Del #MeToo y otras campañas “estúpidas”

Fuente: https://pixabay.com/es/users/surdumihail-3593622/

He tratado de iniciar esta historia de mil maneras, pero ha pasado mucho tiempo y la he callado tanto, excepto en alguna borrachera sentimental, que se enquistó por allá adentro, haciendo que las palabras se queden ahí con ella.

Quise empezar por la parte fácil, contando que me perforé un pezón hace once años, a mis diecisiete. Además de doloroso, no creo que hoy sea algo muy novedoso, es un adorno que se ha popularizado bastante entre hombres y mujeres. Pero no me lo hice tratando de responder a una estética, lo hice por terapia. La explicación del por qué, es lo que me detiene.

A mis 12 años, el esposo de una tía me tocó un seno, o lo que empezaba a asomarse de ellos. Estábamos en una finca y yo quise, con primas más grandes, dormir alrededor de la piscina para ver el amanecer. Algunos adultos estaban tomando, entre esos Él. Yo estaba en una silla playera y me puse una manta, para protegerme del viento frío. Él corrió su silla hacía mi lado y metió la mano, no sólo entre la manta, sino también entre mi blusa y froto su mano contra lo que se supone era un pezón, flácido y aguado por la pubertad.

Mis alarmas se encendieron, no lo grité, ni lo golpeé, porque ojalá eso me hubiera pasado hoy a mis 28 años. Pero si me paré y me fui corriendo para el cuarto, ya no valía la pena ver amanecer. De hecho tuve miedo del día siguiente, sentía mucha vergüenza y mucha culpa. No sabía a quién decírselo porque sentía que a la que le iba a ir mal era a mí. Así que me lo guardé, solo para mí.

Ese año inicié sexto grado, y en la sede de bachillerato de mi colegio teníamos psicóloga, y sí, cometí el error de ir y contarle. Entiendo que ella hizo lo que debía, pero lo que sucedió fue justo lo que no quería. Citaron a mis padres, hablaron con ellos, pero no hicieron nada. Ni el colegio, ni la psicóloga, ni mis padres. Pero en mi familia se empezó a crear una bola de nieve, con un secreto que supuestamente nadie sabía.

Obviamente estalló, y la culpable fui yo, porque me había inventado todo a raíz de un libro que estaba en mi escritorio, pero que juro no leí. El Pájaro Espino, ni siquiera tanto tiempo después me ha interesado saber de qué se trata. Estaba ahí porque lo quería leer, lo había encontrado en la biblioteca de mi casa, solo había leído dos páginas, pero después de todo, lo archivé para siempre junto con mi historia.

De ahí en adelante fue fingir que éramos una familia, normal, feliz y numerosa que se reunía a hacer asados, fiestas y novenas… Y claro aguantarme al esposo de mi tía en todas ellas, teniendo una muy buena relación con mi papá. Finalmente la mala y la mentirosa era la niña, Él era todo un señor.

Pero a mí me daba miedo de mi cuerpo, y con eso fui creciendo hasta llegar a los primeros amores, a los primeros besos, y sí, a las primeras “bluyiniadas”, en las que me espantaba sólo porque me intentarán tocar las tetas. Tuve mi primera vez, más por curiosidad que por un deseo real y rogando que los fantasmas no aparecieran.

Por eso llegué a la perforación. Quise decorarlas, darles un valor agregado, sentirlas como una parte más del cuerpo, apropiarme de ellas. Enfrentarme a que un desconocido las viera, con mi autorización, desinhibirme. Y funcionó, al menos físicamente, porque esto que para muchos es una bobada, me marcó para siempre, no importa cuántos hayan tocado ahora mis senos.

Estuve tentada muchísimas veces, mientras el auge del #MeToo a escribir todo esto en mi muro, porque no sólo a mí también me pasó. Le pasó a otra prima, le pasó a mi hermana, no con el mismo, pero si dentro de la familia, con el esposo de otra tía. Y pienso ahora, que tal vez si yo hubiera hablado antes, con más fuerza a ellas no les hubiera pasado y no tendrían que cargar toda su vida con un sentimiento injusto de culpa.

No se trata de criar princesas indefensas, se trata de que la culpa y las consecuencias las carguen quienes hacen las cosas malas. Qué más guerrera que una mujer que se atreve a hablar superando sus demonios, aun sabiendo que hasta las mismas mujeres la van a lapidar. El primer enemigo a vencer es el silencio, pero sobretodo la indiferencia. Hoy son cinco denunciando a un famoso. Mañana puede ser una niña pequeña, tu hija o tu sobrina, la que esté luchando con esto.

No soy feminista, porque aún discrepo de la manera en que se llevan ciertas luchas. Pero me parece que si las mismas mujeres nos atacamos, no hay ningún “ismo” que valga. No me duele que haya hombres que no entiendan ciertas cosas al respecto, que se rían o desprestigien las luchas. Me duelen las mujeres, que no entienden que de esas campañas “estúpidas”, se van a beneficiar ellas mismas, pero lo más importante, las futuras generaciones.

Imagen tomada de: http://bit.ly/2sLJFqf

Laura Herrera Ortega

Ingeniera biológica, periodista en formación. Amante de la música, la lectura, aprender cosas nuevas y una buena conversación.

¿Quieres leer un poco más?