Cagados y con el agua lejos

Durante la década de los setenta y ochenta, Colombia experimentó uno de los mayores flujos emigratorios de su historia con rumbo hacia el país con el que comparte frontera en el nororiente: Venezuela. Según las cifras censuales del país vecino, el número de habitantes de este territorio nacidos en Colombia para 1941 era de 16.976, pasando a ser de 684.040 para 2011. Destacándose en este proceso demográfico el incremento del 178% ocurrido entre 1971 y 1981, ocasionado en gran parte por el aumento del precio del barril de petróleo generado por la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) en 1973 y que significaría en su momento una apertura de nuevas posibilidades económicas para una gran masa de colombianos que emigrarían a tierras venezolanas.

Hoy la situación se revierte y, si hasta hace poco lo normal era hablar de una emigración de colombianos hacia Venezuela y no al revés, lo cierto es que gracias a la crisis política y económica que afronta el país vecino, actualmente Colombia ha presenciado uno de los mayores flujos migratorios de venezolanos a suelo cafetero. La pregunta que ahora surge es: ¿hoy existen las condiciones sociales para que la economía nacional no se vea afectada negativamente por este incremento exponencial de venezolanos en Colombia?

Una coyuntura migratoria similar se ha vivido durante décadas al norte del continente. México históricamente ha tenido un vínculo socio-económico muy fuerte con Estados Unidos, país que le ha abierto sus puertas a 33.6 millones de personas de origen mexicano. Sin embargo, la situación colombiana difiere de lejos a la norteamericana. La economía ‘gringa’ está estructurada de tal manera que, históricamente los mexicanos se han desempeñado en labores de mano de obra no calificada, cubriendo un hueco económico no tan importante para las aspiraciones laborales de los nacidos en suelo estadounidense. A su vez, sus generosas cuentas nacionales y su modelo de producción, punta de lanza del capitalismo mundial, permiten que haya una amplia gama de posibilidades tanto para nativos como forasteros en temas de vivienda, salud, educación y sistema crediticio en general. Posibilidad que muchas veces ha permitido que varios de los foráneos regresen a sus países natales con las arcas llenas y con la oportunidad de darle una vida más tranquila en temas económicos a los suyos.

En Colombia pasa todo lo contrario. En los últimos años, las cifras indican que varios rubros macro como la pensión, salud y educación se han venido colgando tanto en presupuesto como en calidad, y si esa papa caliente nos toca a nosotros los oriundos, ¿de dónde sacaríamos para los ‘venecos’? Por otro lado, nuestra economía se ha caracterizado en los últimos años por tener una naturaleza informal y, si bien la tasa de desempleo -según cifras del DANE- ha vuelto a ser de un dígito (8,7% para junio), lo cierto es que la mayoría de las personas económicamente activas se desempeñan en el sector de la informalidad (51%) y de labores no calificadas, porción de la economía que ahora también estará compuesta por los inmigrantes venezolanos.

Indiscutiblemente habrá una modificación extraordinaria en los registros migratorios de Colombia y en parte de la composición de la economía nacional; el quid del asunto ahora pasa por identificar el modus operandi que nos permita, en primer lugar, recibir de la manera menos traumática posible a todos los venezolanos y colombianos repatriados que ahora se devuelven y, por otro lado, cómo sacarle provecho a este nuevo grupo de personas en la construcción de país dentro de una época de posconflicto.

Ahondando un poco en temas geográficos, Colombia está compuesta por 1.141.748 km² que albergan a un total de 48 millones de habitantes, lo que significa una densidad aproximada de 42,6 habitantes por km2. Un número relativamente bajo si lo comparamos con la densidad de Japón (336 habitantes/km2), tercera economía con el mayor PIB mundial. Por lo que el problema no pasará por una sobrepoblación del territorio; en lugar de ello, junto a las tierras que ya no estarán en zona roja por la resolución del conflicto armado entre las FF.MM. y las FARC, este fenómeno migratorio podría significar la creación de nuevas actividades económicas en territorios que antes eran azotados por la violencia.

Sin embargo, esto no parece viable en el corto plazo, y es que, si bien la densidad de Colombia es de 42,6 habitantes/km2, nuestro país sufre un mal característico de algunos países en desarrollo: la incorrecta transición y la gran conglomeración citadina que hubo en la segunda mitad del siglo veinte en la transformación de la composición del casco urbano y rural; lo que generó que muchas de las ciudades principales se gestaran con una gran cantidad de gente que venía del campo a conseguir una mejor vida en la ciudad por cuestiones laborales o de desplazamiento violento -ítem último que explica en parte la reestructuración campo-ciudad colombiana-. Así, nos topamos con que la mayoría de la población se encuentra concentrada en cinco ciudades principales: Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga y Barranquilla. Por lo que lo más acorde a la realidad es que en los próximos años haya un aumento de la población en estos puntos demográficos principales en vez de que los territorios más deshabitados comiencen a ser poblados y activados económicamente hablando.

Para no ir tan lejos, un modelo claro para calcular el efecto de las consecuencias de esta ola inmigratoria en las principales ciudades del país es el sistema de transporte masivo de Bogotá, donde según las cifras oficiales de Transmilenio, hubo un aumento de la demanda de casi el 16% para agosto del año anterior, y donde día tras día se evidencian en los distintos medios de comunicación -así como en el trajín matutino de los ciudadanos de a pie- los problemas que está teniendo este sistema para equiparar de manera digna la creciente demanda del servicio. Así pues, ante una oferta de flotas constante, se espera que, con la demanda entrante proveniente de inmigrantes, este sea uno de los sistemas que colapse al punto de necesitar alternativas urgentes de operatividad. Sin embargo, este es un tema que da para una columna completa.

El panorama venidero pone sobre la mesa varios retos en materia económica y social que deben ser superados de manera eficiente mediante políticas públicas que abriguen la inevitable ola de inmigrantes que desde ya han ido penetrando las fronteras cafeteras. La coyuntura por la que pasa nuestra patria hermana Venezuela empeora cada vez más y, nosotros los colombianos, parecemos destinados a ser el revulsivo con el que esperan contar cerca de un millón doscientos de venezolanos que, hasta el momento y sin contar los repatriados, han emigrado en busca de oportunidades y un nuevo comienzo en tierras nacionales, la pregunta es… ¿Estamos para esas?

Imagen tomada de: goo.gl/SxpUvM

Bibliografía

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Transmilenio S.A. (2016). Transmilenio. Obtenido de Transmilenio: http://www.transmilenio.gov.co/Publicaciones/estadisticas_de_oferta_y_demanda_del_sistema_integrado_de_transporte_publico_sitp_septiembre_2016

Diego Alejandro Gómez Gutiérrez

"Escribir es Resistir" M.M.
UN como Alma Mater. Economista en formación.

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