Rodrigo ‘el sucio’

Rodrigo Duterte fue elegido presidente de Filipinas a mediados de 2016 bajo la promesa de erradicar el crimen y el narcotráfico del país. Desde su ascenso al mandato, las ejecuciones extrajudiciales perpetradas por la policía y grupos paramilitares han cobrado la vida de más 7000 personas -entre presuntos traficantes de drogas y consumidores. Las víctimas suelen ser jóvenes pertenecientes a los segmentos más pobres y marginalizados de las principales ciudades, están incluidas en una ‘lista negra’ confeccionada por las autoridades locales en base a habladurías y rumores sin verificación judicial.

Según un reporte de Amnistía Internacional en el contexto de la política antinarcóticos del señor Duterte la Policía Nacional Filipina ha pagado a sicarios 100 dólares por el asesinato de cada consumidor de narcóticos y una suma entre 200 y 300 por cada supuesto traficante; se ha documentado también que agentes de la policía plantan evidencia -como armas y narcóticos- en las escenas del delito para justificar en los reportes su accionar delictivo,  ejecutan sospechosos a sangre fría y comenten saqueos en las propiedades de las víctimas.

Naturalmente, la cruenta guerra contra las drogas de Rodrigo Duterte ha despertado preocupación: la ONU  protestó  enérgicamente, y en la prensa liberal a lo largo del globo hay varios reportes espeluznantes sobre los abusos de la policía en contra la población civil. No obstante, dentro del país goza con un firme apoyo, más del 70% de los filipinos aprueba su gestión. ¿Por qué?

Democracia disfuncional

Filipinas es una democracia liberal desde el derrocamiento del general Ferdinand Marcos en 1986. Sin embargo, sus instituciones son precarias. Hablando del sistema de justicia, se estima en 600.000 el número de procesos que están represados en las cortes por falta de jueces, a lo largo de un año en promedio un fiscal debe hacerse cargo de 500 casos y un defensor público atender a 5000 clientes.

De otro lado, la posición geográfica del Archipiélago de Filipinas la convertido el país en un corredor estratégico en el tráfico de drogas. Filipinas ha vivido una epidemia de violencia en sus calles por cuenta de bandas criminales disputándose el control del mercado de metanfetaminas. Como resultado de la crisis de seguridad los problemas del sistema de justicia continúan empeorando: la impunidad es altísima y las cárceles están desbordas por miles de presos a la espera de juicio.

Ante este panorama caótico es apenas obvio que la legitimidad de las instituciones tradicionales se desmorone y sea tentador para el público entregar poderes ilimitados a un líder carismático bajo la promesa de recuperar la seguridad.

Rodrigo Duterte es para los filipinos alguien como Dirty Harry, un policía duro e implacable, dispuesto hacer lo que sea necesario para darle castigo a los criminales, incluso si eso implica pasar por encima de la ley; el debido proceso y los derechos humanos, más que garantías de las libertades negativas de los individuos, son percibidos como un ‘escudo’ utilizado por los delincuentes para evadir la acción de las autoridades.

¿Traerá paz y seguridad al país la feroz política antinarcóticos del señor Duterte?

Aunque supusiéramos que su guerra contra las drogas tuviera éxito reduciendo el tráfico y el consumo de estupefacientes – algo bastante difícil de pensar si revisamos el caso de Tailandia, un país que emprende una guerra similar desde el 2003 con resultados realmente pobres- los efectos en el largo plazo para la cultura política de los filipinos serán desastrosos: las fuerzas policiales seguirán cometiendo abusos en contra de la población y la legitimidad de las instituciones estatales se deteriorará aún más sucesivamente.

La solución a los problemas de seguridad originados por el narcotráfico en Filipinas no pasa por la ejecución extrajudicial de miles de personas, sino por una reforma integral del sistema de justicia y la reorientación de los recursos de la policía, en lugar de enfocarse en el pago de recompensas a sicarios y la ejecución de traficantes de poca monta los esfuerzos de las fuerzas de seguridad deberían estar orientadas en operaciones de inteligencia que permitan desmantelar  las bandas criminales generadoras de violencia.

