La société du spectacle

“Y sin duda nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser.”
Feuerbach

Ante la situación actual, he aceptado la conclusión de que el humano (y aún más el contemporáneo) vive para agradar al otro, pues llega a modificar su imagen, sus gustos y, en general, toda su forma de pensar para formar parte de un grupo social. Sin embargo, esto también hace parte del hombre como ser social que afirmaba Aristóteles, y es que este fenómeno no es algo exclusivo del siglo XXI, de por sí, esta consigna filosófica es irrebatible y ha sido discutida a lo largo de los siglos. El ser humano llega a ser lo que es por medio de todas las experiencias que ha experimentado con el mundo social. Y es que los ecos de esto se oyen en los poemas de Borges y en la contundente frase de Rimbaud: “el yo es otro”.

Sin embargo, el concepto de “encajar” socialmente va un poco más allá de la construcción social que se hace como persona. Porque si bien es cierto que el hombre forma su carácter a través de las experiencias sociales que ha tenido, eso no implica per se que busque la aceptación del otro, el otro es un “medio”, por así decirlo, para construirse como persona, pero la idea de que el otro lo acepte, es producto de los sentimientos que convergen en la experiencia personal con el mundo social, pues puede sentir el deseo de aprobación como también puede que esa aprobación le sea indiferente.

7.No obstante, hay que partir del hecho de que sí se genera en la persona ese deseo de aceptación. Estamos evidentemente en la esfera de las pasiones internas del ser humano, y la cuestión acá es hasta qué punto el hombre puede llegar, cuando es movido por un deseo o por una pasión, para lograr la aceptación del otro. Esa es la pregunta clave de la sociedad actual, eso es lo que debería preocuparnos, porque ante la urgencia de aceptación del otro, es como si el hombre, como ser natural que es, despertara su instinto de supervivencia, ese instinto que le indica hacer lo que sea necesario para no morir, no morir socialmente. En este punto quiero recordar el pensamiento de Arthur Schopenhauer pues para él “el instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad”. En este sentido, el instinto de supervivencia que, como indiqué, hace que el hombre no se deje morir socialmente, está impulsado por el deseo de ser aceptado y el miedo a ser excluido (que no son diametralmente opuestos) y es el miedo el que lleva a las personas al borde de un abismo. Claro está que la cuestión en este artículo no es plantear un tratado filosófico acerca de esta problemática pero sí dar unas pinceladas en este plano, sobretodo tomando en cuenta la influencia de las redes sociales en el mundo contemporáneo.

El problema, creo yo, si bien no es exclusivo de la época actual, sí se encuentra mucho más marcado debido a que el ser humano se encuentra en una situación de “exposición social” mucho más grande que en épocas anteriores, esto debido a la proliferación de los medios masivos de comunicación y las redes sociales. Por un lado el ser humano está siendo bombardeado constantemente con diversa información sobre el estereotipo de persona ideal (la publicidad como una de las grandes influencias, pero no sólo aquí sino, por ejemplo, en los mismos medios televisivos), y por otro lado está la constante exposición de su vida ante el mundo, pero no sólo es una exposición inocente, es la creación de ficciones del ser que se muestran cual obra de arte en un museo, a la espera del juicio de los receptores pues éste será motivo de un cambio o de una aprobación de sí mismo, o más bien, de aquella ficción que exhibimos.

Como si nuestra vida fuese un espectáculo constante, con un público muy exigente (aunque respecto a éste también existe la ilusión de aprobación pues el “permiso para seguir” da la opción de elegir el jurado a nuestra conveniencia). Este público es el encargado de evaluar si el contenido del show es bueno o malo y, como en todo espectáculo, compitiendo con otros, se trata de igualar en calidad a los que son mejor calificados, siempre queriendo complacer al público. Esto me recuerda al capítulo Fifteen Million Merits de Black Mirror… ¡Ay de nuestra sociedad!

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Less clothes ⇒ more likes

“El escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad.”
Mario Vargas Llosa

La pregunta que vendría ahora es, ¿cómo se complace al público, bajo qué criterios se juzga para decidir si el espectáculo es lo suficientemente bueno o no?

8.Según Guy Deboard “todos los expertos pertenecen a los medios y al Estado, por eso se les reconoce como expertos,  [pero] el experto que mejor sirve es, desde luego, el experto que miente”. En su misma línea argumentativa y, dejando por un momento de lado el concepto del Estado como órgano supremo del poder, tenemos pues que quien verdaderamente impone a la sociedad lo que debe ser, o no, un buen espectáculo es un “experto”, y ese experto, está dominado o bien por el Estado (concepto en el que no ahondaré en esta ocasión) o bien por los medios. La elección de estos expertos recuerda a la elección de los jueces de programas como Yo me llamo, pues son artistas del medio, avalados por una mayoría y que están ahí en pro de dar un espectáculo, no precisamente para evaluar el nivel musical.

6.Este mismo autor postula que “el mundo se divide entre una minoría perversa que domina el mundo a través de la desinformación y los ingenuos que la aceptan”, así que si lo relacionamos con este tema en particular, tendríamos que la minoría perversa que domina el mundo son en realidad los magnates de los medios, esas voces detrás del telón que están tratando de vender un concepto de lo que es interesante o bueno a través de esos a quienes denominamos “expertos” y los “ingenuos” que la aceptan (como ha sido dicho con motivaciones ocultas como una intención económica, tema que aunque puede dar pie para un debate muy interesante no lo abordaré en esta intervención). Aunque no deja de ser una dualidad muy reducida en el amplio espectro de la sociedad del espectáculo.

“En la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.”
Mario Vargas Llosa

¿Qué somos entonces? ¿Simples títeres de un pequeño grupo que quiere dominarnos a través de la necesidad de aprobación del ser humano? Esa necesidad que tiene como consecuencia que nos convirtamos en ese deber ser que se promulga socialmente. Estoy escribiendo sobre el espectáculo en un medio de comunicación, por ello no resulta necesaria la satanización de los medios, más bien, como con las artes, lo importante es el uso de estos. Pero más allá de todo esto hay una cuestión aún más importante por debatirse: ¿resulta necesario diluir el ser en las consignas impuestas para ser aprobado en la esfera social, simplemente para sobrevivir, para no morir socialmente, para no caer en esa oscura y terrible soledad que tanto tememos que nos desgarre? De ser así, ¿qué nos queda del ser? ¿Qué queda de nosotros mismos?…

Por: Natalia Díaz. Estudiante de Derecho de la Universidad de los Andes.

Latest posts by reflexionesfilosoficassite (see all)

¿Quieres leer un poco más?