Booktubers

Atrás una tímida estantería, con más entusiasmo que libros. Una estantería escasa, pero calculada: blanca, ordenada, decorada. Frente a la cámara, un tipo que tendrá veinte años, con una voz no menos tímida. El video es una reseña de Pedro Páramo y El llano en llamas, en un mismo paquete. Durante quince minutos, el chico repasa un anecdotario sobre la vida de Juan Rulfo, resume las historias contenidas en los libros, lee algunos fragmentos, y trata de tejer una relación entre lo que está leyendo y los pormenores que atrás contó sobre el autor. El patrón se repite, con variaciones formales, en la mayoría de los otros videos que vi, de creadores vecinos, nacionales y lejanos. Creadores que, como el del video de Rulfo, compiten por algo de atención en el ya no tan reciente panorama de los booktubers.

Otra cosa pasa en Instagram. Bookstagrammers, se llaman allí sus equivalentes. Otra cosa, digo, pero de nuevo en la forma. La imagen fija, con el flujo que le circunda, impone una necesidad de barroquismo. Si en Youtube prevalece la narrativa —del que habla, no de la obra—, en Instagram lo hace la estetización del libro. Es el centro de bodegones, de encuadres sintéticos que lo depositan en el deseo. El libro como fetiche. El tratamiento del contenido en las reseñas y comentarios, no obstante, no se aleja del de Youtube. La conjugación de esos dos elementos, narrativa sobre el autor-obra, y aislamiento del libro, define la lógica de ambos circuitos, o al menos de la mayoría de las producciones que se adscriben a ellos.

Hay una red de casi verdades de las que se hace difícil salirse: que la lectura en cualquier caso debe celebrarse, que no importa qué ni cómo se lea con tal de que se lea, que hay un gran mérito en crear comunidades y tendencias en internet a partir de la lectura y no de las banalidades, etc. Pero, por debajo, falta preguntarse si la sobreexposición de libros puede producir un efecto cultural y pedagógico real, más allá de una reproducción plana de estereotipos. El asunto del contenido aquí me parece determinante para que no termine pasando mucho más que lo segundo.

El problema aparece cuando ese contenido está levantado sobre una idea precaria de la literatura. Incluso sobre una total ausencia de aquella. La omnipresencia del libro sólo revela su consideración como objeto separado. «Amoloslibros», dicen los hashtags. Los libros como si fueran huérfanos. No hay una noción de literatura como estructura que antecede a las obras, que persiste aun al margen de ellas, como creía Foucault. Por tanto, no hay una mirada desde las relaciones, desde los problemas que conducen a la palabra escrita, y que atraviesan todas las páginas de todos los libros. Problemas que tampoco dependen, por lo demás, de las minucias de la vida del autor, como, igual que nuestro booktuber, pensaba Sainte-Beuve hace siglo y medio.

Los análisis de Instagram y Youtube dan vueltas sobre modelos caducos, si acaso aplicables a fabulas medievales: inicio, nudo, desenlace, personajes, espacio. No hay lugar allí para lo no explícito, lo no lineal, lo cuántico, lo metalingüístico. Se da por sentado que el libro contiene una historia que puede resumirse, y no justamente una construcción literaria, es decir una actualización del lenguaje, que es otro asunto. Cuando la idea de libro se limita a los acontecimientos narrados al interior, el resultado es una escandalosa incapacidad de selección. Una de las cosas más insólitas de la operación de booktubers y bookstagrammers es su facilidad para saltar sin rubor entre Proust y E. L. James, entre Leonardo Padura y Anna Todd. Todo está en una línea horizontal en tanto que se trata, para ellos, de historias. De historias entretenidas y no mucho más, independiente de qué recursos utilicen, de qué niveles de experimentación con el lenguaje alcancen, de qué trasfondos introduzcan en el espacio literario. Elementos que no definen que un libro sea mejor que otro, pero que sí permiten establecer diferencias, contrastes, preguntas.

Y está claro que la revolución que ha significado internet vive en la posibilidad de que cualquiera, con la formación y recursos de los que disponga, pueda tener voz y circuitos de socialización. Está claro también que la literatura no es una posesión exclusiva de los expertos, sino un producto de circulación libre, que incluso depende más de los lectores espontáneos que de los académicos. Es una gran conquista de nuestra época la facilidad para producir y publicar, y para llamar a la cultura a los debates de vanguardia.

No obstante, cuando aquello se produce con semejante ligereza, sobre un tejido de lugares comunes y sin ningún esfuerzo crítico, la cultura no tiene posibilidad de escalar hacia ninguna parte. Se lee más, quizá, pero se lee sin que se pregunte para qué. Se lee sin un ejercicio de contexto, sin que se proyecte en el espacio social, político y cultural eso que se lee. Los libros se consumen, así, inútiles como la taza de café que los acompaña en el cliché de las fotos. Cliché al que se llega, por lo demás, cuando no se asume la lectura con autonomía y contemporaneidad. Al café se le suman los gatos, las materas, los lápices que adornan y no escriben, las Polaroid, los pines de torre Eiffel. Como si los libros fueran una nostalgia revivida por héroes, una cursilería vintage. Y como si todos los libros habitaran el mismo universo sensibilero e inocuo que se cuida muy bien de lo desconocido.

Cuando se decide publicar una idea, se asume también una responsabilidad tácita. Esa responsabilidad tambalea aquí entre dos orillas, ninguna necesariamente negativa o positiva. Una es la de la atención y el frenesí de la nueva sociedad del espectáculo. La otra es la del compromiso con la cultura entendida como vehículo de progreso y educación. Con la existencia de los puentes, esas orillas no tendrían por qué quedarse aisladas, pero se alejan bajo la laxitud reiterada desde la que se producen los contenidos de redes sociales.

Hace unos meses la revista Vogue[1] se preguntaba si los bookstagrammers eran los nuevos influencers. Los libros, antes marginados, de repente se han hecho objeto de deseo y legitimación. Es una puerta, una posibilidad constructiva. Esa facultad de influenciar, tan codiciada, se ve llamada al mismo tiempo por la facilidad de la irreflexión y la repetición, y por el más difícil camino del pensamiento y la creatividad. Como casi siempre, el triunfo se lo lleva la superficie. ¿Hacia dónde se influencia? ¿Qué se gana con lectores pasivos, equivalentes a espectadores de telenovelas? La fiesta la harán las editoriales mientras la sociedad sigue machando con más historias y objetos pero en el mismo círculo.

La victoria del show, de paso, cierra las puertas al análisis formado, al estudio, a la crítica. En algún fondo habrán booktubers o bookstagramers inteligentes y originales, no lo dudo. Pero quién los encuentra entre el océano de chismes, resúmenes, bestsellers y tazas de café sin cafeína.

[1]http://www.vogue.es/living/articulos/son-los-bookstagrammers-nuevos-influencers-instagram/30651

Imagen de encabezado: Charles Augustin Sainte-Beuve, fotografiado por Nadar.
Fuente: http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b53120272n/f1.item.zoom

Eduardo Correa

Artista, estudiante de Maestría en Estética.

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