¿Cómo es que existen partos NO humanizados? Retornemos a nuestras raíces

En el mundo se ha venido instaurando por años una única percepción de las cosas. Se habla del desarrollo y del subdesarrollo haciendo énfasis en que hay unos mejores que otros y que para llegar a ese “desarrollo” se debe seguir el ejemplo de los países occidentalizados (refiriéndose al norte, principalmente). Es así que se han perdido diferentes saberes y costumbres, porque se consideran inferiores al no cumplir con las expectativas de industrialización, tecnología y otros aspectos que “endiosan” los de arriba.

Los saberes del sur se han ido desplazando y es cada vez más frecuente que recurramos a prácticas occidentales, menospreciando aquellos ritos que han servido tanto a la comunidad. Estamos perdiendo nuestras raíces, llegando al punto en que se usa la palabra “indio” para insultar, cuando debería ser todo un orgullo.

Con la acelerada cercanía a la tecnología y el paso de los años, las prácticas ancestrales pierden cada vez mayor importancia en la sociedad, tanto que hoy en día se reducen en el acto a sólo unos pequeños grupos y eso que Colombia es un país ancestral que alberga en el 30% de su territorio a grupos indígenas. Sin embargo, según la Corte Constitucional, 35 pueblos indígenas se encuentran en riesgo de desaparecer física y culturalmente.

Uno de esos saberes que se ha ido perdiendo poco a poco es el de los parteros, acto que para los indígenas es todo un ritual que conecta a la mujer con la naturaleza y con su bebé, por lo cual no hay afán de ningún tipo y se le permite a la madre mayor independencia al momento de dar a luz para que así sienta que tiene el control de la situación y facilite la llegada del recién nacido sin sufrir tanto al hacerlo.    

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En enero de este año, Vanessa Cardona escribió un artículo para el periódico de la Universidad Nacional haciendo referencia al acto de dar a luz en la Amazonía, donde se le concede a la mujer la libertad de elegir dónde será el parto, quién la acompañará y en qué posición se siente más cómoda para hacerlo. Esto permite una libertad de movimiento que facilita el proceso del parto y deja de ser traumático y doloroso para la madre.

Antiguamente el trabajo de parto se hacía en un sinfín de posiciones que hoy se tienen en el olvido: de pie, sentada, semisentada, de rodillas, en cuclillas, sobre pies y manos, sujetándose de troncos, en hamacas, en muebles, y muchas más que facilitaban la salida del bebé, y en su mayoría, implican menores riesgos de muerte en la madre y el recién nacido.  

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Aunque se fabricaron sillas e instrumentos especializados para el parto vertical (que se pueden apreciar en grabados de la Antigua Roma y diferentes civilizaciones indígenas en América del sur), se dice que estas prácticas se fueron dejando de lado ya que en 1668 Francois Mauriceau, un obstetra y cirujano francés, escribió Las enfermedades de las mujeres en el embarazo y el parto donde expuso los beneficios del parto horizontal y exigió que se eliminara el uso de la silla de partos. Así diseñó la mesa de nacimientos con cama horizontal y perneras. Más adelante los fórceps (que se crearon en 1631) se hicieron populares, pero durante un siglo fueron el secreto de la familia Chamberlen, ya que el médico vendaba los ojos de la madre y hacía salir del cuarto a los presentes.

Otra de las versiones dice que fue el rey Luis XIV de Francia quien dispuso que sus mujeres debían dar a luz acostadas para así él ver con una mejor perspectiva el nacimiento de sus hijos. De esta manera el parto horizontal empezó a ser utilizado por la realeza y las familias nobles, hasta que se generalizó en toda la población y se empezó a ver como una urgencia que necesitaba atención médica para evitar complicaciones.

Sin embargo, sea una u otra versión, lo cierto es que el parto horizontal no es la mejor opción para las mujeres, ya que se convierte en un proceso más doloroso y tardío dado que la posición no es la adecuada para facilitar la salida del recién nacido. Así que sólo el doctor sale victorioso con esta medida, pues es mucho más cómoda, no debe agacharse ni ensuciarse por traer el bebé al mundo. Además que también facilita los monitoreos y los análisis siguientes que se deben hacer.

