LAS DISCREPANCIAS DE LA GUERRA.

Gritos, balas, estruendos, bombas, el ‘bum’ que no deja de sonar, recargan cartuchos, ajustan los fusiles, siguen los disparos, suenan los cilindrazos. ¿Quién grita? ¿Le dieron? ¡Por favor, ya paren! Hay inocentes acá, dejen escapar a los niños. ¡Escapen, ocúltense! No sabemos cuándo va a parar esto, pero ya no queremos más muertos. Se están desangrando a mi lado y hay un niño que no deja de llorar. ¿Qué hago? ¿Cómo lo ayudo? Estoy sumergido en una incertidumbre dolorosa en extremo. Yo nunca quise estar acá.

¿Cuántas personas aún guardan la esperanza de que volverán a ver a ese ser amado que un día se fue sin avisar? Ese joven o adulto que cruzó las puertas de su casa sin saber que justo ese día una bala endemoniada acabaría con todas sus aspiraciones. ¿Cómo habrá sido ese momento para sus familiares? ¿Lo mataron? ¿logró escapar? ¿volverá el dueño de ese plato de comida que se enfrió de tanto esperar? ¿y qué sentir? ¿odio? ¿rabia? ¿impotencia? ¿deseo de cobrar venganza?

Para una madre perder un hijo debe ser de los dolores más grandes de la vida, porque fue ella quién lo concibió y cuidó desde que estaba en su vientre. Es desgarrador que sean los padres quienes entierren a sus hijos y en Colombia es demasiado frecuente. Lamentablemente no se debe a causas de muerte natural, sino a una violencia que ha seguido al país durante muchos años. El desasosiego se le suma a este gran dolor, porque muchos colombianos no pueden darle una sepultura digna a ese ser amado, ya que sus cuerpos nunca aparecieron. En estas zonas atacadas por la violencia el río se convierte en otra víctima y en algunos casos, se podría decir que hasta en cómplice, pues es uno de los destinos más recurrentes de cientos de cuerpos torturados. El río va desvaneciendo la sangre que evidencia el dolor que sintió aquel ser humano cuando otro individuo decidió sobre su vida, tal vez sin que fuera su momento. Otros escenarios que impiden una despedida oficial son las fosas comunes, donde decenas de cuerpos se desintegran sin que nunca nadie sepa de su paradero.

Y es ese el punto en que se complejiza más la situación, porque fuera del dolor de ver cómo le arrebatan la vida al ser amado, aparece la incertidumbre de no ver el cuerpo de aquel que nunca volvió con vida, lo cual despierta esa sensación de negación que mata por dentro al no asimilar la muerte, al no aceptar que le hayan quitado la vida a un ser inocente que no hacía parte de esta guerra. Por esto, muchos familiares luego de este gran dolor se dan por “bien servidos” si al menos tienen la oportunidad de ver el cuerpo de aquel que esperaban y que ahora no existe, así sea un cuerpo inerte les da parte de tranquilidad, sin embargo en este país eso ni siquiera ocurre, aquí los muertos sufren aún después de su muerte y sus familiares están muertos en vida esperando.

¿Y entonces? La guerra en nuestro país es muy compleja y acaba con la vida de millones de inocentes. Muchas personas no decidieron estar ahí y los que sí, asesinan a completos desconocidos. Porque definitivamente este es un odio infundado, se mata sin saber exactamente por qué. Esos enemigos a muerte, sin importar el bando, en muchas ocasiones ni siquiera llegaron a saber el nombre de la otra persona. Si lo hicieran, si conocieran sus aspiraciones mutuas e incluso un detalle tan sencillo como el sabor de helado favorito, esto sería diferente. Pero se mata sin saber, siguiendo intereses de otros o dejándose convencer por ideales ajenos.

Solo quienes realmente han vivido la guerra pueden entender las atrocidades que allí ocurren. “De joven me gustaba la guerra, disfrutaba viendo películas sangrientas y jugando a las guerras. Pero cuando la sentí en carne propia, cuando vi muertos a mi lado, cuando me hirieron, cuando vi heridos, cuando vi a mis compañeros agonizando sin que yo pudiera hacer nada, destruido psicológica y moralmente, entendí que la guerra es buena en películas nada más”, relata Fernando Gómez, coronel retirado de la Policía.

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Foto recuperada de Sociedad Colombiana de Pediatría

Y es que es así, muchos vemos la guerra desde afuera, pero solo los que realmente estuvieron ahí o a los que la guerra les arrebató a sus familiares pueden entender las atrocidades que allí ocurren. Estoy cansada de que el ruido de las balas silencie las voces de tantos inocentes. ¿Cómo no pensar en los miles de colombianos que nunca sacarán de su mente la última mirada de ese ser amado que murió a manos de la guerra? ¡No son solo cifras! Son personas como cualquiera de nosotros. Aquí no importa qué filiación política tienen o a qué bando pertenecen, lo importante es que no puede seguir ocurriendo.

Para personas como yo, que no han vivido la guerra en carne propia, es muy difícil entender la magnitud del asunto. Normalmente me lleno de rabia por todo el mal que ha azotado a mi país, ¿merecen perdón aquellos que ejecutaron la muerte de miles y miles de personas? ¿Que torturaron y se burlaron del daño que habían causado? No lo creo. Pero cuando me topo con personas que sí sufrieron la guerra en carne propia, que vieron cómo mataban a sus familiares, que quedaron heridos, vivenciaron tantas atrocidades, y que aún así no sienten odio ni ganas de cobrar venganza, me pregunto ¿qué pasa?, ¿qué es lo que yo no entiendo que ellos sí? Y la respuesta de la mayoría es que no quieren que más personas pasen por lo que ellos vivieron, ¡todos están cansados de la guerra! Ahí logro comprender por qué a pesar del dolor que han vivido, muchos creen que la mejor solución no es enfrentar la violencia con más violencia.

