Colombia Científica

 

Parece un faro en la mitad de la Cordillera Oriental. Construido ahí en 1803 para que las estrellas que surcaban el cielo no naufragaran contra los Andes. Así es el Observatorio Astronómico Nacional (OAN), el primer observatorio construido en América. Visto de afuera también parece un fantasma. El espectro de aquella Colombia que ya no es, pero que un día fue: la Colombia científica.

Sebastián, el guía del observatorio, con sus pantalones holgados y su sonrisa permanente, termina de registrar una bolsa llena de mapas que encontramos durante nuestra visita. Uno de los guardias en traje palapa la bolsa negra de arriba abajo, deja la bolsa en el piso y trata de mirar el contenido de los mapas a través el agujero que sirve de mirilla al enrollar un papel.

Es cerca del mediodía, el día es claro y el viento mueve las palmeras. El Observatorio Astronómico Nacional aún sigue ahí. Un fantasma. Blanco y decrepito, simplista ante la opulencia que lo rodea, un hueso blanco y viejo enterrado en medio de la ciudad. Sigue ahí para recordarles a todos que dejamos pasar nuestra oportunidad de ser una potencia científica. Un retazo de esa época en que Mutis, Caldas y Humboldt pasearon por una Bogotá que aún practicaba esa antigua tradición Muisca, mirar a las estrellas.

Cuando Sebastián sale me pide que cargue los mapas con una sonrisa. Al llegar a la esquina le doy las gracias al guía. Me volteo para verlo por última vez, sigue ahí: muerto, solo, tras las rejas. No es un observatorio astronómico, es una tumba.

La Tumba

Para conocer las Sede Histórica del OAN se necesita cita previa y puntualidad. En la entrada, una oficial de policía me solicita la cédula, verifica que esté en la lista y me deja entrar. Luego un hombre con traje me requisa. Dejo todas las cosas que llevo en mi maleta y se la entregó a otro hombre con vestido. Un oficial de policía la recibe a través de un orificio en la pared. Yo ingreso a una capsula de puertas de vidrio automáticas. Salgo y entrego mi cédula mientras pasan mi maletín por una máquina de rayos X. Revisan mis datos en la pantalla y me dejan entrar. El proceso termina con el registro y una foto en la recepción de la Casa de Nariño.

Me siento en una pequeña sala. Las paredes son blancas y el piso parece recién brillado. Fotos del presidente, los ministros y sus familias decoran los muros. Un grupo de uniformados me acompañan, me llaman por mi nombre y me saludan con amabilidad, yo miro sus gafetes para responder. “Son lo mejor de lo mejor: ejército, policía y la marina”, me dice uno de los jóvenes con uniforme de gala que entra y sale de la recepción. El guía aparece hora y media después de lo acordado.

El Observatorio cuenta con cuatro plantas incluida la cúpula. Las plantas se comunican gracias a una escalera cuadrada pegada al resto del edificio y qué le da cierto aire a iglesia. En el primer piso se encuentra una amplia mesa para reuniones, algunas máquinas de escribir fuera de forma y parte considerable de la que llaman “la biblioteca astronómica más grande del país”, conformada por grandes volúmenes antiguos en todos los idiomas posibles. Candelabros con un fingido aspecto colonial cuelgan como ramas de árboles de las paredes. En el piso se encuentra la puerta del túnel de escape –ahora inutilizado- que daba a La Casa de la Expedición Botánica. El techo se eleva varios metros sobre el piso y tiene forma de huevo. La curvatura de las paredes genera un singular efecto acústico: al ubicase al centro del recinto es inevitable generar algo de interferencia por el eco, pero, al parase en los extremos de la circunferencia, aun los tonos bajos viajan con una claridad y tono perfectos.

Esos curvados muros fueron testigos del nacimiento de nuestro País. El 19 de julio de 1810, un grupo de jóvenes criollos –entre ellos José Francisco Caldas y Camilo Torres– se reunieron en el observatorio para ultimar detalles de una conspirar contra la monarquía.

En las escaleras adjuntas se encuentra emparedada una placa conmemorativa que mandó a poner Tomás Cipriano de Mosquera. La segunda planta es mucho más alta. El techo tiene una pequeña abertura por donde entra un haz de luz que sirve como manecilla al reloj solar dibujado en el piso de madera. Lastimosamente el reloj solar no funciona, el español Domingo Petrés –conocido diseñador de iglesias- lo construyo utilizado las coordenadas europeas.

