Condenados a la ficción

Saint-John Perse recibe el bien merecido Nobel en canasta y se despacha con un discurso itinerante sobre el oficio que le permitió alcanzar la millonada que acompaña el Premio, en éste insinúa su mirada romántica sobre la ciencia y la supuesta relación con la poesía; para esto menciona a un hombre de aforismos afamados pero de obra profundamente desconocida, un tal Einstein, quien jura que “la imaginación es el verdadero terreno de la germinación científica”, es aquí donde comienza la discusión. La imaginación tiene un espacio reducido en la ciencia contemporánea que sigue las recomendaciones vetustas de Descartes, Comte y otras cuantas vacas cagonas. Debe estar confinada en el ático o en el sótano, por la providencia de la razón que la ve con desdén como a una oveja negra obligada a vestir la camisa de fuerza del método científico, tal como no sucede en la poesía donde dirige el imperio de la locura, la ficción, el desmadre.

Con esta ínfula despótica, la ciencia de hoy día se consolida en una hegemonía de afirmaciones que, aunque no todas se consideren absolutas, se defienden como si lo fueran para, de paso, excluir todas las propuestas diversas que no cumplan sus imposiciones. Se erigen escuelas donde reclutan individuos en quienes decantan todo este conocimiento y quedan como peinillas bien amoladas prestas para proteger la fracción de verdad que les otorgaron en calidad de entenado, humanos que vociferan con devoción una serie de proposiciones, principios, reglas sin hurgar siquiera un tanto en la posibilidad de que todo ello fuera una patraña bien disfrazada como cientos de veces lo registran los mamotretos de la historia.

Todo alcahueteado por la sociedad. La romería de hombres, que acude con reverencia tras los conceptos certeros emitidos por la ciencia para explicarse a sí misma los fenómenos que aumentan ese temor excrementicio por la incertidumbre, el mismo que la condujo a parir deidades. Como colofón está a diario el aplauso de los dueños del capital que resuena en todos los rincones del planeta que compraron, que la vislumbra como a una doméstica preparada para asear todas sus prácticas inmundas con argumentos sofisticados a cambio de prebendas que permitan “el desarrollo de las ciencias” (con voz de locutor). Es así como se consolida un círculo vicioso que arraiga la supremacía y ratifica estas simbiosis tétricas, pobre Perse, convencido de que en la ciencia como en la poesía siempre prevalece el pensamiento desinteresado.

Como ejemplo, uno entre muchos, de que la carreta sobre una élite dominante parece cierta y tiene sus años, llamamos al vanidoso Sir Isaac Newton, amo y señor de la Real Sociedad Inglesa de su época, que condenó al ostracismo la teoría ondulatoria de un tal Huygens para entronizar su mentira, resguardada por los perros bravos de su camarilla, sobre la teoría corpuscular de la luz mandada a recoger hace más de un siglo. En últimas, la ciencia, como un terrateniente, compró el cincuenta por ciento de la Verdad, el excedente lo consiguió practicando el despojo y sobre este latifundio engorda a los semovientes de la razón que rumian día y noche el método científico para que, en lugar de desparramar boñiga, defequen axiomas, teorías y esas otras aseveraciones diarias de los científicos.

Semejante parrafada sobre una divinidad concebida como inmaculada requiere un par de salvedades y una modesta proposición (no tan modesta como la de Swift). La primera salvedad: no todos los hombres embutidos en la ciencia regente practican de esta manera su profesión, oficio o como se llame, muchos aplican la duda sin excusa alguna y tienen claro que todos los paradigmas de hoy son volubles, refutables, efímeros si se quiere; segunda salvedad: ésta no es la única posibilidad de construir y entender la ciencia, muchos filósofos se muelen o se molieron la mollera abriendo trochas para iniciar un nuevo discurrir de la ciencia, éste quizás con un auténtico desinterés por aquello que no pretenda el respeto de todos los seres que ocupamos el universo, un ejercicio más próximo a la libertad del arte. Por último, la proposición: la ciencia debe desbaratarse como un sistema de verdades para empezar de nuevo y situarse en un intento de comprensión del universo que, no siempre, inventa artefactos, descubre sustancias, con la única certeza de que el hombre en esencia nunca conseguirá la verdad, que ni siquiera estará a diez manzanas de esta, si es que existe y que todas las propuestas aceptadas en ciertas coyunturas traen un beneficio o, al menos, no le hacen daño alguno a la tierra ni a sus ocupantes indescifrables, pero que deben ser refutadas pronto y no perpetuadas para formar doctrinas sin cuestionamientos que sólo se caen cuando es insostenible la falsedad.

En consecuencia, entender a la ciencia como un acto de fe, más elaborado que otros, como siempre lo ha sido (¿o cuántos han tocado un átomo o una partícula elemental o quiénes han sido fieles testigos del ciclo de Krebs o las explosiones solares?). Entender a la ciencia sin fanáticos, ni siquiera devotos, todos aterrizados en la búsqueda de aproximarnos a la naturaleza para respetarla y convencidos, sin temor alguno, de que nuestra única certeza es pescar a diario en el río revuelto de la incertidumbre, porque el hombre está condenado a la ignorancia, sólo vino al mundo a crear ficciones.

Imagen cortesía de: Lupa de Ro.

Latest posts by Lucas Herrera (see all)

¿Quieres leer un poco más?