Feminismo: En el principio era el cuerpo

En un texto de 1960[1], Gilbert Durand expone la manera en que las sociedades se han organizado a partir de unas estructuras y regímenes que, desde el imaginario, han configurado sus dispositivos técnicos y por tanto sus modos de relacionarse política, económica y socialmente. Unos reflejos primordiales del recién nacido lo ubican entre tres dominantes: una postural vertical (pararse, caminar), una digestiva y una copulativa. A partir del psicoanálisis, sostiene Durand que la relación del niño con el padre y la madre desemboca en un imaginario ligado a las herramientas: el seno de la madre conduce a los recipientes que lo sustituyen (para contener el alimento). El padre, por otro lado, es un obstáculo entre el niño y la madre, y aparece entonces como potencia, relacionado con las armas y herramientas de caza. La dominante postural correspondería a lo masculino y la digestiva a lo femenino; la copulativa tiene que ver con los ciclos de cosecha, las estaciones, la sexualidad; la primera a su vez operaría dentro de un régimen diurno, y la segunda y la tercera dentro de uno nocturno. Lo diurno tiene relación con el trabajo y la guerra, mientras que lo nocturno con el placer, el habitar, la siembra, el recogimiento, la alimentación.

Todo esto para decir que nuestras sociedades se han organizado tecnológica, mítica e imaginariamente a partir del acto de la maternidad. En la medida en que la hembra da hijos y los cría, ha ocupado un lugar como objeto de posesión o como contenedor doméstico, mientras el macho ha encarnado el trabajo y la dominación de la naturaleza. El hombre como el contenido, la exterioridad, lo que excava, lo que percute; y la mujer como el recipiente, el habitáculo, lo interior. La consecuencia de esta clasificación ha sido el sostenimiento de unas sociedades patriarcales cuyo imaginario no ha podido desprenderse de un condicionamiento biológico tratado como una necesidad y no como lo que es, una mera posibilidad.

Cuando los desarrollos científicos y de la razón han revelado la maternidad precisamente como una opción, o como una realidad llevadera con procedimientos distintos a los primitivos, parte de la sociedad ha empezado a sentir la necesidad de una redistribución de esa vieja estructura, ahora en función de las capacidades y de los recién conquistados derechos humanos. Ese reclamo es lo que se ha venido a llamar, sobre todo en el último siglo, feminismo.

La posibilidad de renunciar a la maternidad, o de vivirla sin la dependencia que exigía en el pasado, hizo conscientes a algunas mujeres de su realidad social, y ahora, con una libertad en potencia, las llevó a organizarse para buscar ocupar espacios que les habían sido negados desde la prehistoria por cuenta del imaginario.

Como la estructura estaba ya aparentemente cerrada, cada paso del feminismo ha recibido desde entonces una reacción más violenta por parte de quienes no están dispuestos a ceder el dominio de tantos siglos. Y se recrudece ahora, cuando los medios y las formas de organización hacen que la lucha feminista les represente un riesgo verdadero. Entonces responden los defensores del modelo caduco, cuando no con más violencia, con artificios y argumentos tan despistados como su propia noción cultural. Dicen que no hay tal desigualdad como señala el feminismo, o que más bien la hay pero en favor de las mujeres. Esto porque supuestamente las cifras señalan más víctimas masculinas en situaciones laborales o bélicas. Pero es obvio que sea así, si son los hombres quienes han hecho la guerra, y quienes han detentado la fuerza laboral, como ya mostramos. Entonces parece que las mujeres deben estar agradecidas por su casa por cárcel, porque miren qué protectores los hombres que han decidido matarse entre ellos mismos para que ellas puedan vivir.

Les parece además absurdo que la escandalosa desigualdad laboral, social o académica sea consecuencia del género. Debe de ser que los hombres se preparan en mayor número para los cargos administrativos y se titulan en más posgrados, y por eso los ocupan más, dicen. Son demasiado cortos para preguntarse, de ser así, por qué las mujeres no acceden a la misma formación que los hombres. ¿Porque son brutas? ¿Porque no están hechas —como se pensaba en el XIX— para las cosas importantes? ¿Porque se interesan más por maquillarse que por estudiar? Nada de eso tendría sustrato científico. No obstante sí lo tendría, por ejemplo, preguntarse qué pasa en los hogares a nivel académico cuando hay hijos. Quién hace qué, de qué manera sigue operando el régimen diurno. Y qué pasa en los departamentos de admisión de las universidades, y qué pasa a nivel cultural y económico en los procesos de selección laboral.

