La degeneración de la música tiene sabor latino

Hace algunos días, me encontraba escuchando algún programa de radio hablada, y pasaron, a modo de novedad, la nueva canción de Jiggy Drama, famoso cantante de reggaetón oriundo de la isla de San Andrés. La pieza musical, si así se puede llamar, iniciaba con el cadencioso ritmo de “Tolú”, obra del maestro Lucho Bermúdez. Sobre la conocida melodía: una sarta de palabrería caía atropellando cualquier sentido de métrica o del ritmo base de la canción. El tonito fanfarrón del reggaetonero predicaba sin ton ni son ser el pionero de la música que suponía interpretar, reclamando una especie de reconocimiento por un movimiento musical que supuestamente él está representando. En la canción se unían dos cosas: por un lado estaba la ya latente mediocridad del reggaetón actual; y por el otro lado, la fusión como método para buscar “pegar” una canción en radio y redes. Esta fusión ha sido tal vez la característica más importante de todo un movimiento musical “latino” de los últimos años en los que ha logrado, tal vez como nunca, posicionarse como el movimiento musical más importante que este apaleado continente ha podido crear… Lastimosamente.

Todo estilo musical tiene varios momentos que van desde su auge hasta su paso hacia el olvido. En su gran mayoría, los diversos estilos nacen en las capas bajas de la sociedad, haciendo contra a las músicas ilustradas o de las élites, desde el blues y el jazz hasta las músicas paganas de la Edad Media. En nuestra contemporaneidad, estos estilos musicales inician su asenso según sus posibilidades de comercialización, pues es el mercado el que crea los espacios para la expansión de dichos estilos musicales. Sin embargo, en esa expansión esos sonidos van perdiendo poco a poco su originalidad, su carácter popular (entendido como respuesta a necesidades sociales propias de los estratos bajos de la sociedad) y sobretodo se enfrenta a un proceso de homogenización a fin de ser fácilmente digerido por la masa a la que dicho estilo se le pretende vender. En este proceso de degeneración, que aparenta ascenso, el paso siguiente es la fusión en pos de crear algún nuevo ritmo que, disfrazado de novedad, puede ser producido, vendido y consumido de una forma más eficaz.

Podemos establecer varios paralelos sin extendernos: uno de ellos es el grunge, un estilo heterogéneo de música que nació en un espacio social, geográfico e incluso económico que se caracterizó por un gran número de jóvenes de la ciudad de Seattle, en el estado de Washington, que crearon una escena, a finales de los 90’s, que respondía a su visión existencial del mundo. Este movimiento, aislado y propio de este nicho social, creció de manera vertiginosa en los medios estadounidenses y alcanzó su máxima exposición con bandas como Nirvana o Pearl Jam. Una vez llegó a los medios de comunicación a nivel nacional, el movimiento musical empezó a homogenizarse con el fin de ser asimilado de una manera más sencilla por un público que requería entender el grunge (como música y moda) para consumirlo. A las bandas juveniles que crearon el sonido de Seattle le siguieron una segunda oleada de bandas, en la segunda mitad de los 90, que buscaron colgarse de cualquier manera del sonido exitoso que consumían los jóvenes de casi todo el hemisferio occidental. Incluso bandas de hard rock como Deff Lepard se vistieron de jean y de zapatos Converse para adherirse al nuevo movimiento. Así un movimiento de jóvenes desadaptados y apartados en un rincón de Estados Unidos se convirtió en un estilo masificado que degeneró en bandas que sólo buscaban éxito musical en radio y televisión y que después fue fusionado con otros estilos de música.

Un estilo de música que también había emergido de los barrios bajos de las grandes ciudades de Norteamérica, es el hip-hop. Este género, junto con el metal, crean el nu-metal, un estilo que combinaba un supuesto sonido fuerte, con riffs pesados, baterías y bajos rápidos, letras poco profundas y genéricas y voces rapeando entre coros con sonidos de acetatos, deslizándose para dar una supuesta identidad entre la música electrónica y el hip-hop. Así la música de los 90’s, en el ámbito de rock, terminó por degenerar en un estilo uniforme que no tenía ningún arraigo con ninguna comunidad específica, y que buscaba vender más que generar identificación. El nacimiento, auge y fusión, convirtió el grunge de verdad en un estilo olvidado y condenado a la nostalgia.

Casos parecidos se pueden narrar con la música africana que llegó a los Estados Unidos en tiempos de esclavitud y, al ser blanqueada por empresarios que vieron una mina de oro en las raíces del jazz y del blues, terminaron por crear estilos de música digeribles por los jóvenes de los 50 y los 60 pero que ya había perdido, en un proceso gradual, su identificación con todo el enorme arraigo de los negros y su música africana llena de nostalgia y recuerdos de sus penas y triunfos. O como ya citábamos el caso del hip-hop, casualmente también una música nacida de la cadencia propia de las comunidades afroamericanas, que tenía su esencia en el mundo underground de las ciudades estadounidenses, donde un mundo hostil de pandillas, gánster, tráfico y violencia se expresaba en letras igualmente violentas, rápidas e improvisadas que nada tienen que ver con lo que conocemos en el mundo del caribe denominado como reggaetón.

