Dunkerque

Dunkerque es retrato de una batalla real, fiel a suceso histórico, a las historias que Nolan escucho en su infancia, la historia de la batalla en que murió su abuelo. Entonces al ver la película uno piensa: fue así, carajo.

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Una de las desventajas de tener una universidad pública desfinanciada es que obliga a los estudiantes a ver un montón de materias de investigación. Y,  sin quitarle la importancia de la investigación académica –independientemente del área del conocimiento en que se enfoque–, las clases para mí eran una triste forma de gastar mi tiempo. Así qué, decidido a sacarle algo de provecho a la clase, me busque un par de conocidos y me puse a hablar de cine.

Una de las conclusiones a las que solíamos llegar –las conversaciones eran algo repetitivas, creo que por mi culpa- era que “Christopher Nolan no tiene película mala”, “Es que no tiene” me repetía mi amigo FC moviendo la cabeza. No sé si me convenció, pero al recordar en mi memoria las películas de Nolan todas estaban bien puntuadas, y tal vez por esa verdad aceptada, al entrar a ver Dunkerque solo podía pensar que cada salida de Nolan podría ser la excepción a la regla.

Entonces, las luces se apagaron, terminó la publicidad y la película empezó. La primera escena lo dijo todo, esto es así: en frente el disparo invisible de las metralletas alemanas, en la espalda el mar, en el cielo los bombarderos nazis, en la playa, miles de hombres esperando la muerte. El tiempo pasa, la marea se va, los bombarderos vuelven, todos al suelo, las bombas tocan las puertas del infierno. Luego se van, todos se paran, los soldados vuelven a la fila, pero la muerte volverá, las nubes retumban. El mar los acompaña.

Eso es todo, sin un nazi exagerado, sin un héroe gringo, sin una mujer esperando que alguien sobreviva, sin carnicería, nada de eso, solo hombres agolpados entre una muerte en el frente o una muerte en el mar, obligados a vivir. No hace falta nada más, Dunkerque es retrato de una batalla real, fiel a suceso histórico, a las historias que Nolan escucho en su infancia, la historia de la batalla en que murió su abuelo. Entonces al ver la película uno piensa: fue así, carajo.

Me gustó el mar, siempre ahí, igual, monótono, impávido, a Neptuno no le importa la guerra. Las olas le devuelven sus muertos al hombre, el océano sepulta a quienes murieron en sus dominios, acompaña la espera de los derrotados, esconde al enemigo, trae a los viejos, recibe las bombas; fabrica su propia lluvia, pero no se inmuta, sigue igual, la guerra es cosa de los hombres, el gran azul descansa tranquilo, dormita, él ya estaba aquí y después de la guerra y la extinción, ahí seguirá.

Me gustaron los viejos, que extraña es la guerra cuando en vez consume a los hijos y deja a los padres, les permite cumplir su sueño. Creo no equivocarme al decir que muchos padres quisieran tomar la barca y cruzar el Estigio para traer a sus hijos del reino de Hades. Dunkerque lo hizo realidad, los viejos cruzaron el mar para traer a los hijos de la muerte, en pequeños barquitos y desarmados, viendo pasar buques de guerra repletos de soldados y armas, en retirada, huyendo del frente.

Me gustaron las historias y los tiempos. Al mejor estilo Nolan, todo se cruza, se incluye y se complementa, quien cayó por aquí, lo recogen por allá, si voló, lo vieron pasar, si explotó, lo escucharon, la película es un todo, pero todo en su momento, cuando sea necesario, no es un corte de cámara, es la panorámica del milagro de Dunkerque. Pero además, de completarse la historia, la batalla, nos da perspectivas, el agua furiosa de la nave naufragada, es sola el leve burbujear del mar desde el aire, y el rastro de muerte en la playa, es solo una columna de humo a lo lejos.

Me gusto el cierre, sobre la esperanza y la vergüenza, la llegada y la huida, nuevamente las perspectivas, la complejidad de la vida. Pero hay que decirlo, me parece que sobra el discurso final, no era necesario soñar con el nuevo mundo, con los salvadores, un detalle innecesario, melodramático, me parece un guiño a la Academia. Además, creó que hubiera sido mejor clamar por el ejército rojo, no por ideología, sino por el papel que tuvo en la guerra.

Luego el cierre, todo oscuro y los créditos. Salí del cine, la luz me pego en los ojos, lentamente me adapté a la luz y  a la idea “Nolan no tiene película mala”. La Clase me sirvió.

Por: Juan Pablo Parra.

Imagen tomada de: https://www.warnerbros.com/dunkirk

Jawbone

Jawbone en el fondo se trata sobre la derrota, sobre un derrotado, como lo somos todos, la cinta no teme al decir que a veces el esfuerzo no sirve de nada, pero lo hace con elegancia, con primeros planos del protagonista, diálogos en un inglés muy bajo y confuso.

