Westworld: clímax del poder tecnológico

Luego de varios retrasos, el domingo pasado la cadena televisiva HBO estrenó su nueva serie, anticipada con bombos y platillos: Westworld. Como muchos fanáticos de la ciencia ficción sabrán, el programa es una adaptación inquietante de la película homónima de 1973, escrita y dirigida por Michael Crichton. La premisa es básicamente la misma: en un futuro donde las posibilidades tecnológicas son en apariencia ilimitadas, un parque temático sumamente sofisticado y exclusivo ofrece a clientes adinerados la oportunidad de vivir en carne propia la época del Viejo Oeste. Experiencia en “carne propia” que no es un mero copy publicitario sino un epíteto anticipativo de la vivencia real de la ficción.

Si el argumento le suena, de seguro es porque Crichton más tarde exploró una variación del mismo tema en la novela Jurassic Park, adaptada por Steven Spielberg en 1993, sin tanto vaquero y más bien protagonizada por criaturas exóticas.

Westworld hace un estupendo trabajo sumergiendo de inmediato a la audiencia en su modelo ficticio. No pasan más de 10 minutos del primer episodio cuando las reglas generales del parque son establecidas: los clientes, llamados “newcomers”, llegan vía tren a un supuesto pueblo árido del Oeste para interactuar con androides, “hosts”, que a simple vista son indistinguibles de ellos mismos. En este mundo el adagio popular “el cliente siempre tiene la razón” es ley, pues lo que manden o soliciten se debe cumplir a cabalidad, sin reparos, sin escrúpulos. Los Newcomers cargan sobre sí todo el derecho de hacer lo que les plazca con los androides. Desde tener una amistosa charla con ellos, coquetearles o embarcarse en espontaneas aventuras (previamente preparadas por el equipo narrativo del parque), hasta lastimarlos, dispararles a quemarropa, violarlos, torturarlos y matarlos a voluntad. Todo lo que se considere necesario para satisfacer sus placeres más íntimos y abyectos.

Por otro lado, los androides son diseñados y programados de manera que inhiban lastimar físicamente cualquier criatura viva. Impidiendo toda suerte de retaliación al borrar su “memoria” al final de cada jornada.

Al inicio del programa, gracias a una decisión astuta de storytelling (Los creadores son Jonathan y Lisa Joy Nolan), conocemos Westworld desde el papel de los androides, sus roles en la escenografía del Lejano Oeste y su función de peones a la hora de cumplir los caprichos. Lo cual revela un curioso y cruel detalle: aparentemente experimentan emociones. Ya sean artificiales o no, perciben dolor y miedo como también sienten afecto y rabia, sin tener la menor idea de que no cuentan como gente “real”, al menos no para aquellos que se consideran reales.

Este detalle paradójico con certeza hace a la “atracción” mucho más emocionante y más realista para los visitantes y su desfogue. También significa que el abuso excesivo que algunos androides tienen que sufrir es un trauma real para ellos.

El punto de vista objetivo que maneja la serie confronta al espectador con cuestionamientos incómodos, alarmantes, que tras el paso de cada minuto se van agolpando en la cabeza exigiendo esclarecerse y conjeturando respuestas. Por consiguiente, la reflexión filosófica no está de más y es todo un desafío para la audiencia enfrentarse ante los conceptos científicos que no distan demasiado de alterar nuestras vidas, como lo es la inteligencia artificial.

Westworld intriga a primera vista, obsesiona. Su trama experimenta con un increíble y vasto cóctel de géneros como: sci-fi, western, drama, horror, suspenso que enajenan y fustigan la curiosidad durante los 60 minutos de duración del capítulo, y lo mejor, uno quiere ver más.

Solo en el primer episodio hay escenas reminiscentes de grandes historias como Frankenstein, Blade Runner, Black Mirror, A.I, Ex Machina, The Truman Show y Rise of the planet of the apes; un agasajo completo a la ciencia ficción que apuesta ser el remplazo para la audiencia masiva de Game of Thrones. En cuanto a los elementos no relacionados con el argumento: diseño de producción, música, actuación (un elenco envidiable liderado por Anthony Hopkins) y efectos visuales, el resultado es formidable, como cabe esperar de los grandes presupuestos de producción de HBO.

Las indagaciones y discernimientos del alcance de la tecnología en nuestros días los saca usted, porque si se puede tener bien en claro una intención de la serie es la de ponernos cara a cara con el deseo desafiante y tentador de nuestras fantasías más hondas, para decidir si accedemos a dar el paso hacia adelante o, si por el contrario, retrocedemos.

No cabe más que recordar el reconocimiento del teórico Paul Virilio sobre el paso del ser humano de fuerza laboral activa al ser humano sobreexcitado de fuerza laboral pasiva: cuanta mayor velocidad tecnológica logremos, mayor será la necesidad e intensificación de nuestros placeres.

Por: Camilo González

Imagen tomada de: goo.gl/hi4986

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