió convertirnos en hombres y mujeres libres: la información. Las redes sociales son un espejo de narciso el cual configuramos para que nos ofrezca la información que queremos recibir, la que nos genere la mayor sensación de bienestar. Pero precisamente ese el problema, nos acostumbramos tanto a los ‘likes’ y las odas de admiración que cuando hay algo que nos saca de esa zona de confort la rechazamos de plano, sin lugar a discusiones. Las reacciones usuales a esas palabras que poco o nada nos gustan (sean o no malintencionadas) siempre es el miedo, la ira, la intolerancia. El mejor ejemplo de esto es el caso de Carolina Sanín, en la Universidad de los Andes, en donde a partir de algunas burlas, que pudieron pasar sin dejar mayor huella, se desató una tormenta de iras, críticas, groserías y, por supuesto, más burlas (memes) que involucraron medios de comunicación masivos y que aún continúa (hasta con amenazas de denuncias).

como me comentó la antropóloga Claudia Quiceno, ‘lo preocupante es que sean aquellos que se ‘educan’ los primeros en caer en la trampa de la desinformación y la superficialidad de las redes”.

Sin meterme en la discusión de lo legítimo o en este caso libertad de expresión, sí quiero apuntar que el escándalo que ha suscitado todo este asunto se debe más a nuestra  facilidad para ofendernos, a la nueva intolerancia que emerge de la tolerancia misma, de lo políticamente correcto; que de una verdadera ofensa o calumnia. Vale más la pena centrar la atención en la escalada de violencia desde los espacios virtuales;  como me comentó la antropóloga Claudia Quiceno, ‘lo preocupante es que sean aquellos que se ‘educan’ los primeros en caer en la trampa de la desinformación y la superficialidad de las redes’.

Toda esta discordia virtual la califica Luis Carlos Vélez como una ‘dictadura’ y presume que el Brexit, el ‘No’ en Colombia y el ascenso de Trump son gracias al uso y abuso de los odios y la desinformación en las redes sociales. Vincula directamente la crisis en la democracia alrededor del mundo con las redes sociales y a partir de allí se lanza a rescatar los medios de comunicación tradicionales como paladines defensores de la verdad frente al mar de mentiras en las redes sociales. Pero, ¿será eso cierto?

Sin duda el periodismo es un oficio desagradecido y peligroso. Hablar sobre cosas incómodas para los poderosos les acarrea peligros reales, hasta de muerte. Pero eso no significa que todos los periodistas se comporten de esa manera. A Vélez se le olvida que los políticos han usado los medios de comunicación como parte de sus campañas políticas y a los periodistas como defensores de sus ideas. Siendo él director de Noticias Caracol no han habido  cambios sustanciales en el formato de investigación, y tampoco recuerdo grandes denuncias que llenaran de escándalo a los poderosos. No veo que Vélez haya orientado el noticiero hacia la verdad, ni mucho menos que combatiera la corrupción o los abusos de poder desde la redacción. Al contrario, el show mediático del medio día siguió igual y hasta incorporaría secciones sobre las redes sociales y videos tendencias sobre gatos, perros y niños de Youtube.

Vélez traslada la irresponsabilidad política de los medios de comunicación a las redes y se lava las manos culpando de la apatía de los jóvenes y los desastres democráticos de los últimos meses a Facebook, Twitter e Instagram, como si la televisión, la radio y los periódicos no hicieran lo mismo. Como por ejemplo ocultar unas cosas para decir otras, o quitarle peso a unos temas y dárselo a otros sin mucha trascendencia (sólo hay que recordar la sobre explotación de la mala imagen del exalcalde Gustavo Petro).

Lo que Vélez llama la ‘dictadura’ de las redes no es más que la ‘anarquía’ que caracteriza internet”.

Le recuerdo que en esas mismas redes sociales también fluye información que los medios de comunicación, los paladines de la verdad, no se atreven a transmitir o que transmiten en franjas de 30 segundos en una ametralladora de noticias que no permite digerir ninguna.