Jawbone es otra película sobre un boxeador que intenta ganarse la vida. Pero esta se siente diferente, más pausada, menos condescendiente con el protagonista, triste. La virtud de esta película, a pesar de su guion repetitivo, está en su enfoque: se aleja de los puños y se centra en la mandíbula del boxeador. Una mandíbula que puede ser tan dura que haga doler las manos a los contrincantes y obligue al luchador a sentir una paliza o una mandíbula frágil que lo manda a la lona.

El protagonista Jimmy McCabe (Jhonny Harris) es de los que resisten los golpes y sigue luchando, tirando puños hasta que se da cuenta que solo puede perder. Un protagonista que se pasa la película mendigando favores para comer, suplicando por ayuda contra su alcoholismo, mirando el piso cuando habla con otros por vergüenza y mirando a la cámara para mostrarnos la tristeza de sus ojos de perro. Un sujeto que en su pobreza y dignidad me recuerda más al Chavo del Ocho que a Rocky Balboa, siempre intentando agarrar esa torta que dejan y durmiendo en un barril, sobreviviendo gracias a un par de amigos que aún le quedan.

Pero aun así, Jimmy resiste y boxea, entrena, corre, salta lazo, practica con sus puños, casi siempre solo y a punto de desmoronarse. Cada escena de la película parece una derrota, al correr no parece alcanzar su sueño, sino huir de todo, al golpear al viento parece más recibir una paliza y caer arrodillado. Jawbone es otra película sobre un boxeador que lucha por sus sueños, pero está muy lejos del sueño americano de Rocky, es mucha más miserable y realista. La pelea no es por el campeonato, sino por él para saber qué si puede, que aún tiene valor, más que una apología al hombre que se supera, se trata de una conmemoración a la derrota.

Jawbone en el fondo se trata sobre la derrota, sobre un derrotado, como lo somos todos, la cinta no teme al decir que a veces el esfuerzo no sirve de nada, pero lo hace con elegancia, con primeros planos del protagonista, diálogos en un inglés muy bajo y confuso, mostrando un Londres obrero. La película tiene el sabor de Un Buen Bistec, como el que nos sirve Jack London en su hermoso cuento sobre un boxeador maduro que pierde una pelea por física hambre.

La cinta juega con los silencios, los espacios solitarios, los gritos mudos. Parece que solo escuchamos los golpes de la pelea final, que parece filmada con la cámara pegada a los pugilistas, que no se preocupa por precisar los golpes, sino que transmite la confusión e incertidumbre de la pelea. Los golpes sobre la mandíbula de Jimmy retumban toda la escena y el espectador comienza a  desear escuchar la campana para que le den un descanso, pero el tiempo se distorsiona mientras el protagonista hace de pera de boxeo contra las cuerdas. Y la gente le grita, pero solo se escucha una bulla confusa, y los golpes que van y vienen.

Jimmy McCabe se parece a El Cantante de Héctor Lavoe, pero este hace música con su quijada, la gente le grita que siga, que ya han pagado por esa pelea y el boxeador lucha sin que se le pregunte por qué sufre o por qué llora, por qué bebé, por qué no para, por qué se resiste. Y al final parece que solo queda correr, entrenar, huir, seguir luchando, porque no se puede parar aún si la vida te está matando.

 

Recomendado: Por alguna razón que no entiendo, y por lo cual no lo incluí en la columna, Jawbone me recordó una de las películas favoritas de Gabo, Ladrón de Bicicletas. Sobre el filme Gabo dijo:  “Es la película más humana que jamás se haya realizado…”, super recomendada.

Por: Juan Pablo Parra.

Imagen tomada de: http://www.imdb.com/title/tt3582020/

 

 

El genio de Northampton

Con el anuncio de la entrega a Bob Dylan del Premio Nobel de Literatura 2016 inició un debate (…) Bien podría la Academia Sueca entregarle a Alan Moore el Premio Nobel de Literatura.

Con el anuncio de la entrega a Bob Dylan del Premio Nobel de Literatura 2016 inició un debate entre literatos, escritores, músicos, intelectuales, periodistas y desocupados sobre los límites de la literatura. En este marco, el portal de The New York Times en Español publicó una columna de Jorge Carrión titulada: Bob Dylan, ¿el primer nobel del futuro? En dicha columna, el escritor argentino acota la expresión ”juntapalabras”, para referirse a quienes usando el lenguaje crean contenidos literarios: escritores, poetas, dramaturgos, guionistas de cine y televisión, periodistas, compositores, ensayistas y hasta escritores de novelas gráficas o historietas.

