Técnicas prácticas de desaparición

En la fotografía: Rimbaud (arriba a la izquierda) en África.

Entre las formas más originales de desaparecer, está la de Arthur Rimbaud, quien para muchos es el poeta más grande de la historia, aun cuando dejó de escribir a los diecinueve años.

Fue una noche de invierno en Londres cuando, en una habitación de hotel extinguió la llama de un quinqué habiendo escrito sus últimos versos, que justamente hablaban de desaparecer del mundo. Abandonaría la literatura en busca de una empresa evidentemente más grata: volverse rico. Así fue como, años después, el poeta más grande de la historia se convertiría en un acaudalado traficante de armas en Etiopía.

No menos espectacular es el caso de Heinrich von Kleist que, acorralado por la vida y por la poesía misma, no solo decidió dejar de escribir, sino de respirar. En compañía de su amante se dirigió a la orilla de un lago a las afueras de Berlín, y descargó una pistola primero sobre la sien de la mujer y luego sobre la suya propia. Los dos cuerpos, vestidos de novios, se adentraron en la infinitud del lago, tiñendo de rojo sus aguas.

Bas Jan Ader estaba a punto de convertirse en una celebridad del mundo del arte cuando, precisamente para evitarlo, emprendió su último performance: en un muelle de Cape Cod, Massachusetts, Ader abordaría un bote sin otra compañía que sí mismo. Tres semanas después, sus ayudantes en tierra perderían la comunicación radial, y días más tarde un pescador encontraría el bote vacío. El paradero del cuerpo de Ader sigue siendo un misterio, y no es atrevido decir que la conquista más alta del conjunto de su obra reside en la posibilidad de que siga vivo y liberado del estigma de ser sí mismo. Tal vez en Ader estaba pensando Enrique Vila-Matas cuando escribió Doctor Pasavento, esa novela en la que el narrador, un escritor reconocido, viaja en un tren camino a participar de un conversatorio. Ensimismado al recordar a Robert Walser, sin mayor certeza que una corazonada, decide desaparecer. Desvía el camino a una ciudad distinta, a un país distinto; abandona su nombre, su oficio, sus afectos. En adelante se convierte en el doctor Pasavento, psiquiatra en Nápoles. Precisamente Walser había hecho lo propio medio siglo atrás, cuando, recluido en un hospital mental en Herisau, había abandonado la literatura y la figuración pública haciéndose invisible por veintitrés años, hasta que su cuerpo fue hallado congelado sobre  la nieve.

Pero el acto de desaparecer no tiene necesariamente por qué obligar el aniquilamiento del cuerpo, o su exilio. De aquello se dieron cuenta los escritores Thomas Pynchon y J. D. Salinger. El primero nunca jamás ha aparecido en público, y hasta se las arregló para borrar sus registros en el ejército. No obstante, con no poco cinismo se ha dado el lujo de aparecer encubierto en la televisión. Salinger, en cambio, no se preocupó por ocultarse hasta no ver el éxito de su única novela, El guardián entre el centeno. Ante la avalancha de atención, buscando desaparecer optó precisamente por hacer lo contrario: seguir su vida como si nada hubiera pasado. Al ser reconocido en supermercados o buses urbanos respondía de la manera más natural: «disculpe señor, no soy la persona a la que se refiere. Mi nombre es X y soy panadero», para inventar más tarde otro nombre y otro oficio.

Basta pasar de carrera por el que quizá sea el caso paradigmático y más conocido: el de Fernando Pessoa que, no suficiente con convertirse en otra persona, se convirtió en otros setenta y dos. Todos autónomos, radicalmente definidos, contradictorios, inasibles, y sin embargo con un objetivo compartido: desaparecer a Fernando Pessoa.

«Empecemos con el término clásico griego para rostro —escribe Belén Altuna[1]—, prosopon, que literalmente significa ‘lo que está delante de la mirada de otros’. Lo más curioso para nosotros es que la misma palabra designa, al mismo tiempo, la máscara».

Desaparecer arrastra la posibilidad de la creación de otro. La máscara se subleva y se toma su propio derecho a existir, se suma a la presencia, de todas formas inocultable del desaparecido. Desaparecer es, en últimas, multiplicarse.

Pero ¿cuál es, finalmente, la necesidad de desaparecer? La clave reposa sobre aquella presencia inocultable que es, en últimas, la obra. Ya Barthes había señalado, en lo que llamará la muerte del autor, el punto de origen de aquella. El gesto de la creación ya no reposa sobre la figura del creador. Como un perro enceguecido que devora a su propio amo, la obra se desprende del enlace de su origen, y más allá: es capaz de inventarse uno nuevo. El artista, a su vez, se inmola para dejarla ser.

Ciertamente, no tenemos forma de comprobarlo. Pero podemos fantasear con que ese poema, titulado Genio, fue en efecto el último que escribió Rimbaud. Vale la pena recordar su final: «Esta noche de invierno, de punta a punta, del polo tumultuoso al castillo, de la muchedumbre a la playa, de mirada en mirada, con fuerzas y sentimientos agotados, sepamos saludarlo y verlo, y despedirlo, y bajo las mareas y en las cimas desiertas de nieve, sigamos su vista, su aliento, su cuerpo, su luz».

Por sobre la despedida. A lo que asistimos allí es a una inauguración. En todas las máscaras, incluida la de la ausencia, el débil cuerpo se desdibuja para que ahora, desde su lugar, la luz nos siga deslumbrando. Otro camino se abre, si consideramos que a la obra, por su parte, también se le podría ocurrir desaparecer.

[1] Altuna, Belén. El individuo y sus máscaras. Bilbao: Universidad del País Vasco, 2008.

Fotografía tomada de: goo.gl/ctddA3

Eduardo Correa

Artista, estudiante de Maestría en Estética.

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