Todo este asunto no es binario, bueno y malo, responsable e irresponsable, objetivo y amarillista, todo lo contrario, en ambos espacios se encuentra seriedad en las noticias y chistes que no informan. Por eso invito a Luis Carlos Vélez a reflexionar sobre el papel de los medios y el papel de internet en la información y darle a cada quien lo que le corresponde. Dejemos atrás el oportunismo y no reivindiquemos algo malo a partir de algo peor.

Si hoy vamos a juzgar las redes sociales como facilitadores de la discriminación y de la apatía, vamos a darle a la televisión, la radio y la prensa escrita el mismo tratamiento, y ver su papel en esa misma apatía política, en la manipulación de la información y en la intervención abierta en políticas nacionales y campañas presidenciales (todas disfrazadas de noticias).

Por: @Leomunnoz

Fotografía tomada de http://www.utel.edu.mx

Procura no mirarme más…

“En Colombia quien tiene una visión crítica es calificado como un terrorista.”

“El poder no corrompe. El miedo corrompe, tal vez el miedo a perder el poder.” John Steinbeck

El pasado 7 de septiembre el Consejo de Estado destituyó a Alejandro Ordoñez de su cargo debido a los problemas de clientelismo que se presentaron en su reelección, o “fallas en la votación”, para usar el eufemismo de algunos periódicos. La obligación de la Procuraduría General de la Nación consiste en defender la institucionalidad, o como algunos cruzados sostienen, en combatir la corrupción. Sin embargo, son pocos los procuradores que logran pasar a la historia como algo más que un nombre en los cargos públicos, pero Ordoñez se caracterizó por ser un hombre de polémicas incluso antes de asumir el mandato, ya que había liderado una quema de libros que, para él, podrían perturbar las mentes juveniles. Es curioso como aquí se puede decidir por los demás mientras se sostenga como estandarte la verdad en pro de la juventud, entendiendo por juventud, como erróneamente lo suelen hacer, como “el futuro de la nación” al cual hay que preservar del mal. Es claro que ésta “verdad” no es más que una opinión que, aunque respetable, no debería llevarse a los extremos. Craso error que cometió el ex-procurador durante su mandato que comenzó en 2009.

Si nos concentramos en las cifras de los destituidos (más de 1.500 alcaldes y 82 gobernadores, para los 1.123 municipios y 32 departamentos que hay en el país), se podría estar inclinado a pensar que fue efectivo en su lucha contra la corrupción, pero esto no para allí puesto que durante su cargo se pronunció frente a diversos temas y siempre desde su extremismo conservador. Lo cual conlleva a preguntarse qué tan cristalinas fueron las destituciones efectuadas, tomando en cuenta que siempre arguyó una postura fundamentalista.

Ordoñez siente que el mundo celestial le confirió ser su representante y, en esta medida, siente que puede imponerse frente a las minorías que, según él, abusan de su condición para victimizarse y obtener el poder (cualquier parecido con EEUU es pura coincidencia). El problema es que por embarcarse en la cruzada política, que parece haber tenido miras a la presidencia desde un principio, Ordoñez se dedicó a trocar favores burocráticos de los cuales terminó siendo víctima.

Insisto en que el problema no es su afinidad político-religiosa, sino el hecho de que aprovechara su cargo público para impedir que se ejercieran derechos tan fundamentales como los humanos. Como en la reciente problemática de las supuestas cartillas cuando, más allá del debate moral que aquí no atañe, lo que dio a entender es que cuando se habla de inclusión y respeto de las diferencias, lo califica como una promoción de la dictadura de las minorías. Entonces ésta univocidad moral, que es base de todo fundamentalismo, entiende el respeto como la abolición de la diferencia, lo cual es herir al otro, negarlo entre la multitud. Asimismo, Ordoñez comenzó a ser la voz de la oposición frente a las iniciativas gubernamentales, su trato burdo hacia los demás comenzó a ser característico, siendo una perla cuando afirmó que el gobierno quería meterles a los colombianos la norma de la paz con “vaselina” o calificando a las FARC de homosexuales (como si esto pudiese ser considerado como un insulto).

