Si tengo perros…¿Pa’ qué más?

¿Por qué amar a los animales? Porque lo dan todo, sin pedir nada. Porque ante el poder del hombre que cuenta con armas… son indefensos. Porque son eternos niños, porque no saben de odios, ni guerras. Porque no conocen el dinero y se conforman solo con un techo donde guarecerse del frío. Porque se dan a entender sin palabras, porque su mirada es pura como su alma. Porque no saben de envidia ni rencores, porque el perdón es algo natural en ellos. Porque saben amar con lealtad y fidelidad. Porque dan vida sin tener que ir a una lujosa clínica. Porque no compran amor, simplemente lo esperan y porque son nuestros compañeros, eternos amigos que nunca traicionan. ¡Porque están vivos! Por esto y mil cosas más, merecen nuestro amor. Si aprendemos a amarlos como lo merecen… estaremos más cerca de Dios. – Madre Teresa de Calcuta.

LA RUTINA

A las tres y media de la mañana, en un frío lugar de Cundinamarca, exactamente en La Pradera, una mujer de 62 años ya está despierta y lista para atender a sus más de 100 perros. El frío se apodera de toda la vereda, en ocasiones alcanza los -3°C y aún así debe enfrentarse a la helada. Afortunadamente, duerme con cinco de sus perros, quienes le brindan calor: Venus, una perrita ciega; Nana, otra que va hacia el mismo triste camino; Luna, una que se está quedando sin dientes; Toto, un perrito café al que le gusta hacerse debajo de Nana; y Niña, una perrita negrita a quien rescató de unos campesinos que la tenían metida en una caneca, sin agua y sin comida, siendo apenas una bebé.

Es esta última quien, si se da cuenta que su salvadora aún no se ha levantado, le quita la cobija para que se ocupe de ellos. Así que a las 4 y 15 por tardar, después de haber hecho algo de maña ‘chocholeando’ a los perros que tiene más cerca, Doris Meneses se levanta de la cama, tiritando del frío que ni las cinco cobijas que la cubren ni el calor de sus peludos logran disuadir. Se pone un abrigo grueso que la aclimata un poco, sube bien la cremallera y se engargola una bufanda en el cuello para enfrentar la lluvia que casi nunca falta. Abre la puerta para que los doce perros que tiene dentro del cuarto salgan a hacer sus necesidades. Todos corren para salir, menos Venus. Agarra una linterna de minero y se dirige a la cocina para prepararse una aromática de yerbabuena. Se la toma. A las 4 y 20 se dirige al patio trasero a limpiar los estragos que han ocasionado sus queridos animalitos. Alumbra para no pisar el popó, y lo recoge sin rabia, sin ninguna queja. Mientras lo hace les va hablando, los regaña, les grita para que obedezcan, para que hagan silencio y se comporten, tal como lo haría una madre con sus hijos. Aproximadamente a las 5 de la mañana, cuando ha terminado de recoger todo el reguero del patio trasero y de las jaulas que quedan frente a la habitación, vuelve a la cocina y coloca dos olletas con agua en la estufa: una para hacer el chocolate y otra para “echarse una chapuceadita”, como ella dice. Mientras el agua calienta se dirige al cuarto porque escucha llorar a Venus, lo que significa que quiere ayuda para bajar de la cama a hacer sus necesidades.

 – ¡Ay, juemadre!, se me va a mojar, vaya mamá y haga chichí y popó rápido pa’ entrarla. No se demore que está haciendo frío – le dice mientras la sujeta para ponerla en el suelo-.

Venus es una pequeña perrita blanca que fue perdiendo la visibilidad poco a poco. Es por esto que necesita atención, porque si no, se queda dando vueltas afuera sin saber cómo volver. El único sitio al que sabe llegar sin ayuda es el rincón de la cama donde permanece.

A las 5:40 le da comida a los perros, empieza por los de la jaula de en frente. Se sabe el nombre de cada uno de ellos. Todos tienen su propio plato y un rincón especial para comer. Sabe cuáles comen de primeras, quiénes son los pelietas y a cuáles debe ablandarles la comida porque no tienen dientes. Doris va llamándolos en orden y ellos acuden al llamado del mismo modo, en orden. No se alborotan ni se comen lo que hay en otros platos que no es de ellos. Es asombrosa la manera en que todos la obedecen y comen en círculo, ¡yo ni siquiera puedo lograr que mi perro se acerque cuando lo llamo! Una vez que todos los del primer corral están comidos y felices, cuenta nueve platos más y alimenta a los que duermen afuera, justo en donde comienza el refugio. Ellos salen de sus casas y se emocionan porque saben que llegó la hora feliz: ¡a comer!