Que las empresas las dirigen hombres porque las mujeres no estudian administración sino artes, humanidades o diseño de modas, dirán. Pero cómo justifican entonces la desigualdad de género también en estos campos[2], y ni siquiera en posiciones administrativas sino puramente creativas. Dirán: está bien, pero a las supermodelos les pagan mucho mejor que a los modelos hombres, qué dictadura feminista. Pero, ¿para qué les pagan? Para ratificar el machismo. Les pagan tan alto para comprar la libertad de su cuerpo, para imponerle unas prácticas, un modo de uso, una configuración estética. ¿Todo con qué fin? Con el de afianzar un imaginario sexual que no tiene sino unos dueños: los hombres.

Es precisamente a través del cuerpo femenino que se ha librado toda esta batalla[3]. Allí donde el machismo ha impuesto su control sobre la reproducción, el trabajo y la formación, el feminismo ha encontrado su posibilidad de resistencia, reconfigurando desde la conciencia una política y una estética: unos nuevos cuerpos.

A algunos les molesta que las activistas se desnuden en manifestaciones públicas, pinten su cuerpo o hagan performances. Y les molesta no sólo porque todo aquello se contradice con su moral y su deseo posesivo de esos cuerpos, sino porque les queda muy grande entender que la dimensión humana más determinante es la simbólica. Les queda grande caer en cuenta de que las transformaciones contemporáneas más profundas (el Movimiento por los derechos civiles, Mayo del 68, la Contracultura, la abolición del apartheid, la Primavera árabe, etc.) se han hecho a golpe de grafiti, de panfleto, de arenga, de acción directa.

¡Cómo no se van a escandalizar los machos al enterarse de que un afiche es más poderoso que las balas que defienden su hegemonía, de que la denostada y “femenina” estética tiene más alcance que la fuerza bruta! Pero no les escandaliza en cambio la desnudez de las modelos de revista masculina, o de las actrices porno, o de las que se quitan la ropa por likes y atención sexual. A los hombres que lo promueven, y a las mujeres que se desnudan para ser sexualmente poseídas por otros, las feministas responden desnudándose para reclamarse suyas. Conscientes de que su piel es al mismo tiempo signo y soporte de escritura, cubren los trazos de la injusticia con colores de emancipación. Se hacen Cuerpo-pancarta, como dice el colectivo Femen[4].

Ya anticipadamente derrotados, ya vaciados de argumentos, ya delirantes del desespero, los defensores del pasado entregan su último aliento al insulto, a la burla ingenua, al adjetivo infantil. Entonces las llaman lesbianas, machos (como si hicieran un mea culpa, qué ironía), feas, putas, o, más creativos: feminazis, como si temieran, y por eso el lugar común nazi, que las feministas los erradicaran de la tierra. Como Hitler a los judíos, me imagino dirán. No hacen más que revelar su propio proceder histórico, endilgándoselo a ellas.

Mientras el modelo hegemónico machista es el que busca el control sobre el otro género, el feminismo no busca otra cosa que equiparar el reparto de los espacios. La meta del feminismo, en el fondo, es desaparecerse a sí mismo, hacerse innecesario. Esto es, desdibujar la segregación de los géneros, limar el desnivel, reemplazar las circunstancias de discriminación por valores de igualdad.

Al otro lado los salvajes, los violentos, los vividores del histórico atropello afilan sus armas y endurecen sus castigos, en vano. Se han hecho dueños del día por temor a la oscuridad, pero ya están advertidos del poder de los eclipses.

Referencias:
[1] Las estructuras antropológicas del imaginario. Introducción a la arquetipología general. México D. F: Fondo de Cultura Económica, 2004.
[2] Sobre desigualdad de género en la moda. Y respecto al mundo del arte también véase esta entrevista a Audrey Pulvar
[3] Recordar el ya clásico cartel de Barbara Kruger. Untitled (Your body is a battleground), 1989.
[4] En español ya hay publicado un texto con el programa ideológico de este colectivo ucraniano, cuyo título ha sido utilizado para nombrar este artículo: Femen, En el principio era el cuerpo. Barcelona: Malpaso, 2014.

Imagen de portada: https://bit.ly/2Hv5CjO

Eduardo Correa

Artista, estudiante de Maestría en Estética.

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