Ordoñez también se vio involucrado en casos como el de Miguel Ángel Beltrán, en el cual participó cuando el 3 de septiembre de 2013 lo destituyó de su cargo de profesor al basarse en las mismas mágicas evidencias del computador de Raúl Reyes, calificándolo como “Jaime Cienfuegos”. Acusación por la que había sido secuestrado en México en 2009 en una imitación moderna del Plan Cóndor. Ordoñez no se contentó con esto, puesto que el 24 de julio de 2014 confirmó ésta destitución y le prohibió ejercer un cargo público por trece años. Es triste resaltar que la gestión administrativa de la Universidad Nacional de Colombia no le brindó apoyo sino que creyó plenamente en la aseveración de la Procuraduría al tratarlo como un terrorista. En Colombia quien tiene una visión crítica es calificado como un terrorista, ésta es la evidencia del temor latente que siente el poder dominante frente a la amenaza de un cambio. Para alegría del estudiantado, quien siempre mostró su apoyo (incluso llegaron a ponerle su nombre a un salón), la Corte Suprema de Justicia ordenó recientemente la inmediata libertad del profesor de sociología.

Sin embargo, Ordoñez no fue destituido por nada de lo anterior sino por la corruptela en su reelección. La demanda final consistió en que el Procurador sostuvo en los cargos de libre nombramiento a familiares de magistrados de la Corte Suprema (violando así el artículo 126 de la Constitución) y, aprovechando esta situación, bregó por ser postulado como único en la terna para mantener el cargo. Como es típico en el uribismo, e incluso en otros sectores de la política, en vez de asumir el dictamen, aprovechó para declararse “perseguido político” y hacerse pasar por víctima de los acuerdos de la Habana. Pero se le recuerda que la demanda se estableció en enero de 2013 cuando la negociación apenas estaba en boga.

Ya hay candidatos sobre la mesa para ocupar el cargo libre, el Consejo de Estado propuso a Fernando Carrillo (ministro de Justicia del gobierno de César Gaviria que tuvo también relación con Santos en su primer mandato en el Ministerio del Interior) y por la Corte Suprema de Justicia está Jorge Fernando Perdomo (por el cual Gaviria insistió en que se le incluyera en la terna fiscal). Aún falta que el Presidente Santos juegue su pieza, sabiendo que lo que ahora necesita es un aliado del proceso de paz, pero se ve arrinconado porque el Partido Conservador no tiene tajada en esta repartición de poderes, por esto resuena el nombre de Eduardo Pizano. Sin embargo, el senador Armando Benedetti asegura que la elección no se verá trocada por ésta razón.

Aún queda por cuestionarse acerca de la campaña política de Ordoñez con miras a la presidencia, quien puede ser una carta a la que le apueste el senador Álvaro Uribe si no se decide por el senador Iván Duque o por Carlos Holmes Trujillo, o si el Partido Conservador no se arriesga con Martha Lucía Ramírez, pero por lo pronto su alternativa es una candidatura por firmas, por lo que es probable que llegue a primera vuelta. No obstante una mayoría lo repele y no todos los que lo apoyan lo hacen con fervor, así que su posibilidad aún se mantiene en el inframundo, esperemos que el Can Cerbero resista cualquier artimaña extremista.

Por: @migueltavera

Imagen tomada de: http://goo.gl/f8eIQ0

Habitantes de las calles, un reflejo de la política bogotana

En esta ciudad parece ser que resulta más grave el mal trato con la basura que con una persona (…) Pareciera que aquí se actúa conforme a los índices de popularidad.

“En esta ciudad parece ser que resulta más grave el mal trato con la basura que con una persona (…) Pareciera que aquí se actúa conforme a los índices de popularidad.”

“No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro.” Jean Paul Sartre

Nos entendemos como seres humanos al poseer características comunes, los matemáticos dirían que por tener todos los elementos del conjunto “humanidad”. Elementos que delimitamos más allá de los factores biológicos, mediante la creación de derechos y deberes, cada vez que alguien los transgreda queda excluido del conjunto, se convierte en un tabú, en algo intocable y necesita expiar su transgresión, generalmente siendo aislado de la sociedad.

