Gay Talese es gaitanista

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Foto tomada a uno de los retratos de Gaitán expuestos en la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán

El cielo amenazaba con  lluvia, como en aquella tarde de incendios. Un viejo con sombrero y traje aprieta los labios y lee despacio la ”Oración por los Humildes” de Jorge Eliécer Gaitán. Se llama Efraín Camargo y es un gaitanista lúcido y vívido. Viéndolo de perfil, con toda su elegancia y antigüedad, es imposible no recordar a Gay Talese; padre del nuevo periodismo. Detrás de Efraín, atravesando un sembrado de rosas, está la tumba de “El Líder”: Un círculo de piedra labrada con un rosal marchito en el medio. Sobre la piedra está escrito un nombre y dos fechas: Jorge Eliécer  Gaitán, 1903-∞.

— Don Efraín, ¿usted cree que algo de Gaitán permanece?

—No. Nada —dice haciendo una pausa y negando con la cabeza— ¿Pero qué? Nada.

— ¿Si hoy pudiera decirle algo a Gaitán qué le diría?

Efraín Camargo, se balancea en una de sus piernas y mira sobre mi hombro para ver la tumba de Gaitán.

—Yo le diría que él sí fue un pueblo —su voz se entrecorta. Saca de su bolsillo trasero un montón de servilletas y seca las lágrimas. Luego continúa —. Si uno llora es por rabia, por todo lo que pasó después.

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A la izquierda Efraín Camargo, a la derecha Gay Talese

Efraín Camargo esconde las canas bajo un sombrero negro. Su cara es seca, sus orejas enormes y su nariz prominente. Mide 1.70 –lo sé por su cédula- y su cuerpo duro sostiene un traje oscuro y una corbata con un nudo enorme. En su mano izquierda esconde el papel con el que se seca las lágrimas. La mano derecha, con dos o tres dedos y un muñón, nunca sale de su pantalón.

— ¿Nació en el treinta? —le pregunto sorprendido.

Efraín me mira, sus ojos son azules pero se ven marchitos por las manchas negras de la ceguera, se mete la mano entre el corazón y el abrigo y saca su billetera. Me muestra su Cédula. Efectivamente nació en 1930. Luego me estira un papel rojo, es su carnet del Partido Liberal.

—Yo he sido gaitanista desde el 42 hasta hoy.  Estudie en los colegios públicos de Gaitán. Y nos daban todo, los papás solo tenían que dejarlo a uno en el colegio, y ya. Todo gracias a Gaitán.

— Entonces, ¿ estuvo en La Marcha del Silencio?

Efraín se me acerca, poniendo su oreja junto a mí para escuchar, luego se  pone recto abre los ojos y continúa:

— ¡Claro!¡ claro que sí! En la marcha del silencio y en todos los viernes culturales en el Teatro Municipal. Yo no perdí oportunidad para verlo.

— ¿Qué pasó el nueve de abril?

Hace sesenta y seis años, el joven Efraín Camargo de 18 años, trabajaba como comerciante en una plaza de mercado al sur de la ciudad. Al enterase de la muerte de Gaitán, Efraín corrió entre una multitud a resguardarse en su casa. Más que recordar la tarde del 9 de abril, Efraín recuerda los muertos en las calles y en los diarios del día después. En ese punto del relato, Efraín se interrumpe para sacar servilletas y limpiarse las lágrimas disimuladamente. Luego me mira y me pide perdón.

Mientras Efraín responde a mis preguntas, la tumba es rodeada por un pequeño grupo donde predominan los viejos y un gato que se pasea por el lugar, saludando a los visitantes. El reflejo del gato aparece y desaparece en los charcos que se hacen por las goteras que dominan todo el edificio anexo a la casa en que vivió Gaitán.

Junto a la Tumba de Gaitán es fácil saber por qué no sobrevivió su legado. Enterrado en medio de un edificio de ladrillo rojo, que ocupa la mayor parte del predio de la Casa Museo Gaitán, el sepulcro de Jorge Eliécer está protegido y aislado por una coraza de ladrillo con musgo, cintas de amarillas que dicen peligro y vallas que esconden los montones de basura que allí se guardan. La tumba del Negro Gaitán es una edificación donde no puedes llegar a lo alto y no se puede fotografiar la parte superior por vergüenza del panorama de desastre.

