Reseñas: “Millenium” 1, 2, 3… ¿4, 5?… y…

Hoy, me desvio un poco de la línea de crítica político-histórica —si es que eso existe— que he presentado en mis anteriores columnas. Quiero iniciar —con su venia— una serie de reseñas literarias, con el perdón de los asiduos consumidores de literatura que puedan llegar a leer este penoso intento.

A modo de introducción a estas reseñas y a esta en particular, considero que debo describir un poco mi camino en la lectura literaria.

Leo y disfruto desde los clásicos de la literatura como “Cien años de soledad” o “La Eneida”, pasando por “Veinte mil leguas de viaje submarino” o “Huasipungo” —típicos de información temprana de un lector—,  hasta cómicas referencias como “Don Camilo” o picarescas como “El Decamerón”.

Tuve el placer de recorrer por tres años y medio más de 40 ejemplos de literatura latinoamericana que hicieron volar mi imaginación y recorrer en letras a nuestro continente desde México hasta la Patagonia, incluyendo la nación madre de nuestra lengua española, su rico vecino portugués, nuestro caribe y el Poderoso Brasil con Jorge Amado a la cabeza.

Carpentier, Pessoa, Uslar Pieri, Mutis, Bryce Echenique, Rulfo, Paz, Cela, Savater, Sábato, y otros tantos desfilaron ante mis ojos gracias a una valiosa iniciativa del “Fondo de Cultura Económica” en forma de periódico el último miércoles de cada mes, en un amadamente recordado por mí como “Periolibro” del diario “El Espectador” entre los años 1993 al 1997.  

En ellos descubrí a alguien que me marcó a través de las letras. Leí por primera vez a Jorge Luis Borges. Nunca había llegado mi imaginación a viajar a los confines donde Borges intentó llevarnos. Mi léxico se tuvo que triplicar para los adjetivos, verbos, sinónimos y sustantivos que Borges usó para describir una biblioteca, el lomo de un libro o un punto en el universo en el cuál, el conocimiento se hacía uno con quien lo accedía. Era rebasar los límites del tiempo, espacio e idioma, en un párrafo. Borges ha de ser una obligación para cualquier lector, especialmente latinoamericano.

Pero después de ese recorrido por las letras de nuestros territorios, y con el pasar de los años y los libros llegué a la novela histórica y periodística. Casos como “Los hombres del Zar” de Vladimir Volkoff y “La Conjura” de Eric Frattini, son claros ejemplos de este género que poco a poco me condujeron al tema que sigue llenando mi curiosidad, la segunda guerra mundial. Allí desembarqué en libros como “De los vivos y los muertos” de Konstantin Simonov y las intensas y desgarradoras narraciones de Antony Beevor.

Pero un bache se abrió. Una brecha. Un hito que difícilmente pude superar. Stieg Larsson. Sí, ese mismo.

Un sueco que llegó por pura casualidad. Mas por la curiosidad que desencadenó su propia historia que por sus escritos.

Larsson, periodista de profesión, en sus tiempos libres – un lujo que al parecer, solo los suecos pueden darse -, escribió de su puño y letra una corta saga que alguien – no sé si él mismo – bautizó como la trilogía de “Millenium”. Al inicio del éxito y el reconocimiento como escritor, una noche lo sorprende la muerte natural y esta saga que deslumbraba a quien la tomaba en sus manos, se quedaba inconclusa y la cual, según su compañera sentimental en vida, iba no solo de tres, si no de siete libros. Los últimos cuatro, se los llevó el periodista con su repentina muerte.

El padre y el hermano del difunto, disputan con la compañera de hecho – puesto que nunca legalizaron su relación ante las leyes suecas-, los millonarios derechos de la trilogía. Los primeros se quedan con los estos, pues pesó más legalmente el vínculo familiar que el conyugal, porque así son los suecos al parecer. El padre y hermano hacen lo que cualquier coterráneo nuestro haría: venderlos al mejor postor.

Películas versión sueca, película versión americana, hasta comic y una nueva trilogía, pero esta vez a manos de un reconocido escritor, David Lagercrantz —reconocido en Suecia por escribir la biografía de Zlatan Ibrahimovic, el futbolista—. En pocas palabras y coloquialmente hablando, “echándole más agua a la sopa”. Todo casi tan novelesco como cualquier libreto de bio-novela de cadena nacional.

