Noche sangrienta en La Gabarra

Aunque Colombia es un país riquísimo en recursos naturales, muchas veces se engrandece más la guerra que las maravillas que esconde este hermoso país, pues muchísimos de los paisajes que posee han sido opacados por la violencia, hasta el punto de identificarnos por lo negativo y no por la gente que habita sus tierras ni por los hermosos atardeceres que se presencian, dejando de lado bellos lugares únicos en el planeta. ¿Cómo es posible que durante tantos años la guerra nos haya privado de conocer tantas bellezas de nuestro país?

Aún así, viviendo en un país que ha presenciado tanta violencia, es más probable que gran parte de los colombianos conozcan profundamente acerca de la Primera y Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, La Revolución Francesa y muchos otros conflictos a nivel mundial donde el epicentro no fue nuestro país, a que conozcan acerca de la Masacre de Bojayá, Mapiripán, del Salado, de Segovia, Ituango y una larga lista de atrocidades que se han llevado a cabo en nuestra propia tierra, pero que muchas veces ignoramos. ¿Cuánto no sabemos del país que nos vio nacer? ¿Y cuántos ataques y masacres a nuestra gente no conocemos?

Como mencionaba anteriormente, Colombia tiene paisajes majestuosos que se han perdido entre el ruido de las balas. Este es el caso del Catatumbo, una región ubicada al noreste del Norte de Santander, frontera con Venezuela, que gracias a sus condiciones climáticas es propicia para cultivos de café, cacao, maíz, plátano, arroz, yuca, pero también para el cultivo a gran escala de la hoja de coca, que ha convertido al territorio en una zona estratégica y deseada por grupos al margen de la ley. Es además una tierra donde se encuentran grandes yacimientos de petróleo y carbón, lo que la convierte en un sector clave para la industria petrolera. Fuera de toda esta riqueza, de su biodiversidad y verdes paisajes, el Catatumbo tiene una configuración geográfica que le permite a los grupos armados ilegales acomodarse en el territorio con la facilidad de ocultarse y atacar sin ser advertidos.

Por todos estos factores es que en esta codiciada zona han convivido durante años el Ejército de Liberación Nacional ‘ELN’, el Ejército Popular de Liberación ‘EPL’,  las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ‘FARC’ (o disidentes) y las bandas criminales sucesoras del paramilitarismo que a la sombra de un Estado casi inexistente se hacen de las suyas para ejercer control sobre las actividades de contrabando.

Es a causa de estos grupos que en el Catatumbo se ha sembrado el terror durante años. Sus tierras han sido bañadas de sangre, y por sus ríos, cientos de cuerpos inertes han navegado. Los habitantes del lugar no saben con exactitud cuándo empezó la violencia, pero en el año 1999 la región se vio azotada por la presencia de las Autodefensas Unidas de Colombia ‘AUC’ que atacaron a la población acusándola de tener nexos con la guerrilla.

Las AUC llegan a finales de los 90 dirigidas por Salvatore Mancuso para crear un bloque paramilitar que acabará con la presencia de las guerrillas y los cultivos ilícitos sembrados en la región. Carlos Castaño y Vicente Castaño reunieron aproximadamente 200 paramilitares de Ituango, Córdoba y Urabá que fueron entrenados por más de tres meses para luego aterrorizar a la población por medio de las masacres, que se reúnen en el informe del Centro de Memoria Histórica titulado Basta Ya (2013).

Uno de esos ataques ocurrió la noche del 21 de agosto de 1999 en la vereda La Gabarra dentro del Municipio de Tibú, donde aproximadamente 150 paramilitares del bloque Catatumbo llegaron al lugar a asesinar con lista en mano a decenas de personas, acusándolas de ser colaboradores de la guerrilla. Con armas de fuego asesinaron a 32 personas según las cifras del reporte mencionado anteriormente, pero según  otras fuentes, como el CTI de la Fiscalía, son entre 35 y 77, no hay certeza de la cantidad de muertos. También hubo más de 200 desaparecidos y varias familias desplazadas.

Además, se dice que el Bloque Catatumbo utilizó algunas viviendas como fábrica de explosivos y lugares donde torturaban a los habitantes, que luego asesinaban y lanzaban al río. Ante esta masacre y el terror sembrado, centenares de personas tuvieron que dejar sus fincas y huir a algún lugar seguro.

