10 horas de Desgarro y Desolación: Decálogo de Kieslowski

Seguramente el título de esta reseña funciona a manera de repelente, pero indudablemente, esta serie es toda una valiosa y necesaria experiencia cinematográfica. Krzysztof Kieslowski, aclamado director polaco de presencia indiscutible en la historia del cine, lanza en 1989 una serie para la televisión cuyo tema central gira alrededor de los 10 mandamientos: “Dekalog”.

Capítulos de un pesimismo desgarrador, una composición de la imagen con abundancia de close-ups sobre los rostros de los protagonistas, permitiendo así comunicar esa potencia expresiva característica en la que, ineludiblemente, capturamos toda esa sensibilidad angustiante que exudan. Kieslowski nos da boletos directos –de manera aguda, sesuda, lúcida– a los estados de ánimo de los protagonistas. No hay grandes artificios en toda esta producción, todo lo logra la claridad del director y la manera en la que la historia va tomando vigor más con silencios que con el mismo texto.

Personajes que en su mayoría son fríos, pálidos, circunspectos. Los diálogos parcos hacen que las secuencias sean casi que matemáticas (en el sentido de la precisión y la exactitud): inviste del sentimiento de que no sobra ni falta absolutamente nada, el silencio viene y toma el rol de llenar o eliminar lo que sea necesario. Algo así como una elocuencia de los silencios, silencios fecundos, toda una retórica del silencio. Sumado a eso, es como si siempre estuviésemos traduciendo los silencios o, lo que podría ser lo mismo, como si el silencio se transportara directo hacia nosotros y lo significáramos fácilmente. Los diálogos se encuentran plagados de respuestas monosilábicas, “Tak” (sí) y “Nie” (no), los cuales siempre están poniendo en escena la mezquindad –y una suerte de abulia– de casi todos los protagonistas.

Con respecto a la  secuencia lógica narrativa de los capítulos, ellos se entremezclan; uno concierne al otro. Además, los mandamientos se desajustan, se ponen en cuestión, cambian su condición de indiscutibles sentencias; es decir, el polaco los pone como en cuarentena (en el sentido de que los aísla para menoscabar en ellos y mostrar, a fin de cuentas, que nunca fueron tan sólidos como pensábamos). De pronto, nos daremos cuenta que algunos capítulos retratan mejor, no el mandamiento que tienen por título, sino más bien otro(s) mandamientos.

Episodios como plena abertura narrativa donde las historias no se resuelven. No es fácil para el espectador enfrentarse a cada episodio puesto que éste debe hacer una ardua tarea: la de hacer (sus) conexiones que le permitan crear y amplificar su propio sentido (porque no hay un sentido directo; quizá, ellos se encuentren más en los detalles y en los objetos que en la historia o en los personajes).

inmutaPor otro lado, vemos como los aparentes extras no son tan “extras” al fin y al cabo (es decir, como si fueran accesorios o estuvieran solo para llenar el espacio). En algunos capítulos aparecen algunos segundos de escenas que le corresponden a otros capítulos, conectándolos, haciéndolos compactos a través de la discontinuidad, creando una noción unitaria de la serie. Igualmente, nos encontraremos con objetos que se usan en varios capítulos, como por ejemplo, un equipo de sonido; veremos que los personajes habitan en el mismo edificio en reiterados episodios; asimismo, siempre distinguiremos a un rubio de unos treinta años en todos los capítulos, como un observador que no se inmuta, que siempre percata todo lo acontecido en cada capítulo, una especie de tercero, de excluido en el argumento de las historias.

Nos permitimos hacer unas breves sinopsis de cada episodio que permitan, medianamente, percibirlos y retratarlos. A modo, claro está, de invitación y de estímulo para el que lea estos párrafos.

I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Pawel, de padres separados, vive con su padre. Mantiene una relación muy próxima e íntima con él. Su padre, profesor de universidad, boga que su hijo se unte de la lógica, de la racionalidad, del pensar que todo se mide y se cuantifica. Pawel es un niño entusiasta y muy ágil con el ordenador, incluso le ayuda a ganar partidas de ajedrez a su padre. Y, como cualquier niño de su edad, no se escapa de una honda sensibilidad por todo lo existente: de la muerte de un perro congelado o el preguntar el significado de la muerte. El invierno, el infortunio y algunos malos cálculos serán de gran protagonismo en este capítulo: Tragedia y desolación.