Y ya que llegamos a estas tierras podemos volver a nuestro tema inicial, y es que es precisamente el reggaetón, el resultado degenerativo de varios estilos musicales tanto del norte del continente como del centro del mismo. Este proceso degenerativo que agrupa ritmos como la bachata, el hip-hop, el reggae jamaiquino, el soca, la rumba, el chachachá, entre otros, se incubó a través de un proceso migratorio de jamaiquinos a Panamá, y fue precisamente allí, en un país que funciona como corredor entre el Caribe, Suramérica y Norteamérica, donde nació un estilo del que intérpretes como El General, Renato, Nando Boom y Apache Ness se constituyeron, a finales de los 80, en los padres de todo un movimiento que tendría un auge sin precedentes en los años 2000. El estilo, que no vale la pena describir porque es por todos bien conocido, tenía cierta autenticidad durante la primera década del siglo XXI, conservaba su sabor negro, africano y caribeño, y representaba de alguna manera un grupo social bajo por fuera de ese mundo dominado por los Estefan y sus premios Grammy, que dictan quién es quién en el mundo de la música “latina”.

Sin embargo, a medida que más y más cantantes y grupos de reggaetón surgían, y a medida que se extendía a un mayor número de consumidores, las productoras notaban lo rentable del negocio y el estilo musical se homogenizaba y adquiría un matiz más bien rutinario, pero no por ello menos exitoso.  En paralelo la música “latina” seguía su ya aburridor camino en los mercados, artistas como Shakira, Ricky Martin, Enrique Iglesias, Carlos Vives (que había degenerado ya un ritmo musical en Colombia, el vallenato, para hacerlo mercadeable), Jeniffer López, etc., también habían creado un proceso de homogenización de lo que supuestamente era la música latina, como decíamos, proceso dirigido por los premios Grammy Latinos y en menos medida por los premios de Viña del Mar, siendo los últimos más heterogéneos que los primeros. Estos dos estilos, ya degenerados y algo estancados, encontraron una forma de hacerse de nuevo éxito y re-potencializarse para ser consumidos, ya no sólo por el público latinoamericano y gringo, sino incluso por el europeo y el asiático: La fusión.

Pronto, artistas como Shakira y Jennifer López acudieron a algún reggeatonero de turno para crear canciones que combinaran musicalmente la voz masculina en modo rap con las voces femeninas a modo de dialogo. Visualmente, lo ostentoso del reggaetón y la sensualidad estándar de la mujer latina crearon toda una nueva estética que empezaría a vender lo latino como una postal de mansión en isla antillana, carros gigantes y “engallados”, mujeres sensuales y bronceadas, en mayor medida “mestizas” más que afrodescendientes, incluyendo la cantante principal y raperos con sudaderas de satín, gafas oscuras y oro abundante en cuello y mansos. La mezcla fue un éxito, estas artistas que no encontraban como mantener su vigencia se dispararon en ventas y en visualizaciones de youtube, un nuevo marcador de éxito. Le siguieron los artistas más quedados en el mercado como Enrique Iglesias y Carlos Vives. Sin embargo, el hito de esta mezcla fue Luis Fonsi, un baladista de medio pelo que había logrado un éxito discreto en la primera década del siglo, pues de la nada su canción “Despacito”, al lado de Daddy Yankee, se convirtió en el éxito del año, siendo apenas los primeros meses del 2017. Todo el continente cayó a sus pies, la fórmula demostró de manera contundente su efectividad: cualquier artista, sin importar su procedencia, si se le ponía al lado un reggaetonero que manoteara y “rapeara” lograría alcanzar un éxito sin precedentes.

Este estilo, esta especie de fusión, se ha convertido, por lo menos a la fecha, en el deber ser de la música latina, es decir, es la música que nos identifica ante el mundo. Así como Jiggy Drama se apodera de “Tolú” y lo mezcla, así mismo hemos visto como toda la heterogeneidad de la música de un continente heterogéneo, queda reducida a un estilo musicalmente mediocre, que suena canción tras canción, éxito tras éxito, igual, con las mismas letras e incluso palabras intercambiadas de orden, con una decena de duplas que se intercambian y que se venden como novedosas. Todo lo anterior fácilmente consumible ya que al estar claramente definido y delimitado puede ser digerido rápidamente.

Tal vez por eso, para el caso Colombiano, los conjuntos que hacían parte de una nueva ola musical, que no le entraron tan de frente a la fusión con el reggaetón, se están quedando rezagados del mercado de asenso vertical de la música “latina”, artistas como Bomba Estéreo, ChocQuibTown, Herencia de Timbiquí, Superlitio o Andrés Cepeda, han preferido mantener algún grado de identidad pese a ser seducidos por un tiquete en el tren expreso de la “música latina”, si bien estos artistas representan también fusiones de diversos ritmos como la cumbia, el bolero, el hip-hop y la música electrónica, aún son poco definibles, siendo por ello un poco más complicados de consumir por una masa cada vez más gigante que pide, consume y desecha estilos de manera cada vez más veloz.

Imagén tomada de: https://goo.gl/CbbMgy

Carlos Arturo Rojas

Diseñador gráfico, historiador y magister en Museología y gestión del patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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