La religión y la devaluación de la mujer: “Entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna mas dañina que la mujer.”

“Entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna más dañina que la mujer.”
Juan Crisóstomo

Finalizaba la dictadura de Napoleón en 1815 mientras, en ese mismo año, en EEUU nacía Elizabeth Cady, una de las mujeres que revolucionó la historia femenina.

Durante ese mismo siglo en Reino Unido, años después ascendía al poder la Reina Victoria I, siendo un hito histórico no solo por su prologando reinado sino por los cambios políticos, económicos y tecnológicos de la época. Con la Era Victoriana, la industrialización, la llegada del ferrocarril y la máquina de vapor se impulsaron movimientos sindicalistas y el comunismo de Marx y Engels, que contribuyeron no solo a que la clase baja reclamará sus derechos, sino a que las mujeres osaran exigir la igualdad que desde la edad de bronce les fue negada.

Gracias a la explotación causada por la Monarquía y la burguesía hacia los obreros, la mujer encontró la coyuntura ideal para comenzar a exigir su inclusión en la sociedad. Así, un grupo de mujeres pensadoras no pasó por alto la religión. De modo que un día se reunieron y comenzaron a realizar textos hermenéuticos de la biblia, secularizándose de los dogmas tradicionales, puesto que los hombres se justificaban en el evangelio para oprimirlas.

Gracias a eso nació La Biblia para las mujeres, un texto que conmocionó por completo a la sociedad. El libro escrito por Elizabeth Cady fue prohibido, pues no solo iba en contra de una de las más grandes potencias: la Iglesia Católica, sino que provenía de una mujer que carecía, según la sociedad, del intelecto suficiente para realizar este tipo de escritos.

El libro dio paso a que las mujeres de la época comenzaran a dudar de los principios católicos que hasta entonces eran imposibles de refutar. Pues, luego de la edad media, la sociedad quedo gravemente herida por las guerras instauradas por la iglesia, y por tanto, ir en contra del catolicismo ponía a la mujer en riesgo de perder su reputación, que para entonces era uno de sus bienes más preciados. Pues, desde el inicio de los tiempos, la mujer intelectual fue símbolo de rebeldía y una mujer debía ser sumisa y hacer caso a su esposo.

La religión no eximía a la mujer de la opresión. Siguió atribuyéndole el calificativo de obediencia. Para Maquiavelo, la obediencia que producía la iglesia era inexorable para que el pueblo se mantuviera en orden, pues detrás de la fachada religiosa lograba imponer un carácter de docilidad, sumisión y sometimiento.

San Pablo y la tradición judía, parafraseando a Simone De Beauvoir, ordena a las mujeres a que sean discretas: “El varón no es de la mujer, sino la mujer del varón; y porque tampoco el varón fue criado por la mujer, sino la mujer por causa del varón” (…) Así como la Iglesia está sometida a Cristo, así sea sumisa en todas las cosas la mujer al marido.”

La iglesia ha tenido la imagen de la  mujer como vasalla. En la Era Victoriana las de clase alta permanecían en castillos, aprendiendo lenguas extranjeras y tocar el piano u otros instrumentos, y las de clase baja estaban ligadas a las tareas domésticas. La mujer siempre ha estado ligada al hogar, como si una mujer valiera por el tiempo que se mantiene encerrada, dedicándose a los hijos y a la domesticación. La mujer no tenía derecho a participar en esa vida política, e intelectual que conlleva lo que Estanislao Zuleta llama una educación filosófica, enfocada a formar personas que sean libres y capaces de pensar, reflexionar, siendo crítica y racional.

En muchos países del Medio Oriente en donde las guerras siguen siendo igual que en la Edad Media, la religión permite la poligamia, y en cuanto a la moda, la mujer aún debe usar prendas que ocultan su cuerpo y parte de su rostro, sin pensar si es incómodo. En cuanto a otras prácticas la mujer no tiene poder en la toma de decisiones. En occidente, por el contrario, aunque la mujer haya logrado igualdad en muchos campos, es normal observar que las cristianas, católicas, protestantes o evangélicas siguen algunos requerimientos que la iglesia les ordena.

 “Mujer, eras la puerta del diablo. Has persuadido a aquel a quien el diablo  no osaba atacar de frente. Por tu culpa ha debido morir el Hijo de Dios; deberías ir siempre vestida de luto y harapos” Tertuliano.

“Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley”. Deuteronomio 22:13-21

“Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor”. Efesios 5:22

Desde la Edad media, el hombre tomó como excusa la biblia para imponer su poder ante la mujer, pues en el evangelio se imparten algunos pasajes que disponen a tomarla como inferior.

Gracias al Concilio de Nicea en el año 585, un grupo de obispos declararon que la mujer no tenía alma y solo para 1545 se declaró, por un solo voto de diferencia, a favor de que sí tenía. Durante ese lapso se consideró a la mujer como desalmada inhumana.

