Memorias breves de migración

Debido a nuestra incapacidad de hacer una presentación de experiencias que no parezca una línea pasional con poca congruencia, tenemos que acudir a lo que aquí (en España) se llama una “chuleta” (una copialina, un apoyo legítimo pero no legal), apoyándonos en el plural de cortesía y en la narrativa, no como género literario, sino como herramienta humana para enunciar, denunciar, crear y transformar las realidades a través de los lenguajes.

No es nuestra intención compartir un memorial de agravios o un listado de tristezas. Lo último que deseamos es sembrar lástima o generar culpabilidades, no: a lo que aspiramos es compartir, en este corto tiempo, un cúmulo de visos de historias encarnadas, y quizá crudas, tanto particulares como colectivas, sobre lo que se ha dado en denominar “migraciones”. Ojalá charlar, sin más, como cuando se habla de la vida en cualquier grupo de amistades, eludiendo los tópicos amarillistas y dramáticos, o los enfoques de una terapia de grupo.

Hacemos este relato como forma de reconocimiento de nuestros privilegios, en tanto hombres, heterosexuales (en principio), hispanohablantes, con un grado menor, si cabe, de racialización, con posibilidades de acceso a la educación reglada y con oportunidades para seguir sobreviviendo a la violencia social y económica que arrecia al mundo; esa violencia soterrada que no vende tantos titulares ni noticias sensacionalistas y belicistas, pero que provoca tantas muertes como las bombas y las balas. En muchas regiones ocurren vejaciones tan o más graves que las de Venezuela, aunque no interesen porque son causadas por gobiernos amigos de derechas.

No hablamos en representación ni a nombre de nadie. Solo confesamos los miedos de nuestros días. Nos oponemos a esa máxima que reza que “hay que ser la voz de las y los que no tienen voz”. Consideramos que todos y todas tenemos voz: no precisamos que nadie hablé por nosotros y nosotras. Lo que existen son sorderas selectivas que han de ser derruidas. Si a alguien no se le escucha no es por el déficit de su garganta o de su lengua, sino por la indiferencia y la apatía de los oídos de quienes pueden escucharle.

Las personas migrantes no constituimos un colectivo, y, por supuesto, no somos una minoría: de hecho, somos una mayoría. Porque, más allá del mundo que quiere ver el Norte, la inmensa cantidad de las poblaciones está en constante movimiento, nada más que por buscarse la vida. Migrar no es nuestro deporte. Porque el hambre, el frío, la incertidumbre o las ganas de oponerse a un camino servil, no conocen de fronteras estatales. No somos, ni tenemos por qué ser, un grupo homogéneo, uniforme, coherente infalible o estructurado. Nos atraviesan múltiples e infinitas condiciones específicas, como a cualquier ser humano que habite esta tierra. La diversidad, en todos los ámbitos, también nos aplica.

Es cierto, quienes ahora hablamos no nos hemos visto en situación de escalar una valla o de esquivar balas de goma o golpes de policías. No obstante, rechazamos las jerarquizaciones de victimización y revictimización que suelen imponer, curiosamente, quienes no han sido migrantes o han olvidado que lo fueron alguna vez. Ser migrante no es una etiqueta, una identidad o un nuevo apellido.

En nuestra realidad definida, especialmente, nos dedicamos a cazar becas para desafiar la carencia de posibilidades. Porque amamos las letras y los saberes que permiten las interacciones personales, más allá de los límites del cientificismo occidental que dictamina que el único conocimiento válido es el que se enseña en las universidades por mandato del mercado. Así, huimos del destino que, aparentemente, nos fue heredado.

Cazamos becas, porque, paradójicamente, nos es más factible estudiar fuera de la tierra que nos vio nacer, sin tener que elegir entre comer o sacar fotocopias o tomar el autobús. Porque no podemos obtener, por defecto, becas del Ministerio, ni de la Universidad, ni de la comunidad autónoma… Ni becas por pertenecer a una familia numerosa. No hay paro aunque hayamos trabajado tropecientos años, ni pensión por viudedad si no la hemos comprado antes; no existe Plan de Garantía Juvenil ni ayudas y subvenciones para los desempleados y desempleadas, si no nos encuadramos en lo que la ONU diagnostique como índice de pobreza extrema.

