La plaga aún sigue latente en el siglo XXI

El hambre es la metáfora más violenta de esta desigualdad en la que vivimos y toleramos vivir. Rápidamente me digo que sí, que puede ser una metáfora muy fuerte, pero que hay cientos de millones de personas que me darían con un palo en la cabeza si les dijera que lo que les está pasando a ellos es una metáfora. Para muchos NO es una metáfora, es la forma más brutal en que su opresión se manifiesta. No hay ninguna manera más violenta de ser oprimido, que no lograr satisfacer la necesidad más básica que un cuerpo tiene. – Martín Caparrós

Hambre… esa palabra tan común en nuestra habla cotidiana. ¿Cuántas veces no la usamos en el transcurso del día? ¿Pero tenemos en cuenta, en el sentido más estricto, qué es verdaderamente tener HAMBRE? Es tan perverso, que en este mundo donde muchos gozan de tantas excentricidades, la gente se muera por falta de alimento. No me imagino esa sensación de aquellos seres humanos que durante días no prueban bocado, porque nada debe ser más desolador que ver como un hijo o alguien cercano a ti se muere de física hambre sin que puedas hacer nada por ayudarlo. Estoy convencida que no existe algo peor a la incertidumbre que se genera en las vidas de millones de personas a causa de esta plaga tan letal.

Para el momento en que escribo esto somos 7.527.384.365 personas en el mundo, según Population City World,  cifra que cambia rápidamente. Resulta que de esas 7 mil millones y medio de personas, el 1%, es decir, 75 millones, tiene más riqueza que el resto del planeta. Y tan solo 8 personas, ¡8!, tienen más riqueza que 3.600 millones de personas.  ¡Casi la mitad de la población mundial! Son cifras demasiado aterradoras, ¿verdad?

La concentración de la riqueza, como se ve claramente con esos datos, está en manos de muy pocos. Estos números no han variado desde hace casi 30 años. Pero hablemos de algo más cercano a nosotros: Resulta que el continente más desigual del mundo es ¡Latinoamérica!, este dato se obtiene con base al Coeficiente Gini, que mide la concentración de la riqueza en las diferentes regiones en una escala del 0 al 1, donde el 0 indica que la riqueza está repartida, y el 1, que está concentrada en manos de unos pocos. Nuestro continente ocupa el primer lugar, con 0,58 y le sigue África, con 0,54. Dentro de este, Colombia se la pasa rotando entre el segundo y el tercer puesto. Según el Dane, el Coeficiente Gini en 2016 calificaba a Colombia con 0,51, pero según la Cepal, la cifra es de 0,55, teniendo en cuenta el pago de impuestos. Y un dato más que evidencia la desigualdad, la agencia de noticias de la Universidad Nacional menciona que en el año 2000 el 1% de las empresas más ricas concentraba el 14,5% de la riqueza del país, pero para el 2013, se duplicó al 28,3%.

Así que la desigualdad en los ingresos es aberrante y la mayor parte de la riqueza de Colombia pertenece a unas pocas familias, que durante décadas no se han dejado desbancar y que son las más influyentes del país tanto en temas económicos como políticos. Los hombres más ricos de nuestro país son Luis Carlos Sarmiento Angulo, Alejandro Santo Domingo y Carlos Ardila Lülle, quienes controlan los medios de comunicación, el sector de industria y comercio, el transporte, el sector inmobiliario, los bancos, la agroindustria, y prácticamente todos los sectores con los que se puede sacar provecho.

 

Fecha de estreno inicial: 20 de agosto de 2013 Autor – Productor: Frente Liber Seregni Uruguayo

No siendo suficiente toda esa desigualdad económica, tengamos en cuenta que al año se gastan billones y billones de dólares en maquillaje, ropa, accesorios, zapatos, gimnasio, gaseosas, cigarrillos, licor, perfumes y muchas cosas más para las que sí hay dinero, y que solo son caprichos comparados con algo tan importante como suplir esa necesidad básica que es alimentarse. Pensar que existe tanto dinero para todo esto y no para alimentar a las cientos de personas que mueren de inanición al día es verdaderamente cruel. Ah, pero falta lo peor y es la millonada que se gasta diariamente en guerra, es decir, pagamos para matarnos entre nosotros, ¡¿cómo es eso posible?! La humanidad muriéndose porque no tienen qué comer, y nuestros dirigentes destinando el dinero para aniquilar aún más personas. Según un artículo publicado por El Tiempo en septiembre de 2016, un día de guerra en Colombia cuesta 22.000 millones de pesos, que equivale a lo que gastan tres millones de familias en comida al día. Y la suma de los tres países que más gastan en guerra (Estados Unidos, China y Arabia Saudí) es de 902 mil millones de dólares al año. Así que sí hay comida y dinero para que nunca más alguien muera de hambre, pero no se les tiene en cuenta, porque importa más las excentricidades y el alimento al odio.