Así ha funcionado la civilización, grosso modo, a través de los años. Sin embargo, con respecto a los habitantes de la calle, alguna vez escuché a una reportera preguntar: “¿cómo se hace para que quieran volver a ser humanos?” Me vi impactado de inmediato. Y entre pensamientos me di cuenta que es la misma reacción que cuando se acusa a alguien de violación o de asesinato, se les anula como humanos y se forja un odio (que esconde un miedo también) al saber de su sola existencia, se convierten en un tabú. Por eso se suele hablar de los habitantes de calle de manera despectiva y se les nombra al antojo del discurso porque socialmente no son “civilizados”. No estoy equiparando un crimen con vivir en el asfalto, sólo trato de exponer la crudeza con la que se les suele juzgar por no cumplir unos “estándares” de humanidad.

Es así como nace la angustia de la sociedad y la búsqueda de una “resocialización” con estas personas, para poder eliminarlos como amenaza porque, de aceptarlos tal y como son, se verían afectados todos los parámetros que nos hacen ser “civilizados” (si tal cosa existe) y se caería en una crisis. El problema entonces recae sobre los que tienen el poder y los medios para ayudarles, pero ¿por qué ellos no prestan atención a estas problemáticas?

En esta ciudad parece ser que resulta más grave el mal trato con la basura que con una persona. No llevo las cosas a un extremo, sólo materializo con palabras lo que se entendió cuando, a principios del gobierno del exalcalde Gustavo Petro, se formó un alboroto por el contrato de la recogida de basuras, pero que, frente al espectáculo de desplazar y las soluciones inconcretas con respecto a la problemática del habitante de calle (sino hasta estos momentos en que se propagó), esas mismas voces de antaño que entonces criticaron la administración de Petro, no se hayan pronunciado frente a esta situación.

Esto no es una propaganda política, es una pregunta que considero importante poner sobre la mesa: ¿por qué ésta vez no dieron a conocer sus opiniones con la misma intensidad frente a una situación que, a mi juicio, resulta de una mayor trascendencia para la ciudad? Además, resalto que estas problemáticas se estén dando en un contexto en el que se está abanderando un lema de “paz con equidad”.

Las propuestas van desde la reintegración hasta la creación de campamentos humanitarios (Hollman Morris y Alirio Uribe), de fincas productivas (Daniel Palacios) o de zonas de convivencia (Horacio Serpa). Algunas de estas soluciones sí planean una rehabilitación, pero se pone otro punto en cuestión y es: ¿cómo inducir el cambio a quienes tienen una adicción y son manipulados por mafias? Tal vez sea necesario que, además de discutir sobre la obligación o la rehabilitación, se realice una investigación de inteligencia acerca de cómo se mueve el negocio del narcotráfico, de los que el “microtráfico” de los “sayayayines” es sólo una arista. Además de que, si se hace de las calles un lugar menos atractivo para sus habitantes (Javier de Nicoló), se hace más factible que accedan a las propuestas del Distrito.

Otros, como la personera de Bogotá Carmen Castañeda, le apuestan a la educación como la salida para evitar perder a una generación entera, en contraste con permitírseles seguir su vida de adicción. Porque, para Castañeda, esto no resuelve el problema, sólo lo aleja de las calles bogotanas. Sin embargo, en un país donde sólo se pronuncian en el tema de la pedagogía cuando se habla de género, es decir, algo que no influye en lo absoluto en el aprendizaje, ¿será posible apostarle primeramente a la educación?

El debate continúa, pero es interesante notar que algunas voces sólo se pronunciaron cuando se involucraron los DDHH, u otras que hablan de soluciones idealistas pero no tienen un plan concreto. Da mucho que pensar el hecho de que la administración de la alcaldía de Peñalosa no haya sido capaz de avizorar el gran desplazamiento que iba a suceder (problema que va para tres meses) o de no tener unas propuestas firmes que comenzaran a marchar una vez realizada la intervención en el Bronx. Entonces yo me pregunto: ¿en qué estaban pensando? Pareciera que aquí se actúa conforme a los índices de popularidad.

