¡Madre! Más que película, es una pesadilla

Quisiera empezar este artículo con el final, es decir, cuando apagan las luces y la gente se levanta poco a poco. Alguien detrás de mi esposa y de este humilde servidor dijo lapidariamente: “Películas locas y esta”. Y sí, la película es una completa locura, pero no por ello no relata, no por ello no tiene sentido, todo lo contrario; tiene muchos. Si uno captura las metáforas de manera eficiente, se verá que la película tiene varios mensajes contundentes, pero al mismo tiempo confusos en clave de pesadilla, porque esa es la estructura de la última película de Darren Aronofsky, una completa pesadilla.

¡Alerta de Spoilers!

Todo el relato empieza por una premonitoria escena de Javier Bardem ubicando una especie de joya en un estante, desde el cual toda una casa en ruinas se regenera de un terrible fuego que nos deja ya perturbados con la toma final del rostro de una mujer quemándose. Desde ahí uno ya sabe que todo va a terminal mal, como en todas las películas de Aronofsky. Y desde ese momento arranca la pesadilla enmascarada de sueño con una, como siempre, hermosa Jennifer Lawrence levantándose de una idílica habitación, con un idílico blusón recorriendo una casa que, si bien tiene cierta belleza, inconclusa pero inquietante por su soledad. Esta secuencia de paz y tranquilidad despierta el sentimiento de saber que se está frente a una especie de película de terror de esas de casa embrujada. Y tal vez esta es la virtud de la película, esa tensión que empieza como un cosquilleo inquietante y que termina siendo toda una sinfonía macabra y caótica propia de una buena canción de Cannibal Corpse, que al contrario del Cisne Negro no es la psiquis de un personaje sino, al parecer, una situación real no solo de los dos personajes principales, sino de toda la humanidad, es toda una pesadilla de la que, así queramos, no nos podemos despertar.

Se puede definir la película como una pesadilla, no solo por sus escenas grotescas, sangrientas o violentas, sino por la estructura del relato en cuanto a la deformación propia de la realidad: el tiempo, que en un inicio parece lógico, se deforma poco a poco según el relato lo requiere. El espacio: la casa, en un principio lugar racional y lógico, en lo que avanza la película, varia; una caldera esconde un tanque en un cuarto oculto, los niveles del subsuelo pierden sentido de la lógica, las escaleras se hacen abstractas e incluso toda una batalla campal entra en los espacios de la misma casa. El espacio externo a la misma se amplia y se encoje para mostrar soledad o una gran multitud de periodistas y admiradores del poeta que aparecen de la nada.

También los personajes desafían la lógica. En un comienzo la familia de este invitado molesto (Ed Harris), un médico que llega da la nada junto con una nube de problemas cada vez más descontrolados, entran y salen de la realidad de la casa sin regla alguna, terminando por una multitud de gente, soldados, madres llorando, terroristas y, una vez más, caos. Este sentido ilógico y anárquico del espacio y el tiempo tiene como fin crear el escenario propio de una pesadilla, donde ni esas dimensiones, lógicas aparentemente predecibles en nuestra realidad, no lo son en el mundo onírico. Sin embargo algo tiene más de pesadilla, o sueño, y es esa sensación que tenemos cuando nos despertamos, y es la de buscarle a ese caos sentidos o significados, que es lo que uno hace cuando sale de la sala de cine.

Uno de los sentidos más evidentes, no para todo el mundo, es el simbólico, sobre todo por la cantidad de representaciones bíblicas que se hacen; desde los hermanos Caín y Abel, en la primera escena violenta de la película, hasta la Eucaristía, en una versión grotesca, de la acción de seguidores de una religión en la que el principio y centro de la misma es comerse la carne del hijo asesinado por la misma multitud que le sigue. También están presentes las visiones modernas del Apocalipsis representado en nuestras noticias cotidianas; represión, terrorismo, guerra, fanatismo y caos. Sin embargo, las alegorías más interesantes, por ser más complejas y no tan evidentes, son las de los dos personajes principales.

El primero de estos es Javier Bardem, el poeta/artista/creador/padre, Dios en su versión precisamente de padre ante el cual todo gira, incluyendo su esposa, sus amigos, sus fans y la casa misma. Este personaje, en la visión de Aronofsky, resulta molesto por sus ambivalencias que van desde la egolatría, su crisis creativa (fastidiosa más que molesta), su crueldad para con su pareja, y su benevolencia para con sus terribles seguidores. Además de su ira desmedida seguida por el arrepentimiento. Es una lectura plana del Dios bíblico, sobre todo del que es narrado en el Antiguo Testamento, que ama y castiga a un pueblo al cual le da un hijo que debe ser sacrificado, esto ya en el Nuevo Testamento pero advertido desde el Antiguo. La lectura plana se evidencia en cuanto que Aronofsky no reconoce el simbolismo con el que se escribe la biblia, ni las metáforas mismas que plantea, es decir; la película materializa en metáfora el relato bíblico que asume como literal. Vale la pena que en este mar de analogías no se muestre la Resurrección del hijo, hecho tal vez más importante del sentido cristiano de la lectura bíblica.

