El Bosque de niebla en el Parque Natural Chicaque

Ofrece al visitante  un paisaje alucinante que incluso la NASA y el Pentágono han venido a estudiar con fines científicos, los primeros en su carrera tecnológica para llegar a otros planetas y ver, por ejemplo, cómo se forman los hologramas naturales y su eventual aplicación en comunicaciones y transmisión de datos a grandes distancias; los segundos, particularmente los militares, en cómo explotar estos fenómenos ópticos propios de la niebla, para crear nuevas formas  de camuflaje.

Este bosque de niebla a 2600 metros sobre el nivel del mar y apenas a 30 minutos de Bogotá, la capital de Colombia, se forma por la evaporación que proviene del Valle del Tequendama y el río Magdalena. El parque natural Chicaque muestra una  exuberante vegetación, árboles emblemáticos como la palma de cera del Quindío que es el árbol nacional de Colombia y que se ve supeditada a competir con la codicia, el desprecio, la indiferencia y las políticas públicas de reforestación que son en muchos casos decisiones anti-técnicas. Este tema fue punto central de las explicaciones oportunas del guía sobre las especies foráneas en conflicto con el ecosistema endémico o autóctono como el roble colombiano, amenazado por la implantación del pino canadiense, la acacia africana y el eucalipto australiano, este último es una especie que se caracteriza por ser agotadora del agua.

El bosque de niebla es un mundo en el mundo y está amenazado por el capitalismo salvaje que a toda la naturaleza la ve como un bien, como un recurso, como una cosa transable, por eso en los llamados fondos y banca verde se negocia con títulos valor que amparan regiones protegidas que simplemente se tienen como zonas de recarga para explotar algún día sus recursos naturales no renovables y que son renombrados como recursos ecosistémicos con los que se puede especular en las grandes bolsas de valores del mundo. Acerca de este tema recuerdo los libros “Imperialismo ecológico”[1] y  “Primavera silenciosa”[2] que tratan de la fuerza de la vida y la supremacía de la naturaleza.

Lo que aporta esta experiencia al visitante es el asombro y la nostalgia, primero por ser un santuario natural a escasos metros de la contaminación de la carretera que conduce a los Bogotanos hacia Melgar; lo segundo, porque se trata de un medio natural amenazado, entre las primeras especies que han desaparecido del entorno están el Cóndor, el oso de anteojos, el oso perezoso, una innumerable variedad de reptiles y pájaros y, sin embargo, cuando el visitante está allí siente que ha pasado un portal hacia otra dimensión donde detrás de la neblina puede aparecer un animal de la era del hielo, tal vez un mamut peludo o por el contrario perderse para siempre en un bosque que, en pleno siglo XXI y en las goteras de Bogotá, es un verdadero milagro que subsista.

Lo que hoy se denomina técnicamente el altiplano Cundiboyacense y en términos menos doctos la sabana de Bogotá, fue un paraíso hídrico de alcance inimaginable en tiempos precolombinos, la colonización, la minería y sobre todo la urbanización sin planificación ni sostenibilidad  transformaron un santuario del agua y de vida en lo que es hoy, una vasta región herida de muerte por el cemento, el asbesto, la superpoblación y el acero, amenazada precisamente por la sequía, por la erosión, por la sed.

Las palabras se quedan muy cortas, por eso se requiere de un álbum de fotografías para que la naturaleza se exprese, por eso una decisión que podría tomar el visitante (como la que hizo quien escribe este artículo) es hacer fotos donde no aparezcan seres humanos, solamente el paisaje natural, aunque en algunos espacios se filtra el paisaje cultural porque un parque natural es producto del diseño humano, como lo es un jardín, un vivero, un zoológico. Por eso se ven ocasionalmente un cambio en la botánica que para el lego pasa absolutamente desapercibido, en cambio para el investigador experto, como un ingeniero forestal, él sabe qué una gran parte de lo que se ofrece a la vista es muestra del imperialismo ecológico y del imperialismo antrópico.

Por eso en un trabajo gráfico es inevitable que se atisbe un camino que se filtra en la foto. Aunque se recurra a técnicas de edición muy sencillas para extraer el paisaje cultural, es importante no enfatizar los retoques técnicos que hoy permite hacer la edición digital, el elemento metafórico debería obviarse para que se pueda pensar en la biopolítica sobre el ecosistema. Mi intención es que sólo prevalezca el verde y los ocres de la tierra, la niebla, el movimiento incesante y al mismo tiempo apacible de la vida, por eso la invitación es para que se haga este paseo de la forma que se pueda: en grupo, en familia, incluso solo. Es una experiencia inolvidable y una manera de conocer tal vez uno de los últimos santuarios naturales en las inmediaciones de Bogotá.

[1] Crosby, Alfred W. Imperialismo ecológico. La expansión biológica de Europa, 900 -1900. Barcelona: Crítica, 1988.

[2] Carson, Rachel. Primavera Silenciosa. Barcelona: Luis de Caralt  Editor, 1964.

Imagen tomada de http://bit.ly/2xgeG4j

José G. Zuluaga

Soy historiador, ambientalista activo que combina la lucha por un medioambiente limpio y sano conel respeto a la vida y la naturaleza; como fundamentos de los Derechos Humanos que no se pueden concebir sin grandes obligaciones humanas, como cuidar y preservar el planeta y su biodiversidad.

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