¡Qué vivan las series!

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Tomada de: https://www.inverse.com/article/22410-black-mirror-national-anthem-prime-minster-pig-youtube

Nunca antes en la historia de la televisión y el entretenimiento audiovisual  habíamos tenido una oferta tan voluminosa y variada de  series. La desbocada fiebre de producciones televisivas de los últimos años  sería preocupante si no estuviera correspondida con los umbrales de calidad sin precedentes que evidenciamos constantemente en cada capítulo de nuestras series favoritas. Y es que precisamente resulta imposible consumir de manera exclusiva  una producción; son tantas de tan buena calidad que son más y más comunes los rituales de pasar horas y horas frente al televisor (que sigue siendo un aparato central para el consumo de series), la computadora o cualquier otro dispositivo transitando entre temporadas completas de producciones millonarias con temáticas variadas pensadas para satisfacer no solo a un grupo de población en especial sino igualmente un grupo de intereses, gustos y valores específicos de cada televidente.

La creación de contenido es constante, lo que ha fomentado que la parrilla se refresque en cada tanto y así hemos aprendido a degustar “platillos televisivos” con ingredientes distintos de alta cocina que han refinado nuestro paladar permitiendo que cada vez sea más fácil asquearnos frente a producciones de baja calidad; refritos, “culebrones” malogrados y contenido estancado en el tiempo y las ideas que generalmente proviene de las productoras nacionales, como en el caso colombiano, que se han quedado cortas en presupuesto y talento humano frente a las gigantes productoras responsables de estas series multimillonarias.

Pero más allá de los recursos casi que inagotables con los que cuentan los directores, la clave del éxito ha sido el desarrollo de un contenido atractivo, original y para nada mojigato.

Nos hemos visto sorprendidos pero a la vez atraídos por la cantidad de perversiones y oscuros deseos que se materializan en la pantalla  sea cual sea la serie que se elija ver. El surgimiento de antihéroes y antiheroínas que nos cautivaron a pesar de sus actuaciones nones sanctas  cortaron el empalagamiento que teníamos de las figuras impolutas que, aun hoy en día,  son protagonistas de historias inverosímiles de superación y triunfo a pesar de la mezquindad del destino y de un creador empeñado en el sufrimiento del mártir y la dicha de la programadora por el rating que dicha situación genera. Ya no nos importa ver en esos protagonistas una esperanza a nuestra desdicha. Nos dimos cuenta de que ser tan bueno es imposible , y que si así lo intentáramos las recompensas de la vida real son intrascendentes si lo comparamos con aquel idilio televisivo de casarte con el amor de tu vida y ser millonario de paso.

Ahora nos entretenemos sin remordimiento, sin culpa. Ganan los malos y eso nos gusta, porque es lo más humano, nos divertimos humanamente. A final del día o la semana estamos cansados de condenar constantemente acciones incorrectas y  reprochables para parecer un ciudadano ejemplar, incluso en el mundo de las redes sociales y necesitamos refrescarnos viendo a nuestros amados antihéroes dando rienda suelta a los instintos más bajos que cualquiera de nosotros quisiera replicar a diario, en la oficina, en el bus, donde sea. ¿Quién no imaginó tener una vida tan excitante como la de Walter White? aun sabiendo que es a costa de un cáncer terminal. Es así como nos enganchamos tan fácilmente. No entendemos cómo actuar tan mal lleva a situaciones tan favorables en la televisión, es cierto que no es muy favorable para quienes rodean al antihéroe o protagonista pero sí para nuestro entretenimiento y eso es lo que importa, y ese escepticismo nos obliga a consumir cada capítulo para saber la suerte de estos personajes, para saber si por fin reciben su merecido, pero en el fondo deseando que se salgan con la suya.

Pero más interesante aún es cómo se ha logrado que la televisión y las series dejen de ser asociadas con ignorancia. Ya no es tanto la “caja idiota” del Sr. Burns. Las tramas son tan complejas y tan profundas que el tratar de entenderlas y más aún lograrlo y emitir juicios de valor sobre los entramados morales y críticos hacia la sociedad contemporánea nos hacen sentir en un nivel intelectual igual o similar al que se percibe cuando vamos a una exposición de arte. Y es que precisamente ir a contemplar cuadros, o escuchar música clásica  nos hace sentir bien, a pesar de no entender o disfrutar  mucho, pero con las series actuales, a pesar de la alta densidad de las historias y de cada personaje, logramos entenderlas y, más importante aún, disfrutarlas al máximo.

Nos enaltecemos de no ver los canales nacionales y sus producciones basura, pero sí de quedarnos fines de semana enteros viendo temporadas enteras de 2 o 3 series. Lo que avergüenza no es la tv en sí misma, sino el contenido que hay en ella. Si el contenido es de tan alta calidad, ver televisión puede convertirse en una práctica intelectual aparentemente  tan valiosa como leer un libro. Muchos se atreverán a decir en un futuro, citando al ficticio Gregory House,  ¡deje de leer! Vea televisión.

Así pues la televisión está ofreciendo explicaciones perfectas a nuestra realidad, no hay que mirar más allá del caso House of Cards y Donald Trump (¿o Uribe Vélez?), y ni que decir de la aparentemente distópica Black Mirror. Son perfectas porque son atractivas y además lo suficientemente no tan complejas para que las logremos entender, pero lo suficiente para creer que no somos tan idiotas como los demás que solo consumen tv basura. Lo anterior no lo ha logrado ni el periodismo ni la academia, y quizás ni siquiera el arte. La música por ejemplo, en ocasiones, con canciones emblemáticas, logra retratar la situación de una sociedad, un país, o del ser humano en general, pero es sólo eso, una canción, de 3 o 4 minutos y se acaba. Si la revives será la misma canción. Pero las series producen contenido constante, nos alimentan con un gotero pero al fin y al cabo nos alimentan, tienen la ventaja de recoger ideas de la realidad e incorporarlas a nueva temporada. Reflejan lo que somos, no lo que deberíamos ser, no nos invitan a cambios  y transformaciones profundas y eso es muy cómodo, ¿no?

Andrés Mateo Muñoz Ardila

Estudiante de Ciencia Política, aprendiz en el periodismo. Apasionado por la Salsa y el fútbol

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