Así, entre argumentos y ejemplos, Carrión lanza una frase al aire en la que me quiero detener: “Alan Moore ganará el Premio Nobel de Literatura en 2018 (nadie más ha escrito tantas obras maestras del cómic (…)”. La frase me impactó por dos razones: La primera, porque yo había estado madurando esa idea en mi cabeza, pero nunca la había logrado de una forma tan simple y directa; la segunda, porque estoy completamente convencido de que Alan Moore es el mejor escritor de novelas gráficas de la historia, y uno de los mejores escritores vivos. Bien podría la Academia Sueca entregarle a Alan Moore el Premio Nobel de Literatura.

Déjeme hablarle un poco de Alan Moore. Nació en Northampton en 1953, cuando la pequeña ciudad inglesa rebosaba de visos de la revolución industrial: torres altas y negras que escupen humo, castillos de acero puro, charcos negros, pobreza y casas viejas. En medio de todo eso creció Moore, leyendo historietas para escapar a los límites de su mundo pobre y lógico. Tras ser echado de la escuela por su actitud, Alan trabajó limpiado pieles de oveja y pisos hasta que logró entrar a un pequeño periódico a escribir caricaturas.

Como por casualidad comenzó su carrera. Tras algunos trabajos de calidad en su natal Inglaterra, Moore es contratado en Estados Unidos y desde entonces no ha dejado de escribir clásicos del medio: V for Vendetta, Watchmen, From Hell, La saga de Swamp Thing, The Killing Joke, For the Man Who Has Everything, entre muchos otros. En conjunto, su multitemática obra rebosa de originalidad y colores, de oscuridad y de poesía, de crítica social y de ternura. Creando mundo lejos de la pobreza y las leyes físicas, pero además, con personajes superhumanos repletos de degradante y sincera humanidad.

Un hombre enmascarado que le grita a la libertad que es una mentirosa, la verdad del sueño americano, la locura y soledad del azul; lo necesario del verde, la pobreza del ser más poderoso de todos, un día de locura y un destino común, encontrar la vida en una disección, la mezcla de los terrores imaginarios y los grandes estigmas sociales de la segunda mitad del siglo XX, eso es la obra de Alan Moore, puro arte.

No podría ser de otra manera, porque Alan Moore es un artista. Dedicado a usar sus palabras para decirnos lo que necesitamos y no lo que queremos, intenta convencer a la sociedad de la necesidad del cambio y el amor. Moore es un mago -literalmente- a eso se dedica, a conjurar palabras contra el autoritarismo, el racismo, el machismo, el materialismo, los fanatismos religiosos, y en cambio favorecer, el amor, el sexo, el medio ambiente, la identidad propia, la libertad de pensamiento y acción, la individualidad, la imaginación, la creatividad y la anarquía.

Ese es Alan Moore, el hombre con el pelo y la barba larga, los ojos verdes y la manos repletas de anillos, que vive aislado para no tener nada que ver con las pésimas adaptaciones de su obra –hechas solo para ganar dinero- y de las grades industrial del comic, un emérita y refunfuñón que se dedica a cambiar el mundo desde Northampon.

El año pasado, Moore anuncio que se retirara del comic, tal vez Providence, su novela gráfica inspirada en la escritor de terror H.P. Lovecraft sea su último trabajo, es triste, pero completamente acorde con las críticas del autor al medio que él llevó a otro nivel: falta de originalidad (la misma historia una y otra vez) y la producción con fines económicos. Ahora, que se acerca el fin de su carrera la Academia Sueca podría darle un Nobel, sin embargo no lo necesita, porque él ya es uno de los grandes.

Podría decir mil cosas más sobre Alan Moore, lo cierto, es que tal vez las simples palabras de Carrión sean más dicientes que mis intentos inadecuados de ponderar su vida y obra, así que quiero terminar la columna citando de nuevo a Carrión: si no ha leído la obra de Moore, “Hágase el favor: léalas. Esas lecturas no le harán ganar dinero, pero son apuestas seguras”. Léalo y decida usted mismo.

Por: Juan Pablo Parra.

Imagen tomada de: http://dreamers.com/autores/3_ALAN_MOORE.html

Gay Talese es gaitanista

Al enterase de la muerte de Gaitán, Efraín corrió entre una multitud a resguardarse en su casa. Más que recordar la tarde del 9 de abril, Efraín recuerda los muertos en las calles y en los diarios del día después.

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Foto tomada a uno de los retratos de Gaitán expuestos en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán

El cielo amenazaba con  lluvia, como en aquella tarde de incendios. Un viejo con sombrero y traje aprieta los labios y lee despacio la ”Oración por los Humildes” de Jorge Eliécer Gaitán. Se llama Efraín Camargo y es un gaitanista lúcido y vívido. Viéndolo de perfil, con toda su elegancia y antigüedad, es imposible no recordar a Gay Talese; padre del nuevo periodismo. Detrás de Efraín, atravesando un sembrado de rosas, está la tumba de “El Líder”: Un círculo de piedra labrada con un rosal marchito en el medio. Sobre la piedra está escrito un nombre y dos fechas: Jorge Eliécer  Gaitán, 1903-∞.

