¡Colombianos! Las armas os han dado la independencia, las leyes os darán a los corruptos

El problema con las Constituciones colombianas radica en que, esencialmente, jamás han sido Constituciones.

Aunque muchos intenten ocultarlo, Colombia no ha conocido en sus escasos doscientos años de historia como nación, una sola constitución. Desde 1811 cuando se realizara “la primera constitución”, se forjó una simple Carta de Batalla. Tan solo fue una negociación común entre los bandos en conflicto para hacer más llevadera cada batalla. Para 1828, ya se habían creado más de  6 Constituciones. La guerra continuaba y cada que terminaba una se creaba otra constitución; en 1830, 1832, en 1843.

Sin embargo nada era suficiente. El país se encontraba dividido. Los liberales y conservadores se mataban dónde se encontraban y para darle fin a ese nuevo conflicto Rafael Núñez le dio un empujón a la naciente nación. Otra constitución para acabar otro problema, la de 1886, con delegados de todos los Estados, es decir, embajadores de las zonas en conflicto.

Pero mas de cien años después, cuando el narcotráfico asolaba el país y el desasosiego parecía absoluto, se dio caza a los carteles más grandes e importantes del mundo, se acabó otra conflagración y el país se reunió para la reconciliación, se movilizó, protestó, exigió la séptima papeleta y entre todos crearon la “Constitución más garantista de América Latina”. Pero de nuevo; una simple Carta de Batalla que nombraba a algunos como grandes ganadores y a otros como perdedores. La Constitución de 1991, que se suponía perfecta porque esta vez todos aportaron en su creación, resultó un simple ideal, pues a pesar de que consagra un reconocimiento enorme a los derechos fundamentales, sociales, políticos, y culturales, la mayor protección constitucional a la diversidad pluriétnica y multicultural, también contiene un modelo económico neoliberal, capitalista  y devastador.

Así fue como, el ente encargado de velar y defender los derechos, obligaciones y principios consagrados en la Carta fundante fue nada más y nada menos que  La Corte Constitucional. Ésta se vio en serios aprietos a lo largo de estos 26 años tratando de hacer cumplir esta norma de normas y por ende tuvo que declarar en varias ocasiones que, aunque la constitución era hermosa y perfecta en la letra, el país se había ido al caño y, a pesar de que tuviéramos garantías y derechos que en el papel se veían hermosos, la realidad no se correspondía en lo más mínimo con esto, y a ese golpe de realidad lo llamó: Estado de Cosas Inconstitucional, que no era otra cosa más que admitir que algo estaba terriblemente mal y que no se podía solucionar, porque la realidad prima sobre las formas, porque aunque le digan que usted tiene derecho a un trabajo, ni el Estado ni nadie se lo puede garantizar, porque a pesar de la existencia de un debido proceso y una calidad de vida digna, las cárceles tenían hacinamiento  de más del 500%, las personas debían dormir en el piso a causa de los desplazamientos,  se moría la gente de inanición en las costas, o se morían en la puerta de los hospitales, a pesar de que el derecho a la salud consagrado en la Constitución también fuera un derecho fundamental debido a su conexión con el derecho a la vida.

Entre una cosa y otra existen académicos e ilustrados que consideran a esta como la mejor Constitución de América Latina y puede que razón no les falte, al menos la más garantista sí es. Sin embargo, es una quimera ajena a la realidad, un ideal inalcanzable, simple letra muerta, que está ahí para que cada año el presidente de turno en complot con sus secuaces que tienen sede en el Capitolio de la República le hagan tantas modificaciones como les venga en gana y así muere el sueño de la legalidad, ahí se acaba el poder de la voluntad del pueblo quien es constituyente primario, quien en principio, fue el que le dio vida a la Constitución del 91.

Es menester recordar que, en 26 años se le han hecho más de 40 reformas a la tan perfecta Constitución de 1991, pero para que se evidencie mejor la gravedad de este acto tan anti-democrático me gustaría señalar un ejemplo; la Constitución Española de 1978 tiene  solamente 2 reformas en su haber.

Entre tanta diarrea legislativa y delirio de constituyente, fue una sorpresa enorme saber que luego de la guerra contra las Farc no íbamos a tener una nueva Constitución: parece ser que la derrota en el plebiscito por la paz le cortó las alas al presidente Santos.

