El porro de los moralistas

La marihuana no es como las demás drogas, eso parece no estar claro para los moralistas. Y es que los estudios que demuestran los beneficios medicinales de esta mata que no mata se hacen cada vez más robustos. Un artículo de El Espectador resume algunas de sus virtudes: para quienes sufren de glaucoma, fumarla reduce la presión intraocular; incrementa la capacidad pulmonar; ayuda a evitar ataques epilépticos; alivia los malestares del asma; disminuye la probabilidad de adquirir cáncer de mama e incluso abre el apetito a portadores del VIH.

Esta década ha visto cómo diferentes países se han unido a la legalización de la marihuana con fines medicinales. Estados Unidos, Canadá, Holanda, República Checa, Uruguay, Colombia e Israel son algunos de ellos. Sin embargo, una cosa es su uso medicinal y otra el terapéutico.

El consumo medicinal es mucho más prohibicionista y contiene un protocolo y una regulación bastante estricta. En contraste, explica Carlos Carvajal, consultor de la ONU, que su uso terapéutico obedece a la determinación individual de autoadministrarse cannabis mediante prescripción profesional sin que sea necesariamente médica. Dentro de los fines de esto último se encuentra la necesidad de tratar la dependencia a drogas mucho más fuertes como el crack, la cocaína y hasta el alcohol.

Aún pesan los preconceptos con fuertes atisbos morales, religiosos y políticos. En el fondo de la legalización se encuentran las decisiones de política que marcan el futuro de millones de seres humanos.

Lo vivimos con la decisión conservadora de someternos a esa fútil guerra contra las drogas. El balance, desastroso, tiene a latinoamericanos y a sus selvas penando.

La política que hacía ver a los consumidores rozando los barrotes de hierro de las prisiones mientras compraban alucinógenos de las serpientes bicéfalas, homicidas y productores, ha fracasado. Sabemos que la violencia se concentró en los países productores, de hecho, la dinámica del mercado ilegal de las drogas nos ha permitido entender que existen unos consumidores abundantes en países del primer mundo mientras que la oferta de sustancias psicoactivas primarias proviene del submundo, del tercer mundo.

En política económica las preguntas giran en torno a cómo regular los mercados mediante impuestos, qué variables más incluir en el que hacer de política y sobre quienes implementarlas.  Se dice que los precios son la mejor señal de mercado, es por eso que la revista The Economist sugiere que en Latinoamérica, en donde el abuso del cannabis es poco usual y el mercado negro es sangriento y poderoso, el gobierno debería mantener los precios bajos. En contraste, en los países ricos en donde el problema de consumo es más común y los expendedores de drogas son menos violentos y peligrosos como para afectar la seguridad nacional, los precios se deberían fijar altos. Algo parecido hizo EEUU cuando legalizó el alcohol, en ese entonces inicialmente los precios bajaron. Una vez la mafia quebró, se subieron.

Aquí Colombia tiene mucho por aportar, no solo por ser el principal victimario en ese conflicto de blancos y negros. El Sativex es el primer medicamento legal colombiano a base de marihuana. Puede ser esa primera prueba según la cual la legalidad quiebra los preconceptos morales y religiosos, que la sensatez y la razón bien estructuradas funcionan. Sin duda es una primera y buena respuesta al decreto expedido por el gobierno colombiano a finales del 2015, sin embargo, es mucho lo que queda por hacer en materia de política pública, los retos son fuertes pero el ambiente mundial es el adecuado.

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El pecado del No

Todo estaba mal. Éramos tan pecadores, tan sucios que solo podía existir un ser supremo que nos redimiera. Murió por nosotros en la cruz del calvario, es el hijo del padre y resucitó de entre los muertos, decían las profesoras de mi colegio. Yo, que apenas cumplía 13 años, ya comenzaba a repudiar mi existencia inmoral, mi naturaleza pecaminosa. Sentía cómo no bastaba con que me arrepintiese. Pasadas las oraciones de rodillas y el llanto culposo venían a mí, ese instinto devorador, esas ganas de hacer lo prohibido. “La carne es mala, hay que vencerla”, me contaban que decía algún pasaje bíblico; yo pecaba de nuevo.

