Invitación a la barbarie

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Los anales del planeta están ahítos de besamanos entregados a los genios, que en cada época emergen con un halo mesiánico, por sus invenciones, descubrimientos, composiciones con las cuales contribuyeron a la consolidación de eso que llamamos civilización. Una cosa, un concepto, una palabra que le eriza la pelambre a los intelectuales de cafetín arribista (donde se bebe expreso y no tinto bien cargado), que brota de la tarasca de los esnobs como la suprema evidencia de nuestra racionalidad. La usan pretendiendo abarcar toda la hechura del hombre que da cuenta del progreso: desde su salida de la caverna hacia la cama doble de colchón pullman y edredón vaticano.

Tanto el conjunto de conocimientos científicos y técnicos, como las instituciones religiosas, políticas, jurídicas, económicas y culturales, a grandes rasgos, se evocan cuando utilizan el término civilización. Pretenden resumir el desarrollo del humano a través de la historia y, en consecuencia, dar cuenta de algo provechoso para la Tierra. Pero es pertinente cuestionar lo verosímil de aquella afirmación sobre el beneficio que, por definición, se incluye cuando hablamos sobre nuestra civilización. Si bien es innegable la genialidad de las artes y la utilidad del papel higiénico y el inodoro, la máquina para lavar ropa, la bicicleta, los condones; es imperativo recordar que el ánimo civilizador del humano ha sido, más que cualquier otra cosa, un constructor de profundas estupideces.

La guerra y sus armas que, dicho sea de paso, forman la estratagema para imponer la civilización, inician el inventario de estupideces que le corresponden al hombre en su hambre de progreso: una manera óptima de exterminar en masa a todo lo diferente porque chilla en el armonioso conjunto que preparan los hombres en un espacio-tiempo particular. Después viene la burocracia, por ese temor mórbido del hombre frente a lo que considera el desorden, entonces conforma su propio caos repleto de archivadores que guardan papeles y más papeles inútiles, conseguidos a través de todas las ovejas que piden un crédito, una beca, un permiso para cambiar una tapia, que envejecen haciendo filas eternas para rogar una cirugía o trámites que remedan el retorno de Ulises a Ítaca. En retorno, entregan carnés o diplomas o cartas membretadas y con rúbricas pretenciosas, esto para tener cabida en este montaje que les dio por denominar vida: vida crediticia, vida comercial, vida social y los demás embelecos fusionados con esta palabra. Esto muestra lo infelizmente compleja que se hace la existencia cuando el hombre anda en Mercedes Benz por la autopista de la civilización.

Ahora están las banderas, los escudos, los himnos que identifican a las naciones civilizadas de veras, símbolos confusos para los hombres de a pie, que somos la mayoría, usados para estremecer al pobre indio manipulado que migra de su terruño o para ser cantados en los estadios de fútbol con una pelota en la garganta que precede al llanto; pero, en esencia, inventados para cebar el parásito del nacionalismo que en su máxima expresión gusta de arrancar cabezas y ocupar territorios por ¡¡¡la Patria!!! Otro de esos imaginarios, hijos de la civilización, estúpidos y nocivos que sólo han servido de excusa para justificar bestialidades. Un ejemplo final es la desgracia de la etiqueta y las buenas costumbres, soberana pendejada que complica la necesidad del comer con el uso de la posición correcta del dorso, de los platos, las cucharas, los movimientos precisos;  la moda de un vestuario adecuado que incluye corbatas, paños ingleses, fraques, ropaje costoso; junto con el uso de un vocabulario eufemístico que demuestre la corrección del parlante, un léxico de oficina soporífera que permita una comunicación fluida entre sus pares muy bien instruidos: un derroche de formalismos inútiles, como no preguntar la edad a una dama, consagrados parcialmente en cartillas tediosas como la bien denominada por el poeta, urbanidad de carroña.

Entonces es la civilización el imperio de la corrección donde sólo lo pertinente prevalece y se abren zanjas que alejan toda la otredad, imponen el rótulo de barbarie o salvajismo a todo el contradictor y lo condenan al ostracismo mientras persista en aquella posición irreflexiva de perpetuar lo incorrecto. Consolidan un sistema discriminatorio con el pretexto de hacer todo por un bien común para que se disemine la tolerancia entre todos y, por ejemplo, a las damas que negocian con sus cuerpos ni siquiera se les puede decir prostitutas, son trabajadoras sexuales para no vulnerar sus derechos, pero que sigan en su oficio, eso no es nuestro problema, nosotros cumplimos con incluirlas en nuestra sociedad civilizada con un término correcto. Esta ficción de la civilización, en un acto de contrición cruento, causa más vergüenza que orgullo, no es motivo de presunción en una reunión con los vecinos de otros planetas. Por tanto concluye este escrito con una invitación a la barbarie, al salvajismo de echar sancocho en un potrero o a la ribera de un río, de comer fritanga para quedar con la jeta escurriendo grasas trans, de vendar con las corbatas el tubo del lavamanos que gotea, para que todos seamos, sin la hipocresía con la que nos instruyen, humanos en comunión con la naturaleza, sin tanto harapo ni tanta parafernalia de vanidades.

Colofón. Con noventa y un años en el bolsillo muere El Monje Loco, uno de los fundadores del Nadaismo, que como su movimiento ha sido almuerzo de los críticos literarios nacionales. De su obra hay poco que decir: escribió una novela definida por el poeta Jotamario Arbeláez como “un hueso duro de roer”, en la que un cerdo antropófago recibe el mejor bautizo de la historia porcina: Descartes. Fundador de la Sancochería Nadaista, atendida por su propietario, en la bahía de Tumaco. Sus últimos años mantuvo un tenderete en la Feria del Libro de Bogotá, seguramente de escaso lucro, donde siempre un hombre de metro y medio estaba presto a la tertulia, a la mamadera de gallo, con toda la sencillez y rebeldía de un poeta nadaista en la tercera edad. Ahora estará disfrutando de un ágape en los infiernos, mientras resuelven los asuntos de su beatificación en el Vaticano. Hasta siempre Elmo Valencia.

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