Desaceleración económica: ¿a la vista o un hecho cumplido?

Un simple recorrido por cualquier ciudad del país permite verificar un fenómeno que evidencia la consolidación de otro mayor que tanto el Gobierno como los grandes medios de comunicación quieren ocultar con un silencio cómplice. Basta caminar unas pocas manzanas, basta con asistir a algún concurrido centro comercial y es posible encontrar varios apartamentos en venta o en arriendo. En los centros comerciales pueden apreciarse locales vacíos. Si bien es algo que aún no alarma a la ciudadanía, sí marca una tendencia. ¿Es posible que un centro comercial que hasta hace 3 años reportaba como uno de los primeros en ventas y visitantes en la ciudad, al día de hoy presente locales para alquiler o venta?

Centros comerciales con poco tiempo de inauguración aún tienen locales vacíos, incluso después de grandes campañas de lanzamiento. Barrios de diversos estratos, pero comúnmente los de estratos 3, 4 y 5 empiezan a lucir avisos de venta y alquiler. Cuando las inmobiliarias se daban el lujo de exigir requisitos salidos de una comedia barata a quienes pretendían acceder a alguno de los inmuebles de su inventario.

Es probable que para verificar lo enunciado debo remitirme a cifras claras, con porcentajes contundentes que me ayuden a probar que estamos entrando a una etapa de desaceleración económica a nivel nacional. Es probable, igualmente, que se pueda argumentar que se aproxima un año electoral, tan funesto en nuestras democracias bananeras y por lo tanto estamos a la espera de quien o quienes van a definir nuestro destino como nación en los próximos cuatro años. Pero a mi parecer, esto solo desnuda más el problema. Un problema que se puede apreciar a simple vista.

El posacuerdo que se nos mostraba como la época de prosperidad sin igual en la historia del país, hoy nos resulta que no es así por completo. No quiero decir con ello que en el conflicto nos iba mejor. Quiero decir que el país, y específicamente este Gobierno, no estaba preparado ni política, ni estatutaria, ni económica, ni estructuralmente para el fin de la confrontación con la guerrilla más antigua del continente.

La culpa no la tienen quienes de manera cansada y al mismo tiempo esperanzada, firmaron un acuerdo imperfecto, pero finalmente acuerdo. La culpa la tiene en su gran parte, el Gobierno que no supo trazar una ruta para después de las firmas. La tienen los gobiernos anteriores que sólo se interesaron por fomentar la guerra como medio de subsistencia política y económica para su beneficio particular. La tienen los gremios que sólo piensan en llenar los bolsillos de los inversores y olvidaron que la mano de obra, tanto calificada como no calificada, necesita oportunidades de progreso y crecimiento social, permitiendo que el trabajo se ofrezca a quien pida menos y no a quien lo pueda merecer por sus capacidades. Tampoco tuvieron en cuenta que llega más mano de obra en busca de oportunidades, que al verlas no son tan buenas como las que se prometieron antes de dejar las armas.

Socialmente tampoco estábamos preparados. Pertenecemos a una sociedad que es excluyente. Que no olvida y que prefiere la venganza, al perdón. Un perdón muy difícil de emitir, cuando la contraparte se muestra en casos cínica con su pasado y poco realista con su presente. La culpa también recae en los mercaderes de la capacitación laboral y la educación, que la ven como un negocio donde es mejor preparar mediocres con titulo a preparar trabajadores con formadas competencias.

Tal vez poco recuerden lo que era el SENA antes del 2002 y lo que es hoy. Y estamos hablando de una institución pública que no debe generar lucro, pero que mercadea con títulos vacíos, puesto que el aprendiz ya no debe ser integral. Sólo debe tener un título que permita que el director de turno hable de la enorme cantidad de certificados expedidos, pero que ni piense en averiguar cómo se recibe al aprendiz en las empresas, el cual no tiene elementos para aportar al desarrollo empresarial. No quiero imaginar que será entonces de aquellos institutos de formación laboral, tan descuidados por el ministerio y que hoy pululan en las ciudades con nombres cada cual más rimbombante que el otro.

¿Dónde está la inversión? Pienso que está agazapada esperando si finalmente el país sigue en su caída cada vez más estrepitosa hacia el abismo de la recesión. La desaceleración económica es un hecho. Los grandes medios de comunicación no hablan de ello, porque, primero, no da rating y, segundo, va en contravía de los deseos del mandatario de turno, que no puede decir que entregó un país peor que aquel que recibió. Y bastante mal que lo recibió.

Sólo camine un poco o desde la ventanilla de su transporte evidencie lo que aquí le comparto. Sí, me dirá usted, la gente se encuentra a montones en los centros comerciales. Sí, le responderé, cuente cuántos de ellos llevan bolsas y cuantos están comiendo helado y cuántos deben compartirlo. Cuente cuántos almacenes se encuentran en “fantásticas” promociones que son sólo “por temporada”. Temporada que al día de hoy, lleva lo corrido del año. Revise si su salario o sus ingresos le siguen alcanzando para cubrir sus necesidades que cada día son más básicas.

Tíldeme de alarmista, de terrorista. Pero aún es tiempo de cuidar sus gastos y pensar con mayor tranquilidad antes de comprar el almacén completo “porque la promoción se acaba hoy”.

Imagen: https://goo.gl/images/EbV1jV

Luis Fernando Vargas Fajardo

Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia del año 2004. Especialista en Gerencia de Proyectos, Gerencia financiera y Gerencia en riesgos y seguridad en el trabajo. Amante de lectura, el dibujo libre y descubriendo el placer de la escritura.

¿Quieres leer un poco más?