Visita al Museo de Frida Kahlo, una historia inflada

Siempre he pensado, casi con vergüenza, que Frida Kahlo es una artista sobrevalorada, tanto por el mercado como por la cultura. Sin embargo, también pensaba que era fastidiosa la sobreexposición de su obra e imagen que hacen los medios, los jóvenes pseudointelectuales, o cualquier idiota que cree que una mochila de la cara de Frida Kahlo proyecta conocimiento artístico. Aclaro que creo que esa sobrevaloración no se dio desde la artista en sí, sino desde la sociedad y póstuma a su muerte. Para salir de dudas, y aprovechando estar en la Ciudad de México, nos fuimos con mi esposa a visitar la emblemática casa donde Frida y Diego Rivera pasaron un buen trecho de su tormentosa relación amorosa, y donde hoy funciona un museo con su nombre.

El museo de Frida Kahlo es casi una visita obligada a quienes viajan a la Ciudad de México, esa Casa Azul en medio de la Delegación de Coyoacán atrae diariamente a cientos de turistas que no les importa (o que no nos importa) hacer fila durante una hora, en mi caso esperaba la apertura a eso de las 10 am. La entrada vale 200 pesos mexicanos, casi 30.000 pesos colombianos o unos 10 dólares, es costosa comparada con las entradas a museos como el Nacional de Antropología, un museo mucho más gigante y robusto, que cuesta 70 pesos.

Después del golpe a nuestras finanzas de turista sigue la otra sorpresa y es que no se pueden tomar fotos al interior de las salas, es decir, prohibir eso a las renombradas obras de Frida y algunas de Diego Rivera es como si uno no pudiera tomarle fotos a la comida, qué blasfemia. Uno piensa que es casi lógico en pos de la conservación o de evitar el mal uso de la colección en redes sociales o internet. Sin embargo, existe un permiso para tomar fotos que cuesta 30 pesos. El colombiano malpensado que todos llevamos dentro dice inmediatamente “A mí no me van a tumbar”, por lo menos no más de lo necesario, así que decidimos no pagar y confiar en que la experiencia fuese tan deslumbrante que nos quedaría guardada sólo en la memoria, aunque confieso que pensé que igual todo ya está en Wikipedia o Google art project, por lo cual me tranquilice.

Se debe llevar la mochila en la parte frontal, y en cada sala hay un “guía” o “mediador” que más que eso es una especie de vigilante que busca que quienes toman frenéticamente fotos con sus celulares estén identificados con una calcomanía que se pone en el pecho quien accedió a pagar los 30 pesos.

No había más remedio que relajarse y hacer el recorrido por las salas donde se encuentran dibujos, bocetos y fotografías de Frida. Algunos retratos de otros autores, y fotos de su padre en su oficio como fotógrafo oficial, incluso fotografías de la infancia de Frida. La colección que se exhibe representa una ínfima parte de un gigantesco acervo documental, fotográfico, de objetos y pinturas que Frida y Diego acumularon en la enorme casa, siendo además la casa misma una pieza en cuanto a que, según lo relatado en el guión, fue transformada por la emblemática pareja según sus gustos y, en parte, según sus ideologías.

Llama la atención la colección de exvotos que recopiló Frida, donde se puede ver la conocida influencia del arte popular en la carrera de la artista. Varios cuadros reflejan la búsqueda de un estilo, algunos trazos con rasgos academicistas o cubistas muestran una Frida inquieta y ansiosa por encontrarse a sí misma en su pintura. Otros imperdibles del museo son varios espacios, al parecer originales de la casa cuando era habitada: la cocina, el comedor, las habitaciones, el taller de Frida, etc. Recargados de platos, utensilios y elementos de “arte popular” que, según dice la museografía, fueron puestos en valor por Frida y Diego, quienes los apreciaban en un mundo artístico medio elitista que despreciaba ese tipo de objetos.

Los espacios parecen recién habitados, como si Frida hubiera muerto ayer, casi que uno puede sentarse a pintar con los pasteles y el carboncillo de su mesa de dibujo. Las estanterías y paredes están atiborradas de elementos en esa estética kitsch que ya asociamos casi por defecto con Frida, y por ahí derecho con México. El recorrido termina en el patio interior de la casa donde se encuentran algunas esculturas, un bello jardín, unas pequeñas fuentes y estanques, y una pirámide escalonada, que si hubiera estado en la Hacienda Nápoles cuando Escobar la habitaba sería poco menos que de estética traqueta, pero que, para este caso, es una evocación sublime de Frida y Diego a la arquitectura ancestral del país azteca.