Y empieza:

 – ¡Sansón! Tome. Cuatro manotadas. ¡Venga mi Sasha, venga! – para ella las mismas cuatro manotadas, al igual que a Pecas, Lupe y Muñeca – A usted Blanquito, le echo un poquito más porque casi no comió ayer, solo tres pepitas y ya, coma papá.

Después le da comida a Safira, plato lleno porque desayuna bien. Otro platado para Abuelito, que está castigado por agarrarse con Blanquito y no comerá con los otros perros. Queda sobrando un plato…

 – ¡Ay! La pitbull, todavía no me acostumbro a ella, es que la trajeron hace unos días. A ella le combino el concentrado con un poquito de este otro (un Hills que le donaron) porque está muy flaca. Los dueños la abandonaron porque se iban a otra finca donde no la recibían. Es toda noble. Llegó aquí con un alambre amarrado del cuello que le sacaba ampollas y chorreaba sangre, la he curado un poquito, ¿pero sí ve? todavía tiene esos granos inmundos y una rasquiña que no se le ha querido quitar, toca es deparasitarla.

 – Deben sentirse muy tristes, ¿no? – le dije – acostumbrados a que los tengan en un hogar y luego los boten como si fueran cualquier trapo sucio.

 – ¿Sabe que ella no? – me respondió con cierto tono de melancolía -, eso llegó feliz cuando la dejaron acá, ¡ay! a ella le parecía mentira, corría por ahí y luego se metió en esa casa como ¡uy, qué delicia de cama! Los muchachos que la trajeron se dieron cuenta, yo les dije ¡vean eso!, ¿dónde la tenían metida?, porque mírela. Me dijeron que le tenían su casa y todo, já, pero quién sabe.

Deben ser las 6 y 20 de la mañana, la tarea de esta enérgica mujer apenas empieza. Camina hacia los otros corrales que se encuentran en la parte de abajo. No va sola, la acompaña  Pecas, la más sonriente de todas las perritas que he conocido hasta el momento; Safira, una hermosa Chow Chow que de bebé era quemada por un habitante de calle con cigarrillo, por esto le tiene cierto recelo a los hombres; y Lupe, la primera que está saludando a la visita, la que más rápido mueve la cola y que brinca tan alto que logra robarse los besos de quien esté a su alrededor. A veces Sansón se une al viaje.

Antes de entrar al corral, deben hacer una parada, así que se dirigen a un chorrito que viene desde abajo de la finca y termina en media caneca azul volteada, que doña Doris adaptó. Es común que el agua venga llena de barro, pero hoy está limpia. Es de este chorrito que se saca el agua para los perros. Doris llena dos botellones de 5 litros cada uno, quedan a rebosar. Los cierra muy bien y los carga, uno en cada mano, sin una mínima expresión de esfuerzo en su cara. Camina unos pasos más y llega a la improvisada puerta que construyeron para sellar el corral. Está llena de alambres y remiendos para que los perros no logren salirse. Pone las botellas en el suelo, levanta unos cerrojos y quita otros alambres, hasta que puede entrar. Los perros que la acompañan la empujan para entrar, y los que están dentro, la empujan para salir. Ella toma el control a punta de gritos:

 – ¡Oleeee, que me tumban! ¡Quiten de ahí, zape, zape! Bueno, echen pa’ allá, no se me va a salir nadie porque les zangoloteo el rabo.

Los perros se le abalanzan, la lamen, ladran, lloriquean, y la siguen como si fuera un ser divino que merece toda la pleitesía del mundo, por lo que hacen todo lo que está al alcance para llamar su atención. Ella les pregunta cómo están y les habla mientras va repartiendo caricias cual cantante reparte autógrafos. Es una celebridad entre los caninos.

El protocolo ahí abajo es igual que arriba, así que rápidamente  debe recoger el popó de todos esos perros. ¡Qué delicia!, ¿no? Para ella no es problema, dice que se ha acostumbrado, y cómo no si es su día a día… Después tiene que alimentarlos, y lo hace igual que en los otros lados. Entra corral por corral, separa los platos que corresponden a cada uno, y les sirve según lo que ellos requieren, ‘chocholeándolos’ como siempre. Si alguno está enfermo saca de un bolsito que siempre carga, el medicamento que necesita. Pero ahí también lleva tornillos, tijeras, alambres, desparasitantes, linterna, bolsas… ¡casi de todo!, no sé cómo le cabe.  

