Cuando el lector se adentra en Bukowski…

“Seríamos peor de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. Mario Vargas Llosa

Recordar siempre será un acto doloroso y más para quienes la infancia es el reflejo de una personalidad ruda, fría, simple y sarcástica. Para el escritor que escribe con ironía, con rabia, con desolación; para el escritor que encuentra en la literatura, en la escritura, en las letras la forma de desatar el dolor y la rabia que lleva por dentro.

¿Qué otro tipo de literatura crea un hombre cuya vida está enmarcada en el caos, la violencia, la injusticia, la baja autoestima y una carencia constante de amor? La pregunta se materializa cuando se habla de Charles Bukowski. Un escritor que de niño fue maltratado física y psicológicamente; un niño que clamaba por uno de los derechos primordiales del ser humano: la familia. Un niño que en su transición a la adolescencia se vio afectado por el bullying. La trayectoria de Bukowski ineludiblemente se puede adjetivar como trágica, pero la inspiración que lo llevó a que sus obras, reflejo de su vida amargada y sin afecto, lo convirtieran en uno de los escritores de literatura contemporánea más reconocido, con más de 50 libros, poemas y relatos cortos.

Su vida como lector comenzó por la soledad que caracterizó su infancia, rodeándose únicamente de libros. Sin embargo, nunca terminó sus estudios universitarios y sus comienzos como escritor se vieron entorpecidos pues ningún editor consideraba sus obras completamente buenas. Su auge fue en los años 50 en los Ángeles, en donde se dio a conocer principalmente con su libro La senda del perdedor durante los años de la depresión finalizando la segunda guerra mundial. Ésta es una novela autobiográfica que deja en evidencia parte del mundo en el que vivió, los problemas a los que se enfrentó y que lo llevaron finalmente al reconocimiento.

¿Qué hace diferente entonces la literatura de Bukoswki?

Un transgresor, un hombre irreverente, dispuesto a romper los lineamientos de la literatura, con una prosa que no recurría a las figuras literarias ni a vanguardias estéticas. Contrario a esto, se valía de ser grotesca, brusca, rustica, cruda y sobretodo confesional.

El lector que recurre a Bukowski define inmediatamente una prosa pesimista, negativa y sin ningún tipo de censuras. Reflejando de forma satírica, o en otros casos directa, cierto odio y rencor contra la vida, contra los paradigmas, contra tradicionalidad y convencionalismos impuestos por la sociedad.

Da pie a una literatura que, paradójicamente, es cargada pero ligera. Pues es digerible, entendible y simple, pero a su vez trae consigo un sinfín de sentimientos negativos, desgraciados, desmoralizados. Bukowski exalta en sus escritos a la vida, al sexo, a las mujeres y le da prioridad al alcohol; sacando a relucir su personalidad beligerante y estrafalaria, a la desgracia, a la rutina, a lo vacua que encuentra su existencia.

El escritor que triunfó durante el siglo XX ha sido nombrado como el viejo que llevó una vida cutre hasta el final de sus días; el personaje cerril, entre otros nombres que le dan. Lo cierto es que para leerlo no se precisa ser un amante a la literatura ni poseer un bagaje en el campo, basta ser un sujeto empático, no hace falta ser un lector empedernido, basta imaginarse su vida.

Quien lee a Bukoswki no necesita recorrer su vida por anticipado, con solo leer una página tiene el abre-bocas perfecto de las que prosiguen. Fue un autor sincero en todo el sentido de la palabra, uno de los principales exponentes del realismo sucio, un entregado a su profesión. Por ende leer a Bukowski es inmiscuirse en literatura que no es refinada ni tal vez apropiada para muchos, pero que está cargada de cotidianidad, de miseria, alejada de la quimera que hacen creer muchos literatos, pero sobretodo está llena de verdad.

De esa verdad que habla acerca de que la vida no es como la imaginamos, de que idealizamos la felicidad en paraísos, islas afortunadas o países de cucaña, una vida sin superación y riesgos, como afirmó Estanislao Zuleta en Elogio de la dificultad, o como citó Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista: “La ficción es una mentira que encubre una profunda verdad (…) producto de una insatisfacción íntima contra la vida tal como es, la ficción es también fuente de malestar y de insatisfacción. Porque quien, mediante la lectura, vive una gran ficción (…) regresa a la vida real con una sensibilidad mucho más alerta ante sus limitaciones e imperfecciones, enterado por aquellas magníficas fantasías de que el mundo real, la vida vivida, son infinitamente más mediocres que la vida inventada por los novelistas”.

Y es, precisamente, la falta de ficción y utopía, la verdad cruda, sin tapujos lo que hace autentico a Bukowski. Lo que nos trae de vuelta a la realidad, el constante recuerdo de lo ruin que es por momentos la existencia; lo fatal y desgarradora que se vuelve por instantes la cotidianidad, la monotonía, la vida simple del mortal. Adentrarse en la prosa de Bukowski es chocar directa y cruelmente con la realidad, y sentir ambivalencia por lo bello y miserablemente feliz que produce el estar vivo.

“Como cualquiera podrá deciros, no soy un hombre muy agradable. No conozco esa palabra. Yo siempre he admirado al villano, al fuera de la ley, al hijo de perra. No aguanto al típico chico bien afeitado, con su corbata y un buen trabajo. Me gustan los hombres desesperados, hombres con mentes rotas y destinos rotos. Me interesan. Están llenos de sorpresas y explosiones. Me interesan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.”

                                                 Bukowski en “Cojones” del libro Se busca una mujer

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