— Don Efraín, ¿usted cree que algo de Gaitán permanece?

—No. Nada —dice haciendo una pausa y negando con la cabeza— ¿Pero qué? Nada.

— ¿Si hoy pudiera decirle algo a Gaitán qué le diría?

Efraín Camargo, se balancea en una de sus piernas y mira sobre mi hombro para ver la tumba de Gaitán.

—Yo le diría que él sí fue un pueblo —su voz se entrecorta. Saca de su bolsillo trasero un montón de servilletas y seca las lágrimas. Luego continúa —. Si uno llora es por rabia, por todo lo que pasó después.

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A la izquierda Efraín Camargo, a la derecha Gay Talese

Efraín Camargo esconde las canas bajo un sombrero negro. Su cara es seca, sus orejas enormes y su nariz prominente. Mide 1.70 –lo sé por su cédula- y su cuerpo duro sostiene un traje oscuro y una corbata con un nudo enorme. En su mano izquierda esconde el papel con el que se seca las lágrimas. La mano derecha, con dos o tres dedos y un muñón, nunca sale de su pantalón.

— ¿Nació en el treinta? —le pregunto sorprendido.

Efraín me mira, sus ojos son azules pero se ven marchitos por las manchas negras de la ceguera, se mete la mano entre el corazón y el abrigo y saca su billetera. Me muestra su Cédula. Efectivamente nació en 1930. Luego me estira un papel rojo, es su carnet del Partido Liberal.

—Yo he sido gaitanista desde el 42 hasta hoy. Yo estudie en los colegios públicos de Gaitán. Y nos daban todo, los papás solo tenían que dejarlo a uno en el colegio, y ya. Todo gracias a Gaitán.

— Entonces, ¿ estuvo en La Marcha del Silencio?

Efraín se me acerca, poniendo su oreja junto a mí para escuchar, luego se  pone recto abre los ojos y continúa:

— ¡Claro!¡ claro que sí! En la marcha del silencio y en todos los viernes culturales en el Teatro Municipal. Yo no perdí oportunidad para verlo.

— ¿Qué pasó el nueve de abril?

Hace sesenta y seis años, el joven Efraín Camargo de 18 años, trabajaba como comerciante en una plaza de mercado al sur de la ciudad. Al enterase de la muerte de Gaitán, Efraín corrió entre una multitud a resguardarse en su casa. Más que recordar la tarde del 9 de abril, Efraín recuerda los muertos en las calles y en los diarios del día después. En ese punto del relato, Efraín se interrumpe para sacar servilletas y limpiarse las lágrimas disimuladamente. Luego me mira y me pide perdón.

Mientras Efraín responde a mis preguntas la tumba es rodeada por un pequeño grupo donde predominan los viejos y un gato que se pasea por el lugar, saludando a los visitantes. El reflejo del gato aparece y desaparece en los charcos que se hacen por las goteras que dominan todo el edificio anexo a la casa en que vivió Gaitán.

Junto a la Tumba de Gaitán es fácil saber por qué no sobrevivió su legado. Enterrado en medio de un edificio de ladrillo rojo, que ocupa la mayor parte del predio de la Casa Museo Gaitán, el sepulcro de Jorge Eliécer está protegido y aislado por una coraza de ladrillo con musgo, cintas de amarillas que dicen peligro y vallas que esconden los montones de basura que allí se guardan. La tumba del Negro Gaitán es una edificación donde no puedes llegar a lo alto y no se puede fotografiar la parte superior por vergüenza del panorama de desastre.

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En realidad toda la Casa Museo Gaitán deja mucho que desear. La casa propiamente dicha, el punto central y mejor conservado, es un recorrido por la vida cotidiana e íntima de Gaitán –incluido el baño-, en donde las paredes y los guías nos salpican levemente con su faceta pública sin revelar las justas proporciones de su legado.[1] Junto a la casa, un vagón del ferrocarril convertido en sala de cine y los rieles incrustados en el piso, son la excusa para hablar de los incendios del Día del Odio. El resto del predio, del lado de la carrera 16, es un parqueadero.

Sin embargo, es la tumba el centro de atracción. ¡Cómo no!, si todo el mito de Gaitán gira entorno del 9 de abril y la turba en llamas. Sobre ese día, que parece ser el único que cuenta en la vida de Jorge Eliecer. Alrededor de su muerte, gira todo lo que sabemos de El líder, como si su vida y obra simplemente no valiera nada, y su mayor logro –su mayor fracaso- fuera morir baleado en pleno centro de Bogotá. Gaitán es el hombre que murió en la víspera.