Reiteramos: estamos describiendo un contexto, no haciendo una lista de quejas. No descubrimos la discriminación en Europa. La hemos percibido en nuestros mismísimos hogares, donde hemos sido huérfanos no por el conflicto armado, sino a razón de la desigualdad de derechos sociales.

Las cadenas neocoloniales son locales, globales, inter e intraestatales. La pigmentocracia rige en todo el planeta: el racismo, el sexismo, la LGTBI-fobia y demás armas supremacistas hieren en todos los escenarios, en todas las geografías. En la era de las identidades, en nuestro caso concreto, no podemos adscribirnos a ningún grupo racializado: somos demasiado mezclados para ser indígenas o afrodescendientes; demasiado oscuros de piel para ser bisnietos de europeos del norte; y demasiado claros para ser de colectivos originarios o ancestrales.

Decidimos vivir por y para las cotidianidades, adonde nos lleven las palpitaciones diarias. A pesar del desdén y la desidia de un funcionario o una funcionaria de cualquier consulado o embajada de un país europeo. A pesar del acaparamiento de la soberanía por parte de las clases acaudaladas de nuestros propios países.

Sin importar que los perros y los policías de cada aeropuerto nos estén esperando para que deshagamos nuestras maletas, y tratemos de desmentir ese talento “natural”, que nos han impuesto, para todo lo relacionado con las drogas y los crímenes, si nos consideran hombres, o para la prostitución, si nos consideran mujeres. Sin importar las miradas de sospecha y desagrado que nos lancen en cada control migratorio, como si cargásemos una mancha indeleble, donde ponen en duda todo lo que decimos, saciándose con nuestros temores y nerviosismos. Sin tener en cuenta que hemos de solicitar visado hasta para abrir la puerta de la nevera.

Sí, el tono de nuestra piel es directamente proporcional al grado de sospecha y peligrosidad que podamos representar; eso es así, aquí o en Bogotá. Y agachamos la cabeza, y aceptamos sin rechistar. En nuestras escuelas interiorizamos que todo lo que viene del norte es mejor, es ideal, es deseable. Asumimos que nuestros acentos son graciosos, chistosos o ingenuos. Se nos obliga a aceptar que una serie de NetFlix, una eminencia catedrática, alguien que hizo un voluntariado por unos meses, un libro de texto, el diccionario de la RAE y un documental de La Sexta saben más de nuestra historia que nosotros y nosotras mismas.

Es nuestra “tarea” alimentar sus complejos de superioridad, permitirles sentirse nuestros salvadores o salvadoras, nuestros mentores o mentoras. Hemos de aguantar las bromas y burlas, para ser inmigrantes guays y no unos y unas ancladas en el resentimiento del pasado. Todas nuestras críticas son y serán denostadas en seguida: “¡Supérenlo ya! Todo ocurrió hace más de quinientos años”, nos contestarán a cualquier enunciado, ignorando que han sido sus academias las que han escrito nuestras historias primigenias. Debemos pedir perdón y permiso constantemente, excusarnos por ser, por estar y hablar; y es que, como formulan las telenovelas y las películas, revelamos una habilidad notoria e instintiva para las mentiras y el engaño: nacimos con un manual de trampas bajo nuestro brazo moreno.

Generamos morbo, porque, seguro, tenemos los fondos de nuestros armarios llenos de polvo blanco y hemos visto asesinatos a sangre fría un día sí y otro también, como si fuese nuestro pan de cada día. Ahora, debajo del mismo brazo moreno, llevamos un manual para usar un fusil o una navaja. Nuestro apellido, nos dicen, es Delito.

O tenemos la sangre excesivamente caliente, bailamos de manera suelta porque la promiscuidad es un símbolo inherente a nuestras culturas. Si guardamos silencio, algo estaremos tramando. Si no demostramos felicidad a todas horas, somos malagradecidos y malagradecidas: estamos en el centro de la civilización, y no valoramos, suficientemente, que hemos logrado escapar de ese batiburrillo chabacano y atrasado que ha de ser nuestro lugar de origen. ¡Selva, malaria, guerras, frutas y música sexual! Eso somos ante sus ojos.