Biológicamente las mujeres no fuimos diseñadas para parir acostadas boca arriba. Ensayos clínicos realizados por Enkin, Keirse y Chalmers revelan que acostarse sobre la espalda reduce el flujo sanguíneo en el útero, ocasionando contracciones más frecuentes y menos eficaces. Aparte de esto, por la posición, el bebé empuja fuertemente contra el hueso sacro durante las contracciones, además se ralentiza la dilatación del cuello uterino y en ocasiones dificulta que la cabeza del bebé se acomode correctamente para quedar boca abajo al momento de salir. Estas razones favorecen o logran que se recurra a la cesárea para evitar complicaciones y afectaciones a la madre o al bebé, pero realmente se está desnaturalizando el parto debido a la enajenación de la madre con el proceso.

El doctor Carlos Burgo, obstetra argentino y miembro de la Red Latinoamericana y del Caribe por la Humanización del Parto y del Nacimiento, comenta lo siguiente sobre el tema:
“La biología no ha previsto que la mujer durante su trabajo de parto permanezca acostada (…) Son históricos los trabajos surgidos de muchas investigaciones que establecen inequívocamente que la posición acostada es la peor posición que pueda concebirse para el trabajo de parto. Entre los problemas enumerados desde el punto de vista fisiológico se destacan la reducción de la circulación y oxigenación del bebé, la alteración de la actividad del útero, la dificultad para empujar, la modificación de la salida de la pelvis, compresiones nerviosas sobre las piernas y alteraciones en la necesaria distensión del perineo para evitar la episiotomía.”

Todo lo comentado anteriormente nos lleva a pensar en la necesidad de adoptar nuevamente esos saberes ancestrales que se han ido perdiendo poco a poco y que, al menos en esta ocasión, significa un alivio para muchas mujeres que no saben de otros métodos fuera de los tradicionales. Es importante que el acto de dar a luz, que es tan puro y significativo, no pierda la naturalidad que lo debiera caracterizar y sirva para forjar un vínculo aún más fuerte entre la madre y el hijo.

A pesar de conocer la importancia que tiene el parto, nada más y nada menos que dar vida, parece que en Colombia cada vez se deshumaniza con más fuerza y las cifras de cesárea crecen de manera alarmante. No digo que las cesáreas sean innecesarias ni malas. Lo que asombra es que la mayoría de las mujeres estén teniendo sus hijos por cesáreas. Que no se dé la facilidad de un acompañante de confianza que colabore con el parto. Que no se permita a la mujer tomarse su tiempo para caminar y hacer el ejercicio que considere necesario antes de dar a luz. Lo alarmante es que la prisa inunda las salas de los hospitales y se recurre a inducir el parto bruscamente sin respetar los propios tiempos biológicos y emocionales de la madre.

El ministro de salud, Alejandro Gaviria, asegura que la tasa de cesáreas en nuestro país pasó a ser una de las más altas en el mundo y muchas de éstas son injustificadas. Aunque él menciona que en muchos casos se debe a la elección de la madre, quien cree que la cesárea es lo mejor para su caso (ya sea por comentarios de conocidos o por seguir la voz de un experto), la mayoría de éstas son injustificados, es decir, los doctores deciden hacer cesárea porque sí y ya. Si bien es cierto que el ministro de salud no dio una hipótesis demasiado clara sobre la razón de estas cifras, mencionó que se encontró un cambio en los “protocolos médicos” que además “se trata de un patrón que está impactando las finanzas del sistema de salud y trae serias consecuencias para las madres sometidas a un procedimiento innecesario”.   

Este tema de las cesáreas innecesarias, al igual que la mayoría de las noticias relevantes en este país, no tuvo el revuelo suficiente en los medios. Apenas se mencionó, duró unas semanas y fin del tema (al menos en los medios tradicionales). Sin embargo, es una noticia que necesita mayor análisis para llegar al problema real, porque no es cualquier cosa, se está jugando con la vida.

Según la OMS (Organización Mundial de Salud) “en las últimas dos décadas se ha incrementado sobremanera el uso de intervenciones médicas reservadas hasta hace algunas décadas solo a partos de alto riesgo, como las cesáreas y la analgesia regional”.