Este personaje poeta/artista/creador/padre es enfrentado a la Madre, que como madre no solo representa a la virgen María o a la Madre Tierra o a Eva, sino a todo lo que el concepto que la palabra Madre representa, es decir, a todas las anteriores. Así tenemos a una impecable Jennifer Lawerence que representa lo evidente de dicho concepto: dulzura, entrega, apoyo, amor, fertilidad, sino también lo inconsciente de la madre según el psicoanálisis: lujuria, pecado, culpa, etc. Esta metáfora de la madre representa todas las representaciones del concepto mismo, desde la madre naturaleza, violentada hasta el extremo por unos invitados que poco a poco terminan por querer gobernarla hasta el ultraje, hasta la virgen María (incluyendo las demás representaciones religiosas del concepto maternal) que entrega a su hijo y ve como, con la venia del Padre, es muerto por los humanos para comérselo en un ritual que, escenificado de esta manera, parece macabro.

Esta última acción, por el devenir del relato, termina siendo la única salida: mandar todo a la mierda.

Y por último, en medio de esta dicotomía Padre/Madre, y su conflicto aparente, está la humanidad reflejada como ese invitado molesto que llega con sus problemas a dañar esta relación idílica entre Bardem y Lawrence, primero como el invitado (Harris) un probable Adán que el Poeta quiere acoger y amar por encima de su esposa, y luego de esta especie de Eva (Michelle Pfeiffer) lujuriosa y atrevida, a través de ellos se incorpora a Caín y Abel y todos los que venimos de esa espiral de odio e intrigas que es la humanidad que destruye la casa en la cual primero es invitada y luego intrusa, a esa casa que intentan arreglar a las malas (los personajes que pintan sin permiso de su dueña) hasta los que terminan por destruir y agredir, de forma explícita, a esa Madre que, conducida a hartarse y a mandar todo a la mierda, explotando la casa y toda esa molesta humanidad fanática, molesta y autodestructiva, es decir nosotros mismos. Esta última acción, por el devenir del relato, termina siendo la única salida: Mandar todo a la mierda, la destrucción de todo. Parece ser un alivio para el espectador, que odió todo ese caos que nos representa y del cual la Madre ya no puede escapar, la solución es el fin del mundo, la venganza de la Tierra para con sus incómodos y abusivos huéspedes, para que aprendamos a valorar nuestro hogar o que nos vayamos todos de una vez por todas a la porra. Sin embargo ese alivio, el de ver que por fin la pesadilla termine, y con el que entendemos el inicio de la película, no es tal, pues la explosión y el fuego dejan intacto al Padre, ese que ya nos cae gordo por su lógica sin sentido, y aun peor aún no mata a la Madre (no debe haber cosa más horrible que intentar matarse y quedar vivo. Pensé en ese momento…) por el contrario queda viva pero hecha toda un mar de dolor, heridas y desesperanza. Lo perdió todo, sólo le queda su corazón que entrega para que la pesadilla vuelva y arranque, esta vez con una Madre distinta. Así Aronofsky, al hacer un relato cíclico, refleja lo absurdo de lo humano y de nuestra historia, una historia que para el relato bíblico es lógica ya que se basa en la historia de la caída y redención de la humanidad a través de la salvación que ofrece el hijo, pero no en esta película, donde todo se va a la mierda y sin embargo vuelve y arranca de nuevo; el mismo Padre con otra Madre y muy seguramente la misma humanidad por los siglos de los siglos.

Esta película da un respirito en un año que ha sido bastante aburridor en términos de estrenos, y pese a los tomatazos que le ha dado la crítica a la película, no es solo una locura sin sentido, como expresaba nuestra compañera de sala al final del film, esta obra de Aronofski es buena en cuanto a que permite muchas lecturas a muchos niveles, es inquietante, mueve de alguna forma al espectador, es impredecible y, en algún sentido, criptica, en un mundo como el del cine, donde los discursos y los relatos son, la gran mayoría de las veces, evidentes y predecibles (si no, basados en comics, libros o hechos históricos, por no hablar de la enfermedad de las secuelas y precuelas). No es la mejor película de la historia, no es la mejor película de Aronofski, no lo convierte en genio, toma prestado de muchas cintas, sus metáforas ya digeridas son incluso hasta vulgares, pero es novedosa y deja cosas para ir pensado mientras, por lo menos, uno va caminando por el centro comercial de vuelta a la casa… eso sí, voy a pensarlo dos veces cada vez que tenga un invitado.

Calificación: ✰✰✰✰

Imagen tomada de: goo.gl/dwwsrv 

Carlos Arturo Rojas

Diseñador gráfico, historiador y magister en Museología y gestión del patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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