Pero la desaparición del Gaitán Nacional, evidente cuando extremas derecha e izquierda lo reclaman en sus filas, no es fortuita. En Colombia nos hemos esforzado por olvidar a Gaitán. Comenzando con su entierro en la sala de su casa,  un sitio estrecho y privado a donde no podría acudir el Pueblo al que Gaitán dirigía, luego los ataques de los conservadores a los gaitanistas, y ahora este olvido solemne y anual al que lo sometemos en un edificio que amenaza con caer y borrar todo rastro de Gaitán por siempre.

—Yo tenía mi carnet de gaitanista antes que el de liberal. ¿Ya se lo mostré? —Efraín hace un ademán para sacar del bolsillo interior de su saco la billetera.

— Sí señor, ya me la mostró.  ¿Qué le pasó al carnet de gaitanista?

—Me lo hicieron comer. Me arrodillaron en la carrera doce sur con calle sexta y me dijeron  —Efraín se acerca a mí y con su mano izquierda me apunta con un arma invisible—, se lo come o se muere.

Termina la demostración, Efraín vuelve a esconder su mano izquierda en el bolsillo de su traje.  Un grupo de jóvenes –y otros no tan jóvenes- nos han rodeado y escuchan las historias del viejo que llora cuando recuerda su vida marcada por un hombre que era un pueblo.

Cuando termina la entrevista, algunos se arriesgan a pedirle a Efraín una foto. El viejo posa solemne escondiendo sus  manos atras. Se despide tomándome con sus manos los brazos, “Después de llorar, !qué dicha!” me dice antes de darle una última mirada a la tumba y caminar hacia la casa. Termina otro nueve de abril y la lluvia comienza a pintar figuras en las aceras grises. Nada apagará el fuego que camina bajo sombrero.

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Recomendado: en la sala de Museo Casa Gaitán se  exhibe un corto animado  sobre los orígenes de la Violencia en Colombia, dejo el link para los que lo quieran ver: https://vimeo.com/154010137.

[1] Una muestra de la importancia de la muerte en la construcción de la memoria de Gaitán está en que anteriormente  en la Casa Museo se exhibían el traje con que murió Gaitán y el arma con que le dispararon.  Gloría Gaitán, hija de Jorge Eliecer, habla al respecto en un artículo “Memoria y memoricidio” que escribió para la Revista del Archivo de Bogotá: de Memoria. Pueden encontrar el texto en el siguiente link: https://issuu.com/archivodebogota/docs/revista_de_memoria_no.6

Texto y fotografia por: Juan Pablo Parra @parra95

Imagen de Gay Talese tomada de: http://drugstoremag.es/2015/05/mirando-el-ring-gay-talese/.

Colombia Científica

 

Parece un faro en la mitad de la Cordillera Oriental. Construido ahí en 1803 para que las estrellas que surcaban el cielo no naufragaran contra los Andes. Así es el Observatorio Astronómico Nacional (OAN), el primer observatorio construido en América. Visto de afuera también parece un fantasma. El espectro de aquella Colombia que ya no es, pero que un día fue: la Colombia científica.

Sebastián, el guía del observatorio, con sus pantalones holgados y su sonrisa permanente, termina de registrar una bolsa llena de mapas que encontramos durante nuestra visita. Uno de los guardias en traje palapa la bolsa negra de arriba abajo, deja la bolsa en el piso y trata de mirar el contenido de los mapas a través el agujero que sirve de mirilla al enrollar un papel.

Es cerca del mediodía, el día es claro y el viento mueve las palmeras. El Observatorio Astronómico Nacional aún sigue ahí. Un fantasma. Blanco y decrepito, simplista ante la opulencia que lo rodea, un hueso blanco y viejo enterrado en medio de la ciudad. Sigue ahí para recordarles a todos que dejamos pasar nuestra oportunidad de ser una potencia científica. Un retazo de esa época en que Mutis, Caldas y Humboldt pasearon por una Bogotá que aún practicaba esa antigua tradición Muisca, mirar a las estrellas.

Cuando Sebastián sale me pide que cargue los mapas con una sonrisa. Al llegar a la esquina le doy las gracias al guía. Me volteo para verlo por última vez, sigue ahí: muerto, solo, tras las rejas. No es un observatorio astronómico, es una tumba.

La Tumba

Para conocer las Sede Histórica del OAN se necesita cita previa y puntualidad. En la entrada, una oficial de policía me solicita la cédula, verifica que esté en la lista y me deja entrar. Luego un hombre con traje me requisa. Dejo todas las cosas que llevo en mi maleta y se la entregó a otro hombre con vestido. Un oficial de policía la recibe a través de un orificio en la pared. Yo ingreso a una capsula de puertas de vidrio automáticas. Salgo y entrego mi cédula mientras pasan mi maletín por una máquina de rayos X. Revisan mis datos en la pantalla y me dejan entrar. El proceso termina con el registro y una foto en la recepción de la Casa de Nariño.