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Sorpresas conocidas: el éxito de Marine Le Pen

Es factible que en algunos años los franceses recuerden las elecciones presidenciales que se celebran este 23 de abril como uno de los acontecimientos más extraordinarios de su historia reciente. El público  francés, pesimista y desconfiado frente al sistema político, descartó este año en la carrera a la presidencia, en diferentes instancias,  a las principales figuras de los partidos tradicionales: el expresidente Nicolas Sarkozy (Los Republicanos) y Manuel Valls (Socialista), quien fue ministro de Interior del gobierno saliente. François Hollande, el actual presidente, es tan impopular que ni siquiera se postuló para la reelección, algo sin precedentes para un mandatario en ejercicio.

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¿Qué hay detrás de ISIS?

Caricaturara de Peter Brookes, para The Times

Publicado originalmente el 10 de abril de 2016.

El último ataque terrorista perpetrado por ISIS (también conocido como DAESH o Estado Islámico (EI)) en Bruselas dejó un saldo de 31 muertos y más de 100 heridos. Naturalmente, los grandes  medios han sucumbido a la tentación de aprovechar este suceso infeliz para rellenar sus espacios informativos con imágenes de las víctimas y de los destrozos materiales de los atentados. Los ataques consumados en los últimos meses han gestado entre el público una sensación de terror e indefensión  generalizados.

Aunque ISIS ha utilizado la guerra civil en Siria para expandir su influencia, puede decirse que su origen se remonta a Irak, y que los dos factores fundamentales desencadenantes de este  Frankenstein son la guerra fría que han librado diferentes potencias regionales,  como Irán y Arabia Saudita y de otro lado la calamitosa política implantada por  Estados Unidos en la zona.

Las secuelas de la guerra de Irak

La intervención americana en Irak en el año 2003 es el primero de una larga lista errores cometidos por diferentes administraciones estadounidenses; no sólo la justificación esgrimida por sus defensores resultó ser una gran mentira[1], también se ha demostrado con el paso de los años  que en términos estratégicos fue una desastre estrepitoso. La intervención no trajo paz el país, por el contrario lo convulsionó: el rechazo al invasor extranjero y los abusos perpetrados por militares de la coalición alimentaron el resentimiento de la población local, contribuyendo a su radicalización.

Los errores continuaron en la posguerra con el desmantelamiento del ejército iraquí. Durante décadas el principal sostén de la tiranía de  Saddam Hussein fueron sus fuerzas armadas, en especial un cuerpo de élite denominado la Guardia Republicana, utilizado con éxito en represiones sangrientas de grupos opositores de kurdos y chiís, pero también fue relevante manteniendo al margen grupos de extremistas islámicos; al ser despojados de sus cargos, un grueso grupo de los soldados y oficiales cesados de las instituciones armadas se integraron a diferentes grupos yihadistas, buena parte de los cuales serían absorbidos por ISIS con el paso de los años.

Estados Unidos ha invertido más de 20.000 millones  de dólares en el refundado ejército iraquí, el resultado ha sido un cuerpo armado corrupto y desmejorado, incapaz de lidiar por sí solo con la amenaza que supone ISIS sobre el terreno: en 2014 se reveló que el gobierno de Irak había estado pagando salarios de 600 dólares a 50.000 soldados que realmente no existían,  al parecer varios generales los registraban en sus libros  contables con ánimo de embolsarse sus salarios.

También se han dado casos de militares que pagan coimas a sus superiores para evadir el servicio, y de policías y soldados que llevan meses sin recibir su paga. Ante el volumen de estas cifras, no es difícil explicar la mentalidad de los millares de militares que desertaron en masa de sus puestos en Mosul, antes de que esta ciudad en el norte de Irak cayera en manos de ISIS. ¿Qué clase lealtad puede guardar un soldado ante una institución tan caótica y fraudulenta?

La violencia sectaria

Las dos doctrinas dominantes en el Islam, el Sufismo y Chiismo, han estado enfrentándose desde el siglo VII, el origen de sus diferencias se tejió en torno a la sucesión  de Mahoma. Una corriente, los chiís, consideraba que debían ser los descendientes biológicos del profeta quienes guiaran el Islam, no obstante, no todos los musulmanes compartían este parecer, los suníes abogaban por los líderes más “idóneos”, no necesariamente con un parentesco familiar con Mahoma. Este cisma religioso ha perdurado con el paso de los siglos, y ha echado raíces en la doctrina y las costumbres de las diferentes facciones.