“La destrucción, cada año, de decenas de millones de hombres, de mujeres y de chicos por el hambre constituye el escándalo de nuestro siglo. Cada cinco segundos un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”. – Ex relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler

El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, publicó una investigación en la que dice que 1 de cada 6 personas sufre de hambre en el mundo y diariamente mueren 24 mil personas (18 mil son niños) por este mismo mal. El hambre mata a más personas al año que el sida. Agrega que cada 6 segundos, en promedio, muere de hambre un niño en alguna parte del mundo.

Con todo esto que escuchamos a diario en las noticias y comentamos por ahí con conocidos, se ha normalizado el hecho de que aún siga gente muriendo de hambre. Esta palabra ya no causa mucho impacto, se ha vuelto normal… Se menciona tantas veces que ya no significa nada, no cala en lo más profundo del ser humano, solo aquel que padece el hambre verdadera entiende lo injusto y doloroso del caso. Es fácil para nosotros deshacernos de esa preocupación y volver a ensimismarnos en nuestro mundo. Cito nuevamente a Caparrós con esa pregunta que se hizo durante todo su libro, “¿cómo carajos conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas? ¡¿Cómo carajos?!”

Debemos ponerle rostro a todas esas cifras que nos muestran por televisión, no son solo 69, 120 o 1.470 muertos. Son seres humanos que dejaron de respirar porque no tuvieron que comer, que murieron por la injusticia social, la corrupción y la concentración de la riqueza. Son niños, adultos, ancianos que murieron a causa de la indiferencia. Son mujeres o hombres que murieron porque no había presupuesto para comida, pero sí para guerra.

La guerra solo llegó para destruir, para hacernos macabros y fríos, nada bueno queda después de ella y aún así, tras las múltiples guerras y masacres que han devorado y destruido nuestro planeta, se cree que la única manera de solucionar conflictos es con algo tan destructivo y dañino para la humanidad. ¿Realmente se tienen en cuenta los intereses de toda una nación? ¿O solo importa el anhelo de poder de un dirigente que envía a su gente a morir? Inocentes desconocidos matándose con sevicia por cumplir intereses de un tercero, que en nada los beneficiará.

Bombas nucleares completamente destructivas, minas antipersona que dejan rastros físicos de por vida, virus fabricados para enfermar a las personas e incentivar el negocio de los fármacos, fusiles, cañones, balas, todo pensado en destruir, inversiones de miles de billones para la destrucción, ¡¿cómo es posible?! El ingenio del ser humano para matar a otro ser humano crece sorprendentemente, mientras que el deseo de ayudar desinteresadamente, se silencia poco a poco. El mundo se está cayendo a pedazos y no hacemos nada, ¿es acaso más importante el prestigio y el poder que alimentar a las miles de personas que están muriendo de HAMBRE? Desperdiciamos un paisaje maravilloso porque la guerra lo invisibiliza y cada día aumenta más la desnutrición y el desespero. El día que entendamos que la ostentosidad y el lujo no es nada comparada con el maravilloso espectáculo que nos regala la vida al ver un cielo azul estrellado tendremos posibilidad de cambio. Como dijo el ex-presidente Barack Obama en su discurso final ante la Asamblea de las Naciones Unidas en el 2016, “un mundo en el que el 1% de la humanidad controla tanta riqueza como el 99% nunca será estable”. Y en palabras de otro ex presidente, que considero igual de válidas, “el mundo que tendremos será el que seamos capaces de lograr”.- José Alberto (Pepe) Mujica.

 

Maria Camila Botero

Estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, y de primer semestre de Relaciones Internacionales en la universidad Jorge Tadeo Lozano.
Me gusta mucho escribir, no porque sienta que lo haga bien, sino porque me inspiro al hablar de un tema que me apasiona, y ahí lo difícil es dejar de escribir tanto. Siento que hay muchas historias que merecen ser divulgadas... si se contaran, tal vez, podrían salvar a alguien, o al menos, dar a conocer la labor que han hecho, y qué mejor que dejar un legado, para que no quede en el olvido aquello por lo que se luchó.

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