El mercadito de las flores

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Son dos cajas de fórmica, una junto a la otra, poco más grandes que un ataúd. Quizá, más bien como una cama. En la cabecera de cada una sobresale un tablero y entre unos arabescos un texto caligrafiado: «El mercadito de las flores». Parece escrito con tiza. En lugar de colchón, un conjunto de flores, atestadas y sospechosamente coloridas. Son flores plásticas, y el texto no ha sido caligrafiado con tiza sino tecleado y luego impreso en una lámina que tampoco es un tablero por más que tenga color de tablero y apariencia de tablero.

Más allá sobre el suelo dos cuadros idénticos apilados y forrados de plástico transparente. En ambos, la cara colorida de un caballo. De lejos se alcanzan a sentir unos empastes de pintura sobre la capa posterior. De cerca se notan los caballos impresos sobre la tela, no pintados. Los grumos de pintura, aunque difícil determinar si son hechos a mano, son iguales en uno y otro cuadro.

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La escena está en el piso de una tienda extranjera dividida por departamentos que tiene varias sedes en el país. Los estantes que rodean al Mercadito de las flores están repletos de variados productos para el hogar, que tienen en común una visualidad que evoca justo lo que no son: productos artesanales o de otra época. Apariencia de metal, apariencia de fique, apariencia de madera pintada a mano, apariencia de cerámica de origen, apariencia de vidrio soplado. Un festín del kitsch que, como no puede ser de otra manera, se regodea en lo ramplón y, si se permite, en lo inhumano, porque difícilmente alguno de los productos ha sido tocado por manos distintas a las aspas de las mezcladoras o al caucho frío de los moldes y de las bandas transportadoras. Difícilmente contará para alguien como algo distinto a un número entre miles. Difícilmente cargará una existencia singular al menos hasta que sea vendido. Aquella inhumanidad no es de por sí un problema, sin embargo la estética de la tienda parecería apuntar a una búsqueda opuesta que se agota —y no parece importarle— en el artificio.

Cinco años atrás, quizá, despuntaron los primeros trazos de un fenómeno que, como cada tanto en la historia, incómodo en la homogenización y frialdad cultural arrastrada por el mercado, buscó el germen de un orden distinto, consciente y singular. Una corriente multidisciplinar que intentaba relacionarse de una manera diferente con el mundo e instaurar sus propios modos de producción. Ante la fabricación masiva, la construcción artesanal. Ante el afán de la innovación, la reivindicación de lo pasado. Ante el entretenimiento prefabricado, la experimentación estética. Ante la devastación ambiental de la industria, los procesos ecológicos. Empezamos a oír de a poco palabras como vintage, retro, alternativo, artesanal, sostenible, indie, y tantas más, que en principio olían a gueto y a iniciativas aisladas y diminutas, si acaso en manos de un grupúsculo que luego se conoció como hipster. El mensaje oculto no demoró en calar en esferas más amplias de las previstas, y por tanto en los libros contables de las grandes industrias, que empezaron a verse desafiadas por talleres de garaje, cocinas en microbuses y tiendas de segunda mano. Todo se trataba en últimas de una cuestión de identidad. Si el fin del siglo anterior era el de la identificación en grupo, el inicio de éste parecía ser el de la autenticidad y la búsqueda personal. El mercado, entre brillante y perverso, no iba a tardar un parpadeo en ocuparse del asunto, y lo haría desenfundando su arma más esplendorosa, fácil de resumir en un lema del tipo: si no puedes con tu enemigo, cómpralo. O mejor: cópialo y prodúcelo en China.

El gran aprendizaje del capitalismo en los sesenta fue la aceptación de que no tenía en el fondo ninguna idea qué defender, sino que se sentía cómodo representando cualquier idea que le diera ganancias, pero, muchísimo mejor, representando también a su contraparte. Como un avaro que comprara todas las boletas para asegurarse la lotería, el sistema entendió que, en lugar de resistir a la contracultura, mejor le saldría sobornarla, cuando no simularla y así evaporar el aura de su diferencia.

Hechas las cuentas, para ningún imperio sería rentable jugar al artesano, producir con tiempo indefinido, detenerse en cada pieza, depender de las manos de los hombres. Pero nada dispuestos a perderse el banquete, estos han encontrado su carta más potente en la tramoya de la superficie, arropados por una masa que, a diferencia de los precursores, se habrá de contentar con la ilusión de la novedad, con el veredicto unívoco del espejo que la declare única y original. Una masa para la cual la baratija producida en una fábrica habrá cumplido su misión en tanto cuente el relato de su origen, no importa que sea falso.

El gran mercado, corriendo una carrera contra su propio récord, se presta a devorar cualquier intento de fuga que amenace su estabilidad. Comprado su silencio, o amedrentado, qué espacio podrá tener la contracultura desfilando ya en el seno del sistema al que cree resistir. Prontamente la efervescencia de una manifestación desalineada se esfuma aturdida por la estética rimbombante de la imitación, de la banalidad, de la impostura, de la superproducción. No suficiente, y aun con la prisa, el sistema se regala sus espacios para la invención, incluso para la jactancia de su victoria: las flores del Mercadito, a diferencia de sus modelos naturales, prometen nunca marchitarse.

Artista, estudiante de Maestría en Estética, Universidad Nacional sede Medellín.

Fotografías por el autor

Eduardo Correa

Artista, estudiante de Maestría en Estética.

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