Por: Miguel Ángel Tavera Cárdenas @migueltavera

Imagen tomada de: http://goo.gl/e9edDT

El porro de los moralistas

La marihuana no es como las demás drogas, eso parece no estar claro para los moralistas. Y es que los estudios que demuestran los beneficios medicinales de esta mata que no mata se hacen cada vez más robustos. Un artículo de El Espectador resume algunas de sus virtudes: para quienes sufren de glaucoma, fumarla reduce la presión intraocular; incrementa la capacidad pulmonar; ayuda a evitar ataques epilépticos; alivia los malestares del asma; disminuye la probabilidad de adquirir cáncer de mama e incluso abre el apetito a portadores del VIH.

Esta década ha visto cómo diferentes países se han unido a la legalización de la marihuana con fines medicinales. Estados Unidos, Canadá, Holanda, República Checa, Uruguay, Colombia e Israel son algunos de ellos. Sin embargo, una cosa es su uso medicinal y otra el terapéutico.

El consumo medicinal es mucho más prohibicionista y contiene un protocolo y una regulación bastante estricta. En contraste, explica Carlos Carvajal, consultor de la ONU, que su uso terapéutico obedece a la determinación individual de autoadministrarse cannabis mediante prescripción profesional sin que sea necesariamente médica. Dentro de los fines de esto último se encuentra la necesidad de tratar la dependencia a drogas mucho más fuertes como el crack, la cocaína y hasta el alcohol.

Aún pesan los preconceptos con fuertes atisbos morales, religiosos y políticos. En el fondo de la legalización se encuentran las decisiones de política que marcan el futuro de millones de seres humanos.

Lo vivimos con la decisión conservadora de someternos a esa fútil guerra contra las drogas. El balance, desastroso, tiene a latinoamericanos y a sus selvas penando.

La política que hacía ver a los consumidores rozando los barrotes de hierro de las prisiones mientras compraban alucinógenos de las serpientes bicéfalas, homicidas y productores, ha fracasado. Sabemos que la violencia se concentró en los países productores, de hecho, la dinámica del mercado ilegal de las drogas nos ha permitido entender que existen unos consumidores abundantes en países del primer mundo mientras que la oferta de sustancias psicoactivas primarias proviene del submundo, del tercer mundo.

En política económica las preguntas giran en torno a cómo regular los mercados mediante impuestos, qué variables más incluir en el que hacer de política y sobre quienes implementarlas.  Se dice que los precios son la mejor señal de mercado, es por eso que la revista The Economist sugiere que en Latinoamérica, en donde el abuso del cannabis es poco usual y el mercado negro es sangriento y poderoso, el gobierno debería mantener los precios bajos. En contraste, en los países ricos en donde el problema de consumo es más común y los expendedores de drogas son menos violentos y peligrosos como para afectar la seguridad nacional, los precios se deberían fijar altos. Algo parecido hizo EEUU cuando legalizó el alcohol, en ese entonces inicialmente los precios bajaron. Una vez la mafia quebró, se subieron.

Aquí Colombia tiene mucho por aportar, no solo por ser el principal victimario en ese conflicto de blancos y negros. El Sativex es el primer medicamento legal colombiano a base de marihuana. Puede ser esa primera prueba según la cual la legalidad quiebra los preconceptos morales y religiosos, que la sensatez y la razón bien estructuradas funcionan. Sin duda es una primera y buena respuesta al decreto expedido por el gobierno colombiano a finales del 2015, sin embargo, es mucho lo que queda por hacer en materia de política pública, los retos son fuertes pero el ambiente mundial es el adecuado.

El pecado del No

Todo estaba mal. Éramos tan pecadores, tan sucios que solo podía existir un ser supremo que nos redimiera. Murió por nosotros en la cruz del calvario, es el hijo del padre y resucitó de entre los muertos, decían las profesoras de mi colegio. Yo, que apenas cumplía 13 años, ya comenzaba a repudiar mi existencia inmoral, mi naturaleza pecaminosa. Sentía cómo no bastaba con que me arrepintiese. Pasadas las oraciones de rodillas y el llanto culposo venían a mí, ese instinto devorador, esas ganas de hacer lo prohibido. “La carne es mala, hay que vencerla”, me contaban que decía algún pasaje bíblico; yo pecaba de nuevo.