Mi adolescencia fluyó entre cantos evangélicos, ríos de prédicas con moral cristocéntrica, miedo de fallarle a Dios, el sueño de hacer una nación libre de pecado para el señor Jesucristo y escándalos públicos de hermanos que fornicaban y adulteraban. Esa fascinación por las relaciones sexuales de los hermanos sí que fascinaban a la comunidad. En mi colegio, la política siempre tuvo dueño. Eran tiempos de Uribe y el país se encontraba ensimismado en la guerra, todos asistíamos fascinados a las pantallas de los televisores para evidenciar los duros golpes que el Estado propiciaba a la maquiavélica guerrilla de las FARC, el diablo. Recuerdo que alguna vez un profesor se metió en un lío terrible:

En clase de sociales había sugerido que Uribe no era del todo bueno. Decía de manera tranquila que había chuzado a la oposición, que tenía un historial de paramilitarismo y que debíamos mirar con cuidado las violaciones de su gobierno a los derechos humanos. Una compañera del curso que asistía a una de las iglesias más reaccionarias, la Carismática Internacional, alzó la voz y le recriminó llorando que él no podía hablar así del presidente pues era un hombre íntegro y de dios, que en la iglesia hablaban bien de él y que ella no iba a permitir que alguien lastimara sus creencias. El profesor fue llamado desde la rectoría. Lo censuraron. Jamás se pudo discutir el tema.

La comunidad evangélica de sana doctrina se encontraba muy satisfecha con el orden y los valores cristianos infundidos desde el establecimiento.

No recuerdo yo una época de tanta expansión evangélica como en la era de Uribe, Las megaiglesias comenzaron a aparecer de a montones y los diezmos, a cambio de milagros, se multiplicaron para financiar emisoras de radio, programas de televisión, grandes auditorios y no sé qué más gastos eclesiales.

Los pastores pasaron a ocupar cargos públicos, embajadas y el movimiento cristiano se centró en unos cuantos partidos. Un buen hijo de este gran periodo evangélico en Colombia es el concejal de la familia, quien fue del PIN (el partido de la parapolítica) Marco Fidel Ramírez.

Estas facciones de cristianos hacen parte de la godorria, solo que constituye una mucho más audaz, a lo mejor más peligrosa, más incendiaria, moral y políticamente cuestionable. En el pasado se caracterizaron por querer ganar disminuciones en impuestos y hasta por querer reemplazar la constitución por la biblia. En los últimos días han defendido y alentado un discurso homófono, así como un rotulo homogeneizador de familia. Se resalta el hecho de estar abiertamente a favor del No en el plebiscito para refrendar los acuerdos entre el Gobierno y las FARC. Sobre este último hecho, que no está mal per sé, es claro cómo los valores cristianos que dicen defender se contradicen. Lo más nítido es aquel arsenal político que esconden.

El uribismo, el símbolo más vivaz de la doble moral, se tomó al cristianismo desde hace un buen tiempo. Son tan atractivos porque votan en masa como ovejas obedientes según los designios del pastor, quien es el único encargado de guiarlos. Muchos no saben que ese pastor tiene sesgo y ha sido seducido por la politiquería. Eso sí, el uribismo y el cristianismo coinciden en una cosa fundamental, a lo mejor sea esta la gran fuente de concordancia: usan la política y el lenguaje del miedo, aquella que juega con el pecado y siempre anticipa el fin, la hecatombe, el salto al vacío, el apocalipsis. ¿En dónde quedó ese Dios de misericordia que siempre perdonó mi suciedad? Siempre oraron por la paz, ahora entiendo que la paz que querían era aquella que exterminara al diferente.