Para quienes no la hayan leído, “Milenium” —Editada en Colombia por Planeta—, la trilogía original; en su primer libro,”Los Hombres que no amaban a las mujeres”, narra la historia de un acaudalado empresario sueco que recibe un regalo muy particular desde hace más de cuarenta años, una flor seca enmarcada. Normal hasta ahí. Este regalo se lo daba su nieta. Tampoco sin novedad. El tema se complica por que hace casi tres décadas, su amada nieta desapareció sin dejar rastro y alguien le envía el mismo tipo de regalo año tras año. A la par, un reputado periodista de investigación se ve envuelto en un escándalo de falso testimonio, que lo deja sancionado por más de un año para publicar nuevamente. Es copropietario de la revista “Millenum”—de allí el apelativo a la saga—, la cual se iría irremediablemente a la quiebra sin el aporte de su principal estrella periodística.

El octogenario empresario decide contratar al periodista Mikael Blowkvist, para que descubra quién le envía dichos presentes y quien asesinó o provocó la desaparición de su nieta. Un caso que la policía dio por cerrado hace más de veinte años.

La trama se hace cada vez más intensa palabra a palabra, nos va mostrando una Suecia alejada de la visión de perfección social que nos han vendido: discriminación, corrupción, abuso de autoridad, violaciones, asesinatos, y mucho, mucho hackeo aderezan la receta.

Y es ahí donde irrumpe la verdadera protagonista de la historia. Surge quien invadió mi imaginario literario, derrumbando esquemas y patrones. La más improbable de las heroínas, pero al mismo tiempo, la única con las condiciones para enfundarse el traje del prototipo de antihéroe. Lisbeth Salander.

Lisbeth Salander. Ese nombre va de la mano con la idea que me formo sobre quien quisiera a mi lado en una pelea callejera, en un partido de microfútbol o en una clase de factorización de segundo grado.

De baja estatura, poco peso corporal, pocas palabras y mucho delineador negro de ojos. Inteligencia análica sin par sumados un gusto enfermizo por las matemáticas y a una ira interna contra el mundo. Pocos le agradan a la enigmática Lisbeth, y son menos los pocos que la aceptarían en el bautizo de sus hijos. Tachada de subnormal, estúpida, retrasada y enfermiza, camina por la vida sumergida en el más absoluto anonimato. En su interior, un fuego constante y listo para encender lo que toque. Ella entra en la historia con la suavidad del vuelo de una mariposa y rompe con la trama con la contundencia de un grito por sorpresa al oido. Nos deja el mismo zumbido. Marea y desenfoca.

Por tres libros la pareja mas antinatural posible se teje en una relación cómplice de ayuda mutua, con los giros más inesperados y con la adrenalina que una trama bien construida puede lograr en una saga policíaca impecable. Tres libros que me dejaron una “resaca literaria” que tardó más de dos años y varios libros superar.

Los siguientes “La chica que soñaba con un cerillo y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire” no son un título largo y una continuación de más de lo mismo. Para nada. Es un nuevo comienzo, con el común denominador de los personajes. Una nueva línea de historia. El impacto del primer encuentro ha dejado una huella. Ya existe un conocimiento, hay aspectos de la historia de cada personaje que no se han desarrollado y ya hay deudas de vida que deben saldarse.

A medida que se avanza en la trama un circulo de situaciones se va ampliando, pero al mismo tiempo profundiza en el mundo de cada uno de los que integran esta nueva historia y paralelamente cada uno va armando y soportando cada situación casi sin relacionarse. De una manera muy inteligente y al mismo tiempo sorpresiva y coherente, estamos atrapados en una aventura que no nos quiere dejar ir, ni queremos que lo haga.

Despues de leer la trilogía original, los siguientes libros que escogí para leer -que no nombro por respeto-, perdieron su sabor. Ya todo era plano y previsible. Larsson me había maldecido desde el otro mundo. Me contaminó. Adicional, que ya no sabría qué pasó con “Kale” Blowkvist y la increíble Salander, pues el amigo Larsson, ya no estaba en este mundo para trazar otra aventura.

Por lo anterior, cuando con bombos y platillos, se anunció la cuarta entrega de Millenium, por parte del Señor Lagercrantz, tuve dudas. No quise llegar de pleno. Me mantuve en mi sitio. Así haya comprado el libro en plena FILBO, donde los carteles lo anunciaban como el regreso de esa droga literaria que me había subyugado a la adicción.

Pasaron mas de dos años con el libro mirándome a través de su lomo negro. Impasible. Esperando su oportunidad. Hasta que llegó en la programación de un viaje. Unas cuantas horas de espera en el aeropuerto y otras cuantas de vuelo, son el escenario para atacar las páginas.

El ritmo cardíaco se alteró al leer nuevamente la inquietud de Lisbeth en medio de la noche, con una pesadilla… el rítmico golpeteo de una mano contra una almohada presagiaba el inicio de un nuevo reto. Una saga que terminaba en punta, y que llegaba con su desquite.