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En realidad toda la Casa Museo Gaitán deja mucho que desear. La casa propiamente dicha, el punto central y mejor conservado, es un recorrido por la vida cotidiana e íntima de Gaitán –incluido el baño-, en donde las paredes y los guías nos salpican levemente con su faceta pública sin revelar las justas proporciones de su legado.[1] Junto a la casa, un vagón del ferrocarril convertido en sala de cine y los rieles incrustados en el piso, son la excusa para hablar de los incendios del Día del Odio. El resto del predio, del lado de la carrera 16, es un parqueadero.

Sin embargo, es la tumba el centro de atracción. ¡Cómo no!, si todo el mito de Gaitán gira entorno del 9 de abril y la turba en llamas. Sobre ese día, que parece ser el único que cuenta en la vida de Jorge Eliecer. Alrededor de su muerte, gira todo lo que sabemos de El líder, como si su vida y obra simplemente no valiera nada, y su mayor logro –su mayor fracaso- fuera morir baleado en pleno centro de Bogotá. Gaitán es el hombre que murió en la víspera.

Pero la desaparición del Gaitán Nacional, evidente cuando extremas derecha e izquierda lo reclaman en sus filas, no es fortuita. En Colombia nos hemos esforzado por olvidar a Gaitán. Comenzando con su entierro en la sala de su casa,  un sitio estrecho y privado a donde no podría acudir el Pueblo al que Gaitán dirigía, luego los ataques de los conservadores a los gaitanistas, y ahora este olvido solemne y anual al que lo sometemos en un edificio que amenaza con caer y borrar todo rastro de Gaitán por siempre.

—Yo tenía mi carnet de gaitanista antes que el de liberal. ¿Ya se lo mostré? —Efraín hace un ademán para sacar del bolsillo interior de su saco la billetera.

— Sí señor, ya me la mostró.  ¿Qué le pasó al carnet de gaitanista?

—Me lo hicieron comer. Me arrodillaron en la carrera doce sur con calle sexta y me dijeron  —Efraín se acerca a mí y con su mano izquierda me apunta con un arma invisible—, se lo come o se muere.

Termina la demostración, Efraín vuelve a esconder su mano izquierda en el bolsillo de su traje.  Un grupo de jóvenes –y otros no tan jóvenes- nos han rodeado y escuchan las historias del viejo que llora cuando recuerda su vida marcada por un hombre que era un pueblo.

Cuando termina la entrevista, algunos se arriesgan a pedirle a Efraín una foto. El viejo posa solemne escondiendo sus  manos atras. Se despide tomándome con sus manos los brazos, “Después de llorar, !qué dicha!” me dice antes de darle una última mirada a la tumba y caminar hacia la casa. Termina otro nueve de abril y la lluvia comienza a pintar figuras en las aceras grises. Nada apagará el fuego que camina bajo sombrero.

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Recomendado: en la sala de Museo Casa Gaitán se  exhibe un corto animado  sobre los orígenes de la Violencia en Colombia, dejo el link para los que lo quieran ver: https://vimeo.com/154010137.

[1] Una muestra de la importancia de la muerte en la construcción de la memoria de Gaitán está en que anteriormente  en la Casa Museo se exhibían el traje con que murió Gaitán y el arma con que le dispararon.  Gloría Gaitán, hija de Jorge Eliecer, habla al respecto en un artículo “Memoria y memoricidio” que escribió para la Revista del Archivo de Bogotá: de Memoria. Pueden encontrar el texto en el siguiente link: https://issuu.com/archivodebogota/docs/revista_de_memoria_no.6

Texto y fotografia por: Juan Pablo Parra @parra95

Imagen de Gay Talese tomada de: http://drugstoremag.es/2015/05/mirando-el-ring-gay-talese/.

Juan Pablo Parra

Estudiante de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro de la revista Ciudad Blanca.

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