Se repite el mismo cuento, pero con diferentes perros… y así continúa, cuenta la historia de cada perro, describe su personalidad, comenta cómo curó a algunos “con pedazos de mico”, cómo los rescató y cómo resultaron en su refugio. Habla y habla de sus perros, no se cansa, no hay tema en que no los incluya y siempre hay algo nuevo para escuchar.  Ahora debe dirigirse al último corral, que se encuentra arriba. Allí recurre al mismo mecanismo, limpia y alimenta a los cinco perros que hay.

A las 11 de la mañana, por tardar, Doris está almorzando. Aparte de los perros, su única compañía es la radio donde escucha noticias y programas religiosos. Desde chiquita ha sido muy entregada a Dios, y asegura que es por esta razón que él nunca la ha desamparado sino que la ha ayudado. “La caca que me tocó comer a mí en la vida no es cualquier cosa, yo aguanté pura y física hambre”, me dice con convicción.

Luego de almorzar y descansar un rato, continúa su jornada. Recibe todo el amor que sus perros tienen para darle mediante lengüetazos y miradas, esas miradas que todo lo comunican. Y sigue con la ronda de vigilancia, repite el proceso de la alimentación, pero varían las cantidades… ya conoce las mañas de cada uno. Si llueve, que es lo más probable, todo sigue su curso, no es impedimento, cambia solo su vestuario por uno más adecuado… A las 6 de la tarde ya está rendida y acostada en su cama. Si tuvo suerte e hizo sol, el panel de energía solar estará cargado y tendrá luz en la noche, si no, le toca a punta de vela. Así que buenas noches, doña Doris.

MÁS TERCA QUE UNA MULA

 -Un día a las 7 de la mañana llegaron tres camiones por ella y chao. No nos avisó nada, solo encaramó a sus animales. No se llevó cama ni nada, apenas su ropa.

Así recuerda Augusto Duque Meneses, ese día en que su mamá decidió irse de la casa, para no volver. Y es que para ese momento, Doris vivía en Ciudad Jardín con su esposo, sus hijos y sus 20 perros. Pero esto ya le estaba molestando a la familia, y a pesar de que la casa era muy grande, ellos sentían que la situación se estaba saliendo de control. Eso hizo que la relación decayera. Augusto asegura que su madre es tan consciente tanto del sufrimiento animal como el del ser humano, y por este motivo decidió establecerse en Zipacón a vivir solamente con sus animales.

Ninguno estuvo de acuerdo en que Doris se fuera para crear un refugio, ni los familiares lejanos que no les hablaban, pues se enteraron y trataron de persuadirla para que “recapacitara”. Pero ella estaba convencida de lo que hacía y no se retractaría por nada del mundo. Su familia cercana no trató de detenerla porque ya “sabían cómo era el negocio” y no había poder humano que le quitara esa idea de la cabeza.

 – A mí no me gustaba para nada, no entendía cómo se iba a dedicar a perros callejeros… aguantar ese olor, recoger heces y soportar muchas cosas difíciles como conseguir el alimento y un espacio adecuado. Eso fue un choque tremendo en la familia, mi papá hasta el día de su muerte estuvo en desacuerdo y duré sin hablarle a ella como ocho meses. Pero mi mamá en su guerra personal logró ayudar a muchos animalitos, y con el paso del tiempo me fue cambiando, hasta que entendí esa labor tan bonita que estaba haciendo y ahora se la aplaudo porque no es fácil. -Dice Augusto-.

Doris empezó recogiendo perros hace 36 años. Sus primeros ‘pinitos’ fueron en la terraza de un vecino, que le permitió tenerlos ahí a cambio de que alimentara a los perros de él, más 50 mil pesos. Al mismo tiempo recogía animales en la casa de Ciudad Jardín. Después se trasladó a un solar en Bogotá que ella describe como un lugar lleno de frutos de todo tipo, alcanzó a tener 20 perros, pero la sacaron porque construyeron unos apartamentos. Así que tuvo que irse para una ladrillera, que era una montaña como La Pradera, como en ese tiempo seguía viviendo en la casa, tenía que desplazarse todos lo días hacia allá a darles comida a los animales y soltarlos para que corrieran. El siguiente lugar fue Zipacón, y desde ese momento se dedicó las 24 horas del día a los perros, duró seis años y alcanzó a tener 115 peludos. El problema mayor fue que al lado de la casa había una invasión y robaban mucho.

 – ¡Uy!, eso era impresionante, yo no podía ir ni al lado a darle comida a unos gatos y perros, porque cuando llegaba me habían robado la comida y las ollas. Con decirle que yo no podía lavar las cobijas y tenderlas porque se las llevaban -relata Doris-.

