El poliamor a través de mi reflejo

El poliamor no es un camino fácil y acabado, pero permite salirse del marco que impone la monogamia tradicional. Es, para personas como yo, la posibilidad de entender que el problema estaba en el espejo a través del que me miraba, pero no basta sólo con quebrarlo. Con toda la información que he encontrado me surge una pregunta, ¿ahora dónde me miro?

Era mala, lo veía al mirarme al espejo. El reflejo me devolvía a un ser egoísta, infiel y, lo que más me atormentaba, incapaz de amar. Sólo había dañado a otros al no corresponderles al amor que ellos me daban. El rostro de dolor de quién había considerado el hombre de mi vida, tras cancelar nuestra boda tres meses antes, se reflejaba también para recordármelo.

Yo sentía que, a mí manera, había amado profundamente. Mis relaciones habían sido estables y largas. Consideré el matrimonio católico como prueba de amor en una de ellas y en otra firmé una unión marital de hecho. Pero ese no parecía el camino para mí. Quebré entonces el espejo para destruir ese monstruo que veía y con los pedazos corté profundo para desangrar esa chica que, a pesar de tener pareja, disfrutaba coquetear con otros. No podía sobrevivir esa mala mujer que besaba a un tercero sin dejar de amar a su novio. Ese animal que disfrutaba del sexo externo a la relación tenía que morir. Aunque ese monstruo era la versión que más me gustaba.

Para no perderme, me argumenté que biológicamente los seres humanos no somos monógamos, que podemos amar a muchos como lo hace una madre con todos sus hijos y que el sexo era algo que yo disfrutaba, como también es una necesidad natural. Acepté que había tenido múltiples amores de la vida y que a cada uno lo amé por razones diferentes. Soñé con un romance a lo Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre que, aunque controversiales, en pleno siglo XX se permitieron un nuevo paradigma de libertad que rompía con las formas de vida burguesas tradicionales y el modelo de pareja patriarcal. Se constituyeron inseparables espiritualmente permitiéndose tantas aventuras como quisieran, mientras se contarán todo, o en palabras de la propia Beauvoir, “nada nos limitaba, nada nos definía, nada nos esclavizaba”. Pero finalmente, fueron tan viles como yo, pues las terceras personas sufrieron por sus maquinaciones.

Otra alternativa era entrar, cinco décadas tarde, a las revoluciones hippies en las que se plantearon formas de amar diferentes. Podía imaginar a mis padres yéndose de espaldas cuando mi nueva consigna de vida fuera “creemos que está bien tener sexo con todo el mundo a quien amas y creemos en amar a todo el mundo”, como lo afirmó una joven hippie durante la entrevista con Dossie Easton y Janet Hardy, las escritoras que en 1997 publicaron Ética promiscua. Libro que podría ser mi guía en la búsqueda de alternativas a la monogamia tradicional.   

En éste se desarrollan ampliamente temas de sexualidad, comunicación y emociones, con énfasis en quienes desean tener una vida de amor libre, pero con integridad. Las autoras sostienen que el sexo y el amor sexual, a través de una relación consensuada, refuerzan lazos íntimos, abre la conciencia espiritual y son una fuerza positiva y creativa en la vida de los individuos y sus comunidades.

Juan llegó a mi vida con ideas compartidas. Entre conversaciones y café, construimos una relación que decidimos dejar abierta procurando una extrema sinceridad. La palabra poliamor no nos decía nada, pero nos encontró entre artículos de internet, libros y las conversaciones con personas poliamorosas que, por cuestiones de azar, llegaron mientras buscábamos respuestas a situaciones nuevas para nosotros.

Primero quisimos saber el significado del término poliamor, acuñado en la década de los 90 por Morning Glory Zell-Ravenheart, líder neopagana, escritora y defensora de un estilo de vida que apuesta por una libertad para establecer relaciones entre más de dos personas. Aunque la RAE no la reconoce aún, en el Oxford English Dictionary se define como “el hecho de tener relaciones románticas estrechas simultáneas con dos o más personas, vistas como una alternativa a la monogamia, con respecto a cuestiones de fidelidad sexual; la costumbre o la práctica de participar en múltiples relaciones románticas con el conocimiento y el consentimiento de todos los socios interesados”.

Para saber cómo era posible esto más allá de las palabras, me hice parte de Poliamor Bogotá, una comunidad en Facebook con más de 1.500 seguidores, liderada por Alba Centauri, psicóloga colomboespañola radicada en Colombia. Para mi sorpresa, descubrí que actualmente son las feministas quienes buscan repensar y redimensionar el concepto de poliamor. Buscando trascender la virtualidad, la comunidad realiza eventos en la capital, a los que no puedo ir por cuestiones de distancia y, especialmente, de plata. En mi ciudad hay una iniciativa similar, Poliamor Medellín, pero con pocos seguidores, es más un intento fallido.

