Historia y presente de la investigación científica en Colombia: una locomotora que nunca arrancó

Hace pocos días, se anunció una reducción de dinero del presupuesto nacional del próximo año destinado a diversas áreas, como por ejemplo, a la investigación. A pesar de lo mediática, la noticia no tuvo mucho impacto debido a que la ciencia no era un tema de interés común y a que a los científicos ya no les sorprendía la medida. A fin de cuentas, a lo largo de la historia nunca hubo un adecuado rubro a su disposición (por lo que algunos recurrieron a ayudas extrajeras para conseguir logros por sus propios medios). Si bien el presupuesto para la ciencia ya venía cojo desde hace un tiempo, este no deja de ser un tema de ineludible discusión.

Esta historia comienza en los albores de las universidades granadinas, donde la tarea de producir conocimiento recaía sobre estas y demás planteles educativos, liderados por religiosos transdisciplinares que se movían con relativa facilidad entre las humanidades, como el derecho, la teología, la filosofía y la lógica. Hacia el siglo XVIII llegaron los primeros esbozos de lo que esta locomotora – la investigación científica – era, de manos de españoles católicos como José Celestino Mutis, quien además de liderar la Expedición Botánica, creó una de las primeras cátedras de matemáticas en el país, o José D’Elhúyar, quien introdujo nuevas y valiosas ideas para optimizar la empresa de la minería en el Virreinato, creando el modo de producción que más se ajustaba a las características del país durante La Colonia, prueba de que el progreso científico influye y optimiza en el avance de los demás sectores sociales.

Luego de un salto en el tiempo, corría el siglo XIX y el afán del país por encontrar un orden adecuado después La Colonia trajo desconcierto y algunos conflictos socio-políticos, el radicalismo advino y lo público se interesó en controlar la educación y la investigación para arrebatar el monopolio ostentado por el catolicismo, pero el sostenimiento de una institución seria y capaz de satisfacer las necesidades académicas y científicas, con un cuerpo docente y estudiantil estables, que produjera logros memorables particularmente en materia de investigación, fue difícil, debido al atraso económico en comparación con otros países de la región, el lastre de la herencia colonial y la inestabilidad política de la época. Así pues, las universidades no pudieron dar rienda suelta a la enseñanza de las ciencias, las cuales podían ya tener importantes aplicaciones en la creciente (y por cierto, efímera) industria de la quina, el tabaco y el añil, por tres razones: no existían recursos suficientes para su adecuada instrucción, los estudiantes no tenían la certeza de tener un lugar para su realización profesional en la sociedad y las reformas de mitad de siglo desmontaron las cátedras de ciencias naturales.

Entretanto, después de algunos proyectos y debates, hace poco más de ciento cincuenta años, José María Samper, radical, con algo de exagerada confianza, presentó al Congreso un proyecto de ley de lo que denominó Universidad Nacional de los Estados Unidos, un par de años después, el claustro universitario fue fundado, haciéndole contrapeso a la influencia de la Iglesia católica en la educación colombiana y trayendo consigo (aunque con algunos tropiezos a principios del siglo XX) los primeros atisbos de institución seria con algunos conatos de investigación, de la mano del fortalecimiento de las cátedras de medicina, matemáticas e ingeniería y el inicio del desarrollo económico debido al auge de la exportación de granos de café.

Para la primera mitad del siglo XX, los procesos de modernización en materia política, económica y social, además de la creciente urbanización, trajeron consigo la necesidad de replantear el enfoque (si es que existía uno) científico y tecnológico del país, con lo cual se reformó la Universidad Nacional, se construyó la Ciudad Blanca y se fusionaron algunas facultades, a la vez que se diversificaron y renovaron algunos programas profesionales, así como se crearon y se desarrollaron algunos institutos anexos de investigación.

En la actualidad, la ciencia en el país se encuentra sobre un terreno lábil. A la vez que aparecen un sinnúmero de avances científicos, transformaciones económicas y laborales, y el área de trabajo de cada rama del conocimiento se hace más aguda, en el mundo surgen muchas preguntas de inminente intervención, especialmente mediante trabajo multidisciplinar, pero puede que en Colombia no sean abordadas. Al problema del recorte presupuestal se le suma el hecho de que el conflicto armado, que agobiaba al estado, detuvo aún más proyectos de ciencia en el país (particularmente en materia de biología, pues los ecosistemas selváticos permanecían ambientados con enfrentamientos militares), la corrupción, por parte de los sujetos encargados de los dineros destinados a la ciencia, y la insuficiente inversión privada (que además siempre tiene un aparente interés al asecho que condiciona el trabajo del investigador).

“… las únicas barreras que la ciencia debe reconocer son las propuestas por la mente misma”

De este modo, si bien la priorización de la defensa nacional, en el marco del posconflicto, es una medida que obliga a comenzar un plan de ahorro en sectores como el sustento de los investigadores. Esta baja impide satisfacer las demandas científico tecnológicas que el país y sus universidades tienen frente al proceso de globalización que los cobija, liando así su futuro, por lo que es urgente que el país reconozca la importancia del apoyo a la investigación y la ciencia , incluso en momentos difíciles, pues estas se comportarían como un excelente caballito de batalla que lidere la adaptación al posconflicto, también se hace obvio el compromiso por parte de los funcionarios públicos de dar buen manejo a los dineros destinados a la ciencia, no se puede volver costumbre recurrir a ayuda extranjera, como Adriana Ocampo, Martha Gómez, Rodolfo Llinás o Jorge Reynolds lo hicieron, para producir avances serios en sus respectivos campos de investigación.

Sin ir tan lejos, el impacto de esta baja puede apreciarse al considerar la construcción del Hospital Universitario Nacional, la cual se trajo esperanza para potenciales investigaciones. Sin embargo, aunque algunos científicos e instituciones han logrado, de formas casi sobrenaturales, hacerse con medios y fabricar los rieles y el esqueleto de la locomotora, esta no se pondrá en marcha sin combustible y al menos de manera temporal permanecerá estancada.

Si no hay dinero, hay muchos obstáculos bloqueando el camino de la locomotora de investigación del país: no se podría ampliar la cobertura de los programas doctorales, habría menos convocatorias de investigación y proyectos grandes no serían financiados, además sin ciencia no habría futuro laboral sostenible. La implementación de tecnologías y máquinas, como se ha evidenciado, obligará al profesional a desempeñarse en el oficio que debería hacer (y hasta la fecha no lo ha hecho, en parte porque su entorno no se lo ha permitido): crear conocimiento mediante la investigación. Si el país no responde adecuadamente a estas necesidades, los profesionales de generaciones venideras no tendrán función ni cabida. Así, bajo ninguna circunstancia la ciencia debe ser considerada como un gasto y no como una inversión, por lo que no se puede admitir ninguna clase reducción en su presupuesto.

Si se deja de este tamaño, la locomotora continuará varada y así permanecerá por al menos un año más, por lo que el panorama del desarrollo parecerá insuficiente. Así, este se convierte en un tema de revisión necesaria, en últimas, además de las éticas, las únicas barreras que la ciencia debe reconocer son las propuestas por la mente misma.

Imagen tomada de: https://goo.gl/s2zd8g

Juan Diego Roa Vianchá

Estudiante de Medicina / Universidad Nacional de Colombia - UN.

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