Arquitectos incursionando en las ciencias sociales: ¿una limitación para un genio creativo o la distracción del ego y disgusto por la estandarización social del rol del profesional?

Reflexionemos: ¿cuáles son las primeras palabras que vienen a la mente de una persona cuando se le pregunta acerca de qué es un arquitecto y qué hace? Muy seguramente, las primeras palabras que se vienen a su discurso serían: dibujo, planos, construcciones, edificios, casas, acabados; maquetas, arte, colores, pinturas, líneas, cuadrados, medidas, normas, presupuestos. Es un resumen que quizás pueda parecer caprichoso y superfluo, pero que refleja la realidad y, en parte, los clichés populares.

Sin duda, las facultades de arquitectura son una fuente inagotable de conocimiento, de expresión artística; un espacio para el derroche de locura y pasión; un epítome de cerebros apasionados por el diseño, el hábitat, la construcción, el dibujo y las edificaciones. En fin, es una experiencia que un estudiante y, aún, un profesional siempre recordará como una experiencia sin igual. En efecto, es grato “sobrevivir” a una entrega de taller, ver un proyecto expuesto frente a un público luego de noches de desvelo y apreciar el producto de la unión de varios materiales de papelería dotados de un sentido.

Consideremos que, mientras se crean excelentes diseñadores, directores de obra, gestores urbanos, avaluadores, interventores y renderistas, por su parte, las instituciones educativas han ido dejando parcialmente de lado su estrecha vinculación con las demás disciplinas (que la afectan, pero que, a su vez, la complementa). Las ciencias de la jurisprudencia, las ciencias naturales, las matemáticas y la física, las ciencias económicas y las sociales, por nombrar sólo algunas, han ido quedando relegadas a un segundo plano. ¿Es quizás un problema exclusivo del sistema académico que, tradicionalmente, ha olvidado al sujeto como un ser integral? o ¿La sociedad ha estandarizado tanto la figura del arquitecto, que no comprende que este explore otros terrenos del conocimiento? Sea cual sea la razón que explique este fenómeno, no parece ser un tema vacío.

Entre tanto, en el panorama no es clara la relevancia que dan a las interrogantes propuestas aquellos quienes ven la arquitectura desde diferentes vertientes. Por una parte, aparece en escena aquellos que, valoran la profesión como un arte en su máxima expresión, sin más, aquella corriente más romántica que comprende la arquitectura como la sublimación del alma del ser humano en una obra, que es capaz de transmitir emociones y captar un sinfín de momentos. Por otro lado, una visión más sesgada (y, en parte, coartada por las exigencias del mercado), la concibe como una ciencia, próxima a las ingenieriles, que pretende hacer del arquitecto un calculista, un frío medidor de espacios vacíos, sin sentido poético; un usurpador de los sueños del artista. La crítica, en este sentido, no pretende desprestigiar la importancia de las artes pláticas ni de la ingeniería: es una muestra tácita del descontento de cara a la tendencia (tristemente generalizada) a la estandarización.

En este contexto, la pregunta sería: ¿dónde se encuentran las demás áreas del saber? Así pues, apostando (y abogando) por la comprensión más holística de la profesión, es necesario abrir paso a una visión que, ni discute, ni riñe, ni tergiversa, ni pretende ser más o menos importante que otras miradas: las ciencias sociales, las económicas, las políticas y las de la jurisprudencia contemporánea, son un maremágnum de posibilidades que, aún hoy (tiempos de la interdisciplinariedad), no han querido (o podido), abordar con propiedad los pensadores de los espacios, los creadores del hábitat, los diseñadores de fantasías (los arquitectos).

En consecuencia, puesta sobre la mesa la inquietud, a continuación se procura dar una posible explicación a dicho fenómeno. De un lado,  algunos asumen su rol dentro de la sociedad (y del mercado) como plasmadores de ideas y diseñadores natos, como constructores, directores o interventores, o cualquier vertiente de la comprensión de la arquitectura más tradicional, alejándose de lleno de otras fuentes de información (lo cual es perfectamente respetable), ya sea porque en el ejercicio notaron cierta habilidad y pasión particular o debido a una indiscutible vocación que ex-ante; o bien, otros tantos, influenciados por la estandarización social del profesional o por la cruenta segmentación  que las fuerzas avasallantes del mercado (exógenas) que sobre estos recaen, que terminan por definir cuál va a ser el papel de ese profesional en la escena pública.

En este escenario, recae la cuestión: ¿tiene el arquitecto cabida en las ciencias sociales?, ¿es pertinente su aporte?, ¿es necesario hacer un cambio de mentalidad frente a sus competencias y alcances? La respuesta resulta retórica frente a su obviedad. El profesional de la arquitectura no solamente debe ser un versado en materia de diseño y construcción, pero además, tiene la misión de abogar e instituirse a sí mismo en el marco de la interdisciplinariedad y la elaboración de un discurso estructurado de cara a los retos de la modernidad, y el nivel de las discusiones académicas contemporáneas.

Frente a esto, cabe recalcar que más recientemente, autores como Wood (2015) y Mendes, Sá y Cabral (2017) han venido a preguntarse: ¿es la arquitectura una ciencia social? Esta indagación gira en torno al debate sobre la relación entre la arquitectura y las ciencias sociales, destacando la enseñanza interdisciplinaria y transdisciplinaria actual, así como la investigación y la práctica en arquitectura y urbanismo. Asimismo, Wood (2015) da cuenta del tema diciendo que: “la arquitectura es inevitablemente social. Y en cuanto a la ciencia (más que como una práctica o arte que la arquitectura también puede ser), bueno, un diseño arquitectónico es un tipo de hipótesis sobre cómo las personas pueden responder a un edificio y las condiciones que crea”. Además, es de resaltar que, necesariamente, la actividad de la arquitectura esta constantemente mediada por factores económicos, políticos, jurídicos y sociales en sus diferentes dimensiones e instancias. Caer en fríos criterios meramente técnicos, es entonces, una apología al absurdo.

Para concluir, se aclara que la arquitectura es más que un discurso ensalzado en argumentos vagos sobre la estética, el romanticismo artístico o el recelo técnico; trasciende al estudio de factores que afectan a las personas desde las diferentes determinantes espaciales y normativas. Esta es, por sobre todo, un cúmulo de conocimientos sobre el habitar de las comunidades y la intrincada maraña de redes que se establecen continuamente sobre el territorio con la naturaleza, las instituciones, la política, la funcionalidad, las conexiones y flujos y un sin número de elementos ligados entre sí, algunos que seguramente, no hemos llegado a comprender; por ello, el documento no pretende reflejar únicamente cierta inconformidad de cara al entendimiento de la más tradicional de arquitectura, sino también, abrir el espacio para la crítica y la reflexión de estudiantes, nuevos profesionales, profesores investigadores, amén de la comunidad en general, en torno a al tema y sus implicaciones.

Por: @anmamega26

Andrés Mauricio Medina Garzón

Fotografía: Andrés Mauricio Medina Garzón (Propia)

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