Cuando me enteré que el colectivo Lo Doy Porque Quiero (LDPQ) estaba organizando una charla sobre poliamor en un bar de la ciudad, estuve en primera fila. Ahí, frente a casi 60 personas, la escuché por primera vez llamarse a sí misma putaDijo que lo era como elección política, pero aclaró que el poliamor no era su discurso para justificarse. Se presentó diciendo que para ella era tan importante que la gente supiera que le gusta el café, el helado de pistacho y los animales, como tener relaciones simultáneas con varias personas de manera consensuada y con conocimiento pleno. Según ella, sobre lo que les importa a los adultos, dijo que se llamaba Stephanie Montoya, que es abogada y estudiante de maestría en Ciencia Política, ambas de la Universidad de Antioquia, y que trabaja como investigadora para el Concejo de Medellín y la Universidad EAFIT.

Después de sus ‘Conversaciones conmigo misma sobre el poliamor’, como llamó su charla, le pedí hablar más sobre el tema. Sonrió cuando le pregunté por su estado civil porque me dijo que era precisamente no tener uno, sólo intentar ser feliz. Es tres años menor que yo, pero lleva toda su vida tratando de entender cómo es el cuento de entablar relaciones con los demás seres vivos. A sus 25 años se considera poliamorosa.

Desde su experiencia y la academia ha logrado generar unas nociones relacionales que, me aseguró, pueden cambiar, pues están en permanente construcción. Para ella el poliamor es una decisión ética y moral de amar erótico-afectivamente a varias personas, simultáneamente y con responsabilidad, honestidad y pleno consentimiento, y conocimiento de todos los involucrados. También es una deconstrucción del amor romántico que no implica engañar, ser infiel o único para alguien. Es inclusivo, pero no una excusa para usar, abusar y violentar a otros, ni una guía para ser infiel sin ser descubierto.

Le gusta hablar del tema, me dijo, para que la gente sea consciente del tipo de relaciones que elige y conozca otra alternativa a la monogamia, que va más allá de simplemente tener relaciones con más de una persona a la vez. Insiste en que la responsabilidad afectiva es indispensable para establecer relaciones libres, y que esa responsabilidad no depende del otro como media naranja, sino de uno mismo. Me dijo que había que deconstruir las emociones propias y que no es posible sin la empatía, es decir, entenderse uno mismo y ponerse en los zapatos del otro, respetando y entendiendo los procesos emocionales que éste tiene.

Para Stephanie los celos pueden estar asociados a múltiples sentimientos, como la inseguridad, y a lo que nos han enseñado debe ser una competencia. No todo lo que se siente frente a la pareja son celos. Me explica que cuando uno logra entender esto aparece la compersión, que es sentirse bien por la felicidad del otro. Incluso se puede llegar a llevarse bien con el metamour, como ella llama a las otras parejas de sus parejas.

Stephanie no hace distinción en sus relaciones por jerarquía, sino por la naturaleza de los vínculos y la vocación de la relación para consolidarse en un proyecto común. Entonces tiene parejas base, con quienes se proyecta un futuro con planes de vida, decisiones y caminos compartidos. Y por otro lado, parejas colaterales, que pueden ser constantes y estables, pero que a pesar de amarse mucho cada cual tiene un proyecto de vida independiente. Aclara que esto es para ella, pues dentro del poliamor hay múltiples formas de relacionarse y de nombrar las relaciones.

El poliamor no implica dejar pasar actitudes tóxicas o abusivas por miedo a ser tildado de celoso y controlador. Dice que puede llegar a ser un enredo terrible, porque no es una solución mágica para lograr entablar relaciones. Debe haber acuerdos, límites y reglas basadas en un autoconocimiento. Stephanie tiene claros los suyos: la honestidad, lograda a través de la comunicación, el consenso y una ética del cuidado físico, emocional y psicológico.

Cuando estos fallan hay dolor, como en cualquier relación. Lo vivió cuando una de sus parejas base, no se cuidó y embarazó a otra chica. Coincidencialmente, las otras dos relaciones que tenía también acabaron. Quedó devastada porque, entre risas, me dijo que si una tusa duele, ni se diga tres. Sus parejas colaterales la ayudaron, porque para quienes no estaban de acuerdo con ella, se lo merecía por poliamorosa.