Durante la cruel tiranía de Sadam Hussein, una administración laica que sin embargo favoreció ampliamente en la burocracia y en el ejército a los grupos suníes, los kurdos sufrieron un brutal genocidio, a los chiís se les excluyó del sistema político y sus líderes fueron exterminados y confinados en calabozos. Algunos de ellos consiguieron escapar de las garras del régimen exiliándose en países occidentales  y otros en Irán, una república islámica  gobernada hace años por chiís. La salida del poder del dictador iraquí en teoría significaba la oportunidad de sanar viejas heridas conformando un gobierno civil de coalición en el que tuvieran una representación clara los líderes de las principales comunidades iraquíes: suníes, chií y kurdos.

Por desgracia, las potencias occidentales eligieron patrocinar a Nuri al-Maliki, un político incompetente y corrupto que tomó una serie de decisiones  cuyo resultado principal sería azuzar la violencia sectaria y acrecentar la desconfianza de los iraquís hacia sus instituciones. Por ejemplo, utilizó la legislación antiterrorista para perseguir a sus enemigos políticos, cortó la financiación a milicias suníes como “Los hijos de Irak” que se habían revelado efectivas combatiendo grupos yihadistas (entre los que se encontraba Al Qaeda) y habrían podido ser útiles cortando terreno a ISIS, además hizo la vista gorda ante los atropellos cometidos por escuadrones paramilitares chiís en contra de  civiles suníes en la ciudad Bagdad; el fruto de esta permisividad puede  apreciarse claramente este mapa elaborado por el New York Times. No hay duda que ISIS aprovechó la impopularidad entre la comunidad suní del abiertamente sectario gobierno de Mailiki para para reclutar militantes.


Mapa: New York Times.

Pero Maliki recibió también otros apoyos. Al ser chií, fue apoyado por esta comunidad, que representa cerca del 65% de la población de Irak según algunas estimaciones y que durante el régimen de Hussein fueron tratados como ciudadanos de segunda categoría. Los kurdos lo apoyaron a cambio de una autonomía administrativa y política que llevaban reclamando décadas, y que les ha sido concedida por las circunstancias especiales que imperan hoy por hoy. Las derrotas militares de ISIS que más han cobrado protagonismo en los medios fueron propinadas por los kurdos.

Medio oriente: Un laboratorio de juegos de diferentes potencias regionales con agendas propias.

Algunos analistas dicen que el gran triunfador de la guerra de Irak ha sido Irán, no les falta razón. El gobierno de Teherán ha suministrado a Irak un valioso apoyo logístico y militar en su lucha contra ISIS. El país persa es un enemigo declarado de esta agrupación terrorista, no obstante ha sabido rentabilizar su existencia para expandir su influencia en la región; un extenso grupo de los políticos y militares que rigen el rumbo de Irak actualmente estuvieron exiliados largos años en Irán, no es extraño que abriguen una lealtad perruna hacia este país. Después de vivir varios meses de tensión por cuenta de su programa nuclear no deja ser paradójico que el país persa se haya convertido en un silencioso aliado de Estados Unidos en la lucha contra Isis.

El gobierno saudí por su parte está explotando el sentimiento de victimismo que viene engendrándose en el seno de la población suní derivado del progresivo aumento del poder chií. El objetivo de los saudís claramente es contrarrestar la creciente influencia de Irán en la región. Es de pleno conocimiento público que tanto el gobierno como opulentos jeques saudíes han financiado grupos subversivos sunís en Siria e Irak, buena parte los cuales se han integrado ISIS.  “Los donantes de Arabia Saudí constituyen la principal fuente de financiación para los grupos terroristas suníes en todo el mundo… Debemos esforzarnos más, porque Arabia Saudí es una base financiera crucial para Al Qaeda, los talibanes y otros grupos terroristas”, así decía  un memorándum del año 2009  firmado por la entonces Secretaria de Estado Norteamericana Hilary Clinton.

El rol jugado por Arabia Saudí en este conflicto es tan turbio, que es inevitable preguntarse por qué potencias como Francia, Estados Unidos y Reino Unido lo han tolerado. Sí, Arabia Saudí es el mayor productor mundial de petróleo y también han efectuado fabulosas compras de armamento a estos países occidentales, sin embargo las actuaciones de los saudís han tenido serias implicaciones en la seguridad de estos estados enceguecidos por el dinero.