Sin embargo lo realmente curioso es que ahora sí se cuenten voces que gritan por una nueva Constitución. He aquí la razón: los más de diez grandes escándalos que han sacudido la Rama Judicial en lo que va del año, entre los que se cuentan los sobornos a magistrados de la Honorabílisma Corte Constitucional, el caso del Magistrado Rojas quien curiosamente terminaba como juez fallándole pleitos a sus propios clientes, otro ejemplo no menos escandaloso es el de los Magistrados del tribunal del Meta, dónde el descaro y la corrupción llegaron al punto de pedirle a los mafiosos que iban a ser favorecidos en las sentencias que consignaran los viáticos a las cuentas personales de estos honorables administradores de justicia. También se cuenta el escándalo del Ex Fiscal anticorrupción, quien es investigado precisamente por corrupción y también por ser un vulgar extorsionador en EEUU, pero eso es para que vayan evidenciando la realidad del país y la calidad de los funcionarios públicos que ocupan la Rama Judicial y su esencia de delincuentes internacionales, para que todos juntos nos llenemos de orgullo. Ejemplos sobran, como el reciente escándalo de los 3 ex presidentes de la Honorable Corte Suprema de Justicia: Leonidas Bustos, Francisco Ricaurte y Camilo Tarquin, quienes “presuntamente” recibieron dineros de algunos impolutos Senadores como Hernán Andrade y Musa Besaile, y digo “presuntamente”, porque son inocentes hasta que nuestra eficiente e incorruptible justicia demuestre lo contrario.

Así se cuentan algunos de los agravios que han cometido estos delincuentes, quienes se extienden como una peste, contaminan y corrompen el poder judicial, del que ya no se puede creer ni media palabra, porque se ha demostrado que tanto la fiscalía como los jueces y hasta los magistrados de las más Altas Cortes están salpicados en innumerables casos de corrupción. Podría continuar con la lista de delitos y casos que han desvirtuado la Rama, pero no me alcanzaría esta revista para nombrar las afrentas de las que hemos sido víctimas todos los ciudadanos, los mismos que, con nuestros impuestos, pagamos los sueldos de más de 20 millones de pesos de cada uno de estos pintorescos personajes.

Para retomar el caso, y para que tengamos en cuenta que no solo en Venezuela se negocian constituyentes, en Colombia ya existen quienes claman por una, con el único fin de frenar el tren descarrilado en el que se convirtió la Justicia en el país del Sagrado Corazón. Los Magistrados de las Altas Cortes dicen que esto no se arregla con una nueva Constitución, porque corruptos en Colombia somos todos y que eso es un problema de educación. Como dijo Rigoberto Echeverri, presidente de  la Corte Suprema de  Justicia, hace apenas 8 días: “El problema de la corrupción del país no es un problema de estructuración de la Rama Judicial, es de la sociedad colombiana y de las personas.” Hay que buscar por esos lados a ver por dónde se encuentra el camino para salir de esa crisis”. El descaro no tiene límites, como quien dice: Ellos no solo son inocentes sino hasta víctimas de esta sociedad corrompida e injusta.

Pero indudablemente el problema jurídico, como dirían los exegetas, no yace aquí. El verdadero problema de este embrollo radica en que a nadie parece importarle un pimiento esto que está pasando. El verdadero problema es que nadie se queja, ni protesta por el hecho de que en pleno siglo XXI vivimos en un país donde el concepto de justicia no existe, se ha desvirtuado completamente, el fiscal anticorrupción es un corrupto, los jueces son todos amigos o compadres de los fiscales, los magistrados reciben sobornos, los secretarios cobran para que determinado juez conozca de equis caso y al final del día todo se resume en lo mismo: En Colombia la justicia no solo es ciega, sino muda y de paso arribista. Que no le quepa la menor duda de que en Colombia la justicia se compra, y  a pesar de que todos parecen tenerlo claro nadie exige investigaciones, nadie alza la voz, nadie se indigna. Así que ahora, estimado lector o lectora, pregúntense: si esas son las cualidades de los más altos jueces y fiscales, ¿En manos de quien vamos a poner la administración de la justicia del país?

Imagen propia

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