Si ocurre un accidente en tu piso, seguro eres el culpable. Si uno de tus compañeros españoles vende marihuana, seguro tú eres su jefe narcotraficante. Solo a ti te esposan frente a las miradas de la vecindad. Y en el calabozo te dejan sin luz, mantas o comida, mientras te cuentan chistes sobre tu nación, tal como lo hizo la burocracia de extranjería o el funcionariado del banco. Burocracias lavadas por las lágrimas y las penas de quienes vivimos a la espera; de quienes no sabemos cuándo volveremos a ver a nuestras familias. Quienes hayan estado allí, sabrán cuán fría y lúgubre es la sala de espera de una oficina de extranjería en cualquier ciudad de cierta península.

Nuestro aspecto delata un origen pervertido o corrompido, y quizá no nos dejen entrar a un bar: los tatuajes evidencian nuestra presumida pertenencia a una pandilla latina. Ante las injusticias, es preciso el evitar expresarnos con libertad: de eso depende no acercarnos a la deportación.

Si hablamos de manera tan singular, es porque somos moros, sudakas (a mucha honra y honor), panchitos, machu picchus o gitanos, o cualesquiera categorías que pongan de manifiesto la aporofobia trasversal de los ególatras de Occidente, o de los que a Occidente imitan: la fobia a los y las pobres les quita el sueño. ¡Así es! El problema fundamental no es venir de otras latitudes o tener otras nacionalidades; la problemática principal es ser pobre, porque nuestras necesidades, vengamos de fuera o de dentro, les pone de frente a su inconsciencia.

Ahí está la diferencia entre ser inmigrante y ser extranjero o extranjera, entre ser ilegal y ser turista. Entre tener o no la residencia, el refugio, el asilo o la nacionalidad. O escalamos un edifico para rescatar a un bebé o tenemos mucho dinero. Se nos construye como bestias al acecho de tus bienes y tu trabajo y tu dinero y tu seguridad. En la taxonomía, somos animalillos adictos a la okupación y a la pereza. Monstruos que devoran subsidios y ayudas sociales. Aunque esto último revista una ilógica irrefutable: para poder siquiera aspirar a esos beneficios, debemos ostentar un estatus de legalidad. Un documento que dé fe de nuestra existencia, un trozo plástico que garantice que no mordemos: si carecemos de él, somos todavía más nocivos y nocivas, incluso más indignas e indignos. ¡Esto es también un asunto, innegablemente, de clases! Si buscamos trabajo, se nos pide demostrar nuestro arte genético para la limosna y el servilismo. Somos las mentes conspiratorias de las crisis económicas. Incomodamos menos cuando somos jugadores profesionales de fútbol o cantantes de pop.

Sí, hablamos del racismo y de la xenofobia institucionales; pero no solo de ellos. Esas formas de discriminación tienen amplio respaldo en la práctica social. Si existen en las estructuras de gobierno y administración, es porque se alimentan de los sentires generales de la sociedad. Esa sociedad que se dice amante de su propia diversidad, aun cuando no acepta sus diferencias y tonalidades culturales internas, negando los matices de su historia. Una sociedad que consume estereotipos de manera desaforada en todos los medios de comunicación, diciéndonos cómo es o no es un una persona que viene de Latinoamérica. Una sociedad que se siente bien consigo misma al compararse con las vicisitudes del mal llamado Tercer Mundo, y que nos solicita reverencia y agradecimiento por dejarnos cohabitar, como gesto de altruismo a regañadientes, sus espacios.

El supremacismo, el racismo, el clasismo y la xenofobia no emanan, solamente, de quien escupe odio, enfado y asco. Estos fenómenos son visibles, también, en los ojos de quien se interesa por nuestras culturas cuanto más exóticas, estrambóticas y raras sean, como si nuestras expresiones se organizarán en la sección de novedades étnicas de una tienda, para el consumo hippie-hipster de turno. Los prejuicios también pueden ser rojos.