Tayyip Erdogan, el primer ministro turco también tiene una cuota alta de responsabilidad. El gobierno de Turquía permitió que en los años recientes sus fronteras del sur se convirtieran en una gigantesca coladera por la han que ingresado en Siria miles de yihadistas provenientes de Europa para integrase a ISIS. También ha tolerado el contrabando de gasolina y otros bienes que han contribuido a la financiación de esta organización terrorista.  Aspiraba así a cazar dos pájaros de un solo tiro: debilitar al régimen sirio de Bahser al Asad con el que mantiene disputas y evitar a cualquier costo el fortalecimiento  de la autonomía de los kurdos en Siria e Irak.

¿Qué gana Erdogan hostigando a los kurdos? En el siglo pasado la minoría kurda en Turquía sostuvo una guerra de guerrillas en contra del Estado, hace unos años se firmó un cese al fuego en el contexto de un proceso de paz, pero Erdogan quería reiniciar las hostilidades porque suponía que podría generarle beneficios políticos en el corto plazo, puesto que su partido perdió la mayoría absoluta en las elecciones parlamentarias de junio de 2015.

Mapa: ElPaís

Parece habitual la propensión a ver los conflictos de Oriente Medio como una batalla entre los “buenos” y los “malos”. Por años el público occidental ha comprado el cuento de hadas, vendido por políticos de discurso apocalíptico, de que tenemos el deber y la facultad de salvar a los musulmanes en nombre de la democracia y la libertad. Lo que no se dice es que tras esta perorata pomposa hay un  cúmulo  de agendas ocultas y que el terrorismo que vivimos hoy en día  es la cosecha de lo que estas sembraron.

Elecciones en Perú: ¿Hija de tigre?

Publicado originalmente el 13 de marzo de 2016.

Según la encuesta publicada por la firma GFK,  Keiko Fujimori va a ganar las próximas elecciones presidenciales en Perú: un 34,6 % de los peruanos se decantarían por ella. Su rival más cercano, el economista Julio Guzmán,  quien fue descalificado esta semana por el Jurado Nacional Electoral “por irregularidades en la inscripción de su candidatura” y está a la espera de la resolución de un recurso extraordinario en su amparo, apenas alcanza el 16,6%. El resto de los candidatos no supera el 10 %, presumiblemente aumentaran unos cuantos puntos tras la caída en desgracia de Guzmán, sin embargo podría no ser suficiente, en todas las proyecciones son derrotados por Keiko, candidata del partido Fuerza Popular. El panorama que muestran otras encuestas (DATUM, CIT, IDICE) retrata un panorama similar.

Parece mentira,  la heredera política de Alberto Fujimori está a la cabeza en las preferencias de los electores del Perú.

 A la sombra de su padre.

El fantasma de Alberto Fujimori sigue rondando en el Perú. La justicia lo encontró autor intelectual de una serie de masacres civiles perpetradas por las fuerzas armadas y grupos paramilitares entre las que se encuentran la de Barrios Altos y la de la Universidad  de la Cantuta, además del asesinato de Mariela Barreta, una agente del servicio de inteligencia que fue torturada y descuartizada según la Fiscalía peruana como una represalia por filtrar información a la prensa sobre las fechorías que estaba cometiendo el gobierno. Alberto Fujimori fue condenado a 25 años de prisión por estos  y otros crímenes.

La lista de los pecados de su dictadura se extiende más allá de las violaciones de derechos humanos; está ampliamente documentada la corrupción del régimen fujimorista, una de las más escandalosas en tiempos recientes: manipuló la agencia recaudadora de impuestos para beneficiar a sus adeptos y acosar las empresas de sus enemigos políticos, sustituyó los jueces titulares por una camarilla de provisionales encubridores de sus abusos, persiguió la prensa independiente interviniendo medios de comunicación, y por medio de su asesor, Vladimiro Montesinos, sobornó vastos estamentos de la sociedad peruana entre los que se encontraban congresistas, empresarios, opositores políticos, sacerdotes y militares. Al parecer Montesinos grabó cada soborno con el objetivo de granjearse la lealtad de los implicados por medio del chantaje; paradójicamente,  uno de estos videos se filtró a los medios, y como  resultado, el régimen experimentó una vertiginosa caída. Al final, según estimaciones Transparencia Internacional, el desfalco del gobierno de Fujimori ascendió a 600 millones de dólares.

El éxito del fujimorismo

Es difícil de creer, pero a pesar de su legado sanguinolento y corrupto, la base de sus seguidores actuales es amplia: un buen segmento de la población de mediana y tercera edad le reconoce los golpes que le propinó al grupo terrorista Sendero Luminoso, una agrupación  guerrillera de orientación maoísta, que en los años ochenta sembró caos y destrucción en el Perú.