Meses antes del ataque se había rumorado que los paramilitares llegarían a la zona, y aunque los militares y los policías sabían de esto, no se hizo nada para impedirlo. Incluso algunos habitantes dicen que la noche del ataque se fue la luz en dos ocasiones: una momentánea y otra que duró durante la masacre, donde se apoderaron de la zona los paramilitares. Y tan pronto terminó la embestida, una bengala (según dicen lanzada por los militares) alumbró el sombrío panorama dando por finalizado aquel baño de sangre.

Francisco Ávila* fue uno de los muchos que vivió aquel trágico suceso. Días antes de aquel ataque en el mes de agosto, se rumoraba que algo malo iba a suceder, pero como en el pueblo se escuchaban tantas historias que a veces no eran ciertas, las personas estuvieron advertidas pero la gran mayoría continuó con naturalidad sus actividades.

Francisco vivía con su hermana y su papá en una finca ubicada en la vereda de la Gabarra. Todos los días se dedicaban a las labores del campo y lo hacían con gusto. Pero como rondaban los rumores de la toma del pueblo por paramilitares (se decía que el pueblo era controlado por las FARC y muchos de los habitantes ayudaban a los guerrilleros cultivando la hoja de coca), su padre había decidido enviar a su hija a Cúcuta para protegerla de lo que probablemente se venía.  

No hubo mucho tiempo para despedidas, apenas un abrazo y un “buena suerte” dieron curso a la trayectoria que su hermana, acompañada del padre, debía seguir ese viernes hasta el pueblo.

Francisco se quedó solo en la finca adelantando trabajo para mantenerse ocupado y no pensar en la posibilidad de un ataque en su pequeño hogar. La comunicación era muy complicada en la vereda ya que todo era trocha y no había tanta tecnología como hoy en día. Por lo tanto, no sabría nada de su familia hasta el lunes próximo cuando los jeeps volviesen a trabajar.

El sábado se levantó sin tener noticias de su familia, realizó la misma rutina de todos los días y en la noche se acostó temprano porque se fue la luz. Paralelamente, en La Gabarra, la luz se fue por un momento. En ese instante el papá de Francisco se encontraba con su hija y su hermano tomando en la cantina del pueblo. El apagón los tomó por sorpresa, pero rápidamente la luz regresó, todo parecía seguir su curso normal. De repente la luz se volvió a ir pero esta vez por un largo rato, e inadvertidamente llegaron al establecimiento un grupo de uniformados con lista en mano gritando nombres y asesinando a las personas que allí se encontraban a diestra y siniestra. En este cruce de fuego murió el padre y el tío de Francisco, mientras Silvia* (la hermana de Francisco) cayó desmayada por un tiro que le rozó el cuerpo, pero que por suerte hizo pensar a los uniformados que ya estaba muerta.

Sin imaginarse lo que estaba ocurriendo en el pueblo, Francisco dormía plácidamente, al otro día cuando se despertó siguió con sus tareas, pero unas horas más tarde se preocupó de no tener noticia alguna de su padre y su hermana. Luego, por unos rumores de la gente de la vereda, escuchó que algo había ocurrido en el pueblo pero no se sabía con exactitud lo que había sido. Intentó conseguir transporte para dirigirse al pueblo, pero el domingo era muy difícil hacerlo, así que tuvo que esperar hasta el lunes.

A primera hora de la mañana del lunes, Francisco se dirigió a La Gabarra. La incertidumbre crecía cada vez más, y al bajarse del jeep, se percató de que el pueblo estaba lleno de uniformados que se dirigían a la salida. En un principio creyó que era el Ejército, pero luego se dio cuenta de que los rumores que corrían en la vereda, se debían a un ataque perpetrado por paramilitares. Caminó unos pasos más entre la angustia y la multitud de personas y vio de lejos a su hermana, llorando y con la camisa del papá ensangrentada. Al verlo lo abrazó sin dejar de llorar. Así, Francisco pudo entender lo que había sucedido. Unos minutos después, Silvia reafirmó lo que él ya se imaginaba: su padre y su tío estaban muertos, así como algunos de los vecinos que los vieron crecer. Con el dolor que esa noticia traía a sus vidas, pero con el miedo de que los paramilitares volvieran cumpliendo la promesa de acabar con muchas más vidas, siguieron su camino hasta encontrar el cuerpo del padre aún tirado en el suelo de la cantina, junto al del tío. Debían salir rápido de aquel lugar, así que se llevaron los cuerpos, los limpiaron y los montaron a un camión que se dirigía a Cúcuta para darles cristiana sepultura.   

