Medios de la des-información

 

 

Habitamos un mundo globalizado e interconectado. Contamos con mucha más información de la que poseía la biblioteca de Alejandría dentro del bolsillo de nuestro pantalón. La capacidad de comunicarnos a distancia en tiempo real dejó de ser una fantasía desde hace más de un siglo y hemos llegado a comprender que el mundo va más allá de aquello que conocen nuestros ojos. En la era tecnológica, el internet y los medios de comunicación han comenzado a regir nuestro estilo de vida, costumbres, e incluso, ha llegado a moldear nuestra percepción y manera de pensar.

Para una sociedad como la colombiana, educada entre melodramas y reality shows, elementos como el televisor han pasado a ser un aspecto más de nuestro día a día. Parafraseando a Jesús Martín Barbero, este se ha convertido en una especie de integrante más de la cotidianidad familiar que se ha encargado de configurar nuestra visión de mundo[1]. A pesar de que en los últimos años, esa realidad se ha venido cambiando, aún persistimos con una mayoría de habitantes que fueron criados de esta manera y con una concepción poco crítica acerca de aquello que se observa en una pantalla.

No es de extrañar que sea en ese último punto donde radique uno de los problemas que más afecta a la sociedad colombiana. Ante el poco interés crítico del espectador, los medios de comunicación  han  usado esta debilidad como una forma de calar en los individuos y de incluso manipular, en muchos casos respondiendo intereses de unos pocos con poder. Colombia, en conjunto con muchos países, vive este problema de manera latente e incluso preocupante, pues no lo consideramos realmente como el mal que representa.

Desde hace ya varios meses, los canales más importantes del país están plagados de una misma noticia que no hace más que replicarse sin parar: Venezuela, un país en crisis económica y social, que además se enfrenta a un problema externo que ha terminado por condenarlo a una difícil situación, el rechazo generado por la comunidad internacional.  Rechazo que no sólo se ha manifestado de manera política, sino que ha comenzado a aparecer en la sociedad internacional gracias a la influencia de los grandes medios de comunicación. Sin intentar emitir un juicio acerca de la situación que enfrenta nuestro país vecino, mi preocupación como ciudadana me lleva a cuestionarme la manera en que el tema ha sido abordado. Si bien es de interés general, ya no resulta extraño el observar una pantalla y encontrar siempre una noticia que de alguna manera toque el tema, llegando al punto de saturar al espectador promedio colombiano que muy probablemente esté más informado acerca de lo que ocurre en el vecino país en este momento, que en el nuestro.

En medio de un proceso de paz tan atacado, de un gobierno bastante cuestionado y una lucha de intereses en un país tercermundista, surge la duda acerca de si toda esta sobre-información no se trata más que de una nueva cortina de humo sin más propósitos que sesgar la visión del espectador y llevarlo a crear la falsa ilusión de que si bien nuestro país no está bien, “al menos no somos Venezuela”, como he llegado a escuchar en varias ocasiones. Y es que comparar nuestra situación con la de nuestro país vecino no es más que una forma absurda de subirnos falsamente el ánimo y de crearnos una banal idea de que las cosas van bien, en su orden establecido. No sería la primera vez en la que el tema de Venezuela se convierte en un distractor para la población. Otros casos más sonados, México y España. El primero, usado como forma de entretenimiento mientras el país enfrenta grandes asperezas con su gran vecino del norte. Por su parte, el segundo caso se ha convertido en una especie de juego político por parte de varios partidos. Se ha vuelto común traer a colación el tema de Venezuela cada vez que el país o sus dirigentes enfrentan una situación que debería ser de interés general. Ambos casos denunciados en periódicos locales, a los que sin embargo no se les ha dado el alcance que merecen por obvias razones.

Mientras un gran número de la población no hace más que repetir aquello que ven, unos cuantos asumimos el deber de cuestionarnos hasta qué punto permitiremos que sigan ocurriendo situaciones como la anteriormente descrita. La desinformación y la falta de ética periodística ha sido un mal que ha aquejado al ser humano desde que comprendimos las diferentes maneras en que se puede manejar una conciencia. El caso de Venezuela es sólo uno de tantos. Y con esto no busco condenar medios como la televisión. Hace muchos años Hector Abad Faciolince nos proponía apagarla, pues nos había convertido en seres de la incultura[2], punto en dónde llego a una conclusión más parecida a la de Martín Barbero, controvertiendo lo anteriormente expresado por Faciolince, en la que la solución no es dejar de ver, sino tomar una postura crítica y a la vez constructiva acerca de todo el contenido que llega a nuestro alcance[3], pues nos banalizamos, dejamos de diferenciar la información de la publicidad y hemos comenzado a tragar entero todo aquello que observamos en unos medios a los cuales les hace falta país [4].

[1] Martín-Barbero, Jesús. Televisión, melodrama y vida cotidiana. Signo y Pensamiento. Bogotá. 1987.
[2] Abad Faciolince, Héctor. La telenovela o el bienestar en la incultura. Revista Número 6. Bogotá. 1996.
[3] Martín-Barbero, Jesús. La televisión o el mal de ojo de los intelectuales. Revista Número 10. Bogotá. 1996.
[4] Martín-Barbero, Jesús. A los medios les hace falta país. Revista Semana. Bogotá. 2017.

Estudiante de Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Colombia.

Imagen tomada de goo.gl/MQsGRc

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