Con mi sed de explorar nuevos mundos erótico-afectivos, invité a Juan a un taller de bondage organizado en una casa-bar en el centro de Medellín. Allí, una chica colgaba como péndulo en medio de la sala. Su cuerpo, atado e inmovilizado con cuerdas, estaba desnudo. Sus piernas abiertas exponían su vagina. Quien dirigía el taller la estimulaba con un consolador doble. El rostro de ella pasaba del dolor al placer extremo, que se reflejaba en nuestros rostros.

Entre las miradas excitadas y expectantes, los descubrí a ellos recién llegados al lugar, esperando encontrar de todo menos una chica próxima a encharcar el suelo con su squirt. Se hicieron hacía un rincón, para que las sombras les permitiera acechar sin ser vistos.

Andrés y Ana duraron tres años de novios, y llevan dos felizmente casados. Ante la sociedad, especialmente familia y amigos, son una pareja monogámica tradicional, pero ellos han construido una serie de acuerdos que les permiten tener relaciones sexuales con otras personas. Sostienen que son dueños de los sentimientos del otro, pero no de sus cuerpos. Ellos no se consideran poliamorosos. Se sentaron en uno de los muebles disponibles y conversaron con otra pareja, amigos de la relación. Para romper el hielo, Andrés coqueteó con una chica que le bailó a él y a su amigo en ropa interior ante la mirada cómplice de sus esposas. Con curiosidad, nos hicimos alrededor para ver en primera fila la gente que llegaba para sumarse a la orgía que ellos iniciaron, como quien no quiere la cosa.

Tras una relación de celos enfermizos que lo llevaron a tratamiento psicológico, Andrés decidió que quien estuviera con él debía aceptarlo como es. Ana coincide con él en que un compromiso no implica castrar los deseos sexuales. La regla de oro para que esto funcione es la honestidad. Todo se cuenta, se dialoga y se acuerda antes que suceda. No tiene problema en que Ana salga sin él, porque se considera desinhibido y tranquilo frente al encuentro sexual de ella con otras personas. Ana también es muy alcahueta con él. Eso sí, siempre se cuentan con quién y tienen todos los cuidados necesarios. Después de estos encuentros hablan de la experiencia dándose los detalles que cada uno considere necesarios.

Ninguno de los dos estaba con su respectivo cónyuge. Andrés bailaba seductoramente conmigo. Ana y otras chicas excitaban al amigo de su esposo, mientras su mujer era llevada a un orgasmo por dos hombres que habían asistido al taller de bondage. Todo sucedía en público, pero ninguno parecía molesto, por el contrario, se mostraron complacidos por el placer del otro. Andrés reconoce que los celos son inevitables, cree que la comunicación es el mejor mecanismo para manejarlos saludablemente. Quieren tener hijos lo más pronto posible y no los creen un impedimento para seguir llevando su relación abierta, como la mía con Juan.

El 3 de junio de 2017 en la Notaría Sexta de Medellín, se legalizó el amor de tres hombres, mediante la escritura pública 2075. El responsable de lograr esto fue el abogado Germán Rincón Perfetti, activista internacional trabajando en derechos sexuales y reproductivos.

Aunque en Colombia no existe la poligamia, que es diferente a las relaciones poliamorosas, las pensiones sí lo son. Ése ha sido el gran avance para Perfetti, pues basta con demostrar convivencia, incluso sin ser legal, para que la pensión sea repartida entre todas las parejas que se haya tenido. Otro logro importante, es que la trieja de Medellín sea reconocida como una familia, según lo establecido en el Art. 42 de la Constitución, por medio de un contrato civil solemne basado en el amor, igual que un matrimonio, y no una sociedad comercial. Esto les permite tener un blindaje patrimonial. Si alguno de ellos en algún momento decide retirarse, los bienes se reparten entre los tres. El sistema de salud aún no permite afiliar más de un cónyuge o compañero, pero se puede realizar una acción legal para brindarle este derecho a otros.

Para el abogado, en Colombia y en el mundo, hace falta jurisprudencia para proteger esta realidad social, que no es nueva pues siempre ha existido el poliamor pero completamente clandestino. Recuerda que lo mismo sucedía anteriormente con las uniones maritales de hecho, entonces se debe llegar a un reconocimiento igual, a las familias de tres, cuatro o más miembros.

Foto tomada de https://bit.ly/2KcO2lF

Laura Herrera Ortega

Ingeniera biológica, periodista en formación. Amante de la música, la lectura, aprender cosas nuevas y una buena conversación.

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