El segundo piso está adornado con cuadros de ex directores del Observatorio. Pedazos de la historia de Colombia: Humboldt el inventor de ciencias, Mutis el sabio de las plantas, Caldas y los misterios de la muerte, José María Benítez creador de esa arraigada institución de en los entes públicos, sueldos mediocres. Encontramos además los libros faltantes de la biblioteca y un busto Caldas. Viejos instrumentos astronómicos duermen plácidas siestas en sus casas de vidrio.  Parecen sacados de la portada de una novela de Julio Verne.

Mientras escucho la charla imagino al General Mosquera arranca el piso para fabricar balas en medio de una batalla. Luego veo a Caldas pasearse por la que fue su casa. El fantasma de la Colombia científica. Al salir, el guía me muestra un viejo reloj de péndulo, “con ese se daba la hora oficial en Colombia”, me dice.

Ascendemos nuevamente por las escaleras. Desde arriba es imposible no recordar la famosa escena de la película Vértigo de Alfred Hitchcock en donde el protagonista sube al campanario. Salimos a la tercera planta: una terraza partida en dos por una columna que sirve de banca.

imagen 3.png

Desde aquí veo la planta baja a través del agujero del reloj. El guía comenta sobre la vista. El Observatorio se encuentra encerrado: La casa de Nariño, el Congreso, el Ministerio de Cultura, el Claustro San Agustín, el Convento Santa Clara y el Batallón Guardia Presidencial, forman un cerco alrededor de la torre de las estrellas. Es cómo un panóptico invertido -aquella cárcel perfecta compuesta por un círculo y una torre central que los vigila a todos- donde el preso es el guardia. Encerrado en su torre los astrónomos esperan el día de su extinción. Sí fuéramos una potencia científica, tal vez hoy desde la cúpula los hombres de ciencia nos vigilarían a todos. No estoy seguro que es peor.

Antes de entrar a la cúpula, Sebastián me pregunta por el punto donde estoy sentado. “Ahí donde está sentado es el centro del país”, me dice. Sí, la Sede Histórica del OAN es el centro del país, el punto geográfico 0° 0’ 0”. En realidad no es extraño, en el Observatorio Astronómico Nacional se incubaron muchas –prácticamente todas- de las actuales instituciones científicas del país, entre ellas El Instituto Geográfico Agustín Codazzi, cuyo nombre proviene de uno de los directores del OAN.

imagen 4

La cúpula. El corazón de un observatorio astronómico, un huevo metálico de donde germinará un telescopio. “No podemos entrar”, me dice el guía. Sigue sonriendo. El corazón de este titan de la ciencia ya no da más. La cúpula la sellaron a principios de 2016 porque el piso era muy inestable. Entonces ya murió, pensé. Subo hasta donde es posible en medio de una completa oscuridad, en el Observatorio cortaron la luz hace más de un mes. El guía corre una tabla y me dice que mire. Ahí está el telescopio. Desde abajo parece la pierna de robot gigante.

Al salir de la torre blanca, firmo el libro de visitantes, mientras Sebastián empaca en una bolsa de basura un montón de rollos de papel. Al salir me paro frente a la entrada de la Casa de Nariño a esperar. Es aquí cuando el observatorio se me antoja fantasmal.

El manicomio.

imagen 5.png

Imagine entrar a un sitio donde se dedican a mirar para arriba. Sí, leyó bien, se dedican a mirar para arriba, a simular estrellas, a deformar espejos. Lo hacen con una obstinación demente, durante toda la noche, sin dormir. Como solo uno de los Buendía lo podría hacer. Como lo hicieron los genuinos americanos antes que nosotros. Podría pensar entonces que está en Macondo, pero no es así, se encuentra en la Sede Académica del Observatorio Astronómico Nacional.

Me acompañan a mi primera visita nocturna a la Sede Académica ubicada al interior del campus de la Universidad Nacional. Hemos dejado atrás a la torre junto a la casa del presidente. Entramos a un edificio en ladrillo, de una planta y con dos chichones de tamaños distintos sobre el techo. La entrada la domina un telescopio gigante que reposa junto a una campana. Parece un cañón de guerra de la primera guerra mundial, de esos que cargan por atrás y escupen el casquillo vacío. En el salón de entrada hay un grupo de jóvenes esperando por el inicio de otro “Jueves Bajo las Estrellas”, un programa de difusión del conocimiento y observación de cuerpos estelares, liderado por la Facultad de Ciencias de la UN, y dirigido a todo el público.