II. No usarás el nombre de Dios en vano.

Dorotha Geller acude al médico que vive en su edificio para preguntarle sobre el futuro de su esposo, Andrjz, que padece de cáncer. Dorotha se encuentra en una disyuntiva nada común: se encuentra embarazada pero no por su esposo, y le clama con todo fervor al médico que le diga si él va vivir, puesto que de ello depende si ella aborta o no. Como si le estuviese ofreciendo al médico tirar los dados por ella, como si el médico tuviera un estatuto de Dios, de omnisciente. Dorotha, en este capítulo, nos contagia de su profuso e inacabable abatimiento. Al final, el médico jura. Lo que se daba por indiscutible y evidente da un vuelco contundente. Azar y martirio.

III. Santificarás las fiestas.

Es Noche Buena y Janusz se encuentra celebrando con su familia. Eva, ex pareja de Janusz de hace 3 años, lo visita tarde en la noche para que la ayude a buscar a su esposo que se encuentra perdido. Juntos, pasan una suerte de peripecias en la ciudad que les brindará la oportunidad de exteriorizar sus arrepentimientos y viejas pesadumbres, de hacer catarsis de sus remordimientos mutuos. ¿Se santifica la Noche Buena asistiendo a su ex mujer? o, por otro lado, ¿se peca por abandonar a su familia en tal noche? Ya se empieza a entrever como los capítulos y los mandamientos se conectan el uno con el otro, mostrando ya cómo la circularidad narrativa de la serie empieza a moldearse. En este episodio es protagónico el sentimiento de soledad y el placer áspero que son los re-encuentros con el pasado.

IV. Honrarás a padre y madre.

Anka perdió su madre desde los 5 años. Desde entonces, vive con su padre con el que mantiene una muy estrecha relación, más de amigos que de padre e hija. Mientras su padre está de viaje, Anka descubre un sobre que le dejó su madre. Cuando éste regresa, la relación entre ellos tomará un giro radical, los roles de padre y los de hija se ven trastocados y cuestionados. El capítulo interroga fuertemente este mandamiento, lo desplaza, lo sitúa en una posición paradójica. La mentira es la columna vertebral narrativa de este capítulo y, por supuesto, el sentimiento de desolación de Anka y de su padre Michal.

V. No matarás.

En una Varsovia opaca, deslucida y casi que con una atmósfera petrificada –catalizada por una fotografía sepia– se encuentra Jacek, un joven con 20 años edad, adusto y vándalo que asesina y roba a un taxista. Dos muertes se llevan a cabo: una plenamente injustificada y, la otra, aparentemente legítima y que no admite apelación alguna. El único rasgo de sensibilidad, de humanidad (en contraste con los ciudadanos que se muestran en el episodio: fríos y secos en el trato, indiferentes de lo que pasa) lo veremos en lo que será su abogado. Aquí somos espectadores de una Polonia que no ríe y que transpira descontento sumado de un estado inclemente y normalizador.

VI. No cometerás adulterio.

Hace un año, desde su ventana, Tomek, un solitario y tímido, espía a Magda, una mujer mucho mayor que él. Siempre trata de buscar todos los medios posibles para obligar encuentros con ella, le intercepta el correo, le envía giros postales falsos con la excusa de que vaya al banco (donde trabaja Tomek) para verla. Estos encuentros surten efecto y Tomek logra acercarse a la mujer de la que está enamorado, situación que termina de la manera menos prevista. Este capítulo es incisivo a la hora de mostrar el abismo que existe entre el embelesamiento amoroso, el encanto y el magnetismo que produce la atracción de una mujer, y la materialización de ese sentimiento; en otras palabras: cuando el deseo deja de fabricar, cuando la imaginación sobre ese objeto de deseo cesa, al deseo no le queda más que evaporarse.

