El cuento del terrorismo

 

Cuando hablamos de terrorismo los hombres de bien, por definición, sufren una erección de toda la pelambre corporal, es decir, se erizan, se escandalizan; entonces elevan las banderas de la ultrasensatez y exponen los carnés que los acreditan como integrantes de la cofradía de defensa de la vida, salen a las calles a manifestarse o hacen veladas lúgubres y otras reuniones aupadas por los medios.

La tristeza en esta historia comienza con todo este gentío manipulado que nunca se ha preguntado por el “cuento” del terrorismo: quién, cómo, cuándo y dónde. Para ello basta simplemente con entender que el concepto de “terrorismo” fue una de las ideas más importantes de aquellos que “organizan el mundo”, una estrategia que solapadamente puede movilizar a una masa de individuos hacia un propósito ajeno sin que exista cuestionamiento alrededor.

Es la venta del paradigma de la corrección política en el cual aquellos que se oponen al terrorismo son, sin duda, los poseedores de la razón, pero ¿quién señala al terrorista? Para comenzar, los gobiernos que luchan contra el terrorismo imponen a su contradictor este rótulo, y la prensa se encarga de describir el prototipo y de encender la mecha de la indignación: para un europeo o un “gringo” lleva turbante, barba abundante y se arrastran para orar a Alá; para un colombiano, también lleva barba abundante pero viste camuflado, huele a feo y vive entre el monte. Ambos tienen la fijación de asesinar soldados inofensivos que entregan su vida por “nuestra causa” y, en otras ocasiones, gustan de exterminar a la población civil, lo cual si fuera cierto sería reprobable.

Con base en imaginarios como este, un presidente vesánico quiere crear muros y prohibir el ingreso a su país de personas solo porque profesen la religión de Mahoma, y, por otro lado, los dueños del mundo coordinan estrategias de erradicación indiscriminada de sospechosos en los países donde afirman: “reina el terrorismo”.

Aquí cabe preguntar ¿no es esto otra forma de lo mismo? Asombra ver el número de vidas que cobran esas masacres repentinas en España, en Inglaterra, en Francia… Pero ¿alguien se ha preguntado por los bombardeos sin pudor que estos gobiernos lanzan sobre las naciones del Medio Oriente?

Aquí, no más, al sur de este país: agentes de la Policía masacran a un grupo de campesinos con una excusa sacada del sombrero: la fracasada lucha contra las drogas. Ocultan el crimen de Estado con excusas ruines que victimizan más a las familias de los muertos, todo con la bendición de nuestro Gobierno que define la política pública del olvido que alcanza en exceso al pueblo de Tumaco.

Ejemplos como estos hay por canastas como el tristemente célebre abuso de Israel contra Palestina, que busca, si no exterminar, por lo menos expulsar a todo ciudadano palestino que defienda su tierra. La estratagema de crear una lista de buscados, de perseguir a unos individuos, por supuesto, nunca tiene aquel objetivo altruista que simulan; siempre esconde un interés de colonizar además de la economía, la política, la cultura para conservar el dominio supremo sobre el planeta: con un aparente atentado del extremismo islámico, ocupan una porción de terreno con la excusa de luchar contra el terrorismo.

En nuestro territorio, con la misma excusa, se asesinan jóvenes y los disfrazan con la indumentaria de “los terroristas” para conseguir beneficios, inmundos por el ardid que usan para lograrlos. Es allí donde está el régimen del verdadero terror con que inundan las cabezas, los bolsillos, los bolsos de los ciudadanos que desconfían del prójimo a quien miran con odio por empujarlo en el bus repleto; donde solo la integridad del Yo prevalece; el resto no importa o quizás sí importa, pero cuando desde un parlante una voz visceral o una pantalla con una cara empañetada de polvo compacto nos ordena unirnos para decir ¡No al terrorismo!

Esta es otra ficción, construida sesudamente por los dueños del mundo. Una forma más de ponernos a cantar en el mismo coro destemplado de la historia donde solo quienes apoyan la ortodoxia y los paradigmas vigentes pueden entrar en los libros cargados en hombros, como adalides, paladines o con otras denominaciones aparatosas que los perfumen para la posteridad.

Imagen tomada de: http://bit.ly/2hGhYGM

Latest posts by Lucas Herrera (see all)

¿Quieres leer un poco más?