Quizá Nelson Mandela tenga razón cuando dice que si pensamos bien de la gente aumentan las probabilidades de que muestren lo mejor de sí mismas. Porque no hay nadie totalmente bueno ni totalmente malo, las personas se muestran según sus contextos, y de pronto si tuviéramos la oportunidad de ser buenos con aquellos que nos hacen mal, estas personas se desarmen. Mientras que si contestamos con más odio, de seguro el odio crecerá en ambos lados y como dice Noel Palacios, sobreviviente a la Masacre de Bojayá, el daño se lo hace uno mismo, porque la otra persona sigue con su vida y es uno el que no deja de pensar en vengarse. Eso es dañino para la humanidad.

Pensaron en una idea de irse para la iglesia

porque estaban seguros de que allá nada les pasaba

como era un lugar de Dios el Señor los amparaba…

En una equivocación lanzaron una pipeta

cayó derecho en la iglesia

y acabó con muchas vidas…

La gente corría, los niños lloraban

de ver cómo su pueblo lo acababan

Yo no lo puedo creer ni lo puedo imaginar

que eso allá en Bojayá, haya podido pasar”.  

Esta canción la escuche de Noel Palacios, él mismo la compuso e interpretó con lágrimas en los ojos, habla acerca de la Masacre de Bojayá. Presenció tantas muertes que por un momento pensé que esa impotencia que él mostraba al interpretarla se convertiría en odio. Pero al escucharlo después con su alegría, sin rencor hacia ellos, tratando de construir la paz con sus acciones y sacando lo mejor de cada momento quedé desarmada, definitivamente yo no soy quién para hablar de la guerra, porque no la he vivido. Aquellos que sí lo han hecho me dan sopa y seco.

Un caso completamente diferente encontré cuando fui a la exposición Ríos y Silencios de Juan Manuel Echavarría, pues vivencié una escena muy emotiva pero en un contexto completamente diferente: Un cuadro permitió que dos grandes enemigos pudieran conocerse y reconocerse en una misma pintura. Un paramilitar y un guerrillero que se buscaban para matarse se abrazaron en ese lugar. Dejando allí todo odio que una vez pudieron haber sentido por el otro sin conocerse. Dos seres humanos como cualquiera de nosotros se sentían identificados y arrepentidos por el daño que pudieron causar.

¿Así que quiénes son los que están yendo a matar? Son personas a las que tal vez les hemos exigido la “inhumanidad”. Muchos no deciden estar allí dando bala, sino que deben hacerlo porque su vida y la de sus familias depende de ello. No lo justifico. Pero tal vez creo que merecen otra oportunidad si así lo manifiestan. Una oportunidad para mostrar que no son tan malos como se han mostrado y que pueden reparar a la comunidad de una manera productiva. No es solo el hecho de pagar con cárcel. ¡Debe haber algo más! Algo que realmente reconstruya lo que dañaron.

No estoy de acuerdo con que los problemas se solucionen por la vía armada y es bastante decepcionante que muchos grupos empiecen con ideales bellísimos y terminen haciendo aquello que dijeron odiar y matando sin mirar a quién. Repudio todo el daño que los diferentes grupos armados causaron al país, eso no tiene justificación, pero creo que deben hacer algo por reparar a las víctimas. Debe existir una justicia diferente, una que no solo sea punitiva sino constructiva, porque ¿de qué nos sirve un montón de gente llenando las cárceles sin hacer nada productivo por la sociedad?

De todas maneras no hay una sola opción válida, todas lo son. Está el que quiere perdonar y el que no. Nadie está obligado a perdonar, ni a aceptar. Pero es necesario escuchar a todo el que quiere contar su historia, sin juzgar. Como dice Nelson Mandela, “aunque permanezcamos aferrados a nuestro punto de vista, demanda que nos pongamos en la piel de aquellos de quienes discrepamos”.

El momento que estamos atravesando ahora es demasiado retante. Sé que pensar lo mejor de las personas es un riesgo, pero es uno que debemos correr en medio de este proceso, no es sencillo, pero si creemos en que aquellos que hicieron tanto daño ahora pueden cambiar, es posible construir sociedad. Y no es solo las FARC, son todos esos grupos o personas que en algún momento hicieron daño (en sí, todas las fuerzas que hacen uso de las armas para controlar la situación, siembran terror). La toma de esta decisión, de incluirlos nuevamente en la sociedad es una decisión con resultado incierto, a la que creo se debe apostar para que tal vez, lo que Nelson Mandela creyó hasta su muerte, tenga efecto: creer lo mejor de los demás para que así se muestren.

 

Maria Camila Botero

Estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, y de primer semestre de Relaciones Internacionales en la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Me gusta mucho escribir, no porque sienta que lo haga bien, sino porque me inspiro al hablar de un tema que me apasiona, y ahí lo difícil es dejar de escribir tanto. Siento que hay muchas historias que merecen ser divulgadas... si se contaran, tal vez, podrían salvar a alguien, o al menos, dar a conocer la labor que han hecho, y qué mejor que dejar un legado, para que no quede en el olvido aquello por lo que se luchó.

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  • Cata C. Dussán

    Excelente artículo!