Son formas dañinas que se reflejan, asimismo, en quien nos aprecia como desvalidos y desvalidas, sufrientes y víctimas: nuestra apariencia, entre más vulnerable, más interesante es. Hemos de cumplir con unos cánones estéticos que nos acerquen a la precarización y a la desesperación para encajar en el imaginario que tienen de los y las inmigrantes como ejemplos andantes de melancolía.

Hablaremos de derechos humanos cuando nuestra opinión tenga el mismo valor que la de la erudición jurídica. Hablaremos de derechos humanos cuando la humanidad sea un rasgo que, realmente, se le reconozca a cada habitante del planeta Agua. No tenemos más armas que la pluma y la tinta y las tonadas musicales de las que nos han hecho sentir vergüenza.

¡Nosotros y nosotras! Que menos recursos y opciones podemos tener para subsistir, somos acusados y acusadas por el purismo crítico, y hemos de ser campeonas en ecologismo, consumo responsable y coherencia, como si esta última pudiese vestirnos, darnos de comer y pagar el alquiler, mientras evitamos, de nuevo, la deportación.

Parece que todo se teje en función de los lentes occidentales que predominan en el mundo, aquellos que se han arrogado la mayoría de edad global “enseñándole” al resto de poblaciones cómo se hacen las cosas. La ética y la moral parecen haber sido inventos blancos y varoniles de la cuna de la civilización.

El mito del buen salvaje sigue pervivo en los dos puntos de la ideología: para el conservadurismo, los buenos y buenas inmigrantes, han de ser fruto de la sumisión, del comportamiento reaccionario y competitivo y de la complicidad con la injusticia estructural que soporta todo lo existente; por su parte, para algunas líneas del pensamiento progresista y alternativo, los y las inmigrantes aceptables han de presentarse como focos de ingenuidades políticas contestatarias: no todos y todas debemos ser socialistas y hablar en lenguas extrañas. ¡Insistimos! ¡La diversidad también nos aplica! Y ante la apropiación cultural por parte de sujetos, supuestamente, concienciados, nos invitan a guardar silencio y a dar las gracias.

No deseamos ni admiración ni condescendencia. No buscamos idealización ni demonización. No tenemos esencia pura o maligna. Como personas, no somos buenas ni malas por definición. Estamos, como meros seres humanos, para poner nuestro aporte… Nos levantamos para esbozar la igualdad, la equidad y la dignidad a todos los niveles.

Así como nos hallamos en disposición de aceptar nuestra responsabilidad histórica en este desorden colonialista y discriminador de consumo, exigimos el reconocimiento de responsabilidad por parte de quienes nos impiden el derecho a migrar y, todavía más importantes, los derechos a retornar y a no tener que migrar. A sus conciudadanos y conciudadanas les pedimos que los denuncien y los señalen, y los derroquen.

Porque es posible. El amor y la empatía siguen conformando, de vez en cuando y en distintos lugares, formas de resistencia. Entre los sures nos vamos entendiendo (sur de Europa, sur de España, sur del mundo) no en términos cartográficos sino socioemocionales. En ambos costados del Atlántico comemos papas y no patatas. Nos sentimos bendecidos y bendecidas, beneficiados y beneficiadas, por la vida, por la Pachamama, por el Sol, por el Universo o por la nada misma, si se prefiere, en los encuentros con personas que habitan el Norte, los sures de este norte, y que se han abierto para forjar esperanzas colectivas. Gentes que no desean hablar en nuestro lugar, sino escucharnos y conversar a nuestro lado.

La rebeldía no conoce de fronteras, de banderas, de niveles de melanina ni de posgrados o títulos universitarios. Ni verdugos ni ángeles; guerreros y guerreras que se plantan como nuestras hermanas y hermanos… Con ellos y ellas damos las batallas, desde las ubicaciones y las perspectivas situadas, para que nadie siga teniendo por destino correr en la clandestinidad “por no llevar papel”.

Por @gonzaloesteban13

Imagen tomada de: http://esgrimaempresarial.mx/wp-content/uploads/2017/10/unidad-latinoamericana2-792016.jpg

 

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