Así habló Zaratustra: Un libro para todos y para todo.

Imagen tomada de: Nietzsche by Walter Kaufmann, Princeton Paperbacks, Fourth

En el ocaso de la pascua, que resurge cada año como el momento idóneo para reafirmar nuestra devota creencia, practicar nuestro “virtuosismo” y alabar al redentor, no  es preciso sino necesario honrar a la historia, rememorando a uno de los más mordaces críticos del cristianismo: el filósofo y escritor alemán, Friedrich Nietzsche. Con su obra cumbre: “Así habló Zaratustra”,  creación que  gestó durante 10 años de lucidez y arduo trabajo en diferentes localias europeas; de las cuales Rapallo fue de la que el autor guardó los mejores recuerdos, pues allí parió su primera parte, la que contiene en términos teóricos el mayor embalaje conceptual. Así habló Zaratustra es una obra de carácter moralizante  y defiende unos principios muy acentuados, incisivos y formativos. Como resultado, su desvinculación con las creencias del autor son muy engorrosas y extenuantes,  sin embargo, me atrevería a decir que es una obra imprescindible para todas las vertientes del pensamiento moderno más por su convocatoria a la introspección que por su manifesta doctrina.

En primer lugar, la obra de Nietzsche  más que enarbolar la bandera ateísta, empuña la doctrina del amor por el hombre, un amor desentendido del corriente, debido a que no está basado en el deseo de la felicidad al prójimo sino en su aborrecimiento. Esta creencia se deriva de ver la compasión como el mayor de los males, ya que esta envilece el alma y transfigura su condición de dominante a dominado, así lo dice Nietzsche:

“Ay, ¿En qué lugar del mundo ha habido mayores necedades que entre los compasivos? ¿Y qué cosa en el mundo ha traído más sufrimiento que las necedades de los compasivos? ¡Ay de todos aquellos amantes que no han logrado estar por encima de su compasión!”

En el mundo habitado por el profeta Zaratustra no hay mayor mal que la compasión, cuya práctica mortificará al hombre y engendrará la profecía de la muerte (religión), la cual deberá ser superada por la hecatombe de valores y solo así se librará el hombre del servilismo de Dios, idea que dotará de renombre a Zaratustra (o, ¿a Nietzsche?) con su consigna más afamada: “¡Dios ha muerto!” por su naturaleza divergente para la época. Si bien lo anterior representará la raíz de su doctrina, no será de lo único de lo que hable y sería una pérdida literaria omitir la otra porción de su obra: donde tocará temas en su mayoría humanos (ciencia, plebe, danza, virtud, fama, castidad) como de carácter natural de las cosas (la eternidad, la noche)  que seguirán ligadas al hombre, pues según él y cómo veremos más adelante todo estará impregnado de humanidad, ¡Oh humanidad! Así, en su canción de la noche Nietzsche le canta:

“Es de noche: ahora las saltantes fuentes hablan todas más alto. Y también una saltante fuente es mi alma.

Es de noche: ahora es cuando se despiertan toldas las canciones de los amantes. También mi alma es la canción de un amante.

Algo insaciado, insaciable hay en mí; algo que busca una expresión. Un ansia de amor en mí que habla la lengua del amor.”

En segundo lugar, Nietzsche en Zaratustra personifica la turbación del alma que trae consigo la incesante búsqueda de corrientes epistemológicas y éticas por las que ha navegado el hombre a lo largo de su historia. Pero Zaratustra no busca embarcación para navegar sino que busca ser el río mismo, él no quiere acoger doctrina alguna sino predicarla, el no busca ser un fiel creyente,¡ él quiere ser creador! Sin embargo, para Nietzsche el creador debe ser duro, fuerte, atroz, despiadado y hasta salvaje. Incluso en la cuarta parte de su obra hace una apología a la crueldad: “Bendita sea la crueldad” manifiesta. Razón  por la cual el creacionismo nietzscheano es tan temido: por su crudeza. Pero, ¿no ha sido más cruel el hombre con su insipidez y trivialidad? El castigo es tan temido por los jovencillos inquietos, pero al mismo tiempo es su base formativa.

En tercer lugar, es un libro que las inexorables llamas del tiempo no han podido apagar, ya sea por su genialidad, su implacable estructura, o sencillamente porque está ligado a los albores del hombre. No hay nada más inmanente al hombre que el individuo que se ama a sí mismo, y Nietzsche versifica este amor en su obra maestra. Bien cantó al alma:

“Oh alma mía, ¡en ningún lugar hay ahora un alma que amo tanto, que capte tanto y sea de tanta amplitud! ¿Dónde estarían futuro y pasado más próximos el uno al otro que en ti?

Oh alma mía, te he dado todo y todas mis manos se han vaciado en ti:- ahora me dices sonriendo y llena de melancolía: ¿Quién de nosotros tiene que estar agradecido?”

Por lo anterior, el llamado de Nietzsche es más válido que nunca en el siglo de las mentiras y las corrientes fáciles, derivadas del ligero amor propio, sigue haciendo eco en los siglos, llamando  no a su doctrina, pero si al cuestionamiento constante de convicciones, al eterno retorno de las ideas, a rumiar como las vacas, a empoderar nuestro destino con la llama de la voluntad, para ser creadores y no cautivos. Escucho la reverberación del filósofo que me dice: «Os perdono que seáis necios y obstinados, incluso estúpidos en la conducta, pero jamás os perdonaré que no creáis en vosotros mismos».

En resolución, Nietzsche fue un creador en su más estricta faceta. Se levantó en una época que si bien ya manifestaba pequeños picos de rebeldía frente al fanatismo religioso, aún existía una subyugación evidente en la mayoría de la población europea, y los ya proclamados disidentes religiosos, le  atacaban  con armas de madera. Nietzsche no solo le declaró la guerra, sino que se levantó con un ruido ensordecedor frente a ellos. Ejecutó la cualidad más humana del ser: pensar con vehemencia por sí mismo. Su obra más que censurar la religión, exaltará las cualidades más humanas, no es un código ateísta, más bien diría yo; una apología al hombre, el cual decidirá si desplomarse en halagos o concebir su salvación.  Por lo tanto, es decisión del pensador, del obrero, del empleado, del empleador, del político, del profesor o del estudiante, mejor dicho… del ciudadano del mundo gritar por sí mismo o ensordecer ante la estupidez ajena mientras se avizora la inminente caída a la nimiedad de los tiempos.

Por:@rubenduque

 

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