En dicho patio hay también acceso a la exposición temporal de la casa. Para esta ocasión el tema era los vestidos de Frida, y efectivamente se hacía un pequeño relato sobre como la artista había configurado su vestuario como un símbolo de lo que ella misma quería narrar de sí, de alguna forma todos lo hacemos aunque procurando que en Transmilenio nadie se ría de nosotros. La muestra tenía además los tortuosos y dolorosos elementos que Frida debió vestir como consecuencia de sus múltiples achaques y dolencias: corsets, muletas y otras prendas hechas de metal y vendas que de alguna manera transmiten ese dolor físico que le significó a Frida vivir.

Cierra la exposición la influencia del vestuario de Frida en la moda y en la alta costura de tipo Givechy o Gabbana. Al final vuelve el visitante al hermoso patio de la Casa Azul y al fin del guión museológico. En ese momento uno empieza a extrañar no haber visto las más emblemáticas obras de Frida en el recorrido, y por ello también extraña los 200 pesos de la entrada. Como fuera, el visitante sale justo por donde entró. En ese punto empecé a entender y corroborar lo que ya mas o menos sabía, que Frida Kahlo sí es una artista inflada, eso no quiere decir que sea una mala artista, pero ha sido sobrevalorada por algo que no había entendido hasta ese momento.

México es un país, que al contrario de nosotros, tiene una muy fuerte identidad nacional; las estaciones del metro, los parques, las ruinas, las múltiples banderas ondeando en el Zócalo, y todo lo que desde afuera conocemos como México mismo es bastante poderosa. Toda esa idea de nación, de comunidad imaginada que comparte el dolor de las tragedias pasadas y la proyección al futuro, de alguna forma se le puso sobre los hombros a la figura de Frida Kahlo posterior a su muerte. Lo que siguió desde allí fue, no sólo inflar hasta los cielos al ser humano que fue la esposa de Diego Rivera, sino inflar con ella el orgullo de lo que es ser mexicano. Frida no fue inocente del todo, no solamente se concentraba en pintar como lo hacía Van Gogh, sino que, como sabemos, ella y Diego fueron políticamente muy activos, y ella misma, como muestra el guión de la casa, se configuró como una narración de lo mexicano, de lo sincrético que es ese mundo rural, de la reivindicación de lo femenino, de la exaltación del arte popular e indígena y de alguna forma del ethos del artista bohemio, depresivo, conflictivo y complicado que quiere ser todo artista.

Toda esta narración está presente en la casa y su guión museológico, no porque la casa sea fiel vestigio de la vida cotidiana de Frida y Diego, sino porque la casa fue transformada, como la imagen de Frida, en el relato de la identidad nacional mexicana y ese ideal de lo que fue Frida. Todo lo que habla de Frida es bueno en la casa, es casi una especie de mártir mexicana, se resaltan sus desdichas como ella misma lo hizo en sus pinturas, no acumulaba chucherías sino que hacía una exaltación del arte popular minusvalorado en el siglo XIX y XX, incluso su relación con Diego es vista como Frida inventando una nueva forma de amar, tortuosa, romántica y medio cursi, directamente relacionada con su personalidad quejumbrosa como pintora.

En lo personal el estilo de Frida nunca me ha gustado, sin embargo debo decir que es una muy buena artista, pero lo que más me molesta es la parafernalia que tiene Frida Kahlo detrás, sus grupis, sus carteles, sus camisetas, sus mochilas, sus muñecas, su ruido. En su casa y su museo entiendo un poco que le escrituraron a su nombre una carga muy grande, carga que a veces nubla el verdadero sentido de su pintura, que no era otro que expresar sus sufrimientos y sus sentimientos, no de ser la adalid del feminismo, de lo mexicano, del cliché del artista, etc. Creo que a Frida hay que verla en silencio, sin fanáticos, sin banderas, sin ella, o lo que creemos que fue ella.

Imagén y montaje del autor.

Carlos Arturo Rojas

Diseñador gráfico, historiador y magister en Museología y gestión del patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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