VII. No robarás.

A los 16 años Majka tuvo que ceder su hija, Anika, a su madre para que ésta se encargara de su cuidado. Con el paso del tiempo, y reparando el inmenso afecto que logró crear su madre por Anika, Majka le exige a su madre el estatuto que le pertenece: el de verdadera progenitora de Anika. ¿Será posible robar lo que siempre le ha pertenecido? Pregunta con respuestas bastante espinosas y que, además, muestra cómo el mandamiento en cuestión queda suspendido, trastocado, pues éste no se muestra tan sólido como hemos pensado. De nuevo, nos hallamos ante un episodio que nos pervierte y nos exhorta a compartir el tenaz escenario de desolación y privación al que está condenada la protagonista.

VIII. No mentirás.

Elzbieta, traductora e investigadora de los sobrevivientes al holocausto judío, viaja a Varsovia para encontrarse con Zofia, profesora universitaria de ética. Viaje que le será  útil para poder llenar algunos vacíos de sus recuerdos, buscar justificaciones de hechos que ya se consumaron, de los que nadie quiere hablar porque, irremediablemente, evoca el fantasma demoníaco y terrorífico que fue la guerra y la posguerra para el pueblo judío. Conflictos éticos y morales, irresolubles, es con los que nos encontraremos en este capítulo, acompañados del dolor y de la gratitud, perpetuados en el tiempo que habitan a la protagonista, además de las graves consecuencias que fundó la mentira. ¿Por qué la historia se ha escrito en términos de salvadores y salvados?

IX. No codiciarás la mujer del prójimo.

La noticia de su impotencia sexual de por vida marcará un antes y un después en la vida de Roman. Con bastante contención le propone a Hanka, su esposa, que tenga un amante, a lo cual ella accederá reaciamente. Roman se vuelve, en sigilo, obsesivamente celoso hasta el punto de interceptar el teléfono y de espiarla. Todos estos avatares hacen que los pensamientos tormentosos se vayan apoderando de Roman y lo lleven a intentar suicidarse. Lo que Roman no tiene muy claro es que su esposa lo ama sensatamente. Amargo capítulo.

X. No codiciarás los bienes de tu prójimo.

Jerzy y Artur son hermanos y se vuelven a encontrar después de dos años en el funeral de su padre. Éste último ha dejado una masiva colección de sellos a la cual le dedicó toda su vida. Los hermanos pasan por una serie de vicisitudes por las implicaciones que dejó la herencia de su padre en donde el afán, la codicia y la mala suerte están inevitablemente presentes, hasta tal punto, que los lazos de hermandad se ponen en tela de juicio. ¿Cómo ser capaces de sobreponerse a ese sentimiento placentero que mana de la posesión material? Es como si siempre tuviese que llegar la desgracia y el fracaso para darnos cuenta de aquellas cosas que antes pasaron por imperceptibles e inadvertidas, esas que tienen un valor incuantificable.

Y no es que en la serie solo veamos desolación o desgarro (porque, y como aparece en cada sinopsis de los capítulos, es inevitable que la palabra desolación –o un sinónimo– no se asome en cada uno de ellos), ellas operan como unos leitmotiv que brotan en la mayoría de las secuencias y, sin duda, resulta imposible no verse afectado. Risas y alegrías a cuenta gotas, toda una creación de una atmósfera hosca y severa.

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Sin ninguna duda, y de forma contundente, podemos decir que el decálogo es experiencia del desgarro y la desolación que, como espectadores, nos sentimos envenenados por toda esa carga emocional que logra recrear Kiewslowski tan finamente, todo a su medida. Nos insertamos en la aparente austeridad de los personajes para vivir la fragilidad constitutiva de todos. Cada capítulo va dejando sus efectos, nos va minando por diferentes vías para luego converger en ese admirable pesimismo –pero a la vez, y por qué no, un pesimismo vitalicio– fílmico del polaco. Si el cine funciona como máquina de producción de empatía –en el sentido, pues, de que nos reconocemos en la pantalla y tomamos como vivencia propia lo que pasa en pantalla–,  esta serie funciona más como generadora de apatía, de impugnación, casi que nos resistimos a vivir las experiencias de los personajes de cada capítulo. Haciendo del ejercicio de ver cada capítulo, y la serie en general, algo más sustancial y penetrante, una experiencia que de verdad se sedimenta en nosotros.

Capturas de la película por el autor de este artículo.

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