Fútbol, delirio de lo improvisto

“Cuando presencio un partido, unos me son más simpáticos que otros. Conquistan espontáneamente la simpatía por cualquier accidente del juego. Y deseo que gane el que más rápidamente captó mis simpatías. Voy al espectáculo deportivo sin prejuicio alguno” – Federico García Lorca.

La mecánica del juego no puede ser más sencilla, la naturaleza interna del encuentro obliga sutilmente a inclinarse desde el gusto hasta los intrigantes límites de la exaltación. Partidario de la historia, de la identidad, de la descendencia, el individuo, que asiste empedernidamente al espectáculo que le ofrece el deporte magno, se deja llevar por el camino donde lo irreal se transforma radicalmente en una realidad indisputable.

El sistema, en este caso el que encierra al mal llamado “opio del pueblo”, ha sufragado rebeldemente al hombre del barrio obrero, del mismo modo, ha exiliado sin gasto excesivo, al personaje de realzada alcurnia para hacerlo parte del campo de guerra. Allí, donde marcar, gustar y, más descaradamente, ganar, se convierte en la sustancia que da vida a ese ser aplacado por los torbellinos de la desordenada sociedad, es allí donde se presenta el conjunto de los más íntimos valores humanos éticos y morales.

La razón esencial del fútbol, su centro, la chispa que da empuje al movimiento más vanagloriado y entendido globalmente es, impensadamente, los valores sociales. La fortaleza cultural al conformarse el colectivo, la utopía sediciosa de lo contracultural al momento de actuar. La dinámica se establece como realeza, la impaciencia como estereotipo y la táctica como el as bajo la manga. La estrategia, aliada caprichosa.

Este fantástico microcosmos, al que Federico García Lorca asistía sin prejuicio alguno y con el afán de ser conquistado espontáneamente por la simpatía de cualquier accidente del juego, presenta, como cualquier hecho e intrínsecamente como cualquier medio, actos irreverentes, frontales, contradictorios. Golpe de opinión. Sin el más mínimo pudor de pensamiento y previsión, el espectador no espera un hecho fuera de lo común que marque su sentir, su forma de ver, mucho menos que deje huella, positiva o negativa en la historia. Pero, como el juego es dinámica de lo imprevisto, esa especulación, nacida de una diferencia, ego, soberbia, malhumor, en fin, una molestia mal librada, termina por ser una locura en el contexto deportivo. Un punto desaforado, un desparpajo.

El hecho de moda, del que toda la masa conocedora del juego comenta, el gasto de 222 millones de euros en un jugador, un humano como cualquier otro, con risas y penas, momentos amargos y agradables. Una cifra históricamente exorbitante. Sí, cerca de 780 mil millones de pesos colombianos. Extravagante, desprovisto, desmesurado. Un showman carente de razón pero con modesto sentido.

Sin medir las consecuencias y sin el mínimo principio de juego limpio universal se ha cruzado, en el frenesí interno del balompié contemporáneo, la estrecha línea entre los valores sociales y el comercio insano. De nuevo, el mercantilismo, acecha el sentido vivir del fútbol. El individuo, encargado de dar alegrías, destacar, arriesgar su felicidad por el éxito y la fama, se somete a ser un producto; se compra, se vende, se presta. Ligado a la crítica, actúa, sin pensar, que su desdicha la rige el poder, establecido extrañamente por su talento.

El fútbol como sistema provee el propósito de ser un estilo de vida para muchos o quizá un escape de la cotidianidad para otros. Sin embargo, es de conocimiento común reconocer que este juego es una industria, un comercio, inestable y desmedido ocasionalmente, pero en fin, con tintes escrupulosos que mitifican su intenso hedor. Ningún otro deporte consagra tal magnitud en el concepto de industria.

Todos deben respetar el principio en el que se fundamentó esta escuela de vida. Debe siempre haber más de juego que de dinero y fama. Solidaridad, honestidad, ejemplo. Se trata del deporte con más seguidores en el mundo. Miles de millones de aficionados siguen con fervor al gambeteador, el técnico, el ariete, el asistente. No se trata de los miles de millones estampados en un cheque al fin de cada mes o al concretarse una transacción. El tiempo que el fan invierte de su oficina o academia en ver el espectáculo debe ser remunerado con juego, belleza, estilo, un paradigma al cual seguir y con el cual identificarse.

Debe darse lo mejor de cada uno con el propósito de mantener este magnífico, elegante y clásico deporte que no excluye a nadie de sus vitrinas. Mantener viva la esperanza y la fe. Conservarlo como lo que fue y como lo que siempre debería ser. Símbolo de unidad, de diversión, de cultura.

Los jóvenes talentos, surgidos en gran mayoría de los suburbios de las capitales del fútbol, son blindados con escalofriantes cantidades de dinero pasando por encima de la justicia social. Viene sucediendo y hasta ahora, representa una desdicha en la espontaneidad del contexto. Esto no debe convertirse en la identidad que predomine en el sentido de los jugadores. No por los medios ni los aficionados. No por los viejos y ante todo, nunca por los jóvenes.

Como personas de fútbol y cultura, es deber validar cada vez en los estadios, en los foros, en la tertulia, las raíces sociales e históricas. En todo rincón del mundo, en el que se respire fútbol, la unión debe estar replicada por la integridad, el respeto, la comunidad y la transparencia.

No se puede olvidar, mucho menos ahora, cuando lo intemperie se hace viral al punto de mutarse a lo caótico. El paradigma a seguir para los jóvenes y niños que con holgura e ilusión creen en el deporte, no debe estar construido por los entes bancarios, sino por los valores y el carácter en el campo de juego. Construido por el fútbol y para el fútbol, por la jugada que todos aman. Por el mundo que compartimos juntos.

Que para siempre, por honor y respeto a la historia, se mantenga la autenticidad de este deporte.

Más goles, menos dólares. ¡Que viva el fútbol!

Por: Norbey Danilo @norbeydanilo.

Imagen tomada de: goo.gl/rLtpxw

Norbey Danilo

Estudiante de Ingeniería. Individuo, diletante, inconformista, magnánimo. El maestro Panzeri lo tenía claro – La palabra no ha sido inventada para no decir lo que pasa y lo que pensamos. Para callar y ocultar se inventó antes el silencio. Yo no participo de la comodidad del periodismo sin opinión –
Academia, magazines y mucho deporte.

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