Me siento en una pequeña sala. Las paredes son blancas y el piso parece recién brillado. Fotos del presidente, los ministros y sus familias decoran los muros. Un grupo de uniformados me acompañan, me llaman por mi nombre y me saludan con amabilidad, yo miro sus gafetes para responder. “Son lo mejor de lo mejor: ejército, policía y la marina”, me dice uno de los jóvenes con uniforme de gala que entra y sale de la recepción. El guía aparece hora y media después de lo acordado.

El Observatorio cuenta con cuatro plantas incluida la cúpula. Las plantas se comunican gracias a una escalera cuadrada pegada al resto del edificio y qué le da cierto aire a iglesia. En el primer piso se encuentra una amplia mesa para reuniones, algunas máquinas de escribir fuera de forma y parte considerable de la que llaman “la biblioteca astronómica más grande del país”, conformada por grandes volúmenes antiguos en todos los idiomas posibles. Candelabros con un fingido aspecto colonial cuelgan como ramas de árboles de las paredes. En el piso se encuentra la puerta del túnel de escape –ahora inutilizado- que daba a La Casa de la Expedición Botánica. El techo se eleva varios metros sobre el piso y tiene forma de huevo. La curvatura de las paredes genera un singular efecto acústico: al ubicase al centro del recinto es inevitable generar algo de interferencia por el eco, pero, al parase en los extremos de la circunferencia, aun los tonos bajos viajan con una claridad y tono perfectos.

Esos curvados muros fueron testigos del nacimiento de nuestro País. El 19 de julio de 1810, un grupo de jóvenes criollos –entre ellos José Francisco Caldas y Camilo Torres– se reunieron en el observatorio para ultimar detalles de una conspirar contra la monarquía.

En las escaleras adjuntas se encuentra emparedada una placa conmemorativa que mandó a poner Tomás Cipriano de Mosquera. La segunda planta es mucho más alta. El techo tiene una pequeña abertura por donde entra un haz de luz que sirve como manecilla al reloj solar dibujado en el piso de madera. Lastimosamente el reloj solar no funciona, el español Domingo Petrés –conocido diseñador de iglesias- lo construyo utilizado las coordenadas europeas.

El segundo piso está adornado con cuadros de ex directores del Observatorio. Pedazos de la historia de Colombia: Humboldt el inventor de ciencias, Mutis el sabio de las plantas, Caldas y los misterios de la muerte, José María Benítez creador de esa arraigada institución de en los entes públicos, sueldos mediocres. Encontramos además los libros faltantes de la biblioteca y un busto Caldas. Viejos instrumentos astronómicos duermen plácidas siestas en sus casas de vidrio.  Parecen sacados de la portada de una novela de Julio Verne.

Mientras escucho la charla imagino al General Mosquera arranca el piso para fabricar balas en medio de una batalla. Luego veo a Caldas pasearse por la que fue su casa. El fantasma de la Colombia científica. Al salir, el guía me muestra un viejo reloj de péndulo, “con ese se daba la hora oficial en Colombia”, me dice.

Ascendemos nuevamente por las escaleras. Desde arriba es imposible no recordar la famosa escena de la película Vértigo de Alfred Hitchcock en donde el protagonista sube al campanario. Salimos a la tercera planta: una terraza partida en dos por una columna que sirve de banca.

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Desde aquí veo la planta baja a través del agujero del reloj. El guía comenta sobre la vista. El Observatorio se encuentra encerrado: La casa de Nariño, el Congreso, el Ministerio de Cultura, el Claustro San Agustín, el Convento Santa Clara y el Batallón Guardia Presidencial, forman un cerco alrededor de la torre de las estrellas. Es cómo un panóptico invertido -aquella cárcel perfecta compuesta por un círculo y una torre central que los vigila a todos- donde el preso es el guardia. Encerrado en su torre los astrónomos esperan el día de su extinción. Sí fuéramos una potencia científica, tal vez hoy desde la cúpula los hombres de ciencia nos vigilarían a todos. No estoy seguro que es peor.

Antes de entrar a la cúpula, Sebastián me pregunta por el punto donde estoy sentado. “Ahí donde está sentado es el centro del país”, me dice. Sí, la Sede Histórica del OAN es el centro del país, el punto geográfico 0° 0’ 0”. En realidad no es extraño, en el Observatorio Astronómico Nacional se incubaron muchas –prácticamente todas- de las actuales instituciones científicas del país, entre ellas El Instituto Geográfico Agustín Codazzi, cuyo nombre proviene de uno de los directores del OAN.

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La cúpula. El corazón de un observatorio astronómico, un huevo metálico de donde germinará un telescopio. “No podemos entrar”, me dice el guía. Sigue sonriendo. El corazón de este titan de la ciencia ya no da más. La cúpula la sellaron a principios de 2016 porque el piso era muy inestable. Entonces ya murió, pensé. Subo hasta donde es posible en medio de una completa oscuridad, en el Observatorio cortaron la luz hace más de un mes. El guía corre una tabla y me dice que mire. Ahí está el telescopio. Desde abajo parece la pierna de robot gigante.

