Héroes culturales

A pesar de no haberse llevado el Óscar, Loving Vincent ha alcanzado ya un espacio de visualización imponente en los alrededores del culto. No es la total envergadura del público masivo (donde gana Coco), pero sí un margen extenso al interior de aquel. La película es preciosa, sin duda. La nostalgia de la técnica es infalible: el óleo pintado con la mano, el saudade de «lo ya sido», dijera Walter Benjamin, cómo no despertaría más emoción que los fríos computadores. Pero las pinceladas sólo funcionan en la medida en que exaltan el guion, la verdadera clave: el estilo pictórico de Van Gogh no está allí para referirse a sí mismo, sino a algo más vendedor: la vida del pintor. Una vida naturalmente ficcionada que, sin embargo, no se cruza con la que reposa en el imaginario como la real. El argumento entre líneas asegura que Van Gogh pintaba como pintaba por culpa de la vida que llevó. ¿Qué vida? Una de mito, a pulso de cartas y de historias con orígenes brumosos. Ahí el secreto. La locura de Arles pintada como por la propia mano del paciente; imposible el fracaso.

En el principio del siglo pasado, el poco menos mítico antropólogo Franz Boas utilizaba el término «héroes culturales» para referirse a personajes que, en el borde de la realidad y la ficción (no importa, de eso se trata), las civilizaciones han hecho depositarios de sus valores culturales e identitarios. El héroe cultural, enlazado con los mitos fundacionales, ilumina y de regreso encarna una moral, una estética y una cosmovisión con las cuales la comunidad se identifica. Es irrelevante que esas cualidades sean inherentes a la vida real del personaje. El mito se encarga de imponérselas, de modificar post mortem su biografía, de enriquecerla, limpiarla o dramatizarla a necesidad. La biografía muta a hagiografía, el hombre a santo.

En aquello pensaba Pierre Bourdieu cuando analizaba el proceso de consagración, en el que un auctor (la suma de actor y autoridad) de la cultura es impuesto en el espacio social a través de un líder con prestigio o de un séquito de fans. A la consagración la precede una canonización: el personaje es ungido por cuenta de su propio carisma, y, luego de muerto, parece como si naciera de nuevo, siendo otro, ahora milagroso e inmaculado. «Muere el hombre, nace la leyenda», dicen los titulares.

Los héroes culturales de Boas no dejaron de emerger tras la inoperancia de los mitos de origen en la Modernidad, sino que siguieron consagrándose bajo necesidades distintas. Las sociedades, ya no organizadas únicamente en torno a los viejos valores de patria, religión o raza, necesitaron de nuevos modelos alrededor de patrones estéticos transversales, visiones de mundo que no dependen de lo territorial sino del gusto, como sabía Bourdieu. Los héroes culturales del presente son los iconos pop de la tragedia, de la locura, de la excentricidad: Frida Kalho, Edgar Allan Poe, Salvador Dalí, Kurt Cobain, Charles Bukowski, Vincent van Gogh. El aura de su marginalidad es el que construye en el imaginario su obra. Todo lo que se diga entonces debe agravar el suplicio, recrudecer la miseria, pervertir la rareza. Está prohibido decir que los personajes tuvieron dinero alguna vez, que pudieron haber sido felices y aburridos como cualquier mortal, que pasaron décadas sin que les doliera un dedo. Más allá: está prohibido desligar su poética de su dramática. Sólo son íconos en tanto brilla lo uno sobre lo otro: «pintaba a pesar de estar enfermo», «vivía en áticos y sin embargo escribía». Así se sacraliza al tiempo la figura y la obra, dejando por fuera la posibilidad de discutir esta última desde lo estrictamente estético. ¿Quién se atrevería a poner en cuestión el valor de aquella pintura sabiendo que el pintor estaba loco, estaba enfermo, era pobre?

El héroe es modelo de superación, pero al mismo tiempo la materialización de las represiones colectivas. El reverso añorado por nuestros inconscientes, pero que no nos atrevemos a tocar sino en el cuerpo ajeno.

No hay nada reprochable allí tampoco. Necesitamos de los íconos, no encontraríamos otra manera dónde poner nuestros deseos no cumplidos, dónde identificarnos, dónde sentirnos parte de proyectos comunes, incluso dónde gastar lo que se nos va en souvenires.

El único problema de los héroes culturales es que la opulencia de sus mitos opaca la mirada directa sobre sus obras. También hay héroes culturales de la política, no nos olvidemos. Aquellos, por cierto, parece que nunca han necesitado el arribo de la muerte para consagrarse. También allí, el aura de sus mitos coagulada por el culto hace perder de vista el curso de las manos. Al final el cuadro se nos presenta incuestionable, so pena de caer en sacrilegio.

 

Fuente de la imagen:

https://www.instagram.com/shusaku1977

Eduardo Correa

Artista, estudiante de Maestría en Estética.

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