Pablus Gallinazo

Soy yo, quien como ciudadano del mundo no adora ninguna patria en su silencio mudo y fuera de eso canta.
Pablus Gallinazo

Pablus es un hombre tan alto que alcanza a rascar Las iras de Dios. Digo alto no con la visión subordinada de los retratistas de adalides históricos que, aunque fueran feos, los plasmaban para la posteridad según las convenciones de lo bello para su época: entonces, Juan José Nieto nuestro presidente negro, resultó blanco, y el chaparro Bonaparte, resultó siendo un larguirucho. Pero Pablus, además cría una barriga achatada como la tierra, que encontré cuando el hombre a quien había admirado, sin atisbos de adoración, desde bastante tiempo atrás, me extendió sus brazos como clausura a una tarde de agosto, en que el tiempo se detuvo, y Pablus Gallinazo, el mismísimo, me recibió en su casa, en algún lugar de Bucaramanga donde el poeta alumbra sus días a través de la palabra y esculca la elocuencia de la madera con sus artes de ebanista, en el TALLER ES TARDE, un laboratorio contra el consumismo, donde el hombre fabrica sus muebles y de vez en cuando les sirve a las vecinas, agobiadas por una puerta rechinante o una silla renca, que dudarían de la pericia para remendar enseres si supieran que es el único poeta colombiano que canta.

Valga decir que de escogerse una virtud para hablar de Pablus Gallinazo, no sería su voz, sin duda reprobada por los ortodoxos de la música, sin duda lejos de cualquier lección de técnica vocal; una voz desgarrada que, en palabras de Gonzalo Arango,  «salía de un zapato roto», una voz que en sí misma era una protesta, un gargajo en la mejilla de la belleza -la misma injuriada por Rimbaud- impuesta por el estado de cosas, como todos sus cantos. Entonces Gallinazo, convencido de que la Palabra es certera y pertinaz, un buen día decide, no multiplicar los panes y los peces con una metralleta como uno de sus personajes, sino tomar la guitarra y tocarla a muerto, luego de proclamarse El Comandante que cobraría justicia por los olvidados, como otros lo hacían con el discurso de los fusiles; así, interesado en destruir este imperio de dolor alentó al hombre que, en aquella época, calzaba las botas y se disfrazaba de monte, y retratando todo el sufrimiento cotidiano de los que hornean su hambre en las calles de la gran ciudad, o las necesidades en diluvio del que cosecha ilusiones en el campo.

De allí nació la historia de un crimen de Estado como el de Silvestre Garavito, la ironía de un toque de queda en un país de gentes sin casas como en La historia de Pablo, la única salida de un campesino que al no tener Ni flores ni peces se armó de revólver y carabina para, de alguna manera, conseguir la comida de su hogar, la angustia del desempleo en un mundo ávido de producción en Una flor para mascar, el único homenaje sentido a la Mula revolucionaria de Ernesto Guevara y tantos otros gritos con escasa resonancia en este Mi país, reunidos en cinco discos de larga duración.

En la narrativa, Pablus también combatió al orden establecido con todo su desprecio. La pequeña hermana o El extraño caso de la bañera verde, novela ganadora del Primer Premio de Novela Nadaísta, un relato intrincado que esculca en los pensamientos y sentimientos del humano, que cuestiona todas las instituciones que consumen la existencia del hombre, un sismo en el sopor poético y la mojigatería literaria del país, que escandalizó a vacas sagradas como Valencia Goelkel.  Pablus continuó escribiendo sin ánimo de publicar, supongo, hasta casi inicios del nuevo siglo, el XXI, con La bella maragola y ahora entrega su obra, sin ánimo de lucro, en la biblioteca libre, El Libro Total. Desde hace cinco años no tengo noticia sobre la vida de Pablus, apenas sé que apoyó el acuerdo con las FARC por un escrito incluido en la gaceta A la mierda la guerra y, en la búsqueda de completar este texto, encuentro publicado: El faraón perdido. Acetaminofén IV, un cuento que aún estaba en gestación durante mi visita, es decir, hace un lustro. Escribo sobre su último presente, el cual me niego a que sea un pasado, y espero que tenga larga vida el maestro Pablus Gallinazo sin algo más que los achaques imperativos de todo ser vivo que debe cumplir un irrenunciable ocaso.

Colofón. Esto es una esquirla no más de todo lo que puede contarse sobre El Comandante Gallinazo, no más un esbozo mediocre de su nobleza. Por otro lado, aún me pregunto ¿de dónde carajos sacan el “Gallinazus”? Nunca he visto firma o publicación aprobada por él, que muestre el cacofónico “Pablus Gallinazus”, el cual insto a mis dos o tres lectores anónimos dejen de usar.

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