24 semanas, la decisión que no nos pertenece

¿Cuándo podemos afirmar que hemos vivido una experiencia artística? Tal vez no sepamos nada de arte, seguramente sólo podremos decir un par de incoherencias si nos piden definirlo o ponernos de acuerdo en afirmar que está relacionado con un desborde de emociones que nos hace sentir vivos y un cúmulo de sensaciones que percibimos, que pueden erizarar la piel, sacarnos una sonrisa o robarnos unas lágrimas y, seguramente, quedemos con algo que decir, algo que ha nacido y necesita ser expresado. Cuando esto sucede quizá pueda decirse que tuvimos una experiencia artística.

Esto es lo que sucede cuando vemos el filme de la directora alemana Anne Zohra titulada 24 semanas, película en la que se asume el reto de abordar un polémico tema por el sin número  de debates morales, científicos y jurídicos que genera. Uno de esos temas que nos enfrenta constantemente como sociedad, de esos que sentimos que se involucra con nuestra manera de entender el mundo y con nuestras creencias más arraigadas.

La película nos lleva a la historia de una comediante acostumbrada a hacer humor con las paradojas de la vida, un humor cargado de sátira, sarcasmos e incluso cinismo, ¿qué cantidad de realidad podría quebrar una personalidad así? Junto a su esposo deberá afrontar la decisión de si abortar, o no, el hijo que esperan, el cual, además de tener síndrome de Down, tiene una compleja enfermedad cardiaca. ¿Cuáles serían los criterios para tomar ésta decisión?

En esta historia encontramos cómo derechos legítimos de diferentes individuos entran en constante conflicto. Los derechos del padre a decidir contra los de la madre a hacerlo, el derecho del feto a la vida versus el de la madre a elegir. Algunos afirmarían que el derecho a la vida humana está por encima de todos los otros, lo cual es problemático cuando no podemos ponernos de acuerdo en qué es la vida humana y mucho menos en dónde comienza específicamente. Entonces, ¿cómo hablar de lo justo cuando cualquier decisión pasa por encima de los derechos de alguien?

Si algunas de las opciones llevara a un fácil desenlace no sería una decisión tan difícil de tomar, se necesita una gran valentía para decidir traer un niño al mundo en estas condiciones, pero también es necesaria mucha para decidir no hacerlo y no sólo cargar con el estigma social, sino además con los fantasmas personales de decirle adiós al que pudo ser un hijo. En el caso colombiano deberíamos agregarle a esta complejidad, todas las trabas y falta de acompañamiento con el que las mujeres deben ejercer este derecho.

Podríamos enumerar los cientos  de argumentos que existen a favor o en contra del aborto en casos como el planteado por la película, de los cuales muchos serían válidos y sonarían razonables, todos tratando de encontrar una respuesta definitiva, a lo que seguramente no  tiene una respuesta correcta. Es posible que por mucho tiempo nos hayamos centrado en las preguntas equivocadas: ¿qué es lo justo? ¿Qué es lo ético? ¿Qué es lo correcto?, preguntas importantes pero  no del todo pertinentes cuando no se tiene un consenso sobre ellas, preguntas para las que todos tenemos una opinión y queremos darla a conocer, pero ésta opinión, en ocasiones, es mejor callarla y aceptar que son decisiones que no nos pertenecen. Sería mejor cuestionarnos algo diferente, por ejemplo, ¿cómo ayudar a las personas que deben enfrentarse a este tipo de decisiones?

Deberíamos dejarnos guiar por unos momentos de la magia del cine y de las escenas magistralmente producidas en esta película para acércanos a la complejidad de cada situación, para entender que es una decisión que sólo puede ser tomada por quien la está viviendo, y aceptar que nosotros, como espectadores, no podremos acabar de entenderla y mucho menos juzgarla.

Por: Daniel Niño @dninoe

Daniel Niño Eslava

Estudiante de economía de la universidad Nacional. Interesado en desarrollo sostenible, arte y cultura.