El camino de Gabarra hacia Cúcuta era largo, su recorrido tardaría de tres a cuatro días con molestos movimientos debido a que la mayoría de la carretera era trocha. Algunos kilómetros adelante se encontraron con dos retenes con tan solo siete kilómetros de distancia entre ellos: el primero era de las FARC y el segundo de los paramilitares. Ambos les preguntaron quiénes eran y quiénes iban en los ataúdes. Asustadísimos y sabiendo que no podían revelar la identidad de los difuntos, mintieron diciendo que no tenían conocimiento de quiénes se encontraban en los ataúdes y que ellos estaban marchándose del pueblo para buscar mejores oportunidades porque acababan de comprometerse. Afortunadamente pasaron sin problema los dos retenes.

Como la distancia era tan larga, los cuerpos ya estaban descomponiéndose, así que cuando llegaron a Cúcuta estaban muy hinchados y emanaban un fuerte olor, por lo que fue aún más complicado sacarlos del ataúd para arreglarlos. Finalmente, pese a las dificultades y el dolor que eso implicaba para la familia, pudieron despedir a sus familiares. De cierto modo estos dos hermanos sentían que tuvieron suerte de poder darle ese último adiós a sus seres queridos y no vivir la incertidumbre de dónde estaría el cuerpo, como algunos vecinos, que hasta el día de hoy, no conocen el paradero de aquellos que murieron ese día.

Francisco y Silvia no volvieron a su finca por el temor y los malos recuerdos que les traía. Y como la mamá los había abandonado cuando eran niños, no tuvieron de otra que irse a vivir con su abuela, quien tenía una casa muy grande y se encontraba pensionada. Ella fue soporte principalmente de Silvia, a quien le brindó la educación y le ayudó en lo que necesitara. Con Francisco fue diferente, pues no le daba las mismas oportunidades, incluso fue al único de los nietos que no le colaboró para que terminara el colegio. Sin embargo, sin recibir gran apoyo de su abuela, Francisco salió adelante y decidió ser policía. Actualmente se siente orgulloso de la labor que ha estado desempeñando y de haber salido adelante para darle el amor y el apoyo a su familia. La relación con su abuela mejoró y con su hermana sigue teniendo muy buenos lazos.

Sin duda alguna todo lo que vivió le forjó su carácter y los recuerdos lo acompañan constantemente, más cuando conversa con su hermana del tema, pues ella casi 19 años después del ataque no puede dejar de llorar cada que se acuerda de aquel impactante momento que vivió.

Esta es solo una historia de las miles que han ocurrido y siguen ocurriendo en nuestro país. Muchas personas aún guardan la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos, pero poco a poco esta se va difuminando en la larga espera. Es la muestra de esa valentía y fuerza que caracteriza al ser humano, porque a pesar de lo mal que la haya pasado y de los traumáticos momentos que viva, pueden salir adelante mostrando lo mejor de sí para arreglar el país que la guerra se ha encargado de destruir por años. Solo el amor y la memoria puede reconstruir esas vidas que se han acabado por el odio. La pregunta es ¿qué hacer frente a tanto derramamiento de sangre en vano? ¿en qué momento dejarán de morir inocentes a causa de una guerra ajena? -y principalmente- ¿hasta dónde llegará la codicia del hombre que prefiere asesinar sin importar a quién por alcanzar su propio beneficio a costa del sufrimiento de los demás?

*Los nombres son inventados para cubrir la identidad de los personajes reales.

Imagen tomada de goo.gl/pKNaMo

Maria Camila Botero

Estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, y de primer semestre de Relaciones Internacionales en la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Me gusta mucho escribir, no porque sienta que lo haga bien, sino porque me inspiro al hablar de un tema que me apasiona, y ahí lo difícil es dejar de escribir tanto. Siento que hay muchas historias que merecen ser divulgadas... si se contaran, tal vez, podrían salvar a alguien, o al menos, dar a conocer la labor que han hecho, y qué mejor que dejar un legado, para que no quede en el olvido aquello por lo que se luchó.

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