La mala noticia es que la noche está nublada. Sebastián me dice que no me preocupe, tras la charla es probable que saquen los telescopios, para tratar de pescar alguna estrella escondida tras las nubes que parecen las aguas espumosas del río Bogotá. La puerta de acceso a las cúpulas está cerrada. En días pasados me permitieron entrar a la cúpula de mayor tamaño para echarle un vistazo al sol: una forma amarilla y circular, con manchas negras y pequeñas hebras descosidas en los bordes. Las manchas tienen el tamaño de la tierra, las hebras son explosiones con un poder atómico. A simple vista solo es el sol.

imagen 6

La charla de esa noche es sobre telescopios modernos; óptica adaptativa. Por tratarse de una charla para todo el público el expositor tiene vedadas las ecuaciones. La óptica adaptativa es la solución al problema de la falta de resolución al mirar las estrellas. La atmósfera terrestre y nuestra limitada vista nos impiden ver con claridad los cuerpos celestes. Al verlas con un telescopio común, las estrellas se mueven y titilan como luciérnagas. Para solucionar el problema, los astrónomos fabrican sus propias estrellar usando rayos de sodio de 30 centímetros, que deben ser coordinar con las autoridades aéreas. Al recibir el láser de vuelta, se usan supercomputadores para determinan qué curvatura debe tener el espejo que capta el láser en la tierra para que la definición de la imagen sea perfecta. Esos espejos maleables como el agua están compuestos por otros pequeños espejos. La idea es simple, imagínese esos espejos de feria que deforman la imagen para vernos gordos o flacos. La charla termina y el cielo sigue cubierto de nubes.

Salgo al pasillo donde comparto galletas y aromática con los visitantes. El guía me confirma que hoy no habrá observación de cuerpos celestes. Me da la espalda toma la bandeja y me ofrece una galleta sonriendo. “Sera para la próxima” me dice finalmente a modo de despedida. Salgo de la Sede Académica, mientras imagino una serie de telescopios puestos unos junto a otros apuntando a las estrellas. Parece la escena de un fusilamiento. Me gusta pensar que eso fue lo último que vio Caldas, un montón de joven usando la mirilla para acertarle a una estrella. Pero la verdad es que vio una hilera de fusiles y tras las armas vio soldados. ¡España no necesita sabios!, Colombia tampoco. Pienso mientras veo los cerros de Guadalupe y Monserrate que no logran tocar las nubes.

Unos días después regreso. El cielo está despejado. Escucho una nueva charla sobre motores, cohetes y viajes espaciales. A las 7.30 el conservatorio termina. En el pastal frente hay dos telescopios gordos e inclinados hacia arriba. Nada que ver con un fusilamiento, parecen más cámaras de televisión montadas en sus trípodes. Grupos de jóvenes y familias corren para tener un buen puesto en la fila. El guía me saluda. Primero observo el cumulo de estrellas Tolomeo. Acerco uno de mis ojos al ocular. Adentro hay depositado un pequeño charco con muchas perlas regadas. Me alejo y miro el cielo, aún con gafas apenas veo un punto blanco a lo lejos.

Luego la fila del otro telescopio, el más grande. A un niño pequeño lo alzan para que logre ver algo. El guía se me acerca. Me explica que hay los cúmulos son agrupaciones de estrellas dentro de nuestra galaxia, pero fuera de la vía láctea. “Fuera del sombrerito”, me dice dibujando el sombrero con las manos. Hay dos tipos de cúmulos, los cerrados que son circulares y los abiertos que no tienen ninguna forma. “Simplemente cuando pasas la mirada están ahí, un montón de estrellas”.

Dentro de la ocular, pequeñas luces de distintos tonos decoran el fondo negro. Parece una mujer pecosa. Observo el cumulo de La mariposa, si bien no parece un insecto en lo absoluto. Me alejo del grupo de personas que reclaman por un planeta. El guía les explica que a finales de octubre Marte está muy lejos y Neptuno ya no es visible a esa hora. Las personas protestan. Dos jóvenes discuten sobre las variantes de la teoría de la relatividad que se presentaron durante la charla. Cruzo la calle, el observatorio parece dormido; solo lo habita la luz amarilla de los bombillos, al otro lado de la calle aún vive la Colombia científica.

Juan Pablo Parra

Estudiante de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro de la revista Ciudad Blanca.

Latest posts by Juan Pablo Parra (see all)

¿Quieres leer un poco más?