Mi adolescencia fluyó entre cantos evangélicos, ríos de prédicas con moral cristocéntrica, miedo de fallarle a Dios, el sueño de hacer una nación libre de pecado para el señor Jesucristo y escándalos públicos de hermanos que fornicaban y adulteraban. Esa fascinación por las relaciones sexuales de los hermanos sí que fascinaban a la comunidad. En mi colegio, la política siempre tuvo dueño. Eran tiempos de Uribe y el país se encontraba ensimismado en la guerra, todos asistíamos fascinados a las pantallas de los televisores para evidenciar los duros golpes que el Estado propiciaba a la maquiavélica guerrilla de las FARC, el diablo. Recuerdo que alguna vez un profesor se metió en un lío terrible:

En clase de sociales había sugerido que Uribe no era del todo bueno. Decía de manera tranquila que había chuzado a la oposición, que tenía un historial de paramilitarismo y que debíamos mirar con cuidado las violaciones de su gobierno a los derechos humanos. Una compañera del curso que asistía a una de las iglesias más reaccionarias, la Carismática Internacional, alzó la voz y le recriminó llorando que él no podía hablar así del presidente pues era un hombre íntegro y de dios, que en la iglesia hablaban bien de él y que ella no iba a permitir que alguien lastimara sus creencias. El profesor fue llamado desde la rectoría. Lo censuraron. Jamás se pudo discutir el tema.

La comunidad evangélica de sana doctrina se encontraba muy satisfecha con el orden y los valores cristianos infundidos desde el establecimiento.

No recuerdo yo una época de tanta expansión evangélica como en la era de Uribe, Las megaiglesias comenzaron a aparecer de a montones y los diezmos, a cambio de milagros, se multiplicaron para financiar emisoras de radio, programas de televisión, grandes auditorios y no sé qué más gastos eclesiales.

Los pastores pasaron a ocupar cargos públicos, embajadas y el movimiento cristiano se centró en unos cuantos partidos. Un buen hijo de este gran periodo evangélico en Colombia es el concejal de la familia, quien fue del PIN (el partido de la parapolítica) Marco Fidel Ramírez.

Estas facciones de cristianos hacen parte de la godorria, solo que constituye una mucho más audaz, a lo mejor más peligrosa, más incendiaria, moral y políticamente cuestionable. En el pasado se caracterizaron por querer ganar disminuciones en impuestos y hasta por querer reemplazar la constitución por la biblia. En los últimos días han defendido y alentado un discurso homófono, así como un rotulo homogeneizador de familia. Se resalta el hecho de estar abiertamente a favor del No en el plebiscito para refrendar los acuerdos entre el Gobierno y las FARC. Sobre este último hecho, que no está mal per sé, es claro cómo los valores cristianos que dicen defender se contradicen. Lo más nítido es aquel arsenal político que esconden.

El uribismo, el símbolo más vivaz de la doble moral, se tomó al cristianismo desde hace un buen tiempo. Son tan atractivos porque votan en masa como ovejas obedientes según los designios del pastor, quien es el único encargado de guiarlos. Muchos no saben que ese pastor tiene sesgo y ha sido seducido por la politiquería. Eso sí, el uribismo y el cristianismo coinciden en una cosa fundamental, a lo mejor sea esta la gran fuente de concordancia: usan la política y el lenguaje del miedo, aquella que juega con el pecado y siempre anticipa el fin, la hecatombe, el salto al vacío, el apocalipsis. ¿En dónde quedó ese Dios de misericordia que siempre perdonó mi suciedad? Siempre oraron por la paz, ahora entiendo que la paz que querían era aquella que exterminara al diferente.

¿Falta algo por decir?

¿realmente nuestro país tiene el respeto a la vida como su valor guía por encima de cualquier otro?

Lo que tienen en común la mayoría de estas opiniones es que representan la capacidad que tenemos los colombianos para polarizar todos los temas y hacer oídos sordos a lo que tiene la contraparte por decir”.

