El nuevo viejo Museo Colonial, ¿más de lo mismo?

Los museos, y sus exposiciones, no son espacios neutrales en el terreno de lo político. Por el contrario, son espacios donde se juegan verdaderas batallas ideológicas para escenificar una versión autorizada de lo que es historia, ciencia y arte, con el objetivo de estructurar, desde el pasado hacia el futuro, y pasando por el presente, la verdad discursiva. Con esta idea, nos disponemos a comentar el evento más importante por estos días en cuanto a museos, y museología, se refiere a la re-inauguración del Museo Colonial en Bogotá.

El museo colonial, dependiente del Ministerio de Cultura, trabajó en su renovación museográfica durante tres años y medio. Este cambió un guión y un diseño similares al de los gabinetes de curiosidades de los inicios de la época moderna por una presentación más acorde con el momento museológico actual, o eso esperábamos. Así, el pasado 4 de agosto, el museo abrió sus puertas a un espacio subdividido en cinco salas en las que se hace un recorrido por los tópicos más importantes de lo que significa lo colonial, dejando de lado el más importante. Pero vamos en orden… Para desordenar.

Los primeros espacios buscaban encontrar las relaciones entre la representación religiosa, vital en el arte colonial, y las realidades sociales de dos mundos, que se encuentran en el mundo americano. Estos dos espacios, llenos de pinturas e impresionantes tallas barrocas, reflexionaban sobre la asimilación de lo religioso, lo político y lo racial a través de la descripción teológica de las élites y su decantación por lo cotidiano; desde lo complicado de la construcción del otro como humano en medio del mundo deshumanizado y fantástico americano hasta la hagiografía más simple que vinculaba a los indígenas, negros y mestizos con la religiosidad abstracta más elevada. El espacio busca variar las escenografías a través de una arquitectura llena de diagonales que rompen, y hacen perder ese espacio cuadrado recalcitrante de un edificio colonial como lo es la sede del museo.

Luego de subir las escaleras, se accede a tres salas un poco más interesantes y menos obvias que las dos primeras, dónde se exploran tres temas complejos pero más cercanos a nuestra realidad. Por un lado, el espacio, es decir, la descripción de la geografía imaginada que significó la organización social colonial y las formas de “habitar el territorio” en lo cotidiano (ciudad, casa, cuartos, etc…). La palabra “control” se posiciona como protagonista, en buena parte, del discurso museológico de las salas. Esta organización  de la sala se hace evidente en cómo viven los ricos (blancos y algunos mestizos) y los pobres (negros, indígenas y sus descendientes), y cómo el control, de nuevo, religioso se hace presente en lo más íntimo de la habitación y en lo más evidente de las organizaciones urbanísticas.

Otro espacio explora, de una forma acertada, cómo esa sociedad colonial controlada, por lo menos desde nuestra perspectiva, se organizaba económica e intelectualmente; los estudiantes y los profesores; los artesanos y sus gremios; los campesinos y el clero, todos como engranajes de esa maquinaria social colonial, por lo que sabemos. Todo es expresado por la magnífica colección del museo y un acertado acompañamiento museográfico en el que se acompaña de materiales, estatuillas, tallas y mobiliario de la época a un discurso inmersivo de ambientes que, si bien mantienen una uniformidad, cambian y hacen que el visitante no se aburra.

Y por último, está un espacio que se podría llamar de reflexión o retroalimentación, que creo, es el problemático. Allí se recogen las ideas de representación y de religiosidad, además se traen al presente en forma de pregunta sobre la herencia de lo colonial. Los lugares comunes se hacen presentes para ilustrar la herencia de la colonia: las fiestas de San Pacho (ya mostradas en la sala Memoria y Nación del Museo Nacional), Monserrate y su bizarro contexto, el Cementerio Central con todo y secreto al oído de Leo Kopp, Buga, los exvotos de las iglesias, y toda la religiosidad popular, que se muestra como inocente y sin conexión con la política, ya que tenemos nuestra salvadora Constitución de 1991, la cual separó a la Iglesia del poder, o eso dicen.

Lo anterior está también presente en la Sala Memoria y Nación ya mencionada, lo cual nos habla de un discurso que se quiere hacer valer desde el gobierno para los museos en el posconflicto. Este salto de lo colonial hasta 1991 se vuela todo el siglo XIX y el XX, y con ello todos los conflictos en los cuales la Iglesia y el Estado fueron protagonistas. Pero bueno, lo importante es la constitución que dejó lo colonial y el control eclesial como solo un conjunto de creencias populares inofensivas, y hasta graciosas. Por último se cierra la exposición con la idea que las formas de organización social, y de representar cosas como el espacio o el lenguaje siguen presentes, una vez más, de una forma inofensiva y estéril de lo político, ahora somos una república no una colonia.

Sin embargo, esta esterilización que se hace del presente, quitándole lo colonial a lo verdaderamente sustancioso, refleja el sesgo que parecía no evidente en las primeras salas del discurso museográfico, y que al igual que el Museo Nacional, parece el gobierno hablándonos al oído sobre las ideas liberales (liberalismo como lo entendió el profesor Antonio García Nossa en Latinoamérica y no la verdadera ideología liberal del siglo XIX), de la república, la economía, y cómo no, del posconflicto. Es decir, todo lo que menciona el museo sobre la herencia colonial no hace referencia a lo más importante, al poder, ya que el poder en Colombia, pese a la magnífica Constitución del 91′, sigue siendo colonial; controlado por unas familias que fueron ungidas por la gracia de la herencia (que incluso se remonta a la colonia misma) y que deviene en un poder terrateniente o comercial, que les da el derecho a perpetuarse en los organismos estatales por encima de unas clases que no tienen acceso a las mismas. Estas familias se evidencian en el mismo hecho de que el museo fue inaugurado, de cuerpo presente, por Eduardo Santos y reinaugurado por su sobrino. Un hecho que a la clase política les parece gracioso, pero que evidencia que la democracia no ha tocado el poder desde la colonia, que unas contadas familias (Santos, López, Lleras, Uribe, Holguín, Valencia, etc.), en alianza con las iglesias (sí, ahora entraron a jugar también las protestantes) se han repartido el botín por dos siglos. Y esto por no hablar de la subyugación de la economía del país ya no a España, sino a Estados Unidos, aunque eso es otro tema que requiere un mayor análisis.

En fin, es casi imposible que este ítem (el poder) hubiera sido abordado. Sin embargo, es deber de los profesionales de los museos advertir que, como se dijo al comienzo, ningún museo es un espacio despolitizado y sin discurso. Ya sea por acción u omisión, los discursos políticos, económicos, científicos y artísticos predominantes se hacen presente en el museo en forma de versión oficial, disfrazada de verdad. Nuestro deber es desenmascararlos y, si es posible, hacerlos tambalear al confrontarlos con las mil y un versiones que tenemos de un mismo “hecho”.

PD: En cuanto a lo museográfico, la verdad esperaba más. No me sorprendió, pese a la espera de tres años y medio. Creo que, museográficamente, los museos, siguen siendo predecibles y el diseño gráfico se queda corto. Es una lástima que varios, si no todos, los dispositivos interactivos ya no funcionaban tan solo cinco días después de la inauguración (cuando realice mi recorrido sin la parafernalia hipócrita de las inauguraciones).

Texto y fotografía por: Carlos Arturo Rojas Pérez @arturodegules

Carlos Arturo Rojas

Diseñador gráfico, historiador y magister en Museología y gestión del patrimonio de la Universidad Nacional de Colombia.

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