Por otra parte, es clave tener en cuenta que en la mentalidad del elector fujimorista valores abstractos como la democracia, la legalidad y los derechos humanos no son relevantes, o están relegados a un segundo plano. Entre Fujimori y sus votantes se constituyó una relación clientelar basada en el intercambio de favores. Él implementó  una política asistencialista, una especie de caridad pública, traducida en la entrega subsidios y auxilios atados al respaldo político. A pesar del crecimiento económico que ha experimentado el Perú en los últimos años, los gobiernos que siguieron al Fujimori han sido incapaces de reducir la brecha entre los ricos y pobres, y dejar de lado esa deleznable práctica política de utilizar el estado como un instrumento de compra de voluntades. Ahí radica el éxito del fenómeno fujimorista.

Keiko Fujimori nunca ha renegado del gobierno de su padre, por el contrario, asumió el liderazgo de su movimiento cuando él fue condenado a prisión. Es más, ha exigido reiteradamente la liberación de su progenitor por motivos humanitarios. Según la candidata presidencial la condena a Alberto Fujimori fue “política y motivada por el odio”.

¿Pasará lo mismo que en 2011?

Las elecciones  de 2011 estuvieron marcadas por la polarización. En la segunda vuelta se enfrentaron Ollanta Humala, quien fue catalogado  como un chavista por la prensa en el contexto de esa elección, y Keiko Fujimori.

 Al Final, el actual presidente consiguió la adhesión a su campaña de un nutrido grupo de intelectuales (entre los que se encontraba el Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa) alarmados ante la posibilidad del retorno del fujimorismo al poder, con la condición de que respetara las garantías democráticas y el libre mercado.

Keiko aprendió una lección que aplicó a los presentes comicios: retiró de su lista del congreso a los candidatos más impresentables del fujimorismo, además ha moderado en cierta forma su discurso sobre los crímenes del gobierno de su padre, concediendo que “se cometieron errores”.

Empero, hay serios indicios que permiten pensar que estas maniobras son meramente un giro discursivo para convencer a la opinión de que no cometerá las mismas faltas que su padre, pero nada más. Personal de su campaña ha repartido comida y electrodomésticos en los barrios populares. Además no ha renegado realmente las políticas nefastas de su padre, pues ha achacado “los errores” a manzanas podridas.

Aún falta un mes para que se celebre la primera vuelta, en el transcurso de las semanas se verá si alguno de los candidatos puede desafiar el inmenso poder que ha conseguido amasar Keiko Fujimori, en buena medida, gracias al legado de papá.

¿Por qué Donald Trump?

Publicado originalmente el 8 de noviembre de 2016.

Si hace dos años alguien me hubiera dicho que Donald Trump podría ser el próximo presidente de Estados Unidos habría creído que me estaban tomando del pelo; viéndolo en retrospectiva resulta realmente absurdo, incluso para un tiempo tormentoso como el nuestro, en cual la creciente banalización de la política ha tocado límites inopinados.  De hecho, cuando Trump anunció el 16 de junio de 2015 su candidatura la reacción generalizada del público fue la burla y la incredulidad. Un observador de la política norteamericana sugirió que el slogan “Make America great again” no era más que un ardid publicitario del propio Trump para promover un nuevo reality show.

Sin embargo, ante la sorpresa de los sesudos analistas que consideraron en un principio su postulación una gran broma, Donald Trump aplastó a cada uno de rivales por la candidatura del partido republicano, especialmente a Jeb Bush, heredero de la exitosa dinastía que lleva ese mismo apellido, y que era el predilecto por el establecimiento político.

Trump, un personaje misógino,   narcisista y megalómano  ha protagonizado una serie incidentes escandalosos que en circunstancias normales habrían supuesto la muerte de la carrera cualquier político:

 

En junio de este año el juez federal Gonzalo Curiel, ciudadano estadounidense nacido en el Estado de Indiana de padres mexicanos,  desestimó una petición hecha por los abogados de Trump de archivar una demanda interpuesta por un grupo de estudiantes en contra de la fraudulenta institución  “Trump University” que es propiedad del magnate. Según Trump, hay un conflicto de interés, puesto que él quiere construir un muro entre Estados Unidos y México, y el juez Curiel es de origen mexicano.

The Washinton Post publicó una grabación en la que Trump habla de las mujeres en términos en vulgares y machistas. Continuamente ha hablado de la necesidad endurecer la legislación en contra del aborto.