Al salir de la torre blanca, firmo el libro de visitantes, mientras Sebastián empaca en una bolsa de basura un montón de rollos de papel. Al salir me paro frente a la entrada de la Casa de Nariño a esperar. Es aquí cuando el observatorio se me antoja fantasmal.

El manicomio.

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Imagine entrar a un sitio donde se dedican a mirar para arriba. Sí, leyó bien, se dedican a mirar para arriba, a simular estrellas, a deformar espejos. Lo hacen con una obstinación demente, durante toda la noche, sin dormir. Como solo uno de los Buendía lo podría hacer. Como lo hicieron los genuinos americanos antes que nosotros. Podría pensar entonces que está en Macondo, pero no es así, se encuentra en la Sede Académica del Observatorio Astronómico Nacional.

Me acompañan a mi primera visita nocturna a la Sede Académica ubicada al interior del campus de la Universidad Nacional. Hemos dejado atrás a la torre junto a la casa del presidente. Entramos a un edificio en ladrillo, de una planta y con dos chichones de tamaños distintos sobre el techo. La entrada la domina un telescopio gigante que reposa junto a una campana. Parece un cañón de guerra de la primera guerra mundial, de esos que cargan por atrás y escupen el casquillo vacío. En el salón de entrada hay un grupo de jóvenes esperando por el inicio de otro “Jueves Bajo las Estrellas”, un programa de difusión del conocimiento y observación de cuerpos estelares, liderado por la Facultad de Ciencias de la UN, y dirigido a todo el público.

La mala noticia es que la noche está nublada. Sebastián me dice que no me preocupe, tras la charla es probable que saquen los telescopios, para tratar de pescar alguna estrella escondida tras las nubes que parecen las aguas espumosas del río Bogotá. La puerta de acceso a las cúpulas está cerrada. En días pasados me permitieron entrar a la cúpula de mayor tamaño para echarle un vistazo al sol: una forma amarilla y circular, con manchas negras y pequeñas hebras descosidas en los bordes. Las manchas tienen el tamaño de la tierra, las hebras son explosiones con un poder atómico. A simple vista solo es el sol.

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La charla de esa noche es sobre telescopios modernos; óptica adaptativa. Por tratarse de una charla para todo el público el expositor tiene vedadas las ecuaciones. La óptica adaptativa es la solución al problema de la falta de resolución al mirar las estrellas. La atmósfera terrestre y nuestra limitada vista nos impiden ver con claridad los cuerpos celestes. Al verlas con un telescopio común, las estrellas se mueven y titilan como luciérnagas. Para solucionar el problema, los astrónomos fabrican sus propias estrellar usando rayos de sodio de 30 centímetros, que deben ser coordinar con las autoridades aéreas. Al recibir el láser de vuelta, se usan supercomputadores para determinan qué curvatura debe tener el espejo que capta el láser en la tierra para que la definición de la imagen sea perfecta. Esos espejos maleables como el agua están compuestos por otros pequeños espejos. La idea es simple, imagínese esos espejos de feria que deforman la imagen para vernos gordos o flacos. La charla termina y el cielo sigue cubierto de nubes.

Salgo al pasillo donde comparto galletas y aromática con los visitantes. El guía me confirma que hoy no habrá observación de cuerpos celestes. Me da la espalda toma la bandeja y me ofrece una galleta sonriendo. “Sera para la próxima” me dice finalmente a modo de despedida. Salgo de la Sede Académica, mientras imagino una serie de telescopios puestos unos junto a otros apuntando a las estrellas. Parece la escena de un fusilamiento. Me gusta pensar que eso fue lo último que vio Caldas, un montón de joven usando la mirilla para acertarle a una estrella. Pero la verdad es que vio una hilera de fusiles y tras las armas vio soldados. ¡España no necesita sabios!, Colombia tampoco. Pienso mientras veo los cerros de Guadalupe y Monserrate que no logran tocar las nubes.

Unos días después regreso. El cielo está despejado. Escucho una nueva charla sobre motores, cohetes y viajes espaciales. A las 7.30 el conservatorio termina. En el pastal frente hay dos telescopios gordos e inclinados hacia arriba. Nada que ver con un fusilamiento, parecen más cámaras de televisión montadas en sus trípodes. Grupos de jóvenes y familias corren para tener un buen puesto en la fila. El guía me saluda. Primero observo el cumulo de estrellas Tolomeo. Acerco uno de mis ojos al ocular. Adentro hay depositado un pequeño charco con muchas perlas regadas. Me alejo y miro el cielo, aún con gafas apenas veo un punto blanco a lo lejos.