Con motivo del regreso de las corridas de toros a Bogotá, en los últimos días hemos escuchado todo tipo de opiniones acerca de esta práctica, desde las que re-dignifican su valor simbólico, su carácter cultural, artístico y tradicional, hasta las que la repudian con todo tipo de fuertes adjetivos por considerarla cruel, injusta e incluso representar nuestra sociedad clasista, elitista y confesional. A pesar de ser puntos de vista opuestos, lo que tienen en común la mayoría de estas opiniones es que representan la capacidad que tenemos los colombianos para polarizar todos los temas y hacer oídos sordos a lo que tiene la contraparte por decir.

Es en este contexto de polarización en el que pareciera que no hay nada que no se haya dicho aún, considero pertinente hacer un ejercicio de autocrítica que nos permita poner en consideración la legitimidad y la coherencia de nuestra argumentación. Lo que parece más evidente es lo que debe argumentarse con mayor rigurosidad, de lo contrario tendremos la tentación de afirmar con arrogancia que tenemos la verdad.

Uno de los argumentos más recurrentes por parte de los defensores de las corridas es el de señalar la doble moral por parte de un gran porcentaje de los opositores, esto al llevar un estilo de vida carnívoro que implica un prolongado maltrato y sufrimiento a millones de animales, además de un importante impacto al medio ambiente. Considero que es una crítica válida; no podemos escandalizarnos con el sufrimiento que es público y hacer silencio al que sostiene nuestro estilo de vida. No afirmo que debamos ser vegetarianos para expresar nuestra inconformidad a la manera como es tratado y sacrificado el toro, afirmo que podríamos ganar coherencia si, como consumidores de carne, empezamos a preocuparnos por las condiciones de los animales destinados a nuestro consumo y exigimos mejores condiciones para ellos, reduciendo el sufrimiento al que son sometidos.

En ocasiones se ha llegado a proponer un referendo para prohibir las corridas de toros con la idea de que es suficiente con que la mayoría de la población rechace una tradición o comportamiento para que sea prohibido. Esto sorprende aún más cuando dicha propuesta viene de sectores que se llaman progresistas o liberales y que han manifestado su rechazo en otras ocasiones donde se propuso poner a consideración de las mayorías derechos y expresiones de minorías, es por esto que es necesario reconocer que un referendo en este contexto es tan ilegitimo como en las ocasiones donde se alzó voz de protesta por llamar este tipo de iniciativas contrarias a nuestro estado de derecho que debe garantizar los derechos de las minorías.

Es sano que una sociedad transforme sus símbolos cuando los antiguos dejaron de representarla en coherencia a los valores en los que se basa”.

Los aficionados a la tauromaquia acusan a los anti-taurinos de ignorar el valor simbólico y cultural, recuerdan que esta práctica representa el enfrentamiento en que los humanos vivimos constantemente entre nuestra parte animal e instintiva y nuestra parte racional. Aun si reconocemos un contenido simbólico en ésta práctica, es sano que una sociedad transforme sus símbolos cuando los antiguos dejaron de representarla en coherencia a los valores en los que se basa. Necesitamos símbolos nuevos y nuevos rituales que expresen la sociedad que queremos construir y nos recuerden a donde queremos llegar.

Considero que el debate que se ha suscitado debe ser aprovechado para preguntarnos si nuestra sociedad realmente representa los valores que son exaltados por quienes rechazan las corridas de toros, ¿realmente nuestro país tiene el respeto a la vida como su valor guía por encima de cualquier otro? ¿Realmente vivimos en un país que repudia la crueldad, la violencia y el sufrimiento innecesario? O por el contrario, ¿estamos habituados a las imágenes de violencia y crueldad expuestas con sevicia en nuestros medios de comunicación casi hasta el punto de hacer parte del entretenimiento de los colombianos?

No se trata de equiparar la vida de un animal a la vida humana, se trata de reconocer que si incluso la vida de un animal es valiosa, la vida humana es sagrada; un pensamiento sano para nuestra sociedad que sistemáticamente ha despreciado la vida. En este sentido, un eventual pronunciamiento de la corte constitucional a favor de prohibir las corridas de toros debería ser interpretado como el símbolo de que queremos ser un país que es sensible al sufrimiento y que valora la vida sobre todo lo demás.

Por: Daniel Niño

Fotografía tomada de: https://goo.gl/X5T6RE