Para el 2014 en Colombia el 46,2% de los partos se hicieron por cesárea, una tasa demasiado alta si se compara con la recomendación de la OMS, que sugiere no superar el 15%. Además tuvo un notable incremento en los últimos años, pues en 1998 la tasa de cesáreas era del 24,9%. Así que hay un grave problema de fondo y dudo que se deba solamente a la elección de la madre.

Partos

En la figura 2-3 podemos apreciar cómo en los últimos años ha cambiado significativamente la manera en que se lleva a cabo el parto. Así vemos que actualmente la diferencia, en cifras, que existe entre un parto espontáneo y uno por cesárea es mínima, lo cual es demasiado desalentador a mi parecer, porque la naturalidad que debería caracterizar un parto cada vez es más distante. A su vez en la figura 2-4 se muestra una marcada diferencia por departamento, siendo la zona costera (Atlántico, San Andrés, Sucre) la que presenta las mayor cantidad de partos por cesárea, mientras que la zona selvática (Amazonas, Vichada, Vaupés) tiene el porcentaje más bajo de cesáreas.

¿Cabe la posibilidad de que esto se deba a los saberes ancestrales? Definitivamente hay muchos factores que intervienen en estos resultados, pero no se puede descartar que la ubicación y la cultura interfieran y hagan la diferencia entre estas elecciones.

Césarea por departamentos

En un hecho aislado, de España, encontré un artículo de El País que reporta que en los últimos años los bebés nacen un 20% menos los sábados y un 27% menos los domingos, de manera que los partos se concentran en días laborales y se excluyen en fines de semana y aún más en días feriados. Estas cifras apuntan a que algo de fondo está ocurriendo, por supuesto no es casualidad, así que obedece a la inducción de partos desmesurada. En el artículo se expresa la preocupación de que España cuenta con una tasa de partos por cesárea del 25,4%. En cambio, en Colombia, casi doblamos esa cifra y aún así no se indaga a profundidad para conocer los motivos reales de tan numerosos casos. Busqué si en nuestro país teníamos cifras que detallaran los nacimientos por día, pero sólo encontré los balances trimestrales o mensuales publicados por el DANE.

De todas maneras, olvidándonos de hipótesis, lo que necesitamos con urgencia son partos humanizados. Como la OMS plantea, se requiere “más tiempo y menos presión”. Las madres tienen el derecho de decidir cómo quieren traer su bebé al mundo, deben sentirse seguras y acompañadas. No podemos olvidar ese legado que nuestros antepasados nos han dejado. Hay demasiadas opciones para vivir la maternidad y merecemos ser tratadas con respeto y dar a luz a nuestro tiempo, cuando sintamos que llegó el momento.

Es necesario sacar provecho de la era tecnológica en la que vivimos para tomar todo lo que nos ayuda de las prácticas ancestrales y hacer que ocurra de una manera más segura, con un mejor monitoreo, mayor higiene, mejores herramientas que permitan a las mujeres decidir cómo traer a sus hijos al mundo, pero garantizando la vida de la madre y del bebé.

No debemos olvidar que el parto es un acto natural, no es una enfermedad ni algo ajeno al ser humano, así que se debe tomar con la misma naturalidad. Es por eso que necesitamos tomar una decisión responsable de cómo traeremos a nuestros niños ¡Siempre hay más opciones, queremos partos más humanos!   

Fotos recuperadas de https://bit.ly/2K8uhIJ
Gráficas recuperadas de https://bit.ly/2yxZhk3

Maria Camila Botero

Estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, y de primer semestre de Relaciones Internacionales en la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Me gusta mucho escribir, no porque sienta que lo haga bien, sino porque me inspiro al hablar de un tema que me apasiona, y ahí lo difícil es dejar de escribir tanto. Siento que hay muchas historias que merecen ser divulgadas... si se contaran, tal vez, podrían salvar a alguien, o al menos, dar a conocer la labor que han hecho, y qué mejor que dejar un legado, para que no quede en el olvido aquello por lo que se luchó.

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