En inicio de la competencia por la candidatura  republicana Donald dijo del veterano senador John McCain, quien pasó cinco años como prisionero en Vietnam: “Él no es un héroe de guerra. Es un héroe de guerra porque le capturaron. Me gusta la gente a la que no le capturan”. La paradoja consiste es que mientras McCain estaba privado de su libertad condiciones en penosas Trump disfrutaba de una vida cómoda en Estados Unidos.

John McCain y Donald Trump a mediados de los 70.

La lista de episodios sórdidos en los que ha estado involucrado puede prologarse hasta el infinito. No cabe duda que estos sucesos han hecho mella en la imagen de Trump. Cerca 58% de los norteamericanos tiene una imagen negativa del empresario. Empero, según la media de diferentes  sondeos un 44,2% estaría dispuesto a votar por Trump en contra de un 47,2 por Clinton.  ¿Cómo podemos explicar esta diferencia tan estrecha?

 

La muerte del ‘sueño americano’.

La idea cándida según la cual cualquier habitante de Estados Unidos puede por cuenta de su propio esfuerzo y determinación alcanzar cualquier logro que se proponga está desvaneciéndose. Consignas emblemáticas  como que “Estados Unidos es una tierra de oportunidades”  son sepultadas bajo tierra por la fría y contundente realidad económica.

En los últimos cincuenta años el PIB de Estados Unidos se ha multiplicado por cuatro. Sin embargo, el crecimiento económico no ha beneficiado a todos por igual. Mientras que las personas que están en la cima de distribución  del ingreso han sido las mayores beneficiaros, los hombres sin estudios universitarios tienen un ingreso medio menor al de hace 42 años.

La demanda de trabajo no calificado se ha vuelta más elástica por cuenta de la innovación tecnológica y la desindustrialización de la economía del país. En otros términos, las empresas hoy en día ya no necesitan tantos trabajadores no calificados como hace unas décadas, y los salarios, naturalmente son más bajos.

Los hombres blancos sin estudios superiores se sienten constreñidos por la nueva realidad económica, abrigan una nostalgia por tiempos pasados en los que, por ejemplo, un trabajo de obrero no calificado podía dar un buen estándar de vida. También experimentan un enorme descontento hacia el establecimiento y los políticos tradicionales, creen que los han traicionado y no se preocupan realmente por sus problemas. Muchos de ellos están convencidos de que la razón por la cual están esta penosa situación es por la inmigración y los tratados de libre comercio.

Trump ha sabido aprovechar esta indignación, y ha prometido  renegociar los tratados de libre comercios y endurecer las barreras en contra de los inmigrantes.

 

Degeneración del debate público

Caricatura de la revista “The Weak”

 

La convención republicana en la que fue proclamado Donald Trump como el candidato  oficial del partido no fue como las anteriores, se ausentaron buena parte de los senadores  y gobernadores; a medida que surgieron los escándalos protagonizados por Donald Trump a lo largo de la campaña diferentes políticos republicanos lo criticaron duramente, otros tantos conspiraron en vano para sacarlo de la carrera.  El diario conservador Cincinnati Enquirer, que siempre ha votado por candidatos republicanos, publicó un editorial en septiembre de este año en el que recomienda votar por Clinton. Nadie está más sorprendido por la forma como se está dando elección presidencial que los políticos y los medios de comunicación afiliados al establecimiento republicano. Parecen desconcertados ante la idea de que la popularidad de un bufón locuaz como Donald Trump haya crecido como la espuma entre sus bases.

Pero los responsables de este desenlace infeliz han sido ellos mismos. Desde hace años, el partido ha acogido con entusiasmo  las doctrinas más reaccionarias y fanáticas de diferentes grupos de presión como los cristianos evangélicos y el Tea Party. Buena parte de los líderes han tolerado o promovido el surgimiento de teorías conspiración que han exacerbado la paranoia entre los electores republicanos,  como por ejemplo aquella según la cual el presidente Obama no nació realmente en Estados Unidos, y es un musulmán. ¿Qué criatura podría surgir de este proceso? En este ambiente caótico, Trump  ha conseguido labrase un camino. Su discurso,  incoherente y racista, es una apelación a los instintos más  primitivos de los votantes. El hecho de que haya cobrado inmenso protagonismo habla más de estado descomposición en el que se encuentran los republicanos  que de las cualidades como líder político de este personaje.