Luego la fila del otro telescopio, el más grande. A un niño pequeño lo alzan para que logre ver algo. El guía se me acerca. Me explica que hay los cúmulos son agrupaciones de estrellas dentro de nuestra galaxia, pero fuera de la vía láctea. “Fuera del sombrerito”, me dice dibujando el sombrero con las manos. Hay dos tipos de cúmulos, los cerrados que son circulares y los abiertos que no tienen ninguna forma. “Simplemente cuando pasas la mirada están ahí, un montón de estrellas”.

Dentro de la ocular, pequeñas luces de distintos tonos decoran el fondo negro. Parece una mujer pecosa. Observo el cumulo de La mariposa, si bien no parece un insecto en lo absoluto. Me alejo del grupo de personas que reclaman por un planeta. El guía les explica que a finales de octubre Marte está muy lejos y Neptuno ya no es visible a esa hora. Las personas protestan. Dos jóvenes discuten sobre las variantes de la teoría de la relatividad que se presentaron durante la charla. Cruzo la calle, el observatorio parece dormido; solo lo habita la luz amarilla de los bombillos, al otro lado de la calle aún vive la Colombia científica.

La banalidad del mal en Colombia

(…) La Casa Arana, una próspera empresa cauchera, operó en el Amazonas colombo-peruano. Esta empresa mutiló y sometió a la esclavitud a miles de indígenas por décadas. Pero sólo fue hasta 1924 con la publicación de La vorágine que el país le dio relevancia al tema.

El siglo XX fue un periodo para pensarnos como Nación: desde el inicio de la centuria hasta finales de la década del treinta, la Casa Arana, una próspera empresa cauchera, operó en el Amazonas colombo-peruano. Esta empresa mutiló y sometió a la esclavitud a miles de indígenas por décadas. Pero sólo fue hasta 1924 con la publicación de La vorágine que el país le dio relevancia al tema.

A mediados del siglo pasado, entre 1946 y 1957, en Colombia se vivió la Violencia, una pseudoguerra amañada y borracha entre los partidos tradicionales que pusieron de moda el corte de franela a lo largo y ancho del país, pero nadie, más que unos cuantos literatos, se dignaron a estudiar y denunciar la barbarie. Fue hasta 1962 que Guzmán, Umaña y Flas le mostraron al país las dimensiones y características de su realidad.

Termina la Violencia, una nueva forma de violencia sacudió al país. Mediante bombas y sicarios, los narcotraficantes financiaron su bonanza de muertos e hicieron de este país el estereotipo del paraíso droga.

Cerrando el siglo, los paramilitares se extendieron por el territorio nacional, mediante masacres y asesinatos selectivos, se hicieron con poder suficiente para entrar al Congreso durante el principio del nuevo siglo. Solo una década y media después, comenzamos a entender que pasó durante los años de la Casa Castaño.

Una mirada excesivamente rápida de nuestra historia lleva preguntarnos: ¿Por qué los gobiernos de turno y los colombianos de a pie parecen no haber hecho nada para evitar las catástrofes? La respuesta es simple: en Colombia banalizamos el mal. Pero, ¿qué es la banalidad del mal?

En 1963, Hannah Arendt publica Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, un largo ensayo en el que la filósofa trata de encontrar, a partir de su narración del juicio del Estado de Israel contra Adolf Eichmann (un ex miembro del partido Nazi), una respuesta a la explicación para los actos de total vileza e inhumanidad con los cuales se perpetró la Solución Final.

Pero la banalidad del mal va más allá del Holocausto, Arendt no se limita a explicar por qué los miembros del partido nazi llevaron a cabo el genocidio sino que de forma paralela intenta analizar por qué el pueblo alemán toleró ese terrible episodio de su historia.

Debemos preguntarnos entonces, ¿hemos banalizado el mal en Colombia? La respuesta es sí. Y no solo la banalizaron quieres perpetraron los asesinatos, las masacres, las violaciones y demás crímenes, sino que todos los demás lo banalizamos al volverlo común. Nos acostumbramos a las historias de la muerte y a los desplazados, trivializamos el mal y derretimos la humanidad de millones de víctimas.

Lo peor es que seguimos haciéndolo. Llevamos más de 50 años en guerra, una guerra que en 2013 ya  iba en 5,5 millones de víctimas. Personas que en muchos casos no conocemos, no imaginamos y no nos importan. La maldad y la corrupción se hicieron tan cotidianas que nos limitamos a comentarlas con algo de incredulidad, pero no sentimos nada,  y así seguimos aceptando esta oscura etapa de nuestra historia. Usando eufemismos para hacernos la vida menos vergonzante.

Arendt decía que es parte del hombre sus pulsiones hacia la maldad. No se trata de hombres y mujeres con enfermedades atávicas, sino de seres humanos en contextos donde es fecunda la semilla del odio. Lamentablemente, Colombia es una tierra buena y fructífera con climas tropicales y andinos; listos para sembrarlos con balas.

Por: Juan Pablo Parra @parra95

Imagen tomada de: goo.gl/YtBEFU