Al pasar de las páginas, la introducción de nuevos personajes, situaciones y elementos fueron construyendo una aventura enmarcada en el mundo informático. Esta vez, peces más gordos entraban en juego y la capacidad de Lisbeth de irrumpir en su mundo, presentaba un reto más alto.

No entraré en detalles, puesto que hacer un resumen de una cuarta parte cuando solo se ha descrito ligeramente de las tres primeras, es más que un “Spoiler”. Es un absurdo.

Voy a lo que voy. Llegué sin prevenciones, no quería esperar mucho. Mis expectativas eran bajas. No quería comprometer mi visión de los libros anteriores, puesto que en ese juego, otros ya habían perdido.

Hay que escribirlo crudo y sin decoraciones: Lagercrantz lo intentó, pero no llegó.

Y no llegó cerca. Le faltó bastante. Su intención era buena. El reto no era una simpleza.  Originalmente se tenía una historia tan bien construida como fantástica a la vez. Los personajes tan bien estructurados que no necesitaban descripciones largas. Ellos, capa a capa con el correr de cada palabra, nos enseñaban aspectos de su personalidad y diferenciaban magistralmente los motivos que cada uno tenía para estar donde estaba.

Millenium 4 – Lo que no te mata, te hace más fuerte es un anexo. Un camaleón que se quiere disfrazar de su antecesor. Un título largo y aparentemente sin sentido, pero que quiere describir una situación particular que es un parte aguas de la historia. Pero como su título que es un refrán, esta nueva entrega cae en eso, en los lugares comunes. Lagercrantz, escribió un libro para los “fanáticos”, no para el público.

Un equipo de futbol que piensa en darle gusto a su hinchada, es un fracaso. Cuando quiere complacer a su público, es otra cosa. La hinchada, la fanaticada no entiende razones. Quiere resultados. Quiere inmediatez. Quiere que sus estrellas irrumpan desde el primer minuto con una gran jugada y que los partidos que duran 90 minutos, se resuelvan en los primeros 5.

El público va a ver el juego. Va a ver un espectáculo. Va a disfrutar las emociones. A saborear la alegría, la angustia, la poesía, la jugada que paga la entrada. No que el capitán, que a su vez es su estrella, goleador y lleva el 10, arrase como aplanadora y empequeñezca al rival. Lisbeth Salander salió como “Rambo” de la nada a solucionar todo y acabar con todos. No era una ya una mujer con apariencia de fragilidad y hostilidad que tenía un plan pero podía improvisar. Eso es la vida. Planear, pero resolver sobre la marcha. Quien planea su día puede tener algo seguro—si sale como lo planeo al pie de la letra— y no tuvo un evento que le hizo modificar un poco su orden, fue un día para olvidar.

Lisbeth, ya no era esa mujer que sorprendía. Ella simplemente ella, no se equivoca, no pierde. Son de otros los errores, hasta llegamos a pensar que si ella, desde un principio se encarga de todo, el libro ni se escribe. Todo hubiera salido a pedir de boca.

Mikael Blowkvist, el afilado periodista cuya vida personal se nos antoja libertina, pero al parecer acorde con la libertad social sueca, se asimila más en esta versión a Robert Langdon, protagonista de las obras de Dan Brown que a la idea original. Inicialmente, Mikael se presenta como un hombre culto, inteligente de mediana edad, dedicado en cuerpo y alma a su profesión. Poco acostumbrado a este tipo de aventuras y con una capacidad casi única para terminar en ciertos lechos sin proponérselo. El de nuevo Mikael, es un hombre ágil, valeroso y un “Don Juan”. Afable y listo para la acción. Rejuvenecido en ciertos casos.

No es un mal libro, cumple con su cometido y mi expectativa inicial: entretener. Me entretuvo las horas que necesite que me entretuviera. Pero no dejó en mi, esa marca al rojo en mi memoria, como la dejan los verdaderos clásicos, y más esos que leemos por que nos encontramos y leemos por nuestra voluntad.

“Millenium 5 – El hombre que perseguía su sombra” salio este 2018 a la venta. Es autoria del mismo David Lagercrantz. En la parte 4, se notaba la intención de darle su toque personal a la historia. Probablemente lo intente de nuevo y sea menos tímido que en la anterior.

Irremediablemente lo leeré. ¿Cuando?. La verdad no lo sé. Tal vez en un nuevo viaje donde prefiera eso, a dormir incómodamente durante horas.

Por: Luis Fernando Vargas Fajardo. @lfvargasf

Imagen tomada de: https://goo.gl/images/wTQUf8

Luis Fernando Vargas Fajardo

Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia del año 2004. Especialista en Gerencia de Proyectos, Gerencia financiera y Gerencia en riesgos y seguridad en el trabajo. Amante de lectura, el dibujo libre y descubriendo el placer de la escritura.

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