¡Todos los políticos son iguales!

En Colombia a menudo pronunciamos esta expresión y a pesar de que exterioriza de forma clara las percepciones, sentimientos e ideas que se tienen de la clase política en general, los dirigentes que la conforman no se estremecen. Pero ¿Cuál es la razón para que no les impresione una manifestación que podría desestabilizar el poder que detentan?, ¿Existe un reconocimiento de que son representantes o mandatarios de la nación?

Ríos de tinta han confluido para legitimar la presencia del Estado, influyentes teóricos han acompañado ideológicamente las diversas formas de organización político-jurídica de las sociedades humanas, las construcciones teóricas son tan brillantes y coherentes que son adaptadas e incluidas en el Derecho Positivo.

Vale la pena recordar por ejemplo a Jean Jacques Rousseau, el teórico de la soberanía popular, del contrato social, defensor de la concepción de democracia antigua, esto es, del poder legítimo radicado en el pueblo como actor libre y protagonista de su propio destino, y opositor de la concepción moderna de democracia, es decir, del poder legitimado por las mayorías, que se caracteriza por estar subordinado a la voluntad de los “representantes” y que convierte al pueblo en un simple espectador de las decisiones que se toman en su nombre.

A Benjamín Constant, quien diferenció el concepto de libertad antigua de la moderna, señalando que la libertad en los antiguos se encontraba determinada por el ejercicio directo de los derechos políticos, por la participación activa que tomaba cada ciudadano en la soberanía, por el reconocimiento individual del valor del sufragio como parte esencial de la importancia personal e influencia real en la administración del Estado, mientras a la libertad moderna la identifica con el goce pleno y absoluto de los derechos civiles e individuales y el ejercicio del sufragio restringido – democracia indirecta o gobierno representativo-.

Pero ¿qué sentido tiene recordar a Rousseau y Constant?, sin duda no tengo otro objetivo que difundir la idea de que a partir del momento que el pueblo dejó de deliberar y gobernar de forma directa y lo hace a través de sus representantes perdió su libertad política.

A los representantes se les otorga un voto de confianza para que promuevan el interés general; sin embargo, de manera constante ese voto de confianza se ve defraudado, nuestros representantes se comprometen con intereses particulares e inclusive individuales, el fenómeno de la corrupción se propaga en cada rincón de nuestro país y pese a la incalculable producción normativa para menguar este fenómeno, ninguna pena resulta suficiente ni siquiera para disminuir sus proporciones, circunstancia que da lugar a que los Colombianos asumamos una posición pesimista y de indiferencia frente a la política, que en manera alguna desestabilizaría el poder que detentan.

En efecto, la desconfianza generalizada de la población Colombiana en el gobierno representativo, si bien es cierto ha originado acciones de resistencia -actos de oposición o protesta- ha permeado la convicción más íntima y profunda de que la democracia se ha convertido en una disputa sin tregua por la distribución del poder y el reparto burocrático, generando actitudes de conformismo; inclusive, pareciera como si hubiéramos desarrollado la capacidad para soportar y aceptar las dolorosas vivencias de la violencia, la exclusión y la pobreza que enfrenta el país, como si nuestras conciencias se embelesaran y dejaran de añorar la libertad política, libertad que nos permite tomar partido de la vida misma, de las decisiones que nos afectan.

Por @luzdayancaballero Abogada Universidad Católica de Colombia; con Especialización en la Universidad Externado de Colombia.

Luz Dayan Caballero

Abogada egresada de la Universidad Católica de Colombia, estudiante de Administración Pública.

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