Sin olvidar que las mujeres contribuyeron en gran parte a la extensión del cristianismo, pues mediante su labor humanitaria y servicios de salubridad fueron encargadas de ayudar a la humanidad en nombre de Jesús. Cooperando con la iglesia, su papel fue trascendental.

Sin distinción, la religión, sea cual sea, ha eximido a la mujer de muchos derechos, pero paulatinamente con la incorporación de movimientos sociales que comenzaron en la Era Victoriana con los derechos sufragistas, la mujer se ha esforzado en disociar de la imagen que la asemeja a un esclavo, o como en la época feudal, inferior a un caballo.

Las guerras y revoluciones han traído consigo igualdad por parte de grupos eclesiásticos opresores ante la feminidad. La iglesia ha ligado a la mujer a prácticas de abnegación netamente, y la ha hecho frustrada sexualmente.

“Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad. La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permitió a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio (…)” (1 Timoteo 2:9-15)

La “Santificación” en  -la palabra de Dios- proclamada por la Iglesia, deja a la mujer sin libertad, llena de prejuicios e injusticias sociales “¡Sé obediente! ¡compórtate bien! ¡ve a la iglesia! Es como decir: ¡NO PIENSES, NO SEAS RACIONAL, NO TE MUEVAS, NO RESPIRES!

La mujer aún es discriminada por la Iglesia, tal vez  no con prácticas físicas sino con una carga ideológica sobre lo que es o no ser una verdadera mujer, sobre si una mujer puede o no traer hijos al mundo, sobre si una mujer desea o no ser mamá, sobre si una mujer disfruta libremente su sexualidad, sobre si aborta, sobre si es homosexual, sobre si decide o no casarse, sobre si se relaciona con hombres, sobre si tiene o no practicas femeninas, sobre si usa el cabello corto, si se tatúa, si tiene perforaciones, si se pinta el pelo, si usa falda corta, si sale a altas horas de la noche, si fuma, si no sigue lo que está en boga; si es ama de casa es sumisa y si es trabajadora y consigue a alguien que le ayude en el hogar es mala madre.

¿A caso tenemos problemas para expresarnos al respecto? ¿de qué forma a contribuido la iglesia con la construcción de cánones sociales que cohíben a la mujer? Una mujer cristiana no puede usar ropa ajustada, la evangélica solo puede usar faldas largas y si es musulmana cubre su rostro.

Ahora, contrario a -La Inquisición- dónde a la mujer no se le mata por hereje, como a Juana de Arco, sino que es juzgada por los prejuicios sociales impuestos por la iglesia cristiana-católica o como le quieran llamar y con eso tiene suficiente para ser excluida y devaluada.

Se supone que un buen dogma religioso se asocia con acciones filantrópicas en donde una mujer contribuye como parte de un conglomerado social, que no está exenta de reconocerse como alguien que debe contribuir con las transformaciones de su comunidad, pero eso no la exime de disfrutar de una total libertad académica, política, laboral, sexual o ideológica.

Hoy la mujer pondera el rol de alguien que tiene en cuenta las problemáticas sociales y puede discernir con respecto a ellas y tomar acción. Una mujer que anhele la prosperidad económica sin ser conformista, como invita la iglesia cuando se refiere a la humildad y a la resignación para poder morir en paz. ¿Quién dijo que hay que ser pobre para agradar a Dios? La iglesia siempre ha dictaminado que hay que ser pobres para poder entrar al reino de los cielos.

Más allá del mundo mediático que ha banalizado a la mujer, de la sociedad que la ha hecho creer inferior y el machismo que la ha cosificado, cada mujer debería discrepar ese pensamiento y sobre todo cuestionarse: ¿Cuál es mi papel como mujer en la sociedad? ¿Qué puedo aportarle al mundo y de qué forma lo haré? Ahí radica la fuerza de la mujer, cuando descubre lo poderosa y grande que es y dedica su vida a transformar la de otros. Pero sobretodo, esto se logra mediante la auto-crítica, la independencia, la fuerza femenina, la rebeldía que le permite desligarse de los prejuicios y reconocer su poder como mujer y tener la confianza suficiente para luchar por ello. No siendo sumisa ni obediente, sino desobedeciendo cada vez que se sienta cohibida y discrepando cuando no esté de acuerdo.

Concluyo citando a Margarita Rosa de Francisco: “¡Ser mujer siempre ha dolido! Pariendo, abortando o negándonos a concebir, no tenemos salida.”

Por: Manuela Granda Loaiza @manuelagloaiza. Comunicadora social y periodista

“Seríamos peor de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida.” Mario Vargas Llosa

Imagen tomada de: https://goo.gl/TroXDx

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