Aparte de que robaban, Augusto dice que según las cuentas que alcanzó a hacer, envenenaron más de 45 perros en el refugio, y en los últimos meses, eran dos y tres diarios. “Ya estaba peligrando mi mamá, ¿y ella qué estaba haciendo? ¡ayudando!”.

A causa del envenenamiento y el peligro constante de Zipacón, Doris tuvo que trasladarse con los 40 perros que le quedaban al lugar en el que se encuentra hasta el momento: La Pradera. Pero allí las cosas no fueron muy diferentes, pues los vecinos le hicieron la vida imposible, pusieron quejas, tutelas, demandas, enviaron a la Policía, a la CAR, a la Alcaldía… todo para tratar de cerrar el refugio. Como nada funcionó también usaron la técnica del envenenamiento, y el 1 de diciembre de 2015, El Tiempo publicó una noticia titulada Alguien está matando a los perros rescatados en Subachoque y Zipacón, que relata cómo siete perros del refugio fueron asesinados con un fulminante veneno que no permitió salvarlos “dándoles leche y haciéndolos vomitar”, porque les paralizó el corazón en cuestión de minutos.

FOTO 4Tomada por: Maria Camila Botero Castro

LA ADOPCIÓN ES COSA SERIA

María Paula, una voluntaria que visita de vez en cuando el refugio me cuenta que algunos vecinos le tienen rabia a Doris y se molestan porque van a pedirle perros regalados y ella no los entrega si no sabe en qué manos quedan y cuál es el trato que le van a dar. “Se preocupa mucho por el destino de los perritos”.

 – Yo molesto mucho para dar un perro en adopción porque la gente se aburre y vuelve y los bota, por eso me gusta asegurarme que queden en buenas manos, y hacerles el seguimiento. – Comenta Doris-. Les digo a todos los que vienen a adoptar que si el perro no se adapta a ellos no lo tiren, sino que me los traigan otra vez y yo lo recibo. Acá han venido a discutirme algunas personas porque no les suelto los perros. Una me dijo que yo era una vieja loca acumuladora porque no daba perros pa’ finca, que yo estaba llena de trabajo y enferma. Diga lo que quiera, le dije, pero no se lo doy.

¿Y ANTES DEL REFUGIO QUÉ?

 – Yo nací en Cota. Mi papá toda la vida me negó porque había puras hijas y quería que cuando yo naciera, fuera hombre, pero como nací mujer, me echó en la mala y ahí mismito se separó de mi mamá. Entonces, mi mamá toda la vida me echó en cara eso, terminé pagando el pato.

¿Y cuál fue su error? No ser deseada. Y lo peor, es que es el hombre el que biológicamente, define el sexo del bebé. ¡Y claro!, tiempo después la mamá de Doris consiguió otro esposo y con él tuvo tres hijos varones, pero nunca dejó de culparla por la separación.

La relación de ella con su madre no fue buena, aunque dice que tiene su conciencia limpia porque la ayudó en lo que necesitara hasta el día de su muerte.  A pesar de que a los siete años la envió a una casa de familia, no le guarda rencor. El mismo día que la dejó allí, se ‘voló’ y se fue para donde su abuelita. Solo estudió hasta 5to de primaria, pero se lo financió sin ayuda de su madre. Cuando era adolescente quiso entrar a un curso de inglés porque siempre le llamó la atención, pero tampoco recibió ayuda. Al final no pudo hacerlo, pero toda la vida le ha gustado trabajar. Hizo varios cursos de manualidades para distraerse. Montó un negocio con sus ahorritos, pero le hicieron cerrarlo con la excusa de que debía estar pendiente de su hogar.

Arturo, la persona con la que se casó no era como creyó al principio. Cambió completamente. Cuando ella tuvo dos hijos con él, se volvió alcohólico, y tiempo después, metía a diferentes mujeres en la casa. Cansada de toda esa situación, Doris se refugió en los animales, porque en ellos encontró eso que le hacía falta y le daba felicidad.

 – ¿No hay momentos en que extrañes tu vida anterior? -le pregunté-

 – ¡Noooo! El día en que estábamos velando a mi esposo en la funeraria tuve un agarrón con mi suegro porque me dijo “deje todos esos canchosos y váyase pa’ la casa, eso usted no tiene que andar por allá”,  y yo le dije no, cuando yo necesité apoyo ¿sabe quién me amparó a mí?, ¿sabe quién me dio la ayuda que necesitaba?, ¡los perros! Entonces yo no los dejo tirados por nada del mundo.

HACEN OCHAS Y PANOCHAS CON MIS POBRES ANIMALES

 – Yo estoy sintiendo que tiro la toalla, me siento muy enferma, y eso me pone triste porque me da angustia pensar en mis animalitos cuando yo falte. Nadie sabe el manejo de estos animales como yo, nadie los consiente como yo, nadie los paladea como yo, nadie les da la comidita como yo, ¡nadie! -dice Doris nostálgica, a punto de llorar- ¿y todos los que duermen conmigo qué? Yo los miro por la noche todos acostaditos al lado mío y pienso qué será de ellos. Ojalá no me pase nada porque entran acá y hacen ochas y panochas con mis pobres animales.

Aunque han buscado a una persona que la ayude en el refugio, nadie acepta. También le asusta la mala recepción de la señal: dura días de días incomunicada, y en una emergencia no podría hacer nada. Dice que ha durado meses sin que alguien vaya a verla. El año pasado casi nadie fue a visitarla.

TANTO AMOR ES POSIBLE

 -El trato de ella hacia los animales es impresionante -opina María Paula- los ‘rehabilita’, porque algunos llegan agresivos por el mismo maltrato que recibían, pero logra que se vuelvan muy nobles.

Augusto también elogia el refugio de su mamá, no por ser el hijo, sino porque admira esa desinteresada labor y asegura que no ha conocido un lugar parecido a ese.

 – Mi mamá se entrega cien por ciento al refugio. Vive ahí, y aunque está casi siempre sola, los atiende, los cura, los limpia y los cuida mejor que cualquiera. Hasta el día de hoy, y en el tiempo que ella lleva ahí, nunca les ha faltado el alimento ni en el día ni en la noche a esos animales.

La situación actual del refugio no es la mejor pues hace algunos meses le están pidiendo el lugar a Doris, y a pesar de todo el esfuerzo que ella dedica a este hogar, las complicaciones nunca faltan.

Yerly Mozo, directora de la Fundación Yerly Mozo, me dice que es cada vez más frecuente encontrar que las autoridades desalojen refugios cuando la culpa no es ni de los animales ni de las personas que deciden recogerlos. Agrega que, “es un tema muy serio, las autoridades deben brindar atención a esta problemática que está desbordada. No es un asunto que afecta solo a los animales, sino también a los humanos en temas psicológicos, sanitarios y de salud, por lo tanto, creo que hay cuatro cosas importantes para acabar con este problema de raíz:

  1. Reglamentar la reproducción de animales en los criaderos y prohibir a las personas naturales sacar crías de sus mascotas.
  2. Realizar un potente programa de esterilización en el país.
  3. Educar para que los colombianos tomen conciencia de la problemática y se unan a la adopción responsable.
  4. Que las leyes que protegen a los animales, como la ley 1774 de 2016 y el estatuto 84 de 1989 se respete como es debido.”

Doris, esa persona comprometida tiene claro que en su vida lo material ya no tiene espacio, ahora lo que le importa es llevar una vida tranquila y en paz. Gozando de salud y sabiendo que sus animales y sus hijos están bien, de resto le ‘resbala’.

 – ¿Si no te hubieras dedicado a cuidar perros, qué te habría gustado hacer?

 – Antes estaba unida a unas señoras que se llaman las Damas Rosadas, son voluntarias que van a Ciudad Bolívar para ayudar a niños huérfanos y personas necesitadas. Pero me cansé de eso porque la gente es muy desagradecida, ¡antes se ponen bravos! – dice con un marcado acento cotense -. Pienso que el ser humano es lo más desagradecido que puede haber en la vida… Mientras que los perros no, los perros no son desagradecidos. Dan el amor más puro de todos sin esperar nada a cambio, así que no me gustaría hacer nada más aparte de quedarme con ellos.

Este inmesurable esfuerzo y amor hacia los animales no se lo quita nadie, ¿tan puro puede ser el amor que brindan los perros que en su compañía sientes que nada más falta? Solo lo podremos entender si nos entregamos en cuerpo y alma a ellos como solo esta mujer sabe.
Escrito por: Maria Camila Botero Castro, estudiante de Comunicación Social y Relaciones Internacionales.

Maria Camila Botero

Estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, y de primer semestre de Relaciones Internacionales en la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Me gusta mucho escribir, no porque sienta que lo haga bien, sino porque me inspiro al hablar de un tema que me apasiona, y ahí lo difícil es dejar de escribir tanto. Siento que hay muchas historias que merecen ser divulgadas... si se contaran, tal vez, podrían salvar a alguien, o al menos, dar a conocer la labor que han hecho, y qué mejor que dejar un